El Telégrafo Óptico (Parte 3)




Por las lomas de la Manchuela.


Tercera entrega de la línea de telegrafía óptica en las tierras de Cuenca, en esta ocasión a través de la porción más oriental de la comarca manchega.

Lo de Manchuela es topónimo moderno y artificial, o quizás no del todo. Seguramente llegó a usarse a nivel popular en alguna localidad de la zona, en el sentido de la Mancha entre el Cabriel y el Júcar. Los cauces de ambos ríos, muy encajonados cuando no sumidos en profundas hoces, acaso crearon un relativo sentido de apartamiento del resto de la comarca manchega, que por lo demás no va a ser concebida como La Mancha, como un todo, hasta muy avanzada la Edad Moderna, y no va a tener una clara formulación teórica hasta el regionalismo manchego del siglo XIX, incluyendo etimologías pintorescas acerca del origen del vocablo. Cierto manco soldado y alcabalero, gloria de la literatura, que utilizó el topónimo como nombre propio y en singular en el título de su obra más universal, en el texto mentalmente sigue diferenciando áreas, puesto que en el perfecto conocimiento de una comarca que corría de arriba abajo, no la veía realmente como una totalidad.

Esto es debido a que, en sus orígenes durante la Repoblación, no hubo Mancha sino manchas, yermos para coto, presura y arrompido, a los que había que poner apellido. La primera fue la Mancha de Vejezate, en las riberas pútridas del Záncara. Luego, alguien con más vista caminó cuatro leguas al sur y roturó mancha en Tomelloso, lugar al que lució mucho más el pelo. Enseguida siguieron otras, la mayoría de nombre efímero, mientras se consolidaba la ocupación y explotación del territorio. La de nombre más sonoro y duradero fue la Mancha de Montearagón, de grande extensión e imprecisos límites, que abarcaba más o menos el amplio espacio entre las Lagunas de Ruidera al oeste, los límites del Reino de Valencia al este y las Sierras de Cuenca y Alcaraz a norte y sur. La Mancha de Montearagón fue unidad geográfica percibida, que no entidad política, documentada desde el siglo XIII y al menos hasta el siglo XVII, apocopada desde el siglo XVI en Mancha de Aragón, como la cita el Quijote o la llama fray Luis de León en su proceso inquisitorial. Los patrones geográficos en la cultura popular suelen ser muy persistentes, pues forman parte del sustrato de conocimiento colectivo. La actual Manchuela no coincide con la antigua Mancha de Montearagón, mucho más extensa, pero hay algo ahí: un esquema mental de diferenciación de la porción más levantina de la comarca manchega. Por lo demás, lo de La Manchuela sale del subconsciente popular y entra en el ámbito administrativo a partir del año 1966, en un intento fallido de denominación de origen de vino (no se obtendría hasta el año 2000) pero que sirvió de catalizador de algo que siempre había estado ahí. También ayudaron siglos de historia en común: casi toda la Manchuela fueron términos de Alarcón, Iniesta y Jorquera, tres villas a Fuero de Cuenca, y las tres englobadas dentro del enorme estado de Manueles y Pachecos, el Señorío de Villena.

Geográficamente hablando, también la diferenciación es evidente: la Mancha central es la gran llanura; la Manchuela es tierra de colinas, casi nunca plana, que va perdiendo poco a poco altura de norte a sur. La Mancha es el yeso, el espejuelo, el pedernal y la arena de aluvión donde nunca entró la filoxera; la Manchuela es la arcilla y la terra rossa. La Manchuela tiene una mayor altura media, como borde que es de la cubeta manchega. Solamente cuatro pueblos en la Manchuela, en su extremo sur, están por debajo de 700 metros de altura. 800 y pico es lo habitual, y hay alguno por encima de 900 metros, en tanto que los grandes poblachones del centro de la Mancha suelen estar en torno a los 650. También la Manchuela, dentro de la relativa aridez, es más lluviosa, resultado de su mayor proximidad a Levante. De molino hidráulico, que no de viento. Asimismo, está menos deforestada que el resto de la Mancha. Es una comarca de perfiles suaves y amables, de colores rojizos, cultivada de vides, almendros y olivos, salpicada de pinos donceles, sotos y bosquecillos. A zonas, tiene un parecido sorprendente con la Toscana.

La Manchuela son dos, la de Cuenca y la de Albacete, separadas por el torpe remedo que fue la reforma provincial de Javier de Burgos de 1833, que no respetó siglos de historia y ni siquiera acertó a dar una separación razonable entre las dos, sin ir más lejos con el término de Villalgordo del Júcar. 30 municipios conquenses y 24 albaceteños, aunque sus límites externos son pura convención moderna, y por tanto discutibles y un tanto lábiles (como ocurre con las mancomunidades y los programas de desarrollo rural). 70.000 habitantes, 42.000 en Cuenca y 28.000 en Albacete, ambas zonas en expansión demográfica (cosa harto infrecuente por estos lares) merced sobre todo a una agricultura próspera y a una potente industria de transformación, aunque las desigualdades entre municipios son muy evidentes, con localidades casi urbanas y otras casi despobladas, con una divergencia de niveles de renta brutal. Es muy desconocida del turismo, salvo Alarcón y Alcalá del Júcar, aunque otras cinco poblaciones al menos tienen un notable potencial. Tal es la Manchuela, y su paisaje apenas ha cambiado desde que los ingenieros de D. José María Mathé y Aragua la corrieron de este a oeste buscando las más adecuadas cotas para levantar sus torres telegráficas. Y lo de correr está aquí utilizado en su sentido más literal, porque su jefe exigía resultados, como vimos, a una velocidad despiadada.

Lo tuvieron fácil, a la vista está. No hay paisaje que se preste más a un tendido de telégrafo óptico. En la Mancha faltan elevaciones, y en la Sierra sobran y hay que introducir la visual entre cumbres como quien enhebra una aguja. Ya hemos visto los problemas y errores que tuvo el trazado de la Línea en la comarca de Requena, de tramposa orografía. En la Manchuela, por el contrario, se puede elegir colina de entre todo un catálogo de ellas, permitiendo además una separación larga. Menos torres y más espaciadas, pero con una visibilidad perfecta. Cinco torres cubren una distancia de unos 71 kilómetros, medidos de confín a confín comarcal. Las distancias entre ellas son de 13.50, 15.30, 13.40 y 12.40 kilómetros, bastante uniformes, pero es que las cotas suman respectivamente 871, 872, 868, 902 y 866 metros. Con la no muy evidente excepción de la cuarta torre, están todas a la misma altura, y el ángulo de alineamiento entre ellas suma desviaciones muy comedidas. Además, y según establecían las puntillosas instrucciones para su ubicación, están todas inmediatas al viejo Camino Real de Valencia y cercanas a población (la más alejada a 4,4 kilómetros, la más próxima a 900 metros), lo que hacía más llevadera la vida a los torreros.

