El Telégrafo Óptico (Parte 1)




Preliminares.


Cuando sale en los medios de comunicación la cuestión de las torres del telégrafo óptico (últimamente bastante, por cierto, y parece que para bien) no puedo menos que recordar mis asuntos infantiles con la Torre de la Mendoza.

Eran otros tiempos, claro. Mira si eran distintos que en el Casco Histórico de Cuenca (en lo sucesivo, el Vati) todavía había críos, y no pocos: estábamos por lo menos la pandilla del Salvador, la de San Gil, la de la Plaza y la de Zapaterías. Luego estaban los del Castillo, que no eran pandilla, sino horda. Dentro del catálogo de lugares de correrías de los guachos del Vati, la Plaza de Mangana era sitio más que habitual. Entonces era la sencilla y desangelada explanada del año 78 que cubría el desastre urbanístico del Plan Carlevaris, y no el adefesio lollipop que ha venido después, pero esa es otra historia. El caso es que desde la Plaza de Mangana se perfilaba y se perfila, como en ningún otro lugar en Cuenca, perfectamente recortada en el horizonte sobre la Sierra del Bosque, la Torre de la Mendoza.

Debía un servidor tener por entonces 10 u 11 años. Aquella lejana estructura, que con las puestas de sol adquiría una naturaleza extraña, ejercía una peculiar atracción sobre los muy zascandiles miembros de la Muy Atrevida Pandilla de la Afamada Calle de Mosén Diego de Valera, vulgo Zapaterías. Hay que tener también en cuenta que acabábamos de descubrir el Fortín del Miramalo (con espeluznantes guerras de gomeros y tirachinas incluidas) y aquello prometía discurrir por los mismos y felices derroteros. Así que, dejando a nuestros padres en la más feliz de las inopias (eran otros tiempos, digo) tiramos de bicicleta y organizamos una primera expedición que terminó en fiasco, de narices contra el Júcar. Aquello no podía pasarnos a nosotros, y la segunda incursión fue una maravilla de planificación que haría palidecer al mismo Plan Schlieffen. Llegamos a la torre reventados, recuerdo, subiendo el áspero camino con las bicis a rastras. La primera impresión fue buena: aquello estaba claro que, con tanta aspillera, servía para pegar tiros. Guay. Sin duda, deducimos, tenía que ser una atalaya para avisar a la ciudad cuando llegasen los enemigos (así, en abstracto). Y después de una buena cantea nos volvimos, llevando a un descalabrado en el lance y a otro con un esguince de tobillo, averías que por supuesto se infligieron ellos solitos cayéndose de morros en la escalera de su domicilio, que más valía pasar por torpe y tonto en casa antes que traicionar la omertà de las pandillas del Vati. Un día perfecto, sí señor.

Había algo allí, no obstante, que no me acabada de cuadrar. Así que un par de días después abordé por la amura de babor a mi abuelo José (que como militar de carrera era un pozo de sabiduría en asuntos castrenses) y haciéndome la mosquita muerta le pregunté por el particular. "Ah, es la Torre de la Mendoza, aunque el nombre está mal puesto", me dijo. Y añadió: "Era una torre del telégrafo óptico". Se pueden imaginar vuesas mercedes mi infantil cara de sorpresa mientras me contaba que la torre tenía un artilugio prodigioso encima que hacía señales a otras torres, a una larguísima fila de torres en lo alto de elevadas cumbres que llevaban mensajes secretos hasta un destino ignoto. A un crío de diez años, por muy botarate que sea, no le hace falta más. Pocos años más tarde, con la licencia de ciclomotor fresquita y mi primer Vespino (pobre aparato), ya estaba yo en la torre de Cólliga, y aun me allegué a la de Villanueva de los Escuderos. Con el paso de los años he conocido algunas más, hasta que hace unos pocos meses me pegó el repente y decidí visitarlas todas, sistemáticamente. Pensaba que conocía la mayoría. Me equivocaba. Además, llegando a ellas se visitan lugares y paisajes poco conocidos, y en los pueblos queda memoria oral e historias muy curiosas, así que doy los viajes por muy bien aprovechados.

Las torres de telegrafía óptica en Cuenca están bien documentadas. La obra básica es el estupendo trabajo de Jesús López Requena, El Progreso con Retraso. La telegrafía óptica en la provincia de Cuenca, editado por la Diputación en 2010. Después de este libro, que es minucioso y exhaustivo, poco más se puede añadir, aunque ya sea difícil de conseguir pese a su reciente edición. Aún más cercano en el tiempo, del 2015, es un trabajo de máster, no publicado pero fácil de encontrar en Internet, de Ana Planells Pérez: "Las torres de telegrafía óptica de la línea Madrid-Valencia", Facultad de Geografía e Historia, Universidad de Valencia. Este estudio aporta otros aspectos complementarios, como la adaptación al uso turístico de las torres. Dejando aparte bibliografía más antigua y artículos sueltos, cualquiera que se provea de estos dos trabajos ya tiene toda la información necesaria sobre la aventura de la telegrafía óptica en tierras conquenses.

