Los Gosálvez de Puente de Don Juan (Parte I)






La historia de Villalgordo del Júcar cambió para siempre una borrascosa tarde del otoño del año 1841, cuando desembarcó por allí Santiago Gosálvez.

Un puñado de vecinos, pescando en el remanso frente al Puente de Don Juan, vieron llegar al lujoso calesín en alas de la tormenta. El coche paró de súbito en mitad del puente, que se decía tomaba el nombre quizás de don Juan Pacheco, quizás de don Juan Manuel, ambos señores de Villena en otras épocas que ya nadie recordaba. De él bajó de un brinco un personaje menudo que no parecía nada del otro mundo. Era decepcionante más bien: escasa presencia, un aire enfermizo y una indumentaria discreta que no le hacía parecer gente de calidad, aunque si hubiesen estado algo más cerca se habrían dado cuenta de que era de exquisito y moderno corte inglés, y de tela finísima, de la mejor hechura. Del carricoche se bajaron después, más pausados, otros dos personajes. Uno era sin duda un picapleitos, que de eso alguna experiencia tenían los espectadores, por las pintas y por el grueso cartapacio de papeles que intentaba equilibrar. El otro les dio más que hablar, aunque por la chaqueta de tweed, la gorra y el grueso mostacho alguien dijo – no muy convencido – que tenía que ser un ingeniero. La sorpresa fue cuando volvieron la vista al primer individuo, pues ya no estaba allí. Había volado (casi literalmente) al extremo del puente, donde el caz del viejo molino de seis piedras tomaba el agua. Allí se le reunió el supuesto ingeniero, y ambos personajes iniciaron una acalorada conversación entre gestos dirigidos al río, haciendo como de cortar y dirigir el caudal. De repente, el pequeño personaje levantó la cabeza y por fin vio a los naturales del lugar, pasivos y observantes al otro lado del remanso. Después de escrutarlos minuciosamente, su mirada barrió hasta el pueblo, de casitas de tapial apiladas en la ladera, y luego otra vez al grupo de pescadores. Y de repente un trueno enorme retumbó por la parte de Tarazona, y comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia. Nunca nadie olvidó aquella mirada, que en los años siguientes se acostumbrarían a ver: era analítica, empírica, calculadora, cuantificadora. Y a alguno de los presentes le entró el extraño pálpito de que alguien acababa de soltar al lobo entre las ovejas. Al lobo feroz. Y de esta manera, y no de otra, comenzó la singular aventura de los Gosálvez de Puente de Don Juan, cuatro generaciones y 122 años (desde 1842 hasta 1964) de una de las escasísimas dinastías industriales de la provincia de Cuenca.

Los Gosálvez provenían de Alcoy, donde más que familia eran clan. Quizás de orígenes gallegos, quizás portugueses, el apellido se documenta por todo el interior valenciano y alicantino (Játiva, Villena, Alcoy...) al menos desde mediados del siglo XVI. En Alcoy aparecen dedicados al negocio de la lana y a la textil al menos desde comienzos del siglo XVIII, perfectos ejemplares del “offici de perayres de la villa de Alcoy”. La población, gracias a su herencia islámica y a la abundancia de sus cauces de agua, tenía tradición textil desde los siglos medievales. En 1278 los obradores de paños de Alcoy ya se agruparon en gremio, bajo el patronazgo de San Miguel (que conservan hasta el día de hoy). En 1561 la fundación de la Fábrica de Paños supuso un espaldarazo a una actividad productiva que no haría sino crecer. En 1780, dos Gosálvez eran ya los más acaudalados fabricantes de paños de Alcoy. Pronto llegaron a ocupar cargos clave en el poderoso gremio textil alcoyano, en torno a la Casa de la Bolla, y su prosperidad aumentó por la conversión de las viejas instalaciones gremiales en Real Fábrica de Paños por Carlos IV el año 1800. En 1834 Francisco Tomás Gosálvez ya era el principal contribuyente de Alcoy, reemplazando a la antigua nobleza y al estamento eclesiástico. Se puede tomar al personaje como arquetipo familiar: perfecto ejemplo de fabricante industrial, hecho a bregar con mil problemas y a pelear con el asfixiante sistema económico del Antiguo Régimen, que llegó a ver desaparecer. Era firme defensor del Progreso (así, a secas y con mayúscula) y pensaba que éste habría de llegar en lo político con el liberalismo, y en lo económico con el estruendo de las máquinas. Preocupado por la innovación tecnológica y por la formación técnica (dotó en su testamento dos cátedras, de Química y Matemáticas), fue uno de los autores del espectacular despegue económico de Alcoy desde finales del siglo XVIII, que se convirtió de la mano de corto número de familias empresariales en uno los focos de la primera y fallida Revolución Industrial española.