Su estado de conservación es relativamente bueno. En anteriores entregas de este trabajo ya hemos dado algunas razones: en primer lugar, el uso del ladrillo en esquinales y vanos, material humilde que no despierta las codicias de las piezas de sillería. Solamente la torre de Olmedilla utiliza un tosco sillarejo en las cantoneras. También están próximas a los pueblos, hemos dicho, pero lo bastante lejos para que no resulte rentable un expolio de la mampostería. A esto hay que añadir una horquilla térmica más moderada que en otras zonas por la relativa proximidad a Levante y, sobre todo, la utilización de morteros de una excelente calidad. En alguna de las torres, la argamasa es más tenaz que la propia piedra que traba. Dos de ellas además, la de Olmedilla de Alarcón y la de Graja de Iniesta, han tenido usos posteriores, como siempre desfigurando la estructura original pero permitiéndola sobrevivir al paso del tiempo. Todas conservan sus cuatro paredes más o menos enteras, salvo la de Motilla del Palancar, que es la que muestra una ruina más avanzada y la que tiene un peor pronóstico si no se interviene en ella a corto plazo. En general, el estado de conservación es algo peor que en las vecinas cinco torres de la comarca de Requena (ver entrada anterior) pero sustancialmente mucho mejor que el estropicio que veremos en la siguiente entrega, en la mitad occidental de la Mancha conquense.

Los accesos son buenos, por si alguien quiere acercarse a conocer alguna de estas torres de la Manchuela, cosa que le recomiendo. Con un vehículo normal y cortos paseos no llevará más de unos pocos minutos una vez que uno se salga de las carreteras. Incluso los caminos están bien arreglados y salvo épocas de fuerte pluviometría no presentan problemas. Por el contrario, son torres con un entorno menos atractivo del que vimos en la zona de Requena o el que veremos próximamente en el Ramal de Cuenca, lo que no quita que tengan estupendas panorámicas de una comarca que, en general, se conoce poco. Vamos una por una.



Torre 16. “Valverde de Júcar”.

La torre se levanta en una elevación poco marcada al SO de la población, más o menos a unos 900 metros de las primeras casas del pueblo (la distancia por caminos sube a 1,2 kilómetros). La cota es uno de los cerros testigo de erosión que se descuelgan del Cerro de San Pedro, sobre la población, y poco a poco van descendiendo hacia la antigua confluencia del Júcar con el río Gritos, hoy bajo las aguas del Pantano de Alarcón. La siguiente cumbre al sur es el Cerro de San Roque, importante yacimiento arqueológico.

El paisaje que se divisa desde esta torre ha cambiado mucho desde el siglo XIX. El llenado del vaso del embalse en 1955 supuso varios cambios bien conocidos. En primer lugar, la vieja N-III Madrid-Valencia, que seguía el trazado del viejo Camino de Valencia, se desvió por Honrubia. Olmedilla, Buenache, Hontecillas y Valverde pasaron de condición de localidades de tránsito, a quedarse virtualmente aisladas. De ahí que esta torre, y la próxima de Olmedilla, estén hoy apartadas del gran eje de comunicación. El trazado de la vieja carretera se distingue perfectamente desde la torre telegráfica: sale de Hontecillas, salta el río Gritos y atraviesa Valverde del Júcar para inmediatamente remontar el collado tras el Cerro de San Pedro, pasar junto al viejo despoblado de Villafranca y cruzar el Júcar por el Puente de la Caserna, obra del ingeniero Lucio del Valle, que a menudo se queda en descubierto por la bajada de las aguas del embalse. De ahí, la antigua N-III trepaba hasta Olivares, pueblo al que al menos le quedó carretera nacional, la N-420.

Pero de lo que realmente se extrañarían los viejos torreros de Valverde, de levantar la cabeza, es de no ver abajo las mejores tierras de labor de la provincia de Cuenca, huertos y frutales, acequias y azudes. Tampoco los tejados de Gascas, El Licenciado, Las Monjas y Peñaquebrada, entre cien casas de labor, molinos y batanes, o la pequeña espadaña en el horizonte de la ermita de la Virgen de la Estrella, de concurridas romerías. Valverde y los demás ribereños pagaron, a cambio de entelequias turísticas, un precio atroz por el Pantano de Alarcón, una más de tantas facturas pendientes en esta tierra conquense que ya debe ser seráfica de tanto recibir, y poner la otra mejilla. Por otros lugares llegan dando, y les dan.

Pero preliminares aparte, esta torre es una anomalía. Es la única de toda la línea que se aparta de rígido diseño fijado por el coronel Mathé. Cuenta con dos cuerpos en vez de tres y es mucho más baja que las demás, además de otros detalles. La explicación es bien simple: está reconstruida. Fue atacada y seguramente volada en el año 1854, por un personaje con el que ya nos hemos topado en alguna ocasión: Don Manuel Buceta del Villar.

Buceta era de extracción social muy humilde, de pequeño pueblo de la Galicia rural, e hijo natural (los dos apellidos son maternos). Liberal radical, de ideas incendiarias y carácter explosivo, el ejército fue su tabla de salvación. Militar chusquero de estrambótica carrera (en la que no obstante rozó el generalato), gobernador militar que llegó a ser en Melilla, Málaga y Samaná de Santo Domingo… toda la vida de Manuel Buceta fue un tirar para adelante a toda velocidad en un derroche de energía, valentía e insensatez. Un personaje que atrae en cuando uno se topa con él, a fuerza de literario y dramático. Casi épico.

El caso es que el bueno de Manuel Buceta, por entonces de 46 años de edad, andaba de comandante en la reserva después de su apoyo al intento de revolución de 1848 (que le costó exilio y posterior perdón) cuando se unió a la alianza liberal (de progresistas y moderados) representada por los generales Espartero y O´Donnell, que se alzaba contra el gobierno reaccionario y anticonstitucional de Luis José Sartorius. La historia es conocida: O´Donnell se pronunció al frente de un batallón de infantería reforzado con paisanos afectos y marchó sobre Madrid en junio de 1854. A la entrada de la capital, en Vicálvaro, el día 30 se topó con las tropas del general Blaser, que defendía la ciudad en nombre del Gobierno. Tras un combate para guardar las apariencias (La Vicalvarada), O´Donnell se retiró a la Mancha atrayendo tras de sí a las tropas gubernamentales, que dejaron desguarnecida la ciudad haciendo posible que pudiese estallar unos días después la Revolución de 1854. En la retirada manchega, con las tropas desmoralizadas, Manuel Buceta se ofreció a O´Donnell para intentar tomar la ciudad de Cuenca por sorpresa, a fin de levantar la moral de los sublevados con un golpe de efecto. 

