Los Gosálvez de Puente de Don Juan (Parte II)




(Viene de la primera parte)

Si ya Modesto Gosálvez es un personaje complejo, su hijastro Enrique Gosálvez Fuentes-Álvarez (1860-1938) es poliédrico, una caja de muñecas rusas. Pocas veces en el ámbito conquense hemos tenido un personaje tan amplio, y al mismo tiempo tan desconocido. Y tan olvidado. Con él la familia alcanzaría el apogeo social y económico, y con él también llegaría su declive. El tercero de los Gosálvez de Puente de Don Juan conoció el éxito, la más alta consideración social, amplias relaciones en círculos políticos y diplomáticos y una capitalización fabulosa. El destino le reservó, no obstante, fracasos y tragedias en idéntica proporción, tanto en su vida familiar como en sus negocios, y sus últimos años fueron sombríos. A cambio, alguien dijo alguna vez que ese mismo caprichoso destino - que tanto le dio para tanto quitarle - le otorgó un raro don: en tres ocasiones en toda su vida, solamente tres veces, podría hacer magia verdadera. De dos de ellas hablaremos ahora. La tercera quedará, me temo, para otra ocasión.

La primera vez que Enrique Gosálvez usó de su magia se convertiría en leyenda. Fue en 1898, el año del Desastre, cuando nuevos operarios levantaron aquel curioso edificio sobre el canal, y lo llenaron de extrañas máquinas, nunca vistas antes. Luego comenzaron a repartir por la colonia y por todo Villalgordo aquellos otros artilugios, que parecían árboles lánguidos dejando caer chocantes frutos bulbosos de corte art-nouveau. Los más viajados y los más ilustrados sabían que la cosa no era nueva, porque ya se había hecho en Comillas en 1881, en Jerez en 1890, en Haro en 1891, y en algunas grandes ciudades ya se habían dado intentos. Pero en el corazón de la Manchuela el asunto parecía cosa de otro planeta, y como tal digno de incredulidad y hasta de rechifla. Aquella noche oscura, que fue la última para Villalgordo, las compuertas se abrieron y las turbinas se tragaron medio Júcar. La pequeña planta retumbó de arriba abajo cuando generadores y transformadores alcanzaron su pico de potencia con un rugido sordo y un agudo zumbido. Alguna de las autoridades presentes pensó por un momento que quizás estaban demasiado cerca de aquel edificio infernal, que estos Gosálvez siempre habían estado medio locos. De repente alguien accionó el conmutador general y todo estalló de luz: la colonia, la fábrica, el puente y el pueblo al otro lado del río. Y aquello era maravilla, y prodigio, y la gente caminaba por mitad de la calle mirando aquellos extraños globos de filamentos incandescentes como si de repente volviesen a ser niños, y hubo ovaciones, y risas y música hasta la amanecida. Y en los días siguientes los curiosos que venían de los pueblos de alrededor, al asomarse sobre la Cuesta de La Roda veían la constelación de pequeñas luces eléctricas, como un enjambre de raras luciérnagas esparcido por el valle.

A partir de la inauguración de la planta eléctrica las nuevas máquinas ya no tendrían que alimentarse necesariamente de potencia hidráulica. Justo entonces, en los albores del siglo XX, el conglomerado de “La Gosálvez” en Puente de San Juan alcanza su punto álgido: además de la fábrica de papel incluye una potente harinera y panificadora (presente desde la fundación sesenta años antes por el abuelo Santiago) y actividades menores, como una fábrica de borra, una serrería, una herrería… La fabricación textil se ha abandonado ya. En total 96.000 metros cuadrados de extensión, de los que 35.800 correspondían a la fábrica de papel y anexos. El resto a las industrias menores y a zonas residenciales, de esparcimiento y cultivos. Por su parte, la fábrica “La Manchega” en Fuensanta sólo fabricaba papel, con una extensión de casi 13.000 metros cuadrados de superficie, ocupados casi todos ellos por la instalación industrial. La producción se evacuaba hasta La Roda en carromatos y luego en primitivos camiones, donde se embarcaba en ferrocarril. En la estación de La Roda tenían los Gosálvez grandes almacenes. Esta salida del género era otro cuello de botella, de ahí que ya Modesto Gosálvez soñase con un ferrocarril hasta la misma puerta de sus fábricas.

En este panorama ya se atisbaban ciertas sombras: la multiplicación de industrias papeleras estaba propiciando una competencia feroz, complicada por la irrupción de papel europeo, sobre todo alemán, de gran calidad y bajo coste. Ello se tradujo en una constante bajada de los precios a partir de 1890. Seguramente la lógica disminución de rentabilidad supuso un freno en la actualización tecnológica y en la inversión de bienes de equipo en las fábricas del Júcar, que siguieron siendo competitivas gracias a la baratura de la materia prima y a los salarios bajos en relación a otras papeleras.

En respuesta a esta coyuntura, en el año 1901 va a producirse un cambio trascendental en el mercado español de papel. Los empresarios Nicolás María de Urgoiti y Rafael Picavea fundan la Papelera Española, empresa que aspira desde sus inicios a crear un monopolio sobre la fabricación de papel, según la tendencia de concentración de producción y capital tan en boga por aquellos años y que afectó a variados sectores de la economía nacional. Una docena de empresas producían papel a gran escala en España en este momento, aparte de infinidad de pequeñas fábricas de capital familiar donde la producción seguía siendo más una artesanía que otra cosa. Las Doce eran la “Vizcaína”, la “Papelera del Cadagua”, la “Vascobelga”, “La Guipuzcoana”, “Laurak-Bat”, “Navarra”, “Zaragozana”, “La Magdalena”, “Aragonesa”, “Segoviana”, “La Gosálvez” y “La Manchega”, estas dos últimas propiedad de Enrique Gosálvez. Todas fueron invitadas a unirse al nuevo trust que se levantaba, a riesgo que ser desplazadas y trituradas en un mercado copado, cartelizado, donde la libre competencia quedaba excluida. Detrás, como siempre en estos casos, había connotaciones y presiones políticas. Es difícil saber qué pensaba Enrique Gosálvez de la oferta. Sus industrias eran competitivas (los propios informes de la naciente Papelera lo reconocen) pero contra el leviatán que surgía no había defensa posible. Se plegó al golpe, de fuerza o de grado, que poco importa. Todas lo hicieron. Surgió el oligopolio del papel en España, que no se quebraría hasta muy avanzado el siglo XX. Papelera Española perduraría hasta su quiebra y disolución el año 1994.