Los antecedentes del telégrafo óptico aparecen ya en la Antigua Grecia, así que el invento es de todo menos moderno. Eneas el Táctico (s. IV a.c) habla de un artilugio llamado Clepsidro, capaz de transmitir mensajes combinando fuego y agua. Durante las Guerras Púnicas los cartagineses utilizaron un aparato similar. La Columna Trajana muestra torres de señales, sólidamente fortificadas, con antorchas que podían colocarse en diferentes posiciones. En la Plena Edad Media aparecen sistemas de comunicación por toda Europa, aunque más que un sistema de transmisión propiamente dicho se trata de redes de atalayas que comunican avisos y alertas. En ocasiones estos códigos de avistamiento podían ser relativamente complejos, como ocurría en las almenaras andalusíes de frontera entre los siglos XIII y XV. Estos sistemas de comunicación primitiva tienen en común que el elemento transmisor suele ser el fuego, o el humo en horas diurnas. A partir del siglo XIV en Castilla, Aragón y Francia se consolida un sistema de "ahumadas", señales de humo generadas con grandes hogueras de leña resinosa situadas a unos 10-12 kilómetros de distancia unas de otras, sobre colinas o construcciones. Si nada evitaba que las hogueras prendiesen, un mensaje podía llegar de Valladolid a Toledo, o de Segovia a Toro, en apenas dos horas. Pedro IV de Aragón comunicó a Enrique III de Castilla el nacimiento de su hijo Juan mediante las Ahumadas, así que el código de transmisión debía ser ya lo bastante refinado como para descender a este grado de detalle. Todavía sin investigar, en la provincia de Cuenca esa red de Ahumadas abarcaría como mínimo Cuenca, Uclés y Huete, con abundante toponimia que ha llegado hasta nuestros días. A partir del siglo XVI comienzan a desarrollarse sistemas marítimos de semáforo, siempre de uso militar, para comunicar entre navíos, y entre ellos y los puertos. A veces son sistemas cromáticos, mediante banderas o fanales de colores, a veces rudimentarios árboles de palas o esferas suspendidas. En 1616 el alemán Franz Kessler dibuja por primera vez lo que podría ser considerado un pintoresco telégrafo óptico, que nunca llegó a construirse. A mediados del siglo XVIII, algún excéntrico lord inglés hizo ya experimentos notables de transmisión a través de la verde campiña de la Pérfida Albión con algo que ya era sin ninguna duda un primitivo telégrafo de señal óptica.

Pero antecedentes históricos aparte, la telegrafía óptica moderna nace en Francia en 1792, de la mano del peregrino personaje e inventor Claude Chappé. El primer telegrama de la historia se transmitió por el sistema de Chappé el 19 de julio de 1794. Suecia fue el segundo país que contó la nueva invención, al año siguiente, con el sistema de Endelerantz. También de 1795 es el sistema de Murray y los primeros tendidos en Gran Bretaña. En España los inicios del telégrafo óptico fueron muy tempranos: en octubre de 1794, Salvador Ximénez Coronado, profesor del Observatorio de Madrid, llevó a cabo un primer ensayo exitoso entre diferentes puntos cercanos a la capital. La primera línea oficial, entre Madrid y Cádiz, se aprobó en 1797, con el sistema del brillante ingeniero Agustín de Betancourt (superior al de Chappé a decir del propio Napoleón) aunque solamente llegaron a funcionar cuatro torres, hasta Aranjuez, que se construyeron entre 1799 y 1800. Con todo, España estuvo a la cabeza de naciones que contaron con el nuevo sistema. Solamente EEUU se añadiría a este grupo en el siglo XVIII, el año 1800, postrero de la centuria. Luego el país retornó a su estado normal de gobierno: la ineptitud política. Sin ir más lejos Betancourt, uno de los genios contemporáneos de este país, tuvo que exiliarse por un enfrentamiento con Godoy y terminó en San Petersburgo al servicio de los zares. Luego llegarían la Guerra de la Independencia, el agónico final del Antiguo Régimen con su secuela de conflictos civiles, las absurdas guerras allende los mares con la emancipación de la América hispana y de nuevo más ineptitud política (corregida y aumentada), aderezada con pronunciamientos militares, revueltas, bancarrota financiera y escándalos de Corte. Mientras Francia amontonaba por toda su geografía 556 torres de telégrafo óptico, España acumulaba un retraso de décadas.

No se puede decir que no hubo intentos, y fueron numerosos y meritorios. Todos procedieron del ámbito militar, y son exponentes del magnífico nivel matemático, geográfico y científico acumulado en el ejército tras los reinados de Fernando VI y Carlos III, y que se malograría rápidamente. Al menos entre 1805 y 1820 en el área de Cádiz funcionó un telégrafo óptico de semáforo creado por el teniente coronel de ingenieros Francisco Hurtado de Toledo, que llegó a prolongarse hasta Sevilla y prestó importantes servicios durante la Guerra de la Independencia. Su hermano menor y también militar, Mateo Hurtado, creó en 1829 una versión portátil del sistema para ser utilizada en campaña, con un árbol de señales reducido que podía ser transportado en un carromato y desplegado rápidamente. De 1817-19 es una iniciativa casi olvidada: el alférez de navío Bonifacio de Tosta y Montaño (nacido en la actual Guatemala) comenzó un tendido de telégrafo óptico entre Veracruz y Jalapa, en el México todavía español. La línea, construida con grandes dificultades en el ambiente insurreccional previo a la independencia mexicana, quizás no llegó a completarse, pero contaba con torres fortificadas sorprendentemente parecidas a las que luego se levantarían en España a partir de 1848. Tosta y Montaño es más conocido en el ámbito de la Marina, pues adaptó a los navíos de guerra españoles el sistema Popham de telégrafo marino inglés entre buques, el mismo que sirvió para transmitir el célebre mensaje de Nelson en la batalla de Trafalgar: “England expects that every man will do his duty”.