La expedición de Buceta sobre Cuenca es una de esas aventuras tan maravillosas e increíbles que de haber tenido lugar en otras latitudes hace años que sería largometraje de Hollywood con taquillazo en Broadway. Los yanquis, que para estas cosas se las pintan, le habrían puesto un rimbombante título: “Suicide Strike”, “Raiders of Perdition”, "Ride to Hell" o algo así, y ya llevaría un par de remakes, cuanto menos.

Brevemente, el general O`Donnell autoriza el intento, pero como no puede prescindir de tropas regulares pide a Buceta que enrole a paisanos. Nuestro hombre consigue, derrochando entusiasmo, que sesenta de ellos se alisten voluntarios en la descabellada empresa. Hay fuente que habla de “70 u 80 facciosos”, variante que no va en desmedro de la temeridad, porque Cuenca la defendían 500 hombres, 200 de tropa regular y el resto guardias municipales y peones camineros armados.

Seguramente el día 5 de julio, Buceta se lanza (literalmente) desde algún lugar no muy lejano de La Roda, armado hasta los dientes. Pasa como una exhalación por Sisante y otros pueblos haciendo requisas a tal velocidad que se anticipa a los correos rápidos que envían a la capital los indignados alcaldes. En Belmonte, seguramente el día 7, se hace con diez carros, en los que monta a su entusiasta tropa, ya derrengada, amén de todo un arsenal, y sin parar más que a cargar agua toma el camino de Cuenca reventando a las bestias de tiro. El día 9, tras una corta parada en Arcas, entra como lobo en Cuenca sin ser avistado por el barrio de Tiradores, y se encuentra con que la tropa regular ha marchado a Guadalajara justo un día antes y el resto de los defensores está confinado en el sótano del Cuartel de Provinciales fabricando munición. El gobernador civil ha sido tan inepto que no ha puesto ni vigilancia en las entradas de la ciudad. Audaces Fortuna Iuvat. Los voluntarios de Buceta se desparraman por la ciudad enardecidos, apresan a las sorprendidas autoridades y desarman a guardias y peones sin más que un pequeño tiroteo en las proximidades del Gobierno Civil (actual Colegio de El Carmen). La máquina del telégrafo óptico de Cuenca, en el tejado del Gobierno Civil, es apresada tan rápido que los torreros no tienen tiempo ni de transmitir el código de alerta, aunque consiguen destruir el valioso Diccionario de señales. El torrero de segunda D. Antonio Mas, jugándose el tipo en el cumplimiento del deber, consigue llegar a la Torre de la Mendoza, la siguiente en la Línea, donde lanza por fin el desesperado mensaje de la caída de la ciudad. El aviso, impreciso en la descripción del enemigo, causa estupor en el Gobierno, que se imagina una nutrida fuerza entrando a sangre y fuego en la pequeña Cuenca. También consigue el efecto buscado, pues se filtra a los bajos fondos madrileños, donde el populacho está alcanzando el punto de ebullición. En algún lugar del camino de Andalucía, las tropas de O’Donnell irrumpen en gritos de júbilo cuando les llega la noticia unos días después.

En Cuenca, Buceta no pierde el tiempo: forma una Junta con los elementos liberales más exaltados de la ciudad, recluta más hombres y expande su control sobre los contornos con pequeños contingentes armados, a la vez que lanza una proclama vitriólica detrás de otra, que causan espanto en los círculos conservadores, moderados y eclesiásticos de la ciudad. En Carrascosa del Campo uno de sus destacamentos se topa con las tropas gubernamentales que acuden a retomar la ciudad. Sin fuerzas para oponerse a ellas, y con la convicción de que Cuenca no iba a secundarle en un asedio, Buceta se retiró por la Sierra el día 15 de julio, con idea de atravesar todo Aragón para exiliarse en Francia con su aguerrida tropa, y de paso sacudirle a lo que se pudiera. Es estas andaba cuando recibió la noticia del triunfo de la Revolución en Madrid, que le supuso la vuelta al servicio activo (oficialmente), el ascenso a coronel y el cargo de gobernador en Melilla. Al final de su increíble periplo conquense contaba con más hombres, más cabalgaduras y más pertrechos que cuando lo comenzó. Todo ello sin más violencias que las estrictamente necesarias y poco derramamiento de sangre ya que, aunque impetuoso y visceral, no era sanguinario.


> Para la toma de Cuenca por Manuel Buceta, en este blog: https://www.turalia.blog/2016/03/la-conquista-de-cuenca-de-1854.html


Pero falta intercalar aquí el episodio de la torre telegráfica de Valverde de Júcar. De que fue Buceta no cabe duda: Jesús López Requena (El Progreso con Retraso: La Telegrafía Óptica en Cuenca, 2010) extracta una comunicación del Boletín Oficial de la Provincia de Cádiz, del 14 de julio: “Las turbas de paisanos que se les unieron en Aranjuez, se han separado de ellos a las pocas leguas de marcha, y a las órdenes de un nombrado Buceta, se han dirigido a la provincia de Cuenca entregándose a su paso por los pueblos al pillaje y al saqueo, destruyéndose una de las torres telegráficas, y ejerciendo en fin todo género de violencia”.

Aparte de la parcialidad del documento (v.g, las “turbas” formadas por sesenta o pocos más) está claro que Buceta se desvió de la ruta más directa a Cuenca, sin duda en La Almarcha, para atacar la torre de Valverde (por descarte de las demás ya que es la única que fue destruida), seguramente cruzando el Júcar por el puente de Talayuelas o por el pontón de El Licenciado. Cortar las comunicaciones del Gobierno del Conde de San Luis con Valencia era estratégicamente obvio, a efectos de dificultar la coordinación de las tropas que confluían sobre O´Donnell. Tampoco podía pasar a plena vista de las torres, que hubiesen dado aviso de la incursión, y en su manera de ser no entraban sutilezas como cruzar de noche. También suponía una primera victoria fácil, con la que enardecer a sus traqueteados voluntarios. La toma de la torre tuvo que ser el día 7 o el 8 de julio de 1854. Más concretamente en algún momento entre el mediodía de ambas jornadas, pues el primer día Buceta aún seguía en Belmonte (imagino que muy de mañana) y la madrugada del día 9 estaba en Arcas, así que tuvo que pernoctar allí o muy cerca, lo que supone que toda la tarde del día 8 se le iría en un frenético viaje entre Valverde y Arcas. La torre de Valverde albergaba a la oficialidad de la Sección Tercera de la Línea de Valencia, así que si no fueron sorprendidos es posible que intentasen hacer resistencia, aunque contra una partida tan numerosa era difícil. En las calles de Cuenca, al día siguiente, algunos de los hombres de Buceta exhibieron trabucos y escopetas de grueso calibre, armas que preferían a los fusiles reglamentarios. Todavía en nuestros días es el mejor arma para pelear en un espacio reducido y para atacar a un enemigo parapetado, pues rocía de postas y perdigones las aspilleras y causa rápidamente bajas a los defensores. En el ataque carlista a Cuenca de 1874, los asaltantes utilizaron sistemáticamente postas contra los parapetos gubernamentales. Si los torreros de Valverde no se rindieron antes del ataque, lo harían después de un rato de fuego graneado a los cuatro frentes, que les obligaría a refugiarse en la parte alta de la torre y al cual no podrían responder. Desgraciadamente no he sido capaz de encontrar detalles del episodio. 