El 29 de junio de 1902 Enrique Gosálvez vendió “La Gosálvez” y “La Manchega” a la Papelera Española. El pago se hizo mediante cuatro mil acciones de la nueva sociedad con un valor de 500 pesetas cada una. En total, dos millones de pesetas de la época, una estupenda cifra. Además, se le nombraba presidente del Comité de Gerencia de la nueva sociedad, un cargo con un poder limitado. Enrique se reservaba las industrias menores y la garantía de potencia hidráulica y eléctrica para accionarlas, así como para iluminar Villalgordo. De todas maneras, en 1901 había ya cedido la concesión del agua del Júcar a otro conglomerado, Hidroeléctrica Ibérica, a cambio de 2.500 acciones francas de la compañía. Papelera Española se comprometía a acometer una gran inversión en ambas fábricas, a fin de renovar maquinaria, optimizar la producción y mantener la fuerza de trabajo de operarios especializados que, en algunos casos, llevaban generaciones allí y ya eran dueños de sus casitas en la colonia. Se preveía concluir las obras para 1904, momento en el que las dos fábricas podrían producir hasta 5 toneladas de papel al día, además de varios subproductos. Se hablaba incluso de levantar una tercera planta aguas arriba, en El Picazo.

Así que un buen día de junio de 1902 Enrique Gosálvez dio la noticia en la nave grande, abarrotada de operarios. Como era de baja estatura, se subió a la Pepita, la gran máquina que comprara su padre adoptivo, y allí explicó a grito pelado (tampoco tenía una voz potente) cómo iban a ser las cosas. Había negociado no sólo mantener los empleos, sino que la factoría iba a ampliarse y a convertirse en una “Fábrica Modelo”. Un par de años de obras y a funcionar a todo trapo. Así que no esperaba menos de todos ellos, como siempre, y etcétera, etcétera… Aplausos y hurras siguieron al discurso, que parecía improvisado pero no lo era. Todo el mundo tuvo que leer entre líneas los riesgos de aquello, y las fábricas del Júcar lanzaron su canto del cisne, reivindicando su capacidad productiva. Ese año de 1902 las dos plantas produjeron 2.840 toneladas de papel, casi 8 toneladas al día contando fiestas de guardar, sin contar otras mil y pico toneladas de celulosa en bruto. Cierto que la mayor parte fue papel de estraza, que no tenía que pasar por el cuello de botella del blanqueo y del puñetero hipoclorito, que no les dejaba vivir. Incluso así todo un récord. El 1 de enero de 1903 la Papelera tomó el control.

Papelera Española nacía con 14.000 empleados y 12.000 HP de fuerza motriz. Bajo estas cifras colosales se escondía una verdadera pesadilla logística: fábricas repartidas por todo el país (en algún caso muy lejos de los mercados), tecnología dispar (en parte envejecida), productos diferentes en género y calidad, costes excesivos por el pequeño tamaño de cada complejo, materias primas estacionales, comercialización desordenada al provenir de empresas que meses antes aún mantenían una competencia encarnizada... El esfuerzo por cumplir las condiciones pactadas con cada socio original puso al nuevo gigante al borde de la quiebra y al mercado nacional al borde del desabastecimiento, además en un momento económico delicado, con una caída general en el consumo de papel. Llegó un momento en que hubo que dejar de lado compromisos adquiridos y tomar decisiones ejecutivas. La producción habría de converger por lógica en la zona vascongada, donde estaba la mayor concentración empresarial, las sinergias eran mayores y el abastecimiento de materias primas más abundante y constante. Las fábricas del Júcar fueron sacrificadas.

La Papelera no actuó de mala fe. Las obras en Puente de Don Juan y en Fuensanta comenzaron y casi acabaron, con un coste muy elevado. Los trabajos en “La Manchega”, más adelantados, debieron terminarse más o menos en 1905, con una renovación profunda de edificios y máquinas, entre ellas un monstruo, la Zaragozana, que producía bobina de dos metros de anchura. La fábrica arrancó, aunque sin la producción prevista. Alguna de las nuevas máquinas no se adaptaba bien, y además la fábrica era muy dependiente de su hermana mayor, aún en obras. También los pedidos habían descendido. En 1907 necesitó reparaciones, y ese mismo año una de las grandes máquinas, la Alejandrina, se envió a la planta de Arrigorriaga, en lo que ya parecía un desmantelamiento larvado. En 1908 todavía funcionaba con relativa normalidad, cumpliendo con todos los pedidos.

Por su parte, la intervención en “La Gosálvez” se reveló mucho más profunda y cara. Se derribó buena parte de la vieja fábrica y se levantó entre 1903 y 1906 una gran nave de máquinas de 62 por 50 metros, entre otras dependencias y edificios completamente renovados. Estaba previsto reemplazar las cuatro viejas líneas de producción por ocho completamente nuevas, e incluso se habló de diez máquinas, alguna de las cuales llegó a ponerse en línea. La obra estaba casi terminada cuando a finales de 1906 la política de la compañía comenzó a cambiar rápidamente. El detonante final fue la caída de la carga de trabajo, y la baja del cambio. En julio de 1909 llegó la orden de cierre para las dos fábricas, que en principio habría de ser provisional para enseguida convertirse en definitivo, a final del año. Cuando la Papelera superó el bache abriría nuevas plantas en el norte, como la de Rentería en 1912, enorme factoría capaz de producir hasta 20 toneladas de papel al día. Luego llegaría la del Prat de Llobregat. De las plantas abandonadas en Cuenca y Albacete ya no se acordaba nadie.

El cierre de las fábricas papeleras tuvo que ser un golpe muy duro para Enrique Gosálvez, pues era la verdadera herencia familiar. Hubo que hacer pasar el trago a trabajadores expertos y leales, de los cuales algunos pasaron a otras plantas de la Papelera con sus inseparables máquinas. Alguna de ellas, pese a estar “envejecida”, prestó años de buenos servicios en otras latitudes. Otros muchos operarios fueron despedidos. Algunos se recolocaron en las industrias menores de Puente de Don Juan, otros en el servicio de la nueva residencia de los Gosálvez, otros se reciclaron para las labores agrícolas, de otros nunca más se supo. Villalgordo dijo adiós a su pujanza industrial y volvió al marasmo de pueblo campesino y provinciano, con una brutal caída de renta. Puente de Don Juan perdió en torno a un 30% de su población de golpe. Muchas casas de la colonia se vaciaron, iniciando un desplome demográfico que sería imparable a lo largo del siglo XX hasta la despoblación completa en los años 60. Allí quedaron cuatro hectáreas de fábricas abandonadas que enseguida serían ruinas, despojadas poco a poco del todo el utillaje. Todavía en 1931 se ofertaba en la prensa mobiliario de “La Gosálvez”. De la debacle sobrevivió la harinera, las manufacturas menores y las dos centralillas hidroeléctricas. Ahora se documentan otras actividades: una almazara, una destilería, una conservera… todas de muy pequeño tamaño. No sé hasta qué punto eran realmente rentables. Más bien parece que fueron una iniciativa de Enrique Gosálvez para paliar el estropicio y dar trabajo a algunos de sus antiguos empleados, sobre todo los no especializados, que apenas tenían opciones. No he seguido el declive de estas pequeñas manufacturas, aunque casi todas debieron aguantar más o menos hasta la Guerra Civil. La incombustible harinera, que fue la primera industria de Puente de Don Juan, fue también la última, pues aguantó hasta muy entrada la posguerra en un lentro declive. Las centrales, hoy paradas, han funcionado hasta hace bien pocos años.