No he podido localizar un árbol genealógico de los Gosálvez de Alcoy, que debe de existir. Es una pena, porque revelaría aspectos curiosos. Uno sería la dichosa costumbre de matrimoniar entre primos, segundos y cormanos. Quizás esta endogamia tenía como fin no externalizar los negocios, pero también hay que tener en cuenta que en el cerrado mundo de la oligarquía fabril alcoyana no había muchas opciones (los Barceló, los Llácer, los Albors, los Silvestre y poco más). No obstante, no parece que esta continua consanguineidad dejase más taras que una cierta naturaleza enfermiza, de mala salud de hierro. Cuando la familia pegó el salto por esos mundos el problema dejó de serlo. Otra cuestión curiosa era la alta natalidad familiar, que obligó a todo tipo de soluciones para absorber en el tejido productivo familiar a promociones tan crecidas. Una de ellas fue la más natural: la expansión fuera del solar alcoyano. Hubo miembros de la familia que se establecieron en Béjar (Salamanca) y otros en Posadas, en las riberas cordobesas del Guadalquivir, siempre buscando los caballos de fuerza hidráulicos para mover nuevas máquinas. Algunas de esas dinastías creadas entonces todavía perviven hoy en día, vinculadas al mundo empresarial actual y en algún caso todavía a la maltrecha pero aguerrida industria textil nacional. No así los Gosálvez de Puente de Don Juan, de dramático epílogo.

Santiago Gosálvez y Gosálvez nació junto con un siglo de portentos y horrores. Era nieto de un Guillermo e hijo de un Guillermo Tomás. Su madre, Francisca Gosálvez, era una prima cercana de su padre. Tuvo al menos dos hermanos, otro Guillermo y Francisco Tomás, el de 1834, que seguramente era el primogénito. Su abuelo Guillermo fue el primero en dar el salto de la pequeña manufactura a la gran industria, y al mundo financiero. En 1744 su compañía era la primera en aporte declarado ante la Real Fábrica de Alcoy. En la década de 1830 la sociedad familiar (de Guillermo Tomás y su hijo Francisco Tomás como accionistas, refundada en 1807 y 1817) era ya un entramado complejo que abarcaba negocios diversos y manufacturas variadas, sumaba siete millones de reales de capital y contaba con paquetes de acciones de entidades nacionales y extranjeras. Su sede financiera ya estaba establecida en Madrid, con oficinas en la Puerta del Sol, en el número 4. Los tres hermanos, Francisco Tomás, Guillermo y Santiago, constan como vecinos de la Villa y Corte, donde comienzan a alternar con la alta sociedad, aunque los lazos con Alcoy son todavía muy estrechos. Casan allí y a su muerte son sepultados allí, en el panteón familiar que aún se conserva, trasladado hoy al Cementerio de Cantagallet.

Aparte de los negocios comunes, cada hermano hacía la guerra por su cuenta. En 1826 Francisco Tomás, con otros dos socios, fundó en Alcoy una empresa de licores y destilados que le supuso pingües beneficios. En 1810 Guillermo creó una papelera junto con sus dos hijos, José y Rafael. En cuanto a Santiago, antes de iniciar su gran apuesta empresarial en Puente de Don Juan ya tenía amplia experiencia fabril y financiera. No sé qué papel jugaba exactamente en la sociedad familiar (secundario en todo caso, pues no era accionista), pero entre sus negocios propios estuvo la sociedad con Tomás Jordá (o Jordán), fabricante papelero que también tenía oficinas en la Puerta del Sol (en el número 7), y que fue el primero en instalar en España una máquina de papel continuo en la factoría que levantó en Manzanares el Real, en 1836.

Cuando Francisco Tomás Gosálvez fallece en 1838 nombra albaceas testamentarios a sus dos hermanos, Guillermo y Santiago. Ello les va a dar acceso franco a los beneficios de la gran fábrica familiar en Alcoy, La Beniata, y también a fondos de capital establecidos por su hermano fallecido, de los que van a disponer cuando alguna de las últimas voluntades de Francisco Tomás (como las cátedras en Alcoy) se demoren en el tiempo o sean de imposible cumplimiento. Es probable que esta repentina capitalización fuese la causa de que Santiago se lanzase a lo grande. Comenzó comprando dos fincas inmediatas al Júcar, en la ribera derecha del río, procedentes de lotes de Desamortización. El más pequeño de los terrenos estaba en el término albaceteño de Fuensanta, a dos kilómetros del pueblo. El mayor unos cinco kilómetros río arriba, junto a Villalgordo, del que sólo lo separaba el agua del río, aunque el término municipal era el de Casas de Benítez. Para más líos, la reciente creación de la moderna provincia de Cuenca en 1833 había dejado albaceteño a Villalgordo, y a Casas de Benítez conquense, así que la nueva propiedad de los Gosálvez fue siempre provincia de Cuenca pero completamente imbricada con una población de Albacete. El núcleo de Casas de Benítez estaba tan apartado (a 11 kilómetros) que nunca pintó mucho en la ecuación. Ambas parcelas tenían de antiguo aceñas y derechos de uso del agua del río, que aquí se podía encauzar a voluntad con un caudal generoso en cualquier época del año.