En 1830 el capitán de fragata Juan José Llerena y Barry (otro exiliado liberal, en este caso que retornaba tragándose el Absolutismo) obtuvo el permiso de Fernando VII para levantar líneas de telégrafo óptico que comunicasen los Reales Sitios (Aranjuez, La Granja, El Pardo y Riofrío). Esas líneas, que llegaron a funcionar ante la desidia de un régimen podrido, languidecieron por las estrecheces económicas y una corrupción administrativa rampante hasta su cierre definitivo, en 1838. Llerena, que había intentado incluso prolongar el tendido hasta Burgos, se consumió peleando para mantener su obra y su reputación. Abandonado el proyecto, pasaría a la historia del continente africano con la primera colonización de Guinea Ecuatorial. Al menos no crió sabañones como Betancourt, pero los mosquitos y las fiebres se lo comieron vivo. No obstante, sus logros y desvelos inspiraron durante la primera carlistada el Telégrafo Militar del Norte (1835-1838), a cargo del general Manuel de Santa Cruz, y sirvieron de base para el gran intento de telegrafía óptica española de 1844-1857, pues entre los asistentes de Llerena en el proyecto estaba el que por entonces era un joven y capaz ingeniero militar, José María Mathé.

José María Mathé Aragua nació en San Sebastián en 1800 (aunque alguna biografía adelanta la fecha hasta 1798). El ejército fue toda su vida. El ejército, y el telégrafo. Entre 1818 y 1824 cursó en el Colegio Militar de Lugo la carrera de Ingeniero de Marina. Subteniente de milicias en 1819 y hasta la finalización de sus estudios, alférez de fragata en 1824 y alférez de navío en 1826, su primer servicio fue la navegación de cabotaje de las costas españolas persiguiendo piratas y contrabandistas, ingrato desempeño que servía para foguear a las nuevas promociones. En 1827 pasó a las Antillas españolas. En Cuba realizó trabajos de fortificación y cartografía. Allí también conocería a Juan José Llerena, conmilitón suyo, que por entonces ya andaba presentando un primer ensayo de telégrafo óptico en el puerto de La Habana a la espera del perdón real para volver a la Península. Desde el primer momento la cuestión del telégrafo atrajo al joven e inquieto Mathé, que fue activo colaborador de Llerena a pesar de que en su carrera profesional tenía posibilidades más claras que comprometerse en una entelequia de dudoso futuro. Retornado a Madrid junto con Llerena, participó en el susodicho proyecto del telégrafo óptico de los Reales Sitios entre 1830 y 1832, acumulando una valiosa experiencia. De lo que tenía que hacerse, y de lo que no.

En 1832 recibió el encargo de fortificar el puerto cántabro de Castro Urdiales. Allí le sorprendería la guerra carlista al año siguiente, con las defensas a medio terminar. Las tropas carlistas, procedentes de la inmediata Vizcaya, asediaron la plaza en el verano de 1833. Como máxima autoridad militar (con 32 años) Mathé se hizo cargo con éxito de la defensa, con diferentes lances y combates a lo largo de más de un año en los que mostró un valor singular y resultó gravemente herido, recibiendo la Laureada de San Fernando, máxima condecoración del ejército. Ascendido a teniente de navío, en 1835 fue reclamado para participar en el Telégrafo Militar del Norte, segunda incursión de Mathé en el campo de la telegrafía óptica. La gran inseguridad de estas torres, muchas de ellas en zonas batidas por partidas carlistas, tuvo mucho que ver en la obsesión posterior por el mantenimiento del telégrafo óptico frente a la telegrafía eléctrica. Vuelto a Madrid en 1837, prestó servicios de cartografía en el Almirantazgo, para ser ascendido en 1838 a capitán de fragata e ingresar en el Cuerpo de Estado Mayor. Su prestigio profesional hizo que se le encargase del Depósito General de la Guerra, organismo responsable de la cartografía militar. En 1840 recibió un nuevo ascenso, a coronel de Artillería de Marina. En trabajos de cartografía estaba (nuevo Mapa de España) cuando el asunto del telégrafo óptico, contra todo pronóstico, se reactivó.

Ya desde 1837 los gobiernos liberales estaban decididos a sacar adelante el proyecto, mientras que poco a poco las posibilidades económicas del Estado mejoraban. Por fin, el 1 de marzo de 1844 un Real Decreto dispuso la creación de un telégrafo óptico por toda la geografía nacional, que habría de constar de ocho líneas radiales a partir de Madrid, de las cuales tres eran prioritarias: las de Castilla (hasta Irún y la frontera francesa), Cádiz y Valencia-Barcelona. Meritorio intento, pero tardío. Comenzaba la era de la electricidad.