Pero todo esto a finales de 1902 estaba todavía muy lejano. Enrique Gosálvez podía presumir de haber hecho una buena jugada. De repente se encontró con un buen montón de tiempo libre, lo que para él tuvo que suponer una extraña e incómoda sensación. Así que hizo magia verdadera por segunda vez y creó el Parque, como se lo llamó siempre. Y dentro del Parque, el prodigio del Palacio Gosálvez. Catorce hectáreas de jardines y bosque que confluían hacia una construcción como de cuento. El Palacio (con proyecto de 1902) se levantó entre 1903 y 1907 a cargo del arquitecto Luis Sainz de los Terreros (1876-1936), amigo personal de Enrique Gosálvez, que dio a luz una fantasía historicista y ecléctica, de reminiscencias versallescas y alardes modernistas, con aire a casona de indiano montañés y a palacete de francmasón portugués, con una decoración delirante y un mobiliario exquisito, de lo más chic que podía adquirirse en toda Europa. Años felices, pues mientras que el Palacio se levantaba también lo hacía la catedral de la industria que iba a ser la nueva fábrica. Y a la par que árboles y plantas de todo el mundo llegaban al Parque, y se trazaban paseos y setos de flores, todo el que pasaba por allí se maravillaba de la energía que irradiaba aquel hombrecillo endeble de mirada mesmeriana, que a diferencia de sus antecesores era capaz de sublimar la fuerza bruta de producción en arte, y en belleza. Pues la consecución de la belleza como culmen del espíritu humano es el fin último del Progreso. Así, a secas y con mayúscula.

Lo cierto es que Enrique Gosálvez nadaba en la abundancia, y todavía lo haría más en los años dorados de la Papelera (1922-1935) cuando el reparto de dividendos fue fenomenal. Empero, no era nada tonto, y sabía que acababa de cambiar la producción fabril por la relajada vida del accionista y cuentacorrentista, con todo lo que ello suponía de cara al futuro. También rompió el linaje industrial. A los niños Gosálvez desde que se tenía noticia los había acunado el traqueteo de las máquinas. De los hijos de Enrique Gosálvez sólo los mayores tendrían recuerdos propios del pasado productivo de la familia. Crecerían en la absoluta opulencia y recibirían la mejor educación posible, despreocupados de todo, protegidos por un padre que les construyó un mundo de almíbar y rosicler, preocupado a cada minuto por perderlos. Vecinos del barrio de Salamanca, parroquianos de La Concepción y asiduos a la Iglesia de las Maravillas, frecuentarían lo mejor y más distinguido de la sociedad madrileña en un carrusel de actos sociales, fiestas y eventos…

Buena culpa del carácter sobreprotector de Enrique hacia sus hijos la tuvo su infancia desestructurada y sobre todo su verdadera tragedia, la familiar. Casó con María Manresa y Pereda, una nieta del gran jurista alicantino José María Manresa Navarro. Hay ciertas discrepancias acerca del número de hijos que tuvieron. El número total es de catorce, de los cuales cuatro murieron todavía en el siglo XIX, a edad muy temprana: María Asunción (m. 1895), María (m. 1898) y Enrique (m. 1900), además de una tercera María, "Mariita" (también m. 1898), cuya única referencia que tengo por ahora es la sepultura en el cementerio de Villalgordo. Tuvo que morir en el parto o recién nacida, de ahí que esté en una pequeña tumba separada de sus hermanos. Los que van a aparecer sistemáticamente en la documentación a lo largo del siglo XX son diez, con nacimiento repartido a lo largo de un cuarto de siglo: Modesto (nace 1890), Enriqueta (n. 1897), Concepción, Carmen, Francisco (n. 1904), Isabel (n. 1911), Josefina, Matilde, Fernando y Gonzalo. Luego hay ciertas confusiones, como un Antonio que es realmente el segundo nombre de Fernando, con el que se le nombra raramente (salvo las gentes de Villalgordo que curiosamente no le conocían por otro). También tenemos la presencia de un Enrique Gosálvez-Fuentes Manresa, cuya única prueba de existencia que he podido encontrar (creo que no he sido el único) ha sido su proclamación como diputado a Cortes en 1923. Si es así el error está en los Libros de Actas del Congreso, pues el que tomó posesión fue Enrique Gosálvez Fuentes-Álvarez, el padre. Enrique Gosálvez II, como vemos visto, murió de muy corta edad.

Cinco de los hijos con ciclo vital en el siglo XX tampoco sobrevivirían a su padre, que hay que añadir a los cuatro fallecidos muy niños: Francisco (m. 1912, a los 8 años), Enriqueta (m. 1913, 16 años), Josefa (muere circa 1918), Isabel (m. 1924, 13 años), Matilde (m. 1938). Algunos fallecieron en Madrid, y otros en el Palacio de Puente de Don Juan. En esto la endogamia de los Gosálvez no tuvo nada que ver, al ser Enrique hijo adoptado. Tampoco creo que el problema viniese de los padres biológicos de Enrique, de extracción humilde y que según parece no eran parientes cercanos. En las familias de las dos hermanas, Adelaida y Matilde, no hay anomalías de mortalidad infantil, y sí niños sanos de longevidad prolongada. Por parte de la madre, María Manresa, el problema también parece descartado: el árbol genealógico hasta sus bisabuelos no muestra consanguinidad, sino todo lo contrario. En una familia de clase alta con acceso a la mejor medicina de la época, el porcentaje de mortalidad es muy elevado. Bien es cierto que fueron años muy complicados desde el punto de vista sanitario, y tampoco hay que descartar causas fortuitas de deceso. Buscando otras explicaciones, un factor diferenciador con respecto a los hijos de sus hermanas es que los críos de Enrique hasta los primeros años del siglo XX todavía vivieron de forma habitual en la colonia y en Villalgordo, en un ambiente de alta toxicidad ambiental y tomando alimentos de una huerta regada con agua saturada de productos químicos. Para probar esto habría que examinar la curva de mortalidad en el propio Villalgordo en estos años y ponerla en relación con el auge y el posterior cierre de la industria papelera, cosa que no he hecho.

Espaciados a intervalos regulares, los fallecimientos supusieron una tragedia familiar rítmica, sistémica, cuyo siguiente aldabonazo se esperaba con horror, como algo inevitable. Para una persona amante de la vida familiar como Enrique, cada nueva pérdida tuvo que ser demoledora. La madre vistió de luto casi toda su vida por los hijos muertos.