En apenas ocho años y hasta su temprana muerte, Santiago Gosálvez desarrolló una actividad frenética, inhumana, para poner en marcha desde la nada dos núcleos industriales que con el paso del tiempo acabaron siendo las grandes fábricas de “La Gosálvez” en Villalgordo, y “La Manchega” en Fuensanta. Fundó una compañía comercial, “Gosálvez y Cía”, en la que seguramente en un principio aparecía como asociado su amigo y empresario Vicente Brutinel, que luego se quitó de en medio, quizás porque estaba construyendo otra papelera en Alcoy. Esta sociedad perduraría a lo largo de tres generaciones, hasta 1902, aunque con el paso de los años se fueron añadiendo otras mercantiles entrecruzadas. Levantó edificios, cavó canales, construyó tubos de presión, compró y arrendó la preciada maquinaria y trajo un buen número de obreros especializados y a sus familias desde su patria chica, que en parte se establecieron en una colonia en su propia fábrica, y en parte en las localidades inmediatas. De la noche a la mañana Villalgordo vio crecido su vecindario por nuevas gentes que hablaban entre ellos en algo que parecía valenciano y algo de ello había, pero que realmente era el habla cerrada, gremial, ancestral, de los operarios textiles de Alcoy. Gentes que, para sorpresa de los lugareños, nada sabían de trigos y cebadas, de frutales y azafranes, sino sólo de ruedas y engranajes, de tafetanes y tules, de bisulfito e hipoclorito, élite de los obreros industriales, que cumplían tradiciones tan antiguas que ni ellos entendían y ponían a sus máquinas nombres de mujer.

Santiago Gozálvez diversificó su producción desde el principio, siguiendo los preceptos familiares. En Puente de Don Juan puso en pie una una harinera, una fábrica de tejidos finos y una papelera. Para el hilado importó maquinaria británica, con farragoso papeleo y escandalosos aranceles (3.000 reales de vellón). Creo que la máquina que vino fue una selfactina. Si es así, fue la primera y seguramente la única de estas magníficas máquinas que funcionó en la provincia de Cuenca. También fue la primera vez que en España se mecanizó la hiladura del lino, junto con la iniciativa simultánea de Ferran Puig en tierras barcelonesas: “A Conca, Santiago Gosálvez i a Sant Andreu de Palomar, Ferran Puig”, y si lo dicen los de la Fabra y Coats, ellos sabrán. Con el paso del tiempo se les fueron uniendo otras manufacturas, aunque el principal producto de las dos fábricas de los Gosálvez de Puente de Don Juan fue siempre, y por amplia diferencia, el papel.

En Alcoy se fabricaba papel desde 1757. La fecha sorprende por lo tardía, ya que las manufacturas papeleras son la diversificación lógica de la textil, pues el papel tradicional se hacía de paño, flexible, blanquísimo y eterno. Desde el siglo XVI donde hay pañería suele haber papelera, y en esto la ciudad de Cuenca es un ejemplo de tantos. Los Gosálvez de Alcoy ya fabricaban papel al menos desde el año 1800, en que un José Gosálvez (que no sé cómo encajar en el árbol familiar, donde hay al menos otros tres del mismo nombre) funda su fábrica de papel. Diez años después llegaría la ya citada de Guillermo y sus dos hijos. El papel pronto se reveló un magnífico negocio, en tres facetas. Primero el papel estampado decorativo para paredes, de nuevo gusto inglés, el género más fácil de mecanizar. Después el pliego de papel en resma en un momento en que la Instrucción Pública comenzaba a alfabetizar a grandes masas de población. En tercer lugar una manufactura curiosa: el papel de liar para fumadores, en librillo, un producto de altísimo valor añadido para un vicio que se extendía sin medida, y de elaboración compleja. Para suministrar papel en cantidades masivas el proceso industrial cambió por completo, se mecanizó (la máquina de papel continuo) y la materia prima pasó a ser la celulosa, creando un nuevo tipo de papel (el actual) barato pero perecedero, enseguida amarillento y quebradizo.

Las fábricas de papel que Santiago Gosálvez instaló en Villalgordo y Fuensanta se inspiraban directamente en la factoría de su socio Tomás Jordá de 1836, y en la propia experiencia familiar. Seguramente “La Gosálvez” fue la segunda fábrica de España con máquinas de papel continuo, aunque en muy pocos años ya se documentan catorce en funcionamiento. Una o las dos factorías del Júcar ya estaban operativas en 1843, lo que tuvo que suponer un ritmo de trabajo bestial. Al año siguiente ya parecen estar funcionando con normalidad, produciendo artículos de calidad y a la moda que se comercializaban en Madrid y en otras grandes ciudades a través del entramado societario familiar, que llegó a surtir a la Casa Real. En 1845, en reconocimiento a “la perfección de sus productos presentados en la esposición (sic) de la industria española”, la reina Isabel II concedió a Santiago Gosálvez la Real Orden de Carlos III, en grado de caballero supernumerario.