Es curioso, pero los orígenes de la telegrafía eléctrica son casi simultáneos a los de la telegrafía óptica moderna: finales del siglo XVIII. Lo de mandar chispazos a través de un alambre ya se probaba a mediados de siglo, pero de ahí a enviar mensajes mediaba un abismo. De la década de 1790 datan los primeros experimentos dignos de tal nombre. De nuevo al sur de los Pirineos estuvimos a la cabeza de la nueva tecnología, en este caso en la figura del eminente físico y médico catalán Francisco Salvá y Campillo, que como resultado de sus ensayos ya en 1795 leía ante la Real Academia de Ciencias de Barcelona una memoria con el elocuente nombre de “La electricidad aplicada a la telegrafía”. En 1804 construyó un prototipo muy avanzado. Aunque solamente quedan referencias indirectas (bien que sólidas, una de ellas del propio Humboldt), parece que de nuevo el genial Agustín de Betancourt hizo experimentos muy notables para su época antes de irse a tiritar a la orilla del Neva. Los equipos del primero acabaron en el trastero de un museo cogiendo mugre. Los del segundo, tirados a la basura. El olvidado Salvá y Campillo inspiraría los trabajos de Thomas von Sömmerring en Alemania y de Francis Ronalds en Inglaterra, colmados de honores (en vida) por sus investigaciones telegráficas. Tras décadas de lento avance tecnológico por toda Europa, en 1832-33 comenzaron los primeros ensayos serios para el uso oficial y a larga distancia del nuevo sistema (Gauss y Weber). La telegrafía eléctrica en pocos años superaría sus balbuceos infantiles para convertirse en una alternativa real a la telegrafía óptica. El sistema de Cooke-Wheatstone se patentó en 1837, y la primera línea experimental de telégrafo eléctrico se tendió en Inglaterra en 1839, entre Londres y West Drayton, con 21 kilómetros. En 1843-44 Samuel Morse construyó la primera línea estadounidense de telégrafo eléctrico, entre Washington y Baltimore, a la vez que perfeccionaba su famoso código. El sistema Bréguet, ya muy evolucionado, funcionó desde 1845 en Francia y Bélgica.

Así que en 1844 ya era perfectamente posible instalar en España líneas de telegrafía eléctrica, y mucho más baratas por añadidura. Pero era una tecnología nueva, que despertaba recelos por su fiabilidad, y no solamente en España. En la vecina Francia, donde el telégrafo óptico era una institución consolidada, la polémica fue tremenda, acusándose al gobierno galo (en 1846) de apoyar el telégrafo eléctrico apoyándose únicamente “en afirmaciones carentes de pruebas y en promesas y esperanzas vanas”. Suecia mantendría sus telégrafos ópticos en marcha hasta 1880. En Prusia, que los había montado tarde (a partir de 1832) el asunto hizo saltar chispas (literalmente). Además, todos cuantos podían asesorar al gobierno español sobre el asunto provenían del escalafón militar. Al propio Mathé, que cojeó toda su vida con un muslo perforado y había visto las torres telegráficas atacadas a bombazos, le producía escalofríos pensar en leguas de alambre sin vigilancia, tendido a lo largo de paramos desiertos y de comarcas todavía conflictivas. Aquello para Dinamarca y Suiza estaba bien. Para la cainita piel de toro, pues no. Quizás en un futuro, si el respetable se acababa civilizando.

Así que el telégrafo óptico en España tiró para adelante, la última nación europea que lo propugnó para uso civil, así como había sido de las primeras cincuenta años antes. Medio siglo, un suspiro en la historia del progreso humano. Con la invención del catalejo, el telégrafo óptico moderno era tecnológicamente posible desde finales del siglo XVI. Si hubiese sido puesto en marcha en este momento (como lo fue por ejemplo el molino de viento manchego) habrían pasado generaciones que hubiesen hablado de la invención como actual y fruto de sus días. En el siglo XIX, por el contrario, las espirales ascendentes de la Revolución Industrial estaban catapultando el progreso  tecnológico a una velocidad que para un contemporáneo era difícil de asumir, así que tampoco podemos juzgar con demasiada severidad a los gobernantes de entonces, nosotros los que crecimos sin teléfonos móviles, Internet o redes sociales. Cincuenta años en el Antiguo Régimen no son nada. En la edad contemporánea es otra era.

Cuatro proyectos se presentaron ante el Ministerio de Obras Públicas en ese año de 1844 para la construcción de las líneas de telegrafía óptica. Resultó elegido el de José María Mathé. Pocos tenían su prestigio profesional, menos aún su experiencia en el tema, y de influencia en el Ministerio iba bien servido. Llegar tarde por lo menos tenía una ventaja: el telégrafo óptico español podía beneficiarse ahora de todos los intentos frustrados anteriores y de una amplia visión de todos los sistemas que a lo largo de los años se habían instalado en los países vecinos. Es el mejor y más evolucionado sistema de telegrafía óptica que ha existido nunca. Es de funcionamiento sencillo, inmune al viento, visible desde cualquier dirección, fácil de operar, simple y económico de mantener y reparar, rapidísimo en la transmisión… sus puntos débiles eran la noche (la transmisión nocturna daba tantos errores que se decidió prescindir de ella) y la niebla, el gran inconveniente de cualquier telégrafo óptico.