Don Enrique no paraba. La obra del Palacio no lo tuvo quieto mucho tiempo, aunque mantuvo una supervisión constante sobre la obra. En 1906 es uno de los promotores y protectores del Centro Regional Manchego de Madrid, germen del regionalismo manchego monárquico y conservador. También en estos años crea la Sociedad Benéfica Española de Casas Higiénicas, que dota generosamente con su capital (2.775 pesetas de un total de 3.575) para la construcción de viviendas obreras saludables en Madrid y otras ciudades, continuando con el trabajo de su padre adoptivo en este sentido. Viaja continuamente. Participa activamente en el gobierno de la Papelera, donde avala las ampliaciones de acciones con su propio capital y no se pierde un sarao. Se mete a poeta, sin grandes resultados. Al acabar el Palacio, en Madrid la casa familiar se le hace poco, así que encarga a Sainz de los Terreros una nueva vivienda, en la intersección de las calles Príncipe de Vergara y Jorge Juan, que se construirá entre 1910 y 1913. La vivienda ha llegado en buen estado hasta la actualidad, aunque desprovista del cuerpo superior y las mansardas. Se mete en negocios industriales y especulativos por todas partes. Así, igual aparece comprando concesiones de agua en Murcia, que nuevos solares en Madrid, que figura como propietario de cinco minas de carbón en Cármenes (León), y de nueve minas de wolframio en Portugal, aprovechando el tirón de este metal estratégico durante la I Guerra Mundial. Se dedica a los altos salones patrios y extranjeros, donde labra una amplia red de contactos y amistades. Por el Palacio de Puente de Don Juan desfilan cargos políticos de renombre, miembros del cuerpo diplomático y lo mejor de la sociedad de la época. En sus salones circula información sensible, y se cuece de todo.

Y tenía que ocurrir. En 1923 decide, cómo no, iniciar su carrera política. No sin ciertas vacilaciones, pues los periódicos de la época daban por cierta una candidatura suya en 1920, que finalmente no llegó a producirse. Ahora da el paso porque barrunta grandes proyectos, y piensa que desde la tribuna del Congreso su influencia será mayor. Cuando por fin se lanza es bastante tarde, pues tiene 63 años. Su hijo Modesto, precoz en estos asuntos, llevaba de mitin en mitin al menos desde 1919, con 29 años. En el año postrero del régimen de la Restauración, el sistema político de la Constitución de 1876 está completamente podrido. El episodio es una delicia de la abyección política: Enrique Gosálvez, dentro por supuesto del Partido Liberal-Conservador (rama ciervista) se presentó por la circunscripción de Tarancón, en la que no le conocía nadie ni tenía el más mínimo apoyo popular. Tenía enfrente al campeón local, Juan Cervantes, que contaba con una potente red clientelar. Pero Enrique vino cogido del brazo del Poderoso Caballero, que repartió con una escandalosa liberalidad, sistemáticamente, de pueblo en pueblo y sin olvidarse de la Junta Provincial del Censo. En las elecciones del 29 de abril de 1923 ganó por amplia mayoría, tomando su acta de diputado el 11 de mayo. La pega es que el pucherazo fue tan escandaloso que un informe del Tribunal Supremo hizo necesario anular las actas (el 6 de junio) y repetir los comicios a nivel local. Le tuvo que sentar mal, sobre todo porque en un sistema degradado por caciquismo y corrupción, él era casi el único al que no se aplicaba el cuento (sólo repitieron elecciones cinco distritos en toda España). La nueva cita con las urnas, el 26 de agosto, repitió el tongo a peor, pues ahora Juan Cervantes sabía el tipo de personaje que tenía delante y tomó medidas. Con un bochorno absoluto y la prensa haciendo carnaza, la Junta de Escrutinio no proclamó los resultados, limitándose a expedir certificaciones de votos, y de ahí de nuevo a los tribunales. Después el golpe de estado de Primo de Rivera supuso la abolición de las Cortes y lo mandó definitivamente a su casa. Toda la operación tuvo que salirle muy onerosa, pues los fraudes electorales nunca han sido baratos.

Después de su patinazo político se está relativamente quieto una larga temporada. La muerte de la pequeña Isabelita, hija tardía, fue un mazazo del que le cuesta levantar cabeza. En abril de 1929 se arranca con un enorme proyecto de obra pública que va a tener una gran repercusión mediática en la prensa de la época: el ferrocarril La Roda-Tarazona, del que Enrique Gosálvez va a ser promotor y defensor junto con su amigo (y vecino) José María Araúz de Robles, activo político tradicionalista, natural de Molina de Aragón. Ya sabemos que la idea era una vieja fijación familiar, aunque ahora resurge corregida y aumentada. Debía de unir de sur a norte tres tendidos este-oeste atravesando todo el Sistema Ibérico: de La Roda a Cuenca, de ahí a Priego, y luego a Molina por Peralejos de las Truchas, para alcanzar por Soria el Macizo del Moncayo y de ahí a Calatayud, Borja y Tarazona. El proyecto (que se entregó al Ministerio desarrollado hasta en sus más mínimos detalles) era una maravilla de la ingeniería de la época, resultado de años de trabajo de un gran equipo de técnicos. El trazado era el primero de España que se concebía, desde el principio, electrificado en su totalidad. El uso de las nuevas y potentes locomotoras eléctricas haría posible aumentar la pendiente máxima de la vía, con lo que la longitud quedaría reducida a sólo 417 kilómetros. La potencia eléctrica necesaria se obtendría de una serie de centrales hidroeléctricas a construir a lo largo del trazado. Además de comunicar “comarcas aisladas, despobladas y empobrecidas” (el redactor del proyecto se daría con un canto en los dientes con la situación de 1929, si conociese la actual) permitiría dar luz eléctrica a todos los pueblos a su paso y crear empleo para unos 30.000 operarios durante cuatro años, en un contexto de grave crisis del empleo provocada por el Crack de 1929. El coste ascendía a 256 millones de pesetas de la época…