Una vez tomada, la torre fue explosionada. Si se la hubiese incendiado, los cuatro sólidos muros habrían quedado en pie, con lo que no hubiese hecho falta reconstruirla por completo, y Buceta no tenía tiempo para desmontarla. Lo que sí que tenía era pólvora en abundancia, y había conseguido sus primeros galones reventando reductos carlistas, así que era experto en el tema. Además, eso de hacer saltar las cosas por los aires congeniaba muy bien con su sulfúrico carácter. Un buen espectáculo para la tropa, y arreando para Cuenca, que se hace tarde. Por toda la elevación, y a una gran distancia de la torre, todavía hoy de recogen diminutos fragmentos de ladrillo y mortero, lo que apoya la teoría de una voladura. No es difícil imaginar la cara de las dotaciones de las torres vecinas, testigos impotentes del lance a través de la potente óptica acromática, para terminar en un súbito destello, una nube de polvo y humo y, unos segundos después, el eco de un trueno lejano. Aunque los mensajes de la destrucción de la torre de Valverde volaran a las Comandancias con todo lujo de detalles, su mismo fin extinguía las sospechas, pues ¿En qué cabeza cabría que aquella caterva de locos tenía otro objetivo, y que la torre era solo escala de calentamiento? A Cuenca no llegó ningún aviso de lo ocurrido en Valverde.   

Tras el triunfo de la Revolución de 1854, la torre tuvo que ser reconstruida. En unas fechas en las que ya se había decidido la liquidación del telégrafo óptico (la opción por la telegrafía eléctrica data de 1852, como vimos) se edificó una estructura más modesta, con vocación de provisionalidad. Cuando la torre de Valverde se reedificó se estaba finalizando la primera línea de telegrafía eléctrica, la de Irún. La nueva torre no tenía ni dos años de funcionamiento cuando fue cerrada. Poco tiempo después fue sacada a subasta, como todas las demás, y sistemáticamente expoliada de todos sus materiales de valor, que este caso no eran tantos como en el resto, porque la calidad de obra era otra. Se aprecia en los detalles: los ladrillos de los potentes esquinales, aparte de la imperfecta colocación, son en buena parte reaprovechados. Algunos están claramente rotos, reutilizados probablemente de la vieja torre desaparecida. La mampostería es obra mala, con muchas piedras de pequeñas dimensiones. Da la impresión de que levantaron la estructura mientras les quedó material que reaprovechar a pie de obra (lógicamente con una explosión de por medio no era todo el que tenía la torre original), luego encargaron algunos ladrillos nuevos y barrieron literalmente todo el otero, recolectando toda piedra que tuviese un mínimo tamaño para acabar de rematar la parte superior, que debía ser tan endeble que ha desaparecido por completo. Total, para lo que iba a durar…

Aunque la torre no sea gran cosa, el lugar tiene una estupenda vista sobre los contornos, como hemos comentado. Desde Valverde, el acceso es rápido.



Torre 17. “Atajollano”.

Esta es una torre que, como la de la Atalaya de Requena o a la de Vedat de Torrent, está muy desfigurada por adiciones espurias modernas, en este caso del año 1967 para ser exactos. De nuevo otra conversión en seudo-fortaleza de falsete con variados aderezos castrenses, eso sí, de ladrillo hueco. Y afortunadamente, pues esta reforma la ha salvado de peores destinos, así que hemos de agradecer al aspirante a castellano que se tomase tantas molestias por entonces, máxime cuando un examen detallado de los paramentos indica que los aleros debían ya haber desaparecido, que el rebaje de los muros ya alcanzaba a las ventanas del piso de maniobra y que ya había sufrido expolio en las piezas de las esquinas del cuerpo bajo. Así que el estado de conservación ya era precario en los años 60 del pasado siglo. Sería interesante conseguir alguna imagen anterior a la reforma, que desde luego paró el proceso de ruina y sería fácil de revertir eliminando los elementos añadidos. Ahora, de nuevo abandonada y abierta, está sufriendo un evidente deterioro.

Los forjados de los pisos internos parecen completamente modernos, así como todos los elementos añadidos, como escaleras y carpintería. Presenta ladrillo en marcos y verdugadas, pero esquineras de piedra, en tosco sillarejo, siendo una combinación poco frecuente y la única de las cinco que presenta esta solución. Los aleros, desaparecidos, debían de ser como casi siempre de lajas de piedra en grada invertida. Los lados este y norte se conservan sin alterar. Este último conserva todavía importantes restos de color amarillo. En el lado oeste, la puerta elevada ha sido cegada en parte para convertirla en ventana. Por el contrario, en el lado sur (ciego originalmente) se ha abierto puerta a nivel y un balcón en el piso de maniobra, hacia el Pantano de Alarcón. Cosa lógica, si se tiene en cuenta que es el flanco, con diferencia, que tiene mejor e idílica vista, cosa que a los torreros, al comandante de Motilla y al Gran Jefe se la traía al pairo. La reforma es muy similar, aunque de peor calidad, a la que sufrió la torre de la Atalaya de Requena, aunque aquella intervención es más antigua que la de Olmedilla.

El interior ha sido utilizado como palomar y almacén de aperos, además del uso lúdico. Las escaleras de madera que conectan las plantas están en mal estado y recomiendo que no se usen. Nada en el interior justifica subir a los pisos altos, además.

La torre se levanta sobre la carretera CM-2100 (que aquí reemplaza a la extinta N-III), entre Buenache de Alarcón y Olmedilla, en una elevación que realmente es un puntal de la amplia meseta que se abre a sus espaldas, así que una vez allí el paisaje es sorprendentemente plano, de ahí seguramente su nombre original. Es perfectamente visible desde los contornos. El lugar es también vértice geodésico. Visto lo cómodo que es llegar arriba, merece la pena subir, siquiera por las vistas sobre el embalse.