Las líneas constaban de torres fortificadas, salvo en las zonas urbanas o periurbanas donde los bastidores de transmisión se montaban en edificios ya existentes. Eran todas de construcción casi idéntica, aunque según la línea en la que se levantaron podían presentar mínimas diferencias con respecto a las torres de otras líneas. Dentro de cada línea eran todas completamente iguales, según un diseño uniforme que solo admitía variaciones en el material utilizado para la edificación, según las tradiciones constructivas de las zonas que atravesaba. Esta diferencia de materiales y de composición de los morteros ha tenido mucho que ver con su estado de conservación actual. En alzado constaban de tres niveles, más la azotea donde se alzaba el bastidor metálico de transmisión. De planta cuadrada, tenían poco más de 6 metros de lado por unos 9,5 de altura, a los que habría que añadir los casi 6 metros del árbol de señales, sumando pues unos 15,5 metros de elevación en total. El muro, con una ligera escarpa en el nivel inferior, tenía unos 56 centímetros de espesor, delimitando un espacio interior de unos 4,3 metros de lado, unos 18,6 metros cuadrados de superficie por planta. El piso bajo, donde se localizaban las aspilleras (una por fachada en la línea de Irún, tres en la de Valencia) estaba destinado a usos de almacén, cocina y descanso, además de la defensa si llegaba el caso. Nunca hubo catres en las torres, eso sí, ya que se esperaba de los torreros en servicio una vigilia continua, incluso en horas nocturnas o en las escasas pausas de descanso. El primer piso era el cuerpo de guardia, donde estaba la entrada de la torre (en alto) a la que se accedía por una escala de madera exterior, removible. Allí también se guardaban, en el mueble armero, los fusiles reglamentarios, que solían ser los excelentes modelos de chispa 1828 y 1836 españoles, o el Tower británico. El segundo piso era el de maniobra, pues albergaba los volantes de transmisión del árbol de señales, así como los dos potentes anteojos que apuntaban en ambas direcciones, en las dos ventanas que el piso tenía en direcciones opuestas. Observar a través de las ventanas suponía inconvenientes, con lo que en algunas torres (no en todas, ni en todas las orientaciones, ni en el mismo lugar) se recurrió al tan hispánico apaño de perforar un pequeño orificio en el grueso muro para ubicar el catalejo. Con esto los torreros mantenían el instrumento siempre perfectamente orientado a la siguiente torre y se evitaban reflejos, vaho en las lentes y los deslumbramientos a primera o última hora del día, con el sol bajo. También tener que abrir las ventanas en pleno invierno o con tiempo desapacible para mejorar la visión.

Los niveles se dividían con forjados de madera “de la mayor calidad”, con el piso de gruesos tablones. La cubierta se cubría también con sólida tablazón y sobre ella, láminas de plomo selladas con betún. El pretil de la azotea era de mampostería en la Línea de Valencia, mientras que en la de Castilla (la de Irún) se utilizaba una barandilla metálica. La escalera era de caracol, en una esquina, salvo el tramo superior en forma de escala recta que permitía acceder a la terraza a través de una trampilla en el techo. Los detalles a los que debían atenerse los contratistas llegaban al extremo de especificar el grosor de los tablones de los escalones según el tipo de madera que se emplease para hacerlos. La minuciosidad abarcaba también la detallada enumeración del espartano mobiliario, que también era idéntico en todas ellas.

En general, las torres ofrecían una gran solidez, y si bien no podrían resistir un ataque con medios, sí que tenían bastante capacidad defensiva para disuadir a pequeñas partidas armadas. Estaban todas enlucidas y pintadas en un color que parece ocre o pardo por la fuerte degradación de los pigmentos a la intemperie. Examinando restos del enlucido más protegidos, creo más bien que fue un amarillo vivo (al menos en algunas de ellas), cosa lógica a fin de facilitar la localización en la distancia con mala visibilidad o poca luz, ya que es el tono que provoca un mayor contraste sobre la línea de horizonte. El pigmento amarillo tradicional se obtenía (y aún hoy en día se obtiene) con una base de óxido de hierro hidratado, que con el paso de tiempo adquiere un color rojizo o pardo por oxidación, que creo que es lo que ha pasado en este caso. Las puertas y ventanas, de recia madera, estaban pintadas de un tono gris claro.

Por supuesto, las torres habrían de elevarse sobre cumbres y promontorios, para facilitar la visión del árbol de señales recortado en el cielo, y para evitar en lo posible las denostadas nieblas. La idea era espaciarlas entre 2 y 3 leguas de distancia (aproximadamente entre los 11 y los 17 kilómetros, aunque la legua es medida de distancia traicionera por cuanto mide el tiempo, no el espacio). En la medida de lo posible habrían de situarse a lo largo de vías de comunicación principales e inmediatas a núcleos de población, lo que facilitaría el tránsito entre ellas y las labores de supervisión y vigilancia, a la vez que haría más llevadera la vida de los torreros. La compleja geografía peninsular complicó la vida a los ingenieros encargados de su trazado e hizo a menudo que ni distancias entre torres ni ubicaciones pudiesen atenerse a estos requisitos. En alguna ocasión la distancia resultó excesiva y hubo que intercalar una torre adicional. En otras, el alejamiento a las rutas y núcleos de población hizo que las dotaciones de torreros desempeñasen su labor en un aislamiento casi absoluto.

Los torreros, precisamente, eran la piedra angular del sistema. Cada torre tenía teóricamente asignados dos turnos de tres hombres cada uno. En teoría, ya que los turnos no solían estar completos, y los vacíos en las dotaciones fueron a más conforme el final de la telegrafía óptica se acercaba. Cada turno constaba de dos torreros y un ordenanza. Los primeros eran los encargados de la transmisión, uno al catalejo de retaguardia y otro a los volantes. Cuando acababa de transmitir, pasaba a atender el anteojo opuesto a la espera de siguiente mensaje, que podía llegar en cualquiera de las dos direcciones. El ordenanza (que no podía tocar los instrumentos bajo severa sanción) se encargaba de todo tipo de labores de apoyo. Los turnos eran de 24 horas, con relevo a las 12 de la mañana, con lo que las dotaciones pasaban la noche en la torre, que nunca quedaba desatendida.