La movilización a favor del proyecto fue muy importante. La comitiva de los dos promotores, Gosálvez y Araúz, fue recibida en triunfo a lo largo de todo el Sistema Ibérico. Más de 500 ayuntamientos a lo largo del trazado previsto se manifestaron a favor, además de diputaciones, gobernadores civiles, autoridades eclesiásticas y otras fuerzas vivas. Los periódicos comarcales ardían. La estrecha amistad de Enrique Gosálvez con los Luca de Tena hizo que el diario ABC diese una amplia cobertura al proyecto a nivel nacional. Enrique delegó en Modesto, su hijo mayor, las arduas gestiones que siguieron durante los dos años siguientes, reservándose los grandes momentos, pues ya tenía 70 años y la salud se le resentía. Modesto fue la cabeza visible de la Comisión Gestora que se constituyó (junto con los alcaldes de La Roda, Cuenca, Borja y Tarazona). Hizo una fenomenal labor de captación de apoyos de localidad en localidad, lo que luego repercutiría muy positivamente en su carrera política. El proyecto siguió en el candelero durante la caída de Primo de Rivera, en la Dictablanda de Berenguer y en el primer gobierno de la II República. La falta de fondos primero, y la efervescencia política republicana después, hicieron que la iniciativa nunca se llevase a cabo. También el comienzo de la construcción de una línea alternativa, la Baeza-Utiel, que nunca se terminó. Hoy repasar ese soberbio proyecto de ingeniería provoca sensaciones contrapuestas. Por un lado, da escalofríos imaginar esa sucesión de viaductos, túneles y presas a lo largo de parajes de un valor medioambiental excepcional. Pero por otro tenemos el atroz espectáculo de la Serranía Celtibérica, segundo desierto demográfico de la Unión Europea, con centenares de pueblos reducidos a la sombra pálida de lo que fueron y a los que jamás nadie dio una verdadera oportunidad de desarrollo. Gosálvez y Araúz estuvieron cerca, tal fue la presión que hicieron. Si la situación de las arcas estatales en 1929 no hubiese sido tan precaria posiblemente lo hubiesen conseguido, pues ya tenían apoyos en el propio Gobierno. Ambos invirtieron grandes sumas de su pecunio personal en promover un proyecto del que sólo podían esperar un relativo retorno, pues Enrique ya no tenía fábricas. En todos los pueblos que estuvieron a punto de recibir una infraestructura magnífica nadie los recuerda. Ni una placa, ni una calle. Comenzando por la ciudad de Cuenca, que dedica calles al tomillo, al romero y al río Villalbilla.

En cuanto a la carrera política de Modesto Gosálvez II, ésta fue importante y merecería un capítulo aparte y expreso. Era un orador brillante, tenía don de gentes e instinto. Le gustaba la política, y se le notaba. Alguna de las descripciones de sus mítines, prolijamente comentadas en los periódicos de la época, todavía hoy provocan una sonrisa. Como buen Gosálvez, era capaz de meterse en mitad de una factoría atestada de obreros y endiñarles un discurso sobre la perniciosa capacidad disolvente de las izquierdas, mientras que a su lado al general Fanjul se le ponían los pelos como escarpias. Su primera candidatura al Congreso, en 1920, fue un fracaso. En 1923, como romanonista, concurrió junto con su padre (Enrique por Tarancón, como ya hemos visto, y Modesto por Cañete). Esta vez no lo consiguió por 66 votos (perdió frente a José Ochoa con acusación de fraude a cargo de éste último), aunque hubiese durado de diputado meses, hasta la de Primo de Rivera. A finales de 1930 se plantearon nuevas elecciones que al final no se celebraron. Modesto se presentaba candidato por Motilla del Palancar, frente a Manuel Casanova. Su momento llegó con la Segunda República, donde consiguió la preciada acta en las elecciones de 1931, 1933 y 1936. Modesto fue miembro destacado (incluso a nivel nacional) del Partido Agrario, que aglutinaba a las derechas rurales que provenían en buena medida del extinto régimen de la Restauración y que acabaron (no sin ciertas discrepancias internas) acatando el juego político republicano e integrándose en el bloque de la CEDA, de José María Gil-Robles. Su triunfo en 1931 tuvo lugar en unas elecciones limpias y en las nuevas circunscripciones provinciales, que evitaban los tejemanejes caciquiles de los pequeños distritos, aunque entró por los pelos, el sexto de seis candidatos elegibles. Su padre Enrique celebró una fiesta por todo lo alto en el Palacio, el 19 de julio de ese año, que fue inmortalizada por Luis Escobar, el genial fotógrafo de Villalgordo. Repitió en 1933, ya con sufragio femenino, ganando con holgura (segundo de los doce candidatos, con casi 73.000 votos).

Tras fuertes divergencias internas, a las elecciones de 1936 concurrió integrado en la candidatura de derechas pero en calidad de independiente, confiando en que su tirón personal pesase más que las siglas. La historia de estas elecciones en Cuenca es bien conocida, así que pasaré de puntillas: tras una campaña electoral bronca con algunos actos de violencia y pistolerismo, en la consulta del 16 de febrero las derechas (que presentaban 6 candidatos al copo) obtuvieron la victoria (42% de los votos y 5 de los 6 diputados: Casanova, Goicoechea, Fanjul, Cuartero y Gosálvez), pero las elecciones fueron anuladas (sólo en Cuenca y en Granada) por irregularidades en algunas mesas, que no permitían que ninguna lista alcanzase el 40% de los votos exigidos. En Granada no se repetirían los comicios, pero en Cuenca sí. En el ínterin hasta la hasta nueva consulta en mayo ocurrió de todo, y la nueva candidatura de derechas registrada el 26 de abril se reducía a cuatro nombres y era de traca: Modesto Gosálvez, Antonio Goicoechea, José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco. Sobre las razones de esto se ha escrito mucho desde todos los puntos de vista, y no voy a detenerme más. Franco renunció al poco por presiones internas, cosa que le supo a mal y nunca olvidó. La candidatura de Primo de Rivera era sobrevenida y contra derecho, así que los votos no fueron contabilizados. Mientras tanto, las izquierdas y el Partido Centro consiguieron pactar una lista común. El resultado fue una completa basculación de los resultados: 3 diputados de izquierda (dos de Izquierda Republicana, López-Malo y Lasso; y 1 del PSOE, García-Cubertoret), 1 de centro (Álvarez Mendizabal) y sólo dos de derechas, Casanova (CEDA) y Modesto Gosálvez, independiente. Su tirón popular lo salvó de la debacle conservadora, con más de 48.000 votos.

El estallido de la Guerra Civil marcó un paréntesis trágico. El daño económico de la contienda tuvo que ser muy importante para Enrique Gosálvez, en destrucción e incautación de propiedades y en caída de los activos financieros. El Palacio tuvo suerte en estos años, pues el destino que le cupo fue servir como maternidad y albergue de niños desplazados por el conflicto, y apenas sufrió daños. He encontrado poca información de la familia en estos momentos. Enrique Gosálvez aparece refugiado en San Sebastián, alejado de sus propiedades y al amparo de amigos. Su mujer y sus tres hijas están con él. Los hijos están ausentes, y son una metáfora del conflicto que desgarra familias en todo el país. Fernando está movilizado en el bando nacional, con el rango de brigada en Complemento de Ingenieros. Terminará la guerra como teniente antes de reintegrarse a la vida civil. Gonzalo aparece al final de la guerra procesado como militar republicano. No he consultado el expediente, que no está digitalizado, así que no sé cómo salió de aquello. En cualquier caso desaparece de la alta vida social madrileña, excluido a perpetuidad. El caso más curioso es el de Modesto, diputado electo. Al estallido de la guerra no huyó, sino que se quedó en Madrid asistiendo a las sesiones de las Cortes y ejerciendo una ácida crítica parlamentaria. Quizás confiaba en que su condición de aforado y su elección como independiente le protegiesen en parte, aunque su condición de derechista era palmaria. No sé qué se le pasaba por la cabeza, porque fue un gesto tan valiente como insensato. Cuando los diputados se trasladaron a Valencia iniciando el éxodo de un parlamento agonizante, Modesto Gosálvez fue con ellos. Creo que este proceder le supuso palos de tirios y troyanos. En julio de 1937 se tramitaba un suplicatorio a las Cortes para proceder a su detención y procesamiento, que se fue extrañamente demorando hasta su aprobación a comienzos de octubre de ese año. No he encontrado en qué término el asunto. A comienzos de 1939 debe parar por Navarra. Finalizada la guerra, a mediados de 1939 está de nuevo en Madrid frecuentando lugares habituales, sin el aislamiento social de su hermano Gonzalo.