A la vista de su biografía, Santiago Gosálvez tuvo que ser un personaje con una energía vital excepcional. Trabajó como un poseído, a toda velocidad. Quemó su vida. Mientras levantaba las fábricas del Júcar gestionaba la factoría familiar en Alcoy y atendía todo tipo de asuntos comerciales en Madrid. Vivía en los caminos, a golpe de calesín. Dormía en ventas y posadas. A su familia la traía y llevaba de Alcoy a Madrid.

De su mujer, Alejandra Barceló Gosálvez (otra prima) tuvo nueve hijos, al menos que le sobreviviesen: Modesto (muere en 1887), Gonzalo (m. 1885), Francisco (m. 1905), Cristina, Virginia, Francisca (m. en 1903), María, Matilde (m. 1928) y Elena. Las últimas hijas debían ser muy niñas a la muerte del padre, de ahí que Modesto, el hermano mayor, desempeñase roles paternos. Su madre se ocupó de que al menos cuatro casasen con familias de la “gent del puntet” alcoyana, Barcelós, Bisbales y demás.

Santiago Gosálvez murió hacia 1850 (en 1849 seguía vivo, y en 1852 ya no lo estaba). Su viuda era alta burguesía empresarial por los cuatro costados, y le sobraban redaños para pelear con nueve churumbeles y con dos fábricas. Apoyándose en los hijos mayores, continuó con las actividades de su marido hasta su muerte, el 24 de noviembre de 1882. Las operaciones se hicieron a través de una sociedad puente, “Viuda de Gosálvez e Hijos”, que también fue la marca comercial en estos años. Tras su fallecimiento, su hijo Modesto extinguió la sociedad, retomó la de su padre (que había quedado larvada) y recolocó a sus hermanos como accionistas en una nueva mercantil, “Gosálvez Hermanos”, que gestionaría en lo sucesivo la pequeña de las dos fábricas, la de Fuensanta. Arreglados los papeles, tomó formalmente las riendas de los negocios familiares. Seguramente ya los dirigía de facto desde al menos 1862, pero había mantenido el estado de las cosas por respeto a la madre, que además llevaba años enferma.

El negocio no había dejado de crecer en ningún momento, ampliando las fábricas, sumando propiedades inmobiliarias en Madrid y otras ciudades, comprando fincas rústicas por los contornos (entre ellas los predios de El Cerro, en Sisante, de 1.400 hectáreas; y La Heredad, en Casas de Benítez), diversificando la producción, actualizando los equipamientos y asistiendo a ferias y eventos, como la Exposición Universal de París de 1855. Pese a su relativo aislamiento de otro tejido industrial, las fábricas del Júcar no descuidaron la mejora tecnológica. En 1870 su director era el gran ingeniero francés Auguste Kaindler. En la década siguiente la fábrica de Puente de Don Juan ya fabricaba los tres géneros de papel: continuo, resma y de liar, además de papeles bastos, para envolver. Por esos años el químico Verdet realizó en Puente de Don Juan una de las primeras transformaciones de residuos vegetales en pasta química, aprovechando los sarmientos tan frecuentes en la comarca, de tal manera que en 1888 ya se vendía en bruto pasta de madera. Fue la primera fábrica de España y una de las primeras de Europa en conseguir refinar y comercializar este producto. En la colonia de Puente de Don Juan llegaron a vivir unas trescientas personas, y “no siendo suficiente número de individuos para cubrir todas sus atenciones, tienen que bajar de Villalgordo cuatrocientos cuanto menos, para trabajar en las diferentes faenas de la misma, y casi otras tantas mujeres y chiquillos”.

El pleno control de la fuerza productiva en una comunidad humana cerrada, donde el patrón controlaba cada faceta de la vida de sus trabajadores a través de una relación clientelar completa, repercutía en una existencia dedicada a la fábrica y en una productividad altísima, con agotadoras jornadas de trabajo. Sin embargo no puede decirse que los Gosálvez fueran malos patronos, al menos en el espíritu de su época: sus empleados tuvieron unos salarios, unas condiciones de trabajo y unos servicios que en esos años eran impensables en la comarca. La colonia de Puente de Don Juan tenía instalaciones luminosas y diáfanas, servicio médico, escuela, economato, capilla y hasta un tranvía hipomóvil de vía estrecha, de cuatro kilómetros y medio de longitud, que la comunicaba con la vecina fábrica de Fuensanta. También viviendas obreras dignas. Alguien tan poco sospechoso de hacer la pelota como el regeneracionista Joaquín Costa afirmaba:

“D. Modesto Gosálvez, propietario de una fábrica de papel situada en el pueblo de Villargordo del Júcar, ha levantado para sus operarios 34 grupos de dos habitaciones cada uno (…). Cada habitación consta de cocina, sala con alcoba, despensa y jardín, distribuidos en el piso bajo y superior de que constan. El señor Gosálvez arrienda cada una de estas habitaciones a 13 reales mensuales; pero piensa aumentar su número y venderlas todas a sus obreros por el sistema de las de Mulhouse, aunque mucho más baratas; es decir, que seguirán pagando el mismo alquiler más un pequeño interés, hasta que quede amortizada la cantidad de 3.500 reales, valor de cada habitación. Este resultado tan lisonjero, obtenido en una de las provincias más atrasadas de España, debe alentar a todo el mundo para tomar en consideración el problema de la vivienda económica…”