Los torreros habrían de ser abnegados, sacrificados, templados, con vocación de servicio. Por un sueldo de 6 a 10 reales al día (según la categoría) que se pagaba tarde y mal, deberían aguantar guardias inacabables que frecuentemente se incrementaban por las plantillas incompletas y el tiempo de desplazamiento hasta el pueblo más cercano, donde tenían que establecer su residencia. Deberían soportan calor, frío, lluvia, nieve y privaciones en torres batidas a todos los vientos en cumbres y picachos. Estarían expuestos a las caídas de rayos en el árbol de señales. Tendrían que defender la torre a tiro limpio si era atacada, y aunque no lo fuese tendrían que vivir permanentemente enclaustrados en ella. En caso de niebla, el ordenanza tendría que desplazarse armado hasta la siguiente torre para pasar el mensaje. Pero, sobre todo, deberían mantener una vigilancia permanente e insomne de los instrumentos de óptica en ambas direcciones, porque en cada mensaje, un retraso de un minuto en alinear la torre suponía una sanción y el detraimiento de parte de sus exiguos haberes. Una sucesión de infracciones suponía el despido del servicio. Aunque con el paso del tiempo el régimen sancionador tendió a suavizarse, al menos en su aplicación, lo cierto es que el trabajo en las torres nunca dejó de estar sujeto a una férrea disciplina y a riesgos evidentes. En los pocos años de funcionamiento del telégrafo óptico en España, treinta torreros perdieron la vida. Por no hablar de los abundantes partes de enfermedad y accidente, ceses por incapacidad, peticiones de traslado y demás. Durísima e ingrata vida la del torrero del telégrafo óptico, casi sin ver a una familia que tenía que trasladar de pueblo en pueblo según los sucesivos destinos. Se creó, eso sí, un magnífico (y estoico) cuerpo de profesionales.

Para cubrir las plazas de las dotaciones de torreros se recurrió a militares recién licenciados, a los que el cese de los conflictos carlistas estaba dejando en la calle por millares. Hechos a la dura vida en campaña, acostumbrados a la disciplina estricta que se quería implantar, tampoco habría que formarlos en el uso de las armas. Muchos no dudaron en vestir el uniforme de los torreros e integrarse en una nueva jerarquía (inspectores de 1ª y 2ª, comandantes de línea, comandantes ayudantes, oficiales de sección, torreros de 1ª, 2ª y 3ª, ordenanzas) que no era militar pero lo parecía. Para enseñarles las sutilezas de la transmisión de mensajes se establecieron una serie de lugares de instrucción. En un principio en el edificio de la Aduana (Torre nº 1) en Madrid, y también en la Torre nº 4 de la línea de Irún, “Las Tejoneras”. Con la apertura de nuevas líneas los lugares de formación de los torreros se diversificaron también. El Gobierno Civil de Cuenca, extremo de su Ramal, tuvo una escuela de formación de torreros. Conforme pasaban los años y las dotaciones adquirían experiencia, los mensajes literalmente volaban de torre en torre. Una transmisión saltaba de Madrid a Valencia en apenas 30 minutos. Si todas las torres conseguían alinearse, un mensaje podía estar siendo recibido en Irún o en Cádiz, y todavía no haber terminado de salir de Madrid, pues las torres repetían cada signo en tiempo real, sin esperar a la finalización del mensaje.

Cada mensaje transmitido según el código de Mathé constaba de dos partes: una externa, el encabezamiento y el fin de la transmisión; y otra interna, que era el cuerpo del mensaje propiamente dicho. La primera era la única cuyo significado y codificación podían conocer y alterar los torreros, según las posibles incidencias registradas durante la transmisión. El cuerpo del mensaje venía cifrado desde las cabeceras de línea, las únicas con acceso al código. Ello redundaba en el triste sino de los torreros, limitados a simples repetidores de inacabables series de números cuyo contenido jamás pudieron discernir. El código utilizaba únicamente los números del 0 al 9, más los caracteres M y X, error y repetición. Ello simplificaba enormemente la transmisión, por lo que el árbol de señales de una torre de señales del sistema Mathé solamente consistía en un cilindro hueco, de unos 83 centímetros de diámetro por 42 de altura, que discurría arriba y abajo en relación a tres bandas laterales cuya posición relativa indicaba el dígito correspondiente. Ello suponía una única manivela de control y un solo hombre al cargo. Cada dígito se marcaba durante una corta pausa de 15 segundos, y a continuación el torrero pasaba al siguiente. Arriadas del cilindro al nivel del suelo del árbol marcaban intervalos y pausas. Como complemento al cilindro de operación se dispuso una esfera lateral con 8 posiciones para indicar contingencias del servicio y la transmisión, maniobras que se ejecutaban con mucha menor frecuencia. Así, por ejemplo, la posición 1 indicaba niebla a vanguardia, y la posición 6, avería en la máquina. Aunque se instalaron dos o tres versiones del árbol de señales, el funcionamiento fue idéntico en todas ellas.