Antes, el 26 de febrero de 1938, el drama familiar había dado una nueva vuelta de tuerca: Matilde Gosálvez murió en brazos de su padre Enrique, con el que tenía un fuerte vínculo afectivo. Aquello fue demasiado para el anciano, ya enfermo, que se desmoronó. Enrique Gosálvez falleció en San Sebastián unos días después, el 1 de marzo, a los 78 años de edad.

Al final del conflicto Modesto Gosálvez asumió el rol de cabeza de la familia. Su carrera política no tuvo continuación en el Franquismo. Diputado de la República hasta finales de 1937, no extraña demasiado. También había formado parte de la candidatura a la que Franco fue presionado para renunciar. No era hombre que pasara por alto estos detalles. Tampoco fue un ostracismo demasiado estricto: en el ámbito provincial se le invita a la inauguración de obras públicas y colegios, y aparece en algún fasto del Régimen, pero no más allá. Le tuvo que llegar al alma, porque era político por verdadera vocación. El nombre de la familia todavía pesaba a nivel local, pero el prestigio poco a poco se desvanecía, y él lo notaba. Con el paso de los años residió cada vez más en el Palacio de Puente de Don Juan junto con su madre (ya muy mayor) y su hermana Conchita, y distanciándose un tanto de sus otros hermanos, que seguían viviendo en Madrid y aparecían por Villalgordo cada vez menos, a la par que envejecían. Por el Palacio pasó algún famoso torero y personajes de la farándula, ya no más los deslumbrantes invitados de su padre. En los años 40 su situación económica es buena. Vive con holgura, tiene una vida social relativamente animada, hace pequeñas donaciones y levanta entre 1946 y 1948 la capilla a la entrada de la finca, dedicada al Apóstol Santiago en honor al primer Gosálvez de Puente de Don Juan. La diferencia es que Santiago levantaba fábricas de mampostería y acero, Modesto una capilla de ladrillo y tapial con arcos de falsete. Sin embargo, no sería justo juzgar a Modesto con demasiada severidad: fueron años grises, muy complicados, y tuvo que enfrentarse con escasos medios a una decadencia familiar que ya era evidente. Todavía queda buen recuerdo de él en Villalgordo. Su harinera, en marcha a trancas y barrancas, fue alivio de luto en la escasez de la posguerra. En los años 50 parece que intenta reactivar con sus dos hermanos varones uno de los negocios de su padre, la explotación minera en la montaña leonesa. La cosa no fue a más, y unos años después dejaron que las concesiones se extinguieran sin renovarlas. A finales de los cincuenta la situación de Modesto, sin ser mala, ya no debe ser tan buena, aunque me muevo sólo por indicios.

Modesto Gosálvez Manresa murió el 15 de noviembre de 1964 en el Palacio de Puente de Don Juan. Tenía 74 años. De su matrimonio con Carmen Gómez Romero no tuvo hijos. Cuando fallece Modesto aún quedaban vivos los otros cuatro hermanos que sobrevivieron a su padre: Carmen (m. 1972), Fernando (m. 1986), María de la Concepción (m. 1987) y Gonzalo. Todos, salvo Gonzalo, ya habían fallecido cuando muere su esposa Carmen Gómez en 1989, cargada de años. El díscolo Gonzalo, el último hijo de Enrique y el último Gosálvez de Puente de Don Juan, murió en 1994.

Algunos de los hijos casaron. Carmen lo hizo con Antonio Bernabeu de Yeste, hermano de Santiago Bernabeu. No tuvieron hijos. Fernando casó con María Josefa Rodríguez-Sedano Bosch. No tuvieron hijos. Concepción y Gonzalo creo que permanecieron solteros. No tuvieron hijos.

La tragedia de los Gosálvez de Puente de Don Juan se desvelaba ahora en toda su desoladora crudeza. Toda la numerosa prole de Enrique Gosálvez no fue capaz de engendrar un solo nieto. El mismo hado funesto de los Clemente de Aróstegui.

No me he entretenido en averiguar demasiado de la situación económica de los hermanos, y poca importancia tiene. Los dos casados tuvieron una holgada posición económica. Gonzalo en algún momento tiene importantes deudas y está en rebeldía judicial. De la herencia de su padre no queda actividad productiva, sino sólo bienes inmuebles que hay que mantener y unas acciones que cada vez valen menos. También la transmisión de la herencia fue desordenada por las circunstancias en las que se hizo. A su muerte, Enrique Gosálvez no podía saber la situación o valor de buena parte de los bienes y activos que le quedaban. De todas maneras, acumuló una capitalización de tal calibre que, incluso con una guerra por medio, todavía permitió que una generación más pudiese tener un cómodo margen a cuenta del progresivo proceso de disipación de ese capital. El patrimonio familiar se acabó de enajenar en estos años, hasta rematar en el Parque y el Palacio.

El Palacio Gosálvez estuvo en relativo buen estado hasta los años 80. Enrique hizo una primera reforma en 1926, y su hijo Modesto otra en los años 40, quizás con motivo de una riada que en febrero de 1942 llegó a afectar al edificio. Esta intervención, más chabacana y tosca, se distingue bien del resto. A la muerte de Modesto quedó con muy escaso mantenimiento y en progresiva decadencia, hasta su venta. A partir de ahí el proceso de ruina ha sido exponencial, con los inevitables expolios y vandalismos, que han sido muy severos y han acelerado el deterioro. La ruina es ya terminal y afecta a toda la construcción. Si el edificio no está en el suelo es por parte de su estructura, metálica y de hormigón, e incluso así no durará mucho más. Idéntico destino sufren los edificios anexos, caballerías, portería, garajes y lo que queda de la colonia de Puente de Don Juan y de la antigua fábrica de “La Gosálvez”, muy deteriorada. De la fábrica “La Manchega” queda una chimenea y una pequeña parte de la fábrica original del siglo XIX, de gran valor histórico, que en otras latitudes sería un cuidado exponente de arqueología industrial. Los jardines están en completo abandono, con la perdida de buen número de árboles y la roturación para siembra de parte de los parterres, aunque aquí el daño ha sido comparativamente menor. Todavía podría salvarse el espacio y los ejemplares supervivientes, comenzando por el espectacular Paseo de los Plataneros, sin duda el mejor ejemplo de avenida arbolada de la provincia de Cuenca. La imagen que proyecta el lugar es sencillamente desgarradora.