Todo aquí hay que ponderarlo no obstante: los salarios eran altos, pero para el entorno. En 1902 un informe constataba que los sueldos eran más o menos la mitad de lo que cobraba un operario industrial en el norte de España. La colonia fabril de los Gosálvez fue siempre demasiado pequeña y aislada para crear un movimiento sindical apreciable, a diferencia del norte industrial o del propio Alcoy, una de las cunas del anarcosindicalismo español. Los primeros esbozos sindicales en Villalgordo no se documentan hasta los años de 1904 y 1917, mientras que los pueblos de alrededor (mucho mayores y no industriales) tuvieron sindicalismo arraigado a lo largo del último cuarto del XIX. Además la lucha sindical se centró en el ámbito de los obreros agrícolas, muy constreñidos por el fuerte caciquismo local, y no en las fábricas de los Gosálvez. Hasta los años de 1920 no hubo una pequeña Agrupación Socialista en Villalgordo del Júcar. Tampoco dio tiempo: cuando en Albacete y Cuenca comienza la gran eclosión de los movimientos obreros y de izquierda, las industrias de Puente de Don Juan ya habían recibido su golpe de muerte.

El agua fue pronto otra fuente de conflictos y problemas, pues la fábrica de Villalgordo se tragaba al Júcar, literalmente. En 1860 se construyeron una nueva presa y un nuevo canal capaces de desviar toda la corriente al interior de la colonia fabril, a la vez que se elevaba el salto de agua. La potencia, que oscilaba entre los 450 y los 900 caballos de fuerza según la época del año y el caudal del río, movía máquinas e ingenios de todo tipo. Alguno de los comentarios es harto ilustrativo: “Diríase al ver esta extraordinaria construcción, que dicho señor [Modesto Gosálvez] es, al mismo tiempo que de la fábrica, propietario también del río, que corta, desvía y maneja a su sabor, conduciéndolo entero al interior de su casa, empleándolo allí para fabricación, fuentes, riegos nuevos y en cuanto bien se le parece, y devolviendo los restos al cauce… como si la desembocadura en el mar estuviera a 10 metros de la fábrica, sin aprovechamiento alguno intermedio”. El comentario no era del todo justo: Modesto Gosálvez devolvía agua al río, aunque sólo fuese porque tenía que mover la segunda de sus fábricas, “La Manchega”, con 350-750 HP de horquilla de potencia hidraúlica. La solución al problema fue la de siempre en estos casos: tirar de talonario, comprando concesiones y nuevos usos del agua del río. Vigente todavía hoy, la concesión para la fábrica papelera de la “La Manchega” (que heredó su planta hidroeléctrica) data de 1867.

También tuvieron que plantearse problemas de seguridad laboral y ambientales, aunque no encontrado referencias sobre ellos. La fabricación del papel de celulosa es un proceso químico complejo, y hasta hace pocos años muy contaminante. La pasta se trataba con bisulfito de calcio para degradar la lignina, y el papel se blanqueaba con hipoclorito sódico, esto es, con lejía. Los dos compuestos se producían en las mismas fábricas, que emanaban un olor característico. La fabricación de hipoclorito era complicada, casi imposible en verano a causa del calor, proclive a accidentes sobre todo por liberación de cloro elemental que forma gas dicloro, muy tóxico. Por ello las lejiadoras estaban separadas del resto del complejo y servidas por personal muy especializado. También el agua de la limpieza de los cilindros de blanqueo se utilizaba para riegos a fin de no verterla al río. No sé hasta qué punto estas medidas eran suficientes, y en algún caso creo que acabaron siendo contraproducentes. Cuando se empezó a trabajar con esparto, hubo que utilizar cloruro de sal y sosa caustica en grandes cantidades, que ya se adquirían en el exterior pero cuyo proceso industrial, tal y como estaba planteado, es posible que provocase contaminación de suelos y niveles freáticos.

Modesto Gosálvez Barceló inauguró también otra tradición familiar de los Gosálvez conquenses: meterse a político. Fue diputado a Cortes por Cuenca en 1865, 1876, 1879 y 1884. Inició su carrera política en un Partido Liberal Moderado escindido en facciones en los años inmediatamente anteriores a La Gloriosa de 1868. Don Modesto fue moderado unionista, afín a las tesis gubernamentales y posicionado frente a la rama neocatólica del partido. La cosa tenía su lógica: además de la defensa del capitalismo puro y duro, la familia había iniciado su trayectoria industrial con la compra de bienes de la Desamortización de Mendizábal. Con la segunda Desamortización, Modesto Gosálvez volvió a comprar bienes eclesiásticos enajenados en Madrid y otros lugares, lo que no quita que fuese de puntual misa dominical. En la Restauración formó parte del Partido Liberal-Conservador de Cánovas del Castillo, con una activa participación política hasta un año antes de su fallecimiento. Dotado de un verbo poco florido pero demoledor, aparece en comisiones gubernativas para establecer la fiscalidad industrial, especula con solares madrileños y se interesa por el mundo del vino (de ahí la compra intensiva de fincas) aunque no sé si llegó a estrenarse como bodeguero.