Justo en la vaguada inundada bajo la torre se encontraba el viejo pueblo de Gascas, hoy sumergido, cuyos restos aparecen en épocas de bajo nivel del pantano.

La supervisión de la construcción de la torre, según Jesús López Requena, corrió a cargo del torrero de segunda D. José Miguel, que también se encargaría de controlar la edificación de las de Motillla del Palancar, Iniesta y Graja de Iniesta. También da los nombres de algunos de sus torreros: León Estrada, José Muñoz, el ordenanza Prudencio Villamil... nombres vacíos salvo en lo que se refiere a las peripecias del servicio oficial, pero que merecen ser recordados. La cara humana de la moneda se la encuentra uno de repente cuando un paisano, roto el hielo, te informa que su tatarabuelo, el asturiano, fue el último torrero, y que su abuela aún guardaba la casaca de su respectivo abuelo como un tesoro, bien metida en naftalina, con el número de la Sección Tercera bordado en la bocamanga roja, y repara uno en lo profundo que caló en la memoria popular el Telégrafo Óptico en las comarcas que atravesó, pese a los escasos años de su funcionamiento. 



Torre 18. “Juan Bueno”.

La torre de Motilla del Palancar fue Comandancia de línea de segundo orden desde 1850. Esta Comandancia, que habría de ser provisional, se convirtió en definitiva hasta la extinción de la línea en 1856. Pese a la ser la decimoctava de treinta, estaba más o menos a mitad del trazado entre Madrid y Valencia, y junto a población principal, así que se consideraría adecuado establecer allí un comandante ayudante. Jesús López Requena enumera a los sucesivos ocupantes del cargo (un tal Ochotorena en 1850, D. José Clares en 1851, D. Pedro Santiago Peigneux entre 1852 y al menos 1854; y D. Dionisio Atance en 1856, que tuvo que ser el último).

La torre se levantó a toda velocidad (como todas). Hubo demoras no obstante, y comentó a transmitir cuando todavía no estaba terminada, pues faltaban “las puertas interiores, el valdosado, el lucir toda la torre por dentro y pintar las puertas y ventanas”. Reflejo de que las prisas nunca fueron buenas, la torre necesitó reparaciones en el emplomado de la cubierta ya en 1849, de las que se encargó el plomero Manuel Velázquez, que también tuvo que reparar las de Villares del Saz y Graja de Iniesta. Por cierto que, durante la construcción, la cuadrilla de albañiles que la levantaba despidió al hijo del alcalde (del que podemos imaginar los méritos por los que estaba allí contratado, y el nivel de productividad que provocó su despido). Su padre, en una encantadora escena exponente del mejor casticismo hispánico, amenazó con enviar a la Guardia Civil y echar a tiro limpio de la torre a toda la cuadrilla si su hijo no era readmitido. Y luego que la obra iba con retraso. Qué país, Señor.

Ya hemos comentado que esta torre es la que presenta un peor estado de conservación de las cinco de la Manchuela. Se ha desplomado toda la esquina suroeste (seguramente por expolio de las piezas de sillería de la esquina del zócalo) y el muro sur, mermado de apoyo, se ha rajado por su mitad y amenaza con un desplome que no tardará en producirse. Si la caída se produce hasta el interior (como parece que va a ocurrir), causará todavía más daño al resto de la estructura, sobre todo porque el lado oriental está prácticamente dividido en dos, con lo que si el muro norte (el único bien conservado) recibe un impacto directo, podría producirse un colapso casi total de la estructura. Así que esta debiera ser la torre de la comarca donde primero se tendría que intervenir, ante todo para un apeo controlado del muro inestable, y luego al menos para una consolidación del resto, si es que no se puede acometer una restauración integral. Una localidad importante como es Motilla, con poco patrimonio monumental además, no debería dejar perder esta torre, y le queda muy poco tiempo.

A pesar de su ruina, quedan restos de alero en todos los muros. Utiliza el ladrillo en esquinales, vanos y verdugadas, como casi todas las de la zona.

Se accede desde Motilla, saliendo por la antigua N-III en dirección a Alarcón y Honrubia, y enseguida tomando el antiguo camino de Valhermoso de la Fuente y Alarcón a la derecha. Utilizando los mejores caminos para llegar a ella, bien acondicionados, la distancia desde el pueblo suma 3,3 kilómetros. Usando caminos menos decentes se gana algo. La distancia en el momento de la construcción era mucho menor, pues se accedía directamente desde el Camino Real, que pasaba a unos pocos metros al norte, por donde ahora lo hace la N-III. Entre la carretera al norte y los dos ramales del AVE (Albacete-Murcia y Valencia) a este y oeste, se ha quedado encajonada entre modernas infraestructuras.

El paisaje es de las cinco torres el menos atractivo. Se trata de una suave y extensa meseta, prácticamente plana, pero que no obstante ofrecía una buena visibilidad hacia las torres limítrofes en ambos sentidos.



Torre 19. “Atalayón”.

He aquí una torre magnífica. La mejor conservada de toda la Línea en tierras de Cuenca, además sin haber tenido aparentemente un uso posterior. Es la más vistosa de todo el tramo, y a falta en la provincia de Cuenca de una de estas estructuras restaurada y con la máquina reconstruida, es sin duda la que yo utilizaría como ejemplo para mostrar el proceso de construcción y los elementos morfológicos de una torre de telégrafo óptico de sistema Mathé. 

Conserva los cuatro muros completos, y todo el alero de lajas de piedra, salvo un corto tramo en el muro sur. En este muro y en el norte, mantiene importantes restos del color amarillo fuerte original, del que también queda algo en el muro oriental. Todos los vanos se encuentran en buen estado, salvo la aspillera central del lado oeste que ha sufrido un intento frustrado de ampliación. Dentro conserva el enlucido casi completo, con las improntas de todos los elementos, incluyendo las escaleras en la esquina sudoeste, incluso con la marca del tramo que daba acceso a la trampilla de la cubierta.

Como detalle, en la ventana oriental del cuerpo de maniobra se conserva, a la izquierda, uno de los dos retenedores metálicos de la contraventana, en tanto que su gemelo aparece partido junto a dos voluminosos clavos que asegurarían el marco de la ventana. Es el único elemento de este tipo en toda la provincia que ha sobrevivido al expolio de las torres, a tener en cuenta a la hora de plantear una exhaustiva restitución de elementos en una restauración.