Eso sí: todo el complejo de Puente de Don Juan está declarado Bien de Interés Cultural desde 1993, con categoría de Monumento. Está en no-sé-cuántas listas rojas, y hasta negras. En el año 2006 un nuevo propietario intentó promover un complejo hotelero en el lugar. Entonces, sin ser mala, no me pareció la mejor solución. Creo que el lugar tiene entidad para gestionarse directamente con las visitas, utilizando eventos culturales y sociales como refuerzo tal y como es usual en este modelo de gestión turística. También estas instalaciones turísticas sobre edificios monumentales son muy delicadas. Pero era una solución viable, que lleva diez años a rastras entre coyunturas económicas adversas y otras cuestiones. Aquí podría largar una diatriba sobre variopintas entelequias legales, palos en las ruedas, perros del hortelano y demás zarandajas, pero a estas alturas para qué. Entre todos la tenían y ella sola se murió. Dentro de no mucho probablemente el Palacio Gosálvez se pondrá como ejemplo de cómo puede llegar a fallar absolutamente todo en la gestión del patrimonio histórico, con la caterva de Administraciones dando ejemplo de miopía, de ineficacia y de estupidez. Hay que reconocer aquí, eso sí, el ímprobo trabajo de años de la Asociación de Amigos del Palacio de Gosálvez, que es lo único que nos va a redimir un tanto a los ojos de los que vendrán y ya no lo verán. Yo por mi parte sólo lamento no tener los buenos cuartos de Onofre Bouvila para hacer en este sitio lo de la Mansión Rosell. Teníamos por estas tierras nuestro pequeño Chantilly, nuestra Quinta Regaleira, nuestro Versalles de la Mancha. Ahora tenemos exactamente lo que nos merecemos. Ea, qué le vamos a hacer. Si Enrique Gosálvez levantara la cabeza…

Así que el otro día me llevé a los críos a ver lo que queda de la colonia de Puente de Don Juan y del Palacio Gosálvez. Mientras aún exista. Nos sentamos bajo un platanero descomunal vestido entero de amarillo, y allí les conté la historia del Rey del Papel. De cómo había levantado el palacio y los jardines para que sus hijos jugaran en ellos. Pero el Rey tuvo que marchar en sus últimos años, muy triste, y en su palacio fueron a vivir niños que huían de una terrible guerra, muy tristes también. Y cuando llegaron allí todo era como en un cuento, pues el palacio era como un castillo encantado, y tenía lámparas como extrañas flores que pendían de los techos, y suelos de dibujos de colores, columnas que parecían árboles, y chimeneas sujetadas por caballeros, y dragones, y una escalera superdivertida para bajarla corriendo, y espejos enormes que te reflejaban uno en el otro hasta el infinito y más allá; y en lo alto un mirador mágico desde donde se veían lejanas tierras, al que se subía por una escalera de caracol por la que los mayores no se atrevían. Pero lo mejor era el papel de las paredes, que el Rey del Papel había mandado hacer en sus fábricas. Allí había mandarines chinos bajo extrañas sombrillas, y camellos sobre las dunas del desierto, y flores que explotaban en mil colores, y animales como nunca habían visto y a los que podías poner el nombre que te diera la gana. Y cuando salían fuera tenían una enorme fuente, que decían que la Reina de Rusia había regalado al Rey del Papel, y tras la fuente un jardín de ensueño para perderse y correr aventuras, pues tenía un castillo, y una cascada, y un pabellón mágico para cenar viendo la luna lunera, y árboles enormes que tocaban las nubes como en el cuento de las habichuelas mágicas, y una vagoneta con un cable con la que podías pasar sobre el río sin que nadie te viera, y una casita para los caballos de carreras, y un invernadero de cristal lleno de plantas raras, incluso algunas venenosas, y hasta una carnívora. Por la noche, cuando el jardín se iluminaba con las farolas que aún funcionaban, parecía que aquí y allá pululaban las hadas, y los duendes, que nada sabían de guerras y de desdichas.

Y cuando ya los tenía en el bote, les dije que esa fue la segunda vez que el Rey del Papel hizo magia verdadera, pues en su vida sólo le fue permitido hacerla tres veces. Al instante me preguntaron por la primera, claro, y les conté la historia de la Fábrica de la Luz. Y luego, muy despacio, les hablé de la tercera, mientras los ojos se les ponían como platos. Y estuvimos todos de acuerdo en que la magia postrera que hizo Enrique Gosálvez fue la más poderosa de todas, pues a diferencia de las otras dos no le movía el orgullo ni el dinero ni el poder, sino la sabiduría de una vida entera de alegrías y de desgracias, la conciencia de la futilidad de las cosas, y una tristeza infinita. Pero sobre todo le movía algo en lo que ya creían otras gentes en otra tierra, una herencia espiritual, algo tan firmemente construido en su sistema de creencias que ni todas las tragedias de su vida pudieron remover: la fe ciega en el Progreso. Así, a secas y con mayúscula. Y eso es todo cuanto puede decirse aquí del Cuento del Rey del Papel.




En esta segunda parte toca arqueología industrial. Las imágenes son más funcionales aquí, lo siento. Vamos a referirnos a las fábricas Gosálvez, comenzando por la hermana pequeña. Esta es la fábrica "La Manchega", de Fuensanta, en una preciosa imagen de 1907-1908 tirada desde el oeste, del Boletín de la Industria y Comercio del Papel. Ésta es una foto del complejo en su apogeo, un año antes del cierre, cuando ya habían finalizado las obras de ampliación a cargo de Papelera Española. La gran torre de refrigeración de la izquierda, de 40 metros de altura, formaba parte de la vieja lejiadora, y ya no tenía uso en este momento. Los dos cuerpos altos inmediatos a su derecha son la planta de lejiado (detrás) y el edificio de lavado de la pasta (delante, más bajo, con los seis ventanales). A continuación hacia la derecha, el edificio largo de siete ventanas por planta albergaba el procesado de la pasta de papel. La sala de máquinas, centro de la fábrica, está detrás, con la cubierta un poco más alta. La doble fila de arcos de su fachada solo es visible entre el edificio de la pasta y la chimenea, donde el árbol la tapa también, parcialmente. La chimenea, de 36 metros de altura, es la salida de humos de las 3 calderas de vapor para el secado del papel, que estaban situadas en el edificio de la derecha de la chimenea. Justo detrás está la planta eléctrica (sólo se ve la cubierta, algo distinta de la actual) y almacenes y dependencias, ya tras los árboles.



Aspecto actual del solar de "La Manchega" desde el oeste, más o menos el mismo ángulo de la imagen anterior. 



Vista desde el aire del solar de "La Manchega". El perímetro, delimitado por una zanja profunda, se aprecia perfectamente. De la vieja factoría queda el canal con las compuertas, la central eléctrica, la chimenea de las calderas de vapor y las ruinas de la primitiva fábrica del siglo XIX levantada por Santiago Gosálvez, justo encima de la central, en la isla. Imagen de Google Maps.