Modesto Gosálvez murió el 25 de mayo de 1887 en Madrid. Según parece, y al igual que sus padres, llevaba años enfermo. No tuvo hijos. Casó tarde con María Josefa Álvarez, que traía tres vástagos de un enlace anterior, Adelaida, Enrique y Matilde. Modesto los acogió como hijos suyos y les dio el apellido. Los originales formaron el compuesto “Fuentes-Álvarez”, aunque los tres hijos solían limitarse al “Fuentes”, y en la siguiente generación alguno usó el “Gosálvez-Fuentes”. También los educó como perfectos Gosálvez (es decir, emprendedores productivos e hiperactivos) y los instituyó como herederos universales, para lo cual preparó minuciosamente el reparto de la herencia a fin de evitar problemas con sus hermanos. Las fábricas se reservaron al hijo varón, Enrique, en tanto que las hijas recibieron las fincas rurales y otros bienes inmuebles. A esto hay que añadir el fallo judicial (1904), tras años de bronco litigio, del gran pelotazo urbanístico póstumo de Modesto Gosálvez en el Ensanche de Madrid. Sin más salidas jurídicas, el Ayuntamiento madrileño tuvo que indemnizar en 1906 a los tres hermanos con la abultada cifra de 1.600.000 pesetas de la época, la mitad ajustable en solares en el barrio de Salamanca, la mitad en Cédulas del Ensanche. Estos terrenos se revalorizaron enormemente en los años siguientes. Las dos hermanas casaron pronto (Matilde con el médico Higinio de la Torre, Adelaida con el platero Luis Espuñes). Ambos enlaces dejaron cumplida descendencia (cinco y dos vástagos respectivamente) que ha llegado hasta la actualidad.

(Sigue en la segunda parte)



El Paseo de los Plataneros, monumento vegetal.




Fachada norte del Palacio Gosálvez. Esta foto, como casi todas las antiguas que siguen, son obra del fotógrafo Luis Escobar (fondo de imágenes en Biblioteca Virtual de C-LM). Fueron tomadas con motivo de la fiesta, el 19 de julio de 1931, que organizó Enrique Gosálvez para celebrar la elección de su hijo Modesto como diputado a Cortes.



Fachada norte del cuerpo principal del edificio.



Fachada principal del Palacio. La foto es de mañana, con el sol ya alto. La familia posa en los escalones, quizás antes de la celebración. A la izquierda, de negro, Enrique Gosálvez. María Manresa, la madre, no está aquí. No todos son hijos. Han venido primos y parientes lejanos. 



Fachada principal del Palacio. Estado actual (octubre de 2016)



La Fuente de la Zarina.



Gigantesco platanero... Este es el drama de los grandes árboles, que no es sino el de la fugacidad de las cosas humanas. Aquel que los plantó no vivió para verlos así, y nosotros que los contemplamos tenemos a menudo que ver también la ruina de los proyectos e ilusiones de aquellos que nos precedieron.  



Lateral del Palacio, desde el oeste.



Lateral oeste del Palacio. El adulto en el centro del equipo parece Modesto Gosálvez II, con la calvicie precoz de toda la familia. Es curioso el automóvil a la sombra del edificio, a la derecha. 



Fachada Principal. El edificio tenía una forja magnífica en balcones, barandillas y puertas de entrada, que ha sido expoliada por completo. 



Porchado de la Puerta Principal.



El Hall. El techo de madera de la planta sótano fue incendiado en un increíble acto de vandalismo, lo que provocó la caída del piso y de precioso suelo de taracea.



Restos de solado del Hall. 



Chimenea del Hall. Debió quedar dañada en la inundación de 1942 y fue reemplazada por otra más sencilla. La foto es de los años de la Guerra Civil, cuando el Palacio fue convertido en maternidad y albergue de niños desplazados.



Chimenea del Hall en la actualidad.



Techo del Hall. Losa de hormigón. 



Detalle de capitel. Hall.



Escalera principal.



Escalera principal.



Piso alto de la escalera. Aquí se aprecia la diversidad de materiales utilizados por Sainz de los Terreros: techos de madera (hoy desaparecidos), bovedillas de ladrillo y estructuras metálicas que sostienen las grandes losas de hormigón de los techos. Son éstas las que mantienen en pie lo que queda del edificio. 



Puerta de entrada del Hall a la Escalera.



Habitaciones desfondadas. La retirada sistemática de las placas metálicas del tejado provocó la irrupción completa de aguas, deviniendo en ruina galopante en bien pocos años. 



Ruina exponencial...



Escalera de servicio.



El Canal, con la central eléctrica al fondo.











El Paseo de los Plataneros. Entonces, claro, no estaban tan crecidos. 