Los mensajes, que aludían a todos los aspectos que afectaban a la Corona, al Gobierno y al funcionamiento del Estado en general (el telégrafo óptico no transmitía mensajes de particulares) eran cifrados según un sorprendente código fraseológico que sumaba en un principio la fenomenal cantidad de casi 10.000 expresiones distintas, recogidas en un exhaustivo Diccionario Telegráfico, compilado en 1846 por primera vez y mejorado muchas veces. Ahí se incluían desde un meticuloso catálogo de nombres y apellidos españoles hasta los viajes y la salud de cada miembro de la Familia Real, pasado por el estado de la Bolsa y las finanzas, horarios, pueblos y lugares del territorio nacional, movimientos de tropas y el orden público. Cada expresión tenía asignado un código numérico, habitualmente de 4 dígitos. Así, por ejemplo, el código 9247 significaba “a altas horas de la noche”; el código 7201 aludía a que en el lugar indicado previamente “reina la más absoluta tranquilidad”, mientras que el 2209 era el código correspondiente al apellido López y el 805 al nombre Gabino. El Ministro de la Gobernación firmaba con el código 75, mientras que el 6561 correspondía a la Guardia Civil. Cuando la información a transmitir era especialmente compleja, se contemplaban toda una gama de variables. Así, el código 6028 se refería a un atentado con explosión en la calle al paso del coche del rey o de un príncipe, pero si se utilizaba el 6041 significaba que el atentado había causado la muerte al personaje egregio, mientras que el 6043 por el contrario aclaraba que solamente había causado heridas a miembros de su comitiva. Si la Reina daba a luz felizmente a un niño, el código era el 5978, pero si la nacida era infanta, la variable era el 5979. La clave 8741 significaba que el personaje aludido tenía seis dedos en la mano derecha, mientras que la 8709 aludía a que estaba simplemente “enamorado”. Pero es que el código no dejó de incrementarse, y una de las últimas versiones de uso militar llegó a sumar la friolera de 97.000 expresiones y variantes. Increíble.

Este sistema de cifrado, tan antiguo como la propia criptografía, tiene incluso en nuestros días la ventaja de no depender de una clave matemática o algorítmica y de ser inmune al ataque por probabilidad, con lo que es imposible de romper… salvo que se consiga por cualquier medio uno de los diccionarios de expresiones, lo que comprometería de forma permanente la integridad de todo el código y de todos los mensajes. Esto se intentó solucionar, además de custodiar los diccionarios únicamente en las comandancias de línea, alterando cada cierto tiempo el código numérico de todas las entradas, que en los ejemplares impresos del Diccionario se dejaba en blanco, listo para ser rellenado a mano (miles y miles de entradas) después de cada cambio. El inconveniente está a la vista: la elaboración y actualización del código suponía un trabajo ímprobo, que se extendía a la codificación y decodificación de cada mensaje y que requería comandantes de línea y auxiliares expertos. También dotados, como poco, de paciencia franciscana y memoria de elefante. Con todo, se hicieron verdaderas maravillas en la codificación, trasmitiendo mensajes de una gran complejidad sin perder detalles en la información.

El verdadero porqué de este trabajo asombroso radicaba sin embargo en la rapidez: con sólo cuatro dígitos (aproximadamente minuto y medio de transmisión con la arriada incluida) se transmitía una frase entera. Así, por ejemplo, dentro de la sección dedicada al tratamiento de delincuentes, el código 8410 significaba “que sean interrogados minuciosamente”. La diferencia era transmitir 4+1 caracteres o 33, más los 3 espacios entre palabras. Además, puesto que la máquina solo transmitía números del 0 al 9, sería necesario agruparlos en doble dígito para referirse a todas las letras del abecedario, lo que supondría 66+3 maniobras de operación, más de 17 minutos. Aunque la máquina fuese más compleja y transmitiese letras, serían necesarias las 33 operaciones, más de 8 minutos, incrementando al mismo tiempo los errores de trasmisión por la multiplicación de posiciones de la máquina, algunas muy similares y difíciles de discernir en días con escasa visibilidad. Ningún sistema taquigráfico, ninguna serie de abreviaturas puede superar la velocidad de transmisión de un código fraseológico, que funciona por paquetes de información, como los modernos protocolos inalámbricos de transmisión de datos. Con este sistema, aparentemente rudimentario, el telégrafo óptico español superó en velocidad incluso al sistema sueco, famoso por su rapidez, reduciendo a la vez los errores en la transmisión. A conclusiones parecidas se había llegado en toda Europa: el sistema Chappé, originalmente alfabético, había acabado creado una carta de coordenadas de expresiones, a la vez que suprimía las posiciones del semáforo que producían las confusiones más frecuentes.

No se puede decir que la arrancada del telégrafo óptico nacional, bien que tardía, fuese lenta. Al propio Mathé, que se multiplicaba por todas partes, se unía la competencia de un eficaz Director General de Caminos, Canales y Puertos, José María Varela Limia, también militar y antiguo compañero de armas de Mathé. En junio de 1845 se subastaron las 52 torres de la primera línea, la de Irún y la frontera francesa, que el 2 de octubre de 1846 transmitía a Madrid su primer mensaje. El año 1847 marcó un parón por el cese de Varela y el traslado de Mathé a Cataluña para la puesta en servicio de varias líneas de telégrafo óptico militar durante la Segunda Guerra Carlista, pero en 1848 salieron a subasta a lo largo del año las torres de la línea de Valencia-Barcelona y la de Cádiz, además de las de Zaragoza, Pamplona, La Coruña, Lérida, Cartagena… prácticamente toda la nueva red de telégrafo óptico prevista. Se trabajó en labores de trazado en casi todas las líneas, pero concursos desiertos, dificultades presupuestarias y las dudas cada vez mayores que suscitaba la telegrafía óptica hicieron que finalmente solo se llevasen a cabo la línea de Cádiz (entre 1848 y 1853, con 59 torres) y la mayor parte de la línea de Valencia y Barcelona.