La torre tiene a Castillejo de Iniesta como localidad más cercana. A unos 4,4 kilómetros, es la más alejada de núcleo de población. El término municipal es no obstante el muy extenso de Iniesta, que aquí se introduce al norte entre los de Castillejo y Motilla del Palancar. La torre está ubicada en el extremo meridional de la cuerda de sierra que baja del Talayón de Motilla, de ahí su nombre. Esta torre y la siguiente son las dos de la comarca entre masa forestal, lo cual acentúa su valor paisajístico, aunque los árboles hacen que pierda la mayor parte de la diáfana perspectiva que tenía cuando estuvo operativa, en tres de las cuatro direcciones. Hacia el norte nunca la tuvo, pues la sierra en ascenso la priva de visión. Es la más alta del tendido, a 902 metros. Tiene un acceso inmediato desde la carretera, apenas un corto paseo por senda cerro arriba. Para visitar sin duda.



Torre 20. “La Mochuela”

La última torre de La Manchuela (y de la actual provincia de Cuenca) se levanta a 900 metros al sudeste de la pequeña localidad de Graja de Iniesta, en un pequeño alcor a 866 metros sobre el nivel del mar, compartiendo espacio con depósito de agua, moderno repetidor de telecomunicaciones y vértice geodésico. Es, como todas las de la comarca, de acceso sencillo, en este caso además inmediato desde la población.

Está completa, como su vecina la número 19, siendo además tan parecida que desde ciertos ángulos incluso se duda al clasificar las fotografías. Lo único que las diferencia al exterior es el alero, que en la torre de Graja está algo más deteriorado, conservando sin embargo la mayor parte. El bueno de D. José Miguel, torrero de segunda (y conflictivo por más señas) supervisó la construcción de cuatro torres parecidas como gotas de agua, de nuevo usando profusamente el ladrillo. Por cierto, que en esta también hubo que reparar el plomo de la cubierta en 1849, pues las goteras llegaban al sótano según parece.

Al interior, la torre cobija un voluminoso depósito de agua, blanco por más señas, que ocupa la mayor parte del espacio. Otro uso inadecuado pero que ha contribuido a la conservación de la estructura, aunque al carecer de cubierta el deterioro continúa, sobre todo en la parte superior de los muros.

A pesar de los árboles que cubren la elevación, es posible obtener una buena perspectiva tanto hacia la torre anterior (a 12,40 kilómetros, la tirada más corta de la comarca) como hacia la siguiente torre, la 21, “Altura de la Paradilla”, que ya vimos en la entrega anterior. Esta última está a la friolera de 17,11 kilómetros, casi en el límite de observación de las lentes, la distancia más larga entre torres de toda la Línea de Valencia. De la razón ya hablamos: las Hoces del Cabriel. Colocar esta torre en Graja de Iniesta fue un pequeño error que llevó a otro mayor, porque hubo que situar la Torre 21 en una ubicación desfavorable que a su vez provocó la pifia de la Torre 22, en lo alto de la Sierra de la Bibuerca, que ya vimos. La distancia podía haberse promediado alargando la visual desde la Torre 19 más o menos otros 2-3 kilómetros, colocando la torre 20 en alguna de las elevaciones entre Graja y Minglanilla (hay varias opciones). Ello, no obstante, no solucionaría el problema hacia el lado de Requena. La mejor opción sin duda era haber intercalado otra torre más allá de Minglanilla, ya sobre Contreras, que hubiese permitido una salida fácil de la visual en Villalgordo del Cabriel y continuar el tendido hasta Requena al sur de lo que hoy es la A-3. Hay que ponerse también en la piel de aquellos sufridos ingenieros militares: trabajando con plazos de tiempo muy cortos, utilizando una cartografía muy imperfecta y enfrentados a una orografía salvaje como la que forman los abismos del Cabriel.

Por cierto que esta Torre 20 era la primera de la Sección Cuarta de la Línea, que englobaba todas las torres de la comarca de Requena salvo la última, la número 25, “Puntal de la Agudilla”, de tan buenos y nocturnos recuerdos para un servidor. Así que al pobre supervisor de sección le costaba cruzarse el Puerto de Contreras, 24 kilómetros de nada más otros 24 de vuelta, arriba y abajo, cada vez que tenía que venir a echar una filípica a los torreros de Graja, cosa que parece ser que ocurría con cierta frecuencia, pues no hay nada como estar a trasmano para sacar la pata del tiesto. Y es que estos desajustes organizativos (por llamarlos de alguna manera) a veces son frutos de pura inadvertencia o descuido, pero en este caso yo diría que es pura, dura y condensada mala leche. Puro sadismo, oiga. Pobre hombre.



Torre 17, "Atajollano", en Olmedilla de Alarcón. Colinas, lomas y bosquecillos entre viñedos, olivares y almendros. Tal es el paisaje de la Manchuela.


Mapa del trazado de la Línea de Valencia de telégrafo óptico. Este ya lo vimos en la pasada entrega, pero no viene mal echarle un vistazo de nuevo. Ahora nos tocan las torres 16 a la 20. 


El mismo trazado sobre cartografía histórica. Mapa del año 1853, por Alabern y Mabon, coetáneo al funcionamiento de las torres. En líneas generales no parece cambiar mucho, pero un detallado examen evidencia que hay importantes divergencias que ayudan a explicar algunas decisiones de entonces. Muchos mapas zonales eran todavía peores. La mala cartografía que utilizaron a menudo los ingenieros que trazaron la Línea es una de las causas de la falta de optimización que el tendido tiene en muchos lugares, junto con la relativa imprecisión de los aparatos de medición.  


Mapa comarcal. La incorporación aquí del término de Valverde de Júcar (en amarillo) es exclusivamente cosa mía a efectos de este trabajo, pues la localidad está fuera de la moderna comarcalización. Tampoco tiene mayor trascendencia. Basta con ver el mapa para apreciar como los límites de la Manchuela Conquense son más administrativos que otra cosa, salvo en lo que a su delimitacion más oriental se refiere, donde el Cabriel define una separación clara con la comarca de Utiel-Requena. Tanto Valverde de Júcar como Villaverde y Pasaconsol podrían estar perfectamente adscritos a la comarca por sus perfectas afinidades, en tanto que otros, como Paracuellos de la Vega, siempre han pertenecido al ámbito serrano y a entidades políticas históricas diferentes (en este caso al viejo señorío de los obispos de Cuenca). Otras localidades, como Enguídanos, son saltarinas. A veces te las pintan dentro, a veces fuera, dependiendo de si se trata de la Diputación o del programa LEADER. El Herrumblar pertenece a una mancomunidad albaceteña. Repárese en el sur en el profundo entrante de Villalgordo del Júcar, que en el último momento se desgajó de Cuenca para integrarse en la nueva provincia de Albacete.