Escenario de arquitectura fingida al final del Paseo de los Plataneros. Esta fachada de falsete corta el gran eje que crean Palacio y Paseo de una forma que se antoja ilógica, hasta se repara en lo que falta aquí: la puerta central de la gran fachada de la nueva fábrica de La Gosálvez, en obras a la par que el Palacio. Enrique Gosálvez concibió una nueva ordenación del espacio según un rotundo eje Fábrica - Paseo - Palacio que el cierre del complejo fabril frustró por completo.































El Cupulín, sin duda el elemento más grácil de todo el edificio, conservado todavía por pura suerte. Una escalera de caracol permitía encaramarse hasta este pintoresco mirador. 



Azulejos modernistas en la planta primera.



Salón de los Espejos.



Suelo del Salón de los Espejos. 























Jardines en decadencia...































Salón de la Chimenea.

















Salón de la Chimenea. Aquí solía retirarse Enrique Gosálvez a departir con sus invitados. No resulta difícil imaginarse las conversaciones políticas y las negociaciones empresariales que tuvieron lugar en esta habitación. 




La chimenea, original de la primera fase del Palacio, sufrió una reforma en el fogón a la que pertenecen los azulejos verdes, más modernos. 




Enrique Gosálvez... Es curioso, pero este mismo soporte heráldico (un dragón áptero muy probablemente) aparece ya en alguna marca de agua de papel y en algún sello seco en los años del primer Modesto Gosálvez. Es posible que tuviese algún tipo de simbolismo familiar.








Detalle del Techo del Salón de la Chimenea. Se aprecian restos de otra policromía anterior, en tonalidades más claras. 











Ventanales del Salón de la Chimenea. 



Escalera de bajada a la planta sótano. 



Entrada a la planta sótano, destinada a viviendas del personal de servicio y almacenes.










Vaquerías. 



Interior de las vaquerías.




























Capilla de Puente de Don Juan, levantada por el segundo Modesto Gosálvez entre 1946 y 1948. Fue la última construcción levantada en un complejo ya en plena decadencia por aquellos años. 



Interior de la Capilla.



Fachada de la Capilla. En la hornacina campaba un mosaico de azulejos con un Santiago Matamoros, expoliado.







Remanso del Júcar bajo las compuertas.















Frente a la fachada norte del Palacio, en el día de la fiesta. Aquí tenemos al menos a dos hijos de Enrique, Gonzalo y Matilde.



La familia en los jardines de Palacio.



Portada de la escritura de aportación de las fábricas de "La Gosálvez" y "La Manchega" a la Papelera Española, 12 de julio de 1902.



Una crónica de las peripecias electorales de los Gosálvez, padre e hijo, en 1923. Del diario "La Acción", 9 de septiembre de ese año. 



Portadas en la prensa de la época acerca del ferrocarril La Roda-Tarazona. A la izquierda la presentación del proyecto en Madrid, del ABC de 12 de junio de 1929. A la derecha portada de Día de Cuenca del 19 de julio de 1930, con el recibimiento que la ciudad ofreció a los Sres. Araúz y Gosálvez, junto a los ingenieros responsables del proyecto.



Los candidatos electos a Cortes por Cuenca en 1931.



Foto general de los asistentes a la fiesta, en la puerta principal del Palacio, profusamente engalanada. Publicada en ABC el 23 de julio de 1931. Sin duda Escobar vendió la placa al rotativo, por lo que no se conserva la imagen salvo en la escasa resolución de imprenta, y es una verdadera pena. Sentado en el centro, Enrique Gosálvez. Junto a él su mujer, María Manresa. Sobre la madre, el personaje marcado con la X blanca es Modesto, el homenajeado. La joven con el pañuelo a la derecha de su padre es posible que sea Matilde. Sobre ella, con la cabeza girada, Gonzalo. Fernando es el tercer personaje a la derecha, a partir del padre. No sé quien es el personaje central en negro que saluda con el brazo en alto.



Ésta es una fotografía no contextualizada de la colección Escobar que tiene mucho más de lo que parece. La imagen está tirada en el Palacio, en el día de la fiesta, aunque no sea más que por el dichoso sillón de mimbre que aparece por todas partes. Creo que el personaje de negro de la izquierda es Enrique Gosálvez. Lleva el mismo traje que en las demás imágenes, y acaba de dejar el sombrero sobre la silla. Casi reproduce la pose de la foto anterior. Para tener 71 años la imagen le ha tratado bien. Me escama mucho más el personaje del centro, que quizás es el mismo individuo de negro que ocupa el centro de la imagen anterior. No me gustan las teorías de la conspiración, y seguramente no sea él, pero llevo todo el día comparando antiguas imágenes: esas cejas en ángulo, esas peculiares orejas y esa rotunda nariz...



El Palacio en 1982. Buena parte de los jardines ya han sido roturados y ha comenzado el deterioro y el expolio del edificio, que aún se conserva en un razonable buen estado. 







