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Molina de los Caballeros

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  Da igual por dónde el viajero se acerque a Molina de Aragón, que una vez fue Molina de los Caballeros. Desde el sur, atravesando las fragosidades del Alto Tajo. Desde el oeste, descendiendo sierras y cordeles. Desde el norte y el este, a través del páramo. Es inolvidable llegar a Molina atravesando la paramera feroz, achicharrada por el sol en verano y batida por la cellisca inclemente en invierno, con apenas unos días de primavera fugaz que la cubre de un dosel de florecillas. La Paramera de Molina, polvo, nieve y viento, salpicada aquí y allá por pueblos diminutos de casitas apretadas y calles angostas en la enormidad de la tierra abierta, bajo la sombra de un antiguo caserón blasonado o un destartalado castillo, que fue de uno de aquellos caballeros guisados que los Lara asentaron por estos lugares. Inmensidad desabrigada, apenas salpicada por algún bosquecillo aislado, un álamo de ribera o un alcor desnudo donde todavía se adivinan los restos de fortificaciones ancestrales y guer