En cuanto al trazado telegráfico, resulta evidente la separación casi uniforme de las torres, muy espaciadas. También como a la derecha de la Torre 20 hay todavía espacio para otra torre, antes de las Hoces del Cabriel, de ahí la gran distancia (más de 17 kilómetros) hasta la torre de Villalgordo del Cabriel, al otro lado del río. 



Pantano de Alarcón. Tramo final de la vega del río Gritos antes de la confluencia con el Júcar, desde la torre de Valverde de Júcar. Paisajes de la Manchuela, rojo, verde y amarillo.




Cerro Telégrafo (derecha) y Cerro de San Roque (izquierda) desde el camino de Oncenero, a la salida de Valverde de Júcar. Aquí todavía la torre apenas es visible. 


Torre de Valverde, desde la base del cerrillo. 


Torre de Valverde, fachadas este (izquierda) y norte (derecha). Ya desde el primer momento puede apreciarse la disimilitud con el resto de las torres, resultado de su reconstrucción tras su destrucción en 1854. 


Fachada este de la torre, la encarada hacia la Torre 17 en Olmedilla del Campo. La torre se reconstruyó en dos alturas, en vez de las tres del resto del tendido. Así, el primer nivel era el piso de maniobras, extremo que se comprueba con un pequeño detalle: el agujero para el catalejo a la izquierda la ventana. La torre tiene una ligera rotación hacia el SE y el sol de mañana debía serles muy incómodo la mayor parte del año. En la planta baja, que no tiene escarpa, se abre una única aspillera por fachada.  


Fachada sur. No sé qué pueden ser los dos orificios a ambos lados de la aspillera. Hay otro, aislado, en la fachada norte. Podrían ser mechinales, aunque no lo tengo nada claro. Lo que no pueden tener es uso defensivo, porque son demasiado pequeños. 


Lado norte. La puerta, elevada, está aquí, con lo que se entraba directamente a la máquina. Las funciones de una torre en tres alturas habría que repartirlas, lógicamente, entre los dos niveles. Si se examinan en detalle los fuertes pilares esquineros se aprecía una colocación del ladrillo deficiente, además de la reutilización de un buen número de piezas, muchas rotas o deterioradas, que deben de provenir de la torre original destruida. Una estructura claramente provisional, hecha para mantener el servicio de la Línea hasta la finalización del tendido de la telegrafía eléctrica a Valencia, apenas dos años después. 


Interior de la estructura. La mampostería pierde calidad en alzado, seguramente por la escasez de piedra en los contornos cuando se hubo reaprovechado todo el material servible de la vieja torre explosionada. 


Valverde de Júcar desde la torre. 


Ubicación de la Torre 15, en Olivares del Júcar, hoy desaparecida. 


Y la torre contraria, la 17, en Olmedilla de Alarcón. Es visible con unos simples prismáticos. 



Cerro de San Roque (o de la Cruz del Cura), desde la torre del telégrafo, hacia el sur. 




Fachadas este (izquierda) y norte (derecha) de la Torre 17. Es más que evidente el añadido de obra nueva en los años 60 para convertirla, como la de la Atalaya de Requena o la de Vedat de Torrent, en castillete de recreo. Un examen más detallado muestra hasta qué punto la ruina ya había avanzado en la vieja torre cuando se produjo la reforma, alcanzando a los vanos superiores, que ya habían perdido el dintel, así bienvenida sea la intervención, que hoy sería muy fácil de revertir. 



Fachada oriental. Se aprecia también como hubo que reparar dos esquinas del cuerpo bajo ataluzado. Al ser de sillarejo hubieron se sufrir expolio de piezas. 


Fachadas sur (izquierda) y este (derecha) de la torre. 



Lado oeste. Se aprecia la puerta original, parcial y toscamente tabicada para convertirla en ventana. También que buena parte del vano superior está rehecho. Antes de la reforma la ruina en esta fachada tenía ya que haber descendido bastante. Recordemos que el lado a poniente es siempre el más castigado en las torres telegráficas. En la esquina de la derecha se aprecia el sillarejo. Es la única torre de la comarca que recurre a la piedra es las esquinas, pues todas las demás utilizan el ladrillo. 


Fachada norte, con el vértice geodésico. 


Restos de coloración amarilla en la facha norte. 


Interior. Escalera al primer nivel. Por supuesto moderna. Todo el interior, ya completamente abandonado, es degradación y mugre, así que no recomiendo a nadie que entre. 


Interior del piso de maniobra. La torre aún sufrió una segunda reforma en los años 90 que intentó convertir la parte superior en palomar, sin mucho éxito según parece.


Perspectiva hacia el NO, con la ubicación de la Torre 16, en Valverde de Júcar. El penacho de humo marca más o menos la ubicación de Buenache de Alarcón. 


En sentido opuesto, la Torre 18, en Motilla del Palancar, aunque hoy en día no es visible por los árboles que se interponen. Abajo, en la hondonada, Olmedilla de Alarcón. 


Perspectiva hacia el sur, con el Pantano de Alarcón. En primer término la vía de comunicación que una vez fue el Camino Real de Valencia, luego la primitiva N-III, y hoy secundaria carretera autonómica. Tras la primera loma confluían el Arroyo de la Hoz y el Arroyo de la Dehesa, para juntos incorporarse al Júcar, al final del vallejo sumergido.


La misma imagen, pero señalando el enclave del antiguo pueblo de Gascas, hoy sumergido por el Pantano, y cuyas ruinas afloran en épocas de baja carga del vaso del embalse. Debajo del pueblo y hasta el Júcar se extendían 45 hectáreas de las mejores huertas de la comarca, y junto al río los dos molinos harineros de la localidad. La aldea de Peñaquebrada estaba a unos dos kilómetros y medio hacia la izquierda, río abajo, y nunca emerge. Todo ello es historia ya.




La Torre de Motilla en el horizonte. Un paisaje extrañamente plano, amplia zona amesatada a unos 850 metros de altura entre los cauces de los ríos Valhermoso y Valdemembra. 


Algo más cerca. La torre se eleva en un diminuto promontorio, de unos 10 metros de elevación sobre el resto de la planicie. Incluso así disfrutaba de una perspectiva perfecta hacia las dos torres vecinas, hoy entorpercida por la vegetación, sobre todo hacia el oeste. 



La gran herida de la torre. La esquina suroeste ha caído y se ha llevado por delante media fachada occidental. Falto de sostén el muro sur también se ha rajado en dos. 


Fachada oeste. 


Fachada sur. El daño es más que evidente. La esquina al desgajarse provocó fisuras de estiramiento, que con el paso del tiempo se han agravado. 


Fachada sur (izquierda) y fachada este (derecha). 


