Septenario en Moya




Creo que este es mi cuarto Septenario, después de los de 2011, 2004 y 1997. Por lo menos, el cuarto al que he ido por mi propia voluntad y libre albedrío, porque creo recordar que en mis años de inopia me tuvieron que llevar alguna vez. Subir la Virgen a Moya es un espectáculo que sobrecoge, campos y pueblos a través hasta la vieja villa muerta, barco varado en mitad de un piélago yermo, llave de reinos hoy convertida en desolación rodeada de soledades, señora que aún acertó a morirse erguida y orgullosa, quizás para no ver a su tierra extinguirse lentamente entre incurias, olvidos y traiciones. 

El Septenario de Tejeda es la mayor romería de la provincia de Cuenca. Bien es cierto que juega con notoria ventaja, con el aura de excepcionalidad que le da celebrarse tan espaciado. No solamente acuden vecinos de los treinta y tantos pueblos de la antigua tierra de Moya, sino también gentes de la comarca de Requena y del Rincón de Ademuz, donde la devoción a la Virgen de Tejeda es profunda.

Todo lo relacionado con esta diminuta imagen, de apenas unos centímetros de altura, de antigüedad incierta, es visceral, es antropología pura. De la deidad primordial femenina venerada en las cuevas de la hoz del río Ojos de Moya, cruzadas de marcadores solares, hasta los ritos antiguos en un lugar donde las culturas se han ido sucediendo pero el numen sagrado no. De la hierofanía sobre tejo, árbol mágico en todas las culturas prerromanas, hasta el primer convento encajado entre peñas y breñas, a la sombra de castillo roquero, que alguien dijo alguna vez que fue de templarios. Luego al nuevo convento junto a Garaballa - Trinitas Gloria Tibi - cuando el viejo fue devastado por la Riada Grande de 1516, que no dejó un solo puente sobre Júcar y Cabriel. Convento Nuevo, pero conservando el prodigio del rayo solar el Diagosto, fecha ancestral de su veneración. Más tarde la primera subida a Moya, en 1639, y el número siete arraigado en lo más hondo de las simbologías marianas, estrellas, espadas, dolores y alegrías. Pasaron guerras y conflictos, y la Virgen siguió subiendo. Desamortizaciones, calamidades y desastres, y la Virgen siguió subiendo. La Virgen se consumió en las llamas de San Bartolomé, pero siguió subiendo. Fue rota, y siguió subiendo. Cayó la altiva Moya, y siguió subiendo, llevada a una meseta yerma por los hijos y los nietos de los que una vez allí vivieron y siguen cumpliendo con un ritual tan pintoresco como extraño, y bien poco que les importa que carezca de sentido desde cualquier punto de vista empírico o racional. Por eso ver subir la Virgen a Moya cada Septenario pone la carne de gallina.

Hasta el día 26 de septiembre la Virgen de Tejeda permanecerá en Moya, así que es una ocasión excepcional para aparecer por allí. Ya de por sí Moya es un destino turístico muy poco conocido, incluso para los propios conquenses (del porqué es así largo y tendido podríamos hablar), pero con el Septenario en marcha una visita es especialmente recomendable. Luego habrá que esperar otros siete años para vivir estos días, si vivimos. De momento, el año que viene al otro Septenario, el de Santerón.



La cruz de la orden trinitaria, que durante largos siglos ocupó el convento de Garaballa, asimilada tradicionalmente a los cultos de la Virgen de Tejeda.


Vista de Moya, desde el Norte. Vamos a hacer un poco de turismo, mientras llega la hora. Abajo, en la ladera de la izquierda, las escasas viviendas del Arrabal. En lo alto de la meseta, a la izquierda, la iglesia de San Bartolomé (con la grúa). Luego la espadaña de Santa María y justo bajo ella la Puerta Calzadilla. A la derecha la mole rotunda del Convento de las Monjas Concepcionistas. En primer término, descendiendo la ladera, la doble muralla de la Coracha, con las torres de San Roque y de la Fuente, magnífica obra para asegurar el suministro de agua a la villa. 


El páramo de Moya, hacia el este. La meseta de la villa tiene alguna de las más espectaculares vistas de toda la Serranía de Cuenca, y también de las más desoladas. Como toda población histórica de importancia acabó con casi todos los recursos forestales de los contornos. La aridez no es total: cerca queda la Dehesa de Moya, magnífico ecosistema, y algunas otras islas de vegetación.


Todavía está empezando. Esto no es nada... 


El agua de Moya. Pilar a los pies de la torre de la Fuente en cuyo interior, en mitad de desmesurados muros, brota un diminuto manantial, en la misma ladera de la población. Obra impresionante es la coracha de Moya, una de las mejores de toda la arquitectura militar medieval a nivel nacional. Tanto esfuerzo para asegurarse un hilo de agua... 


