Albarracín entre dos luces...




A Albarracín en cierta ocasión la maldijeron por áspera y mal fundada. Esto último depende de para qué, claro. Lo de áspera, qué duda cabe. Y por ello la historia de Albarracín ha discurrido siempre con el pie cambiado. El aislamiento fue razón de ser y motivo recurrente de acontecimientos que parecía que sucedían a la retranca del resto del mundo, o a otro ritmo en todo caso...

Arriscada ciudadela celtíbera, en ella Roma dejó un acueducto que fue alarde de ingeniería. Luego fue Santa María de Oriente en los años de Érase Una Vez, y Santa María a secas durante toda la dominación musulmana bajo la égida de los Banu Razin, dinastía de montaraces bereberes ibéricos que trajeron de cabeza a los emires y califas cordobeses e hicieron una taifa como Dios manda en cuanto tuvieron ocasión. Luego acabó de dominio fronterizo del Rey Lobo de Valencia, que la dio a su caballero Rodrigo de Azagra de tal guisa que nunca fue reconquistada, sino que fue generosa donación de rey moro a adalid navarro. Por entonces ya era Albarracín, pues tuvo nombre cristiano bajo los moros, y nombre moro con los cristianos. Pero no fue Castilla, ni Aragón, sino señorío independiente bajo los Azagra, que se intitulaban Vasallos de Santa María y Señores de Albarracín, y fueron magnates y áulicos en ambos reinos, balanceándose en precario equilibrio político a la vez que se lanzaban al saqueo de una Valencia musulmana que se desintegraba, atrayendo aventureros, almogávares y capitanes de frontera en una época dramática y maravillosa. Y por supuesto obispado, Ervavicense primero, Segobricense después y Albarracinense al cabo, pero siempre diminuto y paupérrimo, con una Catedral a horcajadas sobre la arista de piedra. Albarracín fue asediada por Jaime el Conquistador, que tuvo que irse de allí con el rabo entre las piernas, y luego por Pedro III, que la rindió y la incorporó a Aragón poco más tarde, pero respetándole fueros y autonomías, de tal manera que con sus aldeas fue Comunidad de Villa y Tierra más a la manera de Castilla que de Aragón.

Ganadera fue Albarracín, que no campesina. Pero mientras que las villas de Aragón hacían ligallo y cerraja, Albarracín creaba mesta. Y mientras que mandaba sus rebaños al Reino, soñaba con trashumar a Linares, a Andújar y al valle de Alcudia, con lo que se acabó integrando en la Mesta de Cuenca en el siglo XVII, ciudad de Aragón que bajaba sus ovejas a las extremaduras de Castilla. Ello no quita que mantuviese con el concejo conquense mil pleitos a cuenta de pastos, montazgos, lezdas y mojones, e hiciese feroz guerra fronteriza cuando se terció. Luego se adormeció, sacudida muy de tarde en tarde por conflictos que llenaban de estruendo y sangre sus callejuelas. Después llegó la Despoblación, y su sierra quedó triste y oscura. Albarracín, ciudad entre montañas, lleva treinta años con apenas mil habitantes. Y gracias. Pocas poblaciones en el Sistema Ibérico pueden decir que tienen una demografía estabilizada.

El Casco Viejo de Albarracín es un precioso y raro fósil urbano a la manera de Carcasona, extremo al que en Cuenca nos vamos aproximando. Una bellísima tramoya turística, ensoñación de Martín Almagro y algún que otro visionario, que detuvieron el tiempo y evitaron la irrupción de la modernidad destructora. Apenas un puñado de vecinos sigue viviendo arriba, y apenas hay más comercio que el dedicado a turistas y visitantes. Ya las camas turísticas superan en mucho al número de habitantes, y los flujos de turismo mueven la economía local como primera fuente de renta a la vez que crean las habituales disfunciones, complicadas por una gestión del turismo que (como casi siempre por estos lares) no deslinda bien lo público de lo privado y mantiene un alto porcentaje de producto en potencial o en clientelar. Albarracín subsiste de una belleza pintoresca, que en su día fue fresca y espontánea pero ya no, beldad con demasiado maquillaje acaso, camuflando la excesiva obra nueva entre la vieja, llevando como puede la sustitución de la vivienda habitual por el alojamiento turístico y librándose por el momento de intervenciones de diseño, lo que no es poco en estos tiempos estúpidos que corren. Eso sí, con sus luces y sombras, hay pocas poblaciones tan hermosas como Albarracín. Donde se mire.



Calle Azagra. Una antiquísima arquitectura...







Casa de la Julianeta


Murallas del monte.


Trasera del Ayuntamiento. Al fondo, la catedral y el castillo.





Balcones sobre el Guadalaviar.













Portal del Agua.


Torre del Andador.


Iglesia de Santiago. Al fondo la catedral. 




Caserío...


Panorámica desde la Torre del Andador.




Armas de los Navarro de Arzuriaga.






Torre de Santiago.




Iglesia de Santiago.










Linternas en la casa de los Monterde y Antillón. 


Casa en la placeta de la Catedral. 








Catedral.


Portada en la calle de San Juan.


Ermita de San Juan y antiguo Hospital, al fondo.


Torre de Doña Blanca




Última luz sobre la torre de la Catedral. 









Casa de los Pérez y Toyuela.


Casa de los Navarro de Arzuriaga.




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