Fachada este. La pérdida de los dinteles de los vanos y modernas aperturas han dividido en dos la fachada. Es curioso, pero en torno a la aspillera de la derecha hay marcas de disparos, seguramente postas. López Requena los describe ya. Sobre su origen realmente no cabe sino la especulación. La torre era sede de la Comandancia de Motilla de Palancar, de segundo orden dentro de la Línea de Valencia (como lo era Cuenca capital) y por lo que se sabe nunca fue atacada. 


Lado norte, el mejor conservado.


Aquí se aprecia la inclinación del paño quebrado del muro meridional. Si no se hace un apeo controlado, es muy posible acabe cayendo sobre el muro opuesto y, con la fachada oriental tan debilitada, quizás provoque a su vez el descalce o la caída del muro norte, por lo que sería necesario intervenir urgentemente.


Ventana oriental del piso de maniobra, desde el interior.


Interior del nivel inferior. 





Motilla del Palancar en primer término, y tras ella, la Sierra que baja del Cerro Castellar y de los Talayones de Motilla. El círculo marca la localización de la siguiente torre, la 19, en el extremo sur de la línea de cumbres. 




En ladera y entre pinos, tal es la primer imagen que ofrece la Torre 19, la mejor conservada (que no restaurada) de todas las de la Línea de Valencia en la provincia de Cuenca.


Una sólida estructura, a la vista está. Fachada sur (izquierda) y este (derecha). 


Fachada norte (izquierda) y oeste (derecha). 


Fachada oeste. Prescindiendo del intento de ampliación de la aspillera central, está perfecta. Hasta el alero está casi íntegro.


Restos del enlucido exterior. es visible en todas las fachadas, en mejor o peor estado, salvo en la occidental. 


Detalle de la imagen anterior. Es curioso, porque alguno de esos orificios de nuevo parecen impactos de proyectiles, de fecha imprecisa. Este es el muro que mira hacia la carretera. Quizás la torre, ya abandonada, pudo servir de tiro al blanco en alguna ocasión, quizás durante el último conflicto carlista o la Guerra Civil. 


Detalle de la puerta (fachada oeste) y del interior de la ventana del piso superior en la fachada opuesta.


Interior de la torre. Revoco con la impronta del tiro de escaleras, en ángulo. Arriba, justo a la izquierda de la ventana, todavía se distingue la marca de la escalera de madera adosada al muro que permitía acceder a la trampilla de la cubierta.


Detalle de la impronta de la escalera.


Detalle de las aspilleras hacia el interior. Se aprecia todavía la obra de mortero que encajaba los pequeños marcos de madera acristalada que cerraban los diminutos vanos. Puesto que estos marcos no eran removibles, en caso de un ataque la dotación tendría que romper el cristal con el propio fusil para hacer fuego. Queda también la marca de un pequeño estante que corría a lo largo de las aspilleras, justo por debajo. Algunas otras torres también tienen este elemento, en tanto que otras no.  


Alzado de la torre, desde el interior. La ruina está empezando a hacer mella en los dinteles. Demasiado han soportado ya....


Un curioso detalle con pequeño enigma incorporado. He aquí el único retenedor de contraventanas (de diseño intemporal) que se ha conservado en una torre telegráfica de la provincia. A la derecha se distingue el vástago del gemelo, partido, y dos gruesos clavos (arriba y abajo) que ayudaban a mantener el pesado marco de la ventana en su sitio. La pieza está forzada, como si hubiesen intentado extraerla sin conseguirlo (cosa que sin duda fue lo que pasó). Hasta ahí todo claro, pero ahora hay que fijarse en la escasa distancia entre el sujetador y el marco. En una contraventana que bate en toda su longitud, la pieza metálica debería estar bastante más separada, la mitad de la luz del vano para ser exacto (menos el espacio del marco) si es una doble contraventana, o incluso toda ella si la contraventana es de hoja única. El problema funcional es que alejarla tanto en una segunda planta hace muy difícil accionar el retenedor salvo que se saque medio cuerpo fuera, con lo que la conclusión es obvia: las dos hojas de la contraventana a su vez se plegaban en dos sobre ellas mismas con charnelas intermedias, permitiendo retenerlas con la pieza metálica, que precisamente para ello es más salediza de lo normal, ya que tiene que atrapar las dos hojas plegadas una sobre otra. La contraventana a cuatro daría mucho juego a los torreros, porque se podría regular la cantidad de luz para facilitar la observación, y al mismo tiempo quitar los reflejos al catalejo. No sé hasta qué punto esta solución era exclusiva de esta torre, o se daba en las demás. Los diseños de Mathé pintan una contraventana de doble hoja, pero no el detalle de que sean plegadizas. Al menos en las torres de la Manchuela, idénticas como gotas de agua y cuya construcción fue supervisadas por el mismo encargado, cabe pensar que lo fueron. Es más fácil y más barato encargar todas las piezas igual. 


Grafitis en el cuerpo bajo de la torre, muro sur. Casi todas las torres del telégrafo los tienen, de diferente época, y si no se conservan más ha sido por la pérdida de los revocos. Esta los muestra en gran cantidad, y alguno muy antiguo y curioso.




Otra torre entre el pinar, aunque en este caso no es ladera, sino de nuevo alcor. 


Et voilà, la Torre de "La Mochuela". No está tan bien conservada como su vecina la número 19, pero poco le falta. Otra estructura ciertamente resistente, aunque esa pieza en el punta del alero puede que algún día dé un susto a alguien. Fachada norte (izquierda) y fachada oeste (derecha). 


Muro oeste. Dentro se aprecia el moderno depósito del agua que ocupa la mayor parte del interior. 


Fachada norte. 


Fachada oeste, con el vértice geodésico.


Fachada oeste (izquierda) y fachada sur (derecha) 


Un buen mamotreto dentro, vaya que sí. ¿Cómo lo meterían ahí? Tuvo que ser desde arriba, lógicamente, con una pluma. Ganas de complicarse la vida. Cuando algún día haya que sacarlo, también va a ser entretenido.


Detalle del cuerpo bajo, en el muro norte. También muestra algún que otro grafiti.


Minglanilla en el horizonte, hacia el este. 


Graja de Iniesta desde la torre. 


La vieja torre de telégrafo óptico desde el extremo de la loma, junto al moderno repetidor de comunicaciones. Ayer y hoy, apenas siglo y medio de progreso humano. Si Mathé levantara la cabeza... y es que, Don Hilarión, hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad.




Para la primera parte de este trabajo, Preliminareshttps://www.turalia.blog/2019/08/el-telegrafo-optico-parte-1.html

Para la segunda parte, Las Torres de Requenahttps://www.turalia.blog/2019/11/el-telegrafo-optico-parte-2.html 



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