El manantial de Moya, hoy olvidado, en el corazón de la torre. 


Hornacina en la antepuerta de la Villa.


Iglesia de San Bartolomé, en restauración. Junto con San Juan, eran las dos parroquias levantadas en el espacio entre la doble muralla oriental. Se conservaba en buen estado hasta el Septenario de 1927, en el que ardió con la Virgen de Tejeda en su interior. Durante décadas, la espadaña truncada y mutilada fue uno de los símbolos de la ruina de Moya. La intervención está incorporando elementos y soluciones como poco discutibles, de nuevo otra modernez carente de gracia y gusto. Al menos será una alegría ver la espadaña reparada y reconstruida. De su futuro uso como Centro de Interpretación, vamos a dudar. 


Empedrado en la Bajada de San Bartolomé, sobre la Puerta de San Diego. 


Capilla en Santa María la Mayor, la única de las seis parroquiales de Moya que se mantuvo en pie.


Iglesia del Convento de Monjas Concepcionistas. A pesar de ciertos elementos discordantes, fue una intervención bastante razonable.


Relación de antiguos Septenarios, en el dintel de la portada de la iglesia del Convento de las Monjas.


Ver este tinglado en las ruinas despierta como poco sensaciones contrapuestas. Ya se acaba la calma, eso sí... 


Portada gótica de la antigua iglesia de la Trinidad de Moya, que fue la parroquia de los marqueses. Su "reconstrucción" como una especie de hospedería-albergue ha sido sin duda la actuación más insensata en las ruinas, rayana en el disparate. Si esto no se justifica desde ninguna filosofía o escuela de restauración del patrimonio, menos aún desde un punto de vista de efectividad turística, que ninguna puede tener salvo una gestión clientelar totalmente dependiente de fondos públicos. 


Espadañas de Santa María la Mayor. Dentro se conserva íntegro y restaurado el Reloj. 


Calle de la Madre de Dios de Arriba, camino del Castillo. Aquí se levantaron las últimas viviendas habitadas de Moya, antes del abandono definitivo en los años 50. Ni agua corriente, ni luz eléctrica, ni los más mínimos servicios tenía una población que fue perdiendo jirón a jirón toda su actividad económica y el aparato administrativo que la convertía en cabeza de comarca, desde la administración señorial hasta el partido judicial.


Restos de la portada del hospital de Santiago de Moya. Hace años alcancé a conocer a alguno de los que la tiraron abajo, balanceando el arco con sogas. Todavía por entonces (realmente no hace tanto) se jactaba de su hazaña. 


Castillo de Moya. Fortaleza inconclusa de los siglos XV y XVI, comenzada a construir por Andrés de Cabrera, primer marqués de Moya, sobre otra fortificación del siglo XIII de la que restan importantes elementos. Tras el abandono de las obras castrenses, el edificio recibió añadidos residenciales y palaciegos en los siglos XVI y XVII, además de reformas en el siglo XVIII. El siglo XIX conoció su ruina, acelerada por la Guerra de la Independencia y los conflictos carlistas.




Moya hacia el norte, desde el Castillo. Tras la plataforma de la antigua villa, hacia el norte, la Atalaya de Algarra, el valle de Santerón y el Talayón de Garcimolina, justo sobre la espadaña de Santa María. 


El núcleo del Castillo, desde el espolón de la fortaleza. Casi todo lo que se ve aquí son los restos del viejo palacio del los marqueses de los siglos XVI y XVII, sobre estructuras del siglo XIII. La Torre del Homenaje es el único elemento propiamente de arquitectura militar. Quedó sin terminar, apoyada apenas en los arranques de lo que iba a ser el muro del recinto interior. La pérdida de los añadidos posteriores la ha dejado sin contrafuertes, y a pesar de su aparente solidez su conservación tiene un pronóstico incierto.


Perspectiva hacia el sur, desde el espolón del Castillo, extremo meridional de la meseta de Moya. La vega del río Ojos de Moya, con la aldea de Los Huertos en primer término. Más atrás, Landete. En la línea de horizontes las cumbres de la Sierra de Mira, Alto de la Mazmorra y Pelado. La Virgen sigue todavía en Los Huertos...










Tronera de cruz y orbe en el primer recinto del castillo.




La Virgen llega a Moya. Antes, miles de personas se han adelantado para tomar posiciones en la subida a la villa.




Los Danzantes de la Virgen.


Damas de Honor.




Puerta de la Villa. Obra tardía de finales del siglo XVI.






Espadaña de la Trinidad y paredones del Convento de Concepcionistas. 




Antiguo Ayuntamiento de Moya.









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