Foto desde el sur.



Foto de La Manchega desde el este. La vieja fábrica se aprecia en primer término, con su doble fila de arcos de medio punto en piedra y ladrillo. Hay operarios haciendo obra en ella. Está pared con pared con la planta eléctrica, justo a su izquierda. Me intriga la fila de siete tejaditos a la derecha, inmediatos a la lejiadora pero levantados en lo que claramente fue una ampliación del solar de las instalaciones. Podría ser cualquier cosa, empezando por almacenes para el cuerpo químico, pero se parecen muchísimo a las casitas obreras de la colonia de Puente de Don Juan. No he encontrado en ninguna parte que "La Manchega" tuviese también una colonia fabril.



El Canal de La Manchega en foto de Luis Escobar. Aunque en el Catálogo de la colección figura como ubicada en Villalgordo, su localización real no admite dudas. Al fondo las compuertas, hoy conservadas. A la izquierda el cuerpo de lejiadoras. A la derecha la vieja fábrica de mediados del siglo XIX.



El Canal, las compuertas y la vieja fábrica en la actualidad. En planta ha desaparecido medio edificio, que se prolongaba hasta la central eléctrica. En alzado falta todo el piso de máquinas.



Una variante de la foto anterior, con el cuerpo químico al fondo y la nave de pasta a la izquierda. En veinte años de abandono el deterioro de las instalaciones es ya muy avanzado.



Restos de la primitiva fábrica de 1842-43. El aparejo es de sillarejo, seguramente reaprovechado de otras construcciones, extremo que se evidencia en el acabado. Éste era el piso de toma de fuerza, que albergaba los rodeznos y mecanismos para accionar las máquinas situadas en el nivel superior. 



Aparte del modernísimo traje de baño de nuestros personajes, se aprecia aquí como el viejo piso de toma de fuerza ya había sido muy modificado antes del cierre de la fábrica, seguramente por electrificación de buena parte de las instalaciones. 



Ya nada queda de los almacenes ni de las dependencias de secado, detrás de la central eléctrica.



Compuertas. 



Salto de La Manchega.


Compuertas.



Una estupenda construcción, hecha a conciencia. La fábrica estaba muy expuesta, y tenía que resistir a las avenidas del Júcar















Derribada con maquinaria pesada hace pocos años...



La central y la chimenea del cuerpo de calderas. La chimenea ha perdido unos dos metros de altura y el pararrayos. Está levemente inclinada. Abandonada a su suerte, su pervivencia tiene mal pronóstico. La central, cerrada, se conserva en buen estado. 






Interior de la chimenea.



Salida del Canal al Júcar.



Trazado del antiguo tranvía hipomóvil que comunicaba las dos fábricas.



Trazado de la antigua línea de tranvia a su llegada a Puente de Don Juan.



El turno de "La Gosálvez", en Puente de Don Juan (Cuenca). La fábrica mayor triplicaba a su hermana pequeña en todo, por no hablar de las industrias anexas. Tuvo que ser un complejo impresionante. No he encontrado imágenes de la época de funcionamiento. Ésta de nuevo es de Luis Escobar, tardía en el tiempo y desprovista de detalle por la lejanía.



Detalle de la imagen anterior, cuando la fábrica llevaba más de dos décadas cerrada y en completo desmantelamiento. Es difícil saber qué estamos viendo aquí sin una descripción de época. A la izquierda del cuerpo de compuertas, la fábrica original de Santiago Gosálvez. El cuerpo de detras, sin techo ya, debe se la gran nave levantada por la Papelera entre 1903 y 1906. No sé qué es el gran edificio de la izquierda, quizás el complejo químico que estaba anexo, quizás la harinera, que aún funcionaba. Falta la torre metálica, que aquí ya ha sido desmontada.



Vista aérea del complejo de Puente de Don Juan. A la derecha del río, Villalgordo del Júcar. El cauce marca la divisoria provincial, a la izquierda Cuenca, a la derecha Albacete. La isla que delimitan río y canal es Cuenca también. En la parte inferior el Parque, con el Palacio Gosálvez. En esta imagen aún tenía el plantío de chopos que fue cortado hace pocos años. Hacia el norte arranca el Paseo de los Plataneros, que desembocaba en el complejo fabril. Se aprecia la central, que a diferencia de "La Manchega" está situada al principio del canal, no al final. A su derecha, en la isla, las ruinas de la primitiva fábrica del siglo XIX. A la izquierda y arriba, justo debajo de la carretera de La Roda, la calle de la colonia con las ruinas de las viviendas. La capilla de Modesto Gosálvez II es el pequeño edificio a la izquierda, desprovisto de tejado. Poco ha quedado de la que probablemente fue la mayor fábrica histórica de la provincia de Cuenca, donde llegaron a trabajar más de un millar de personas.



"La Gosálvez". Restos de la primitiva fábrica del siglo XIX, que a su vez seguramente aprovechó parte de la estructura del viejo molino harinero anterior.



Las compuertas de Modesto Gosálvez, "esa extraordinaria construcción". 



La estampa actual, sin duda más bucólica.



Compuertas. Se distingue la primitiva fábrica y el "edificio de la izquierda", ya arruinados los dos. Ya no se ve la pared de la sala de máquinas.



Primitiva fábrica.




Contra-azud de la Fábrica "La Gosálvez", entre Puente de Don Juan y Villalgordo del Júcar. El aumento progresivo de las instalaciones hizo necesarias profundas reformas a fin de aumentar la potencia hidraúlica disponible, sobre todo en las épocas de estiaje. Junto con las grandes compuertas se diseño un azud lateral con el fin de incrementar la altura del salto de agua. Este sistema permitía también aliviar rápidamente la presión sobre las compuertas en el caso de una crecida del río. 









Aliviadero del contra-azud, bajo el puente.



Remanso bajo las compuertas.



Nivel inferior de la gran nave de máquinas. Seguramente hubo ocho bóvedas, correspondientes con el mismo número de líneas de producción que se planeaba montar arriba. Este edificio tenía algo más de 3000 m2 de planta.



Bóvedas en el nivel inferior de la nave de máquinas.



Acceso a bóveda desaparecida.



Colonia de Puente de Don Juan. Estas son las 68 viviendas obreras (popularmente conocidas como "Las Casillas") levantadas por Modesto Gosálvez para sus operarios.



Entrada a vivienda.



Colonia de Puente de Don Juan. Edificios de administración y servicios.



Colonia de Puente de Don Juan.



Colonia de Puente de Don Juan. Calle central.






Colonia de Puente de Don Juan. Entrada.



Central Hidroeléctrica de "La Gosálvez". La planta es básicamente la misma que levantó Enrique Gosálvez en 1898.



Jovencísimas empleadas de la conservera de Puente de Don Juan.



Casa Gosálvez en Villalgordo del Júcar.



Ayer y hoy. Ojalá en todo el resto las cosas hubiesen cambiado tan poco como en esta imagen.


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