La Virgen del Val




Dentro del folclore y de la tradición oral provincial tenemos un curioso género de relatos aplicados a antiguos lugares yermos: el de la despoblación por pestilencia. Son narraciones populares muy escasas en la Sierra y abundantes por el contrario en la Mancha, sobre todo en las riberas de los ríos Gigüela y Záncara, y más en este último, verdadero foco de insalubridades andando los tiempos. Casi siempre estas antiguas leyendas tienen una base histórica susceptible de ser documentada, acaecida por lo general entre los siglos XIV y XVI. Muy pocos morbos pueden despoblar un lugar en un episodio aislado (de hecho sólo uno, la peste en su variante pulmonar) pero muy a menudo la pandemia provocaba el abandono de un enclave que ya previamente se tenía por malsano. A partir de ahí, en cada sitio la leyenda revistió el episodio de despoblación con caracteres dramáticos, que suelen incluir el rechazo de los supervivientes por parte de las poblaciones vecinas y la muerte por inanición y frío en encrucijadas y caminos.

En este lugarejo de El Val, en el corazón de la Alcarría de Cuenca, se ubica uno de estos relatos: una miasma terrible sumergió al pueblo, que vio morir a todos sus habitantes en cuestión de pocos días. Sólo quedó un único superviviente que se dirigió, destrozado y alucinado, a la cercana población de Sotoca, donde le negaron la entrada a palos y pedradas, temerosos de que trajese la enfermedad con él. Se dirigió entonces a la vecina Culebras, donde fue acogido cristianamente. Al ser el último vecino de la aldea, el término de El Val se agregó al de Culebras como justa correlación a esa piadosa acción. Atrás quedó la población yerma, donde pronto no quedó en pie sino la vieja iglesia románica, convertida ahora en ermita, la Virgen del Val.

Los cultos a la Virgen del Val (que hoy se guarda en la parroquia de Culebras) se documentan desde el siglo XVI, y son sin duda anteriores. A cargo de la ermita (todavía por entonces la fábrica románica) estaba una cofradía que se encargaba de las misas (doce al año), de las comidas y cuchipandas (dos al año) y de la romería, que se celebraba el 8 de septiembre. Según parece, no iban muy sobrados de numerario pero le echaban mucho entusiasmo y devoción, y la romería era muy frecuentada. Algún visitador del Obispado les largó por entonces una buena bronca, pues la cuestión profana iba bien sobrada (a base de comilonas y jolgorios) pero la espiritual parece que se resentía un pelín.

En el siglo XVIII se reedificó la ermita. Fray Jerónimo Saiz, provincial de los dominicos en Filipinas y natural de Culebras, hizo una cuantiosa donación a tal fin, coincidiendo con un momento en que las cuentas de los cofrades andaban más saneadas. La obra se llevó a cabo en los primeros años del siglo a cargo de Domingo Ruiz, maestro mayor del Obispado. Para ello se derribó la cabecera original, que se reconstruyó por completo en un sólido barroco rural, y se aprovecharon los muros románicos de la nave para elevar el templo y dotarlo de bóvedas de cañón con lunetos sobre contrafuertes interiores. Hacia 1710 se labró el retablo mayor, tallado por Juan de Horna y dorado por Juan de Aguado, que sostenía la hornacina con la imagen de la Virgen. En ambos brazos del crucero se dispusieron dos retablos menores, dedicados a San Joaquín y San Fernando, que se dotaron de nuevas mesas de altar hacia 1778.

El edificio se mantuvo en buen estado a lo largo del tiempo, sosteniendo la romería anual y otros actos. En algún momento que no logro localizar perdió la espadaña (que no era la románica original, sino una barroca) y tuvo una importante reparación de cubiertas. Las guerras no lo tocaron, incluido el último conflicto civil. La causa última de su estado actual ha sido la horrorosa despoblación del entorno a partir de 1950, una de las zonas de la provincia que ha perdido un mayor porcentaje de habitantes, con núcleos despoblados en los últimos años (como Villalbilla, Carrascosilla, Valdecabrillas...), otros reducidos a despoblados virtuales (Sotoca, Valdecañas, Sacedoncillo…) y el resto pelados hasta los puros alambres, comenzando por Culebras, que tenía 350 habitantes en 1950. Después de haber recorrido parameras por esos mundos de Dios (desde la meseta de Anatolia al Alto Atlas marroquí) doy fe que ninguna da la sensación de terrible abandono de estos vallejos alcarreños, a 30 kilómetros escasos de Cuenca capital. La vieja ermita, después de sufrir los reglamentarios expolios y estropicios, lleva casi cuarenta años abandonada a su suerte, que ya está claro cuál va a ser. Todavía podría intervenirse en ella, salvando al menos la cabecera, que no está en tan mal estado, pero…

El lugar no tiene mucha enjundia turística, salvo para los cuatro irreductibles de los lugares aislados, las piedras viejas y la nostalgia romanticoide (yo mismo), pero puede formar parte de una buena ruta. Culebras tiene una preciosa iglesia renacentista (de la que hablaremos otro día) que ha tenido mejor suerte, y lo mismo puede decirse de otros pueblos inmediatos como Cuevas de Velasco o Villar del Maestre. Detrás de la ermita y de su antiguo despoblado está el Cerro de las Peñotas, o de Valdelosantos, enorme castro de la Edad del Hierro con ocupación en la alta Romanidad, en el que mi querido Heliodoro Cordente (por el que voy a romper una lanza aquí) ubicaba la antigua Contrebia Cárbica. Contrebia no estuvo allí, pero todavía nadie ha aventurado una hipótesis acerca de qué antigua población se alzó ahí arriba, con una superficie ocupada de más de 5 hectáreas de extensión (la mitad en la plataforma superior) y uno de los sistemas de fortificación castreña más impresionantes de toda la provincia de Cuenca.









Virgen del Val, lado norte. En el cuerpo de la iglesia se distingue el cambio de aparejo en la mampostería. La parte inferior es la obra románica original.






VIrgen del Val, lado sur. El muro románico se ha desplomado, dejando las bóvedas del siglo XVIII sustentadas únicamente en los contrafuertes interiores y en el relleno de los arcos formeros. 



Detalle de la cabecera. En la obra del alero de aprecia la reparación con teja volada sustituyendo la cornisa labrada.






Portada, siglo XVIII. Curioso, mira a norte. Como era costumbre en el románico de Cuenca, la iglesia románica quizás tuvo la portada principal en el muro sur (hoy desplomado) que en todo caso fue tapiada o eliminada en la reforma dieciochesca. Las portadas principales a norte en el románico conquense son excepcionales (Torrecilla es el caso más claro), reservándose un acceso secundario al norte o a los pies para el camposanto, anexo al exterior.





















Hastial oeste. Aquí estuvo la espadaña. Se aprecia a media altura la marca de alero de la fábrica románica.









Vega del Río Mayor de Sotoca.

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