Unas imágenes de Alcoy, origen de los Gosálvez de Puente de Don Juan. Esta es la Máquina de La Beniata, la gran factoría textil de los Gosálvez de Alcoy. También conocida como la Máquina de Guillén, seguramente por haber sido fundada por uno de los Guillermos Gosálvez, el padre o el abuelo de Santiago Gosálvez, el constructor de las fábricas en Villalgordo y Fuensanta. Originalmente del siglo XVIII, se ha mantenido en funcionamiento hasta el siglo XX. Modesto Gosálvez I todavía fue su propietario. Luego la factoria se enajenó, seguramente debido al escaso interés que Enrique Gosálvez manifestó por la familia de su padre adoptivo y sus orígenes alcoyanos.

La fábrica, pese a ser uno de los mejores y más antiguos ejemplos de arqueología industrial de Alcoy (y catalogada como bien patrimonial) fue parcialmente demolida hace unos años, y lo que le queda no tiene buen pronóstico. En todos sitios cuecen habas, parece...



Alcoy. Capilla de San Miguel, patrón del gremio textil de Alcoy, luego Real Fábrica de Paños y hoy Agrupación Empresarial Textil Alcoyana. El patronazgo se ha venido manteniendo ininterrumpidamente desde el siglo XIII. 



Alcoy. Tumba de Francisco Tomás Gosálvez en el Cementerio de Cantagallet, año 1838. Fue trasladada desde el Cementerio Viejo, y es una de las más antiguas (si no la que más) de las que se conservan en este recinto. En ella hay sepultados un buen número de miembros de la familia, aunque no Guillermo y Santiago, los hermanos. El Cementerio de Cantagallet es uno de los más espectaculares camposantos de España, gracias entre otras cosas a los mausoleos de las grandes familias de la oligarquía industrial alcoyana. Últimamente está siendo objeto de promoción turistica, con un notable éxito según parece.











Panteón de los Gosálvez, en el cementerio de Villalgordo del Júcar. Aunque últimamente el turismo de cementerios parece que está de moda, por mi parte esto de frecuentar camposantos persiguiendo Gosálvez está empezando a pasarse de la raya. Por lo demás, el Panteón, de mármol blanco, es de una preciosa y exquisita factura. Fue sufragado ya en el siglo XX por Enrique, Matilde y Adelaida Gosálvez, para su madre biológica, Josefa Álvarez, y su padre adoptivo, Modesto Gosálvez I. En él también sepultaron a sus tres hijos fallecidos todavía en el siglo XIX, antes de la construcción del Palacio. Con el paso de los años Modesto Gosálvez II también decidió enterrarse allí. 



Sin duda una magnífica muestra de arte funerario de principios del siglo XX, llegada hasta nuestros días en un estupendo estado.




El final de una historia de amor. El férreo industrial, correoso diputado a Cortes, despiadado especulador... enamorado en el otoño de su vida de una de sus jóvenes empleadas hasta el punto de desafiar convencionalismos sociales y alterar el destino de su dinastía.




Esta es la hija que faltaba, otra María, en una tumba blanca fuera del Panteón, seguramente fallecida a poco de nacer. Catorce vástagos en total, de los que solo cinco sobrevivieron a sus padres, de los que solo tres llegaron a casar, y de los que ninguno tuvo descendencia.




Tumba de Franciso Gozálvez Barceló en el cementerio de Villalgordo. Uno de los nueve hijos de Santiago y Alejandra, hermano pequeño de Modesto Gosálvez I, es de los pocos hermanos que no se reintegró al ámbito de Alcoy. En la lápida no consta la fecha de fallecimiento, pero fue en 1905. La tumba, muy sencilla, fue luego ampliada y mejorada en el mismo mármol blanco del Panteón.




Este no es un Gosálvez. Se trata de Julio Piñal Aldaco, capitán de ingenieros y director de las obras de las fábricas de Villalgordo y Fuensanta. Murió en 1904, con los trabajos en pleno apogeo.




Doble página de la revista ilustrada Mundo Gráfico, del 25 de diciembre de 1912, con la inauguración de la fábrica de papel de Rentería, de la Papelera Española, primer hito de la nueva política de la compañía tendente a la modernización y a concentrar capacidad productiva en el Norte industrial. Justo tres años antes de estas imágenes, las fábricas de papel en el Júcar habían recibido su cierre definitivo. En la primera plana, abajo a la derecha, el Consejo de Administración de la Papelera. Enrique Gosálvez es el segundo por la izquierda. En esta imagen tiene 52 años, y ya luce una calvicie casi total.



El Paseo de la ribera del río en Villalgordo del Júcar lleva el nombre de los Gosálvez. Debe ser el único homenaje actual a un linaje industrial tan pujante e influyente en su día como postergado hoy a un olvido casi absoluto, apenas treinta años después de la muerte de sus últimos vástagos. Villalgordo siempre sintió muy cercana la presencia de los industriales papeleros, a diferencia de Casas de Benítez. Si el Palacio Gosálvez estuviese en término de Villalgordo del Júcar, muy posiblemente su suerte sería otra. Pero Cuenca es otra cosa...

Comentarios

Entradas populares:


El Jesús de La Cierva


Septenario en Moya


San Julián del Tranquillo


Hogueras de la Cruz de Mayo. Cuenca