La línea a Barcelona por Valencia se subastó dos veces en ese año de 1848, en septiembre (desierta) y en noviembre. Su trazado original habría de discurrir por Albacete y Almansa, pero se acortó siguiendo el antiguo Camino Real de Valencia por la Mancha conquense (muy aproximadamente el primer trazado de la N-III antes de la construcción del Pantano de Alarcón). La línea, después de todos los cambios y pruebas, sumó finalmente 60 torres, 30 a Valencia y 30 más a Barcelona. A partir de Barcelona y hasta la frontera francesa en La Junquera, se añadirían 17 torres más. Las obras avanzaron a toda velocidad, pues en octubre de 1849 la línea ya operaba de Madrid hasta Valencia. Los torreros que se incorporaban a sus puestos se encontraban las torres aún en obras, andamiadas, ocupadas todavía por albañiles, plomeros y canteros, sin puertas o sin ventanas en los rigores del invierno, sin mobiliario… todo ello en mitad de un tropel de ingenieros y supervisores que imprimían a la obra un ritmo brutal. Se dio a los contratistas un plazo de cinco meses para levantar cada torre, que hoy puede parecer holgado pero que en la época distaba de serlo, sobre todo porque las torres a menudo se levantaban en lugares de acceso complicado, donde los acarreos de material dificultaban y encarecían las obras. Las arboladuras, quintales y quintales de hierro, se encargaron con un plazo despiadado al puntilloso contratista Tomás de Miguel, El Vizcaíno, célebre herrero, cerrajero y relojero del Madrid decimonónico, a la vez que atrevido e innovador empresario, que suministró todas las maquinarias de los telégrafos ópticos españoles y luego de los telégrafos eléctricos. Los periódicos de la época alababan el nuevo logro del coronel Mathé, conseguido en un tiempo récord.

El asunto tiene todavía más mérito si se repara en que José María Mathé peleaba en dos guerras a la vez: una por colinas y montes de medio país, otra en los despachos de Madrid. Gracias a la inefable burocracia hispánica, en 1847 la gestión del telégrafo se bifurcó en dos ministerios, el de Obras Públicas y el de Gobernación, asunto que costó racionalizar, pasando la competencia íntegramente a este último al año siguiente. Apenas se habían cambiado los cartapacios de edificio cuando de nuevo las competencias sobre los telégrafos patrios pasaba al nuevo Ministerio de Fomento, en 1851. Si de puertas adentro era un caos, no cuesta entender los problemas de adjudicatarios y contratistas, desde mero papeleo hasta manifiesta imposibilidad de cobro. Pero más peligrosa era la cuestión política: entre 1844 y 1854 se sucedieron 14 gobiernos. Ese último año el tiovivo político por fin se detuvo por un momento para dar paso a… la Revolución. Salvo rara excepción, la única duda era si cada nuevo ocupante de la poltrona superaría al anterior en ineficacia y en estupidez, por no hablar de cosas peores. Para Mathé, el fantasma de su compañero Llerena, vagando por los pasillos de Corte y ministerios, fue siempre una amenaza omnipresente.

El segundo tramo de la línea, de Valencia a Barcelona, nunca llegó a terminarse. Se remataron las torres hasta Castellón, y entre Tarragona y Barcelona. También en el tramo final entre Barcelona y la frontera francesa en La Junquera. Algunas recibieron sus dotaciones de torreros y llegaron a operar en pruebas. El tramo entre Castellón y Tarragona quedó inconcluso, seguramente por la inestabilidad y la inseguridad de la zona (con un rechazo frontal de las poblaciones a la construcción de las torres) y así siguió hasta el abandono definitivo del ramal entre Valencia y Barcelona en 1853. El trazado ya operativo fue rebautizado como Línea de Valencia, a secas, denominación que mantendría hasta su cierre, con extremo en la Torre de San Francisco en la capital valenciana, la número 30 del tendido.

Por el contrario, la ciudad de Cuenca fue agraciada con una variante no prevista inicialmente, que la comunicaba con Madrid a través de ocho torres, enlazando con el trazado principal de la Línea de Valencia en la torre de Tarancón, la número 10. El Ramal de Cuenca, como se lo conocía, fue inaugurado el 25 de agosto de 1850. No están claras las razones que justificaron esta obra. A título de hipótesis, no había ninguna razón de verdadero peso salvo una: comunicar con Madrid una capital de provincia muy cercana a los nidos carlistas del Sistema Ibérico, donde aún el Pretendiente contaba con amplias simpatías. Aunque el absceso de la Segunda Guerra Carlista había conseguido ser constreñido en suelo catalán, en el Maestrazgo hubo que sofocar un importante intento de alzamiento carlista en 1849. Que Ramón Cabrera, retornado de su exilio francés, hubiese intentado llegar hasta allí para unirse a los sediciosos eran informes muy preocupantes para el gobierno de Madrid. Una línea hasta Cuenca en suelo todavía seguro proporcionaría una reducción sustancial del tiempo de transmisión de las noticias, mejora que todavía podría ser aumentada si se prolongase la cadena por las crestas del Sistema Ibérico a través de heliógrafos o semáforos militares sin instalaciones permanentes (los famosos “telégrafos” de algunas cumbres de las sierras de Cuenca y Teruel). Cuenca se encontró así con una tecnología con la que llegaron a contar muy pocas ciudades españolas, pero cuya duración sería efímera.

Efectivamente, el final del telégrafo óptico se acercaba con celeridad. El lustro 1850-55 marcó el triunfo definitivo del telégrafo eléctrico, cuyo utillaje y fiabilidad mejoraron de forma exponencial. Miles de kilómetros de alambre telegráfico se tendieron en esos escasos años por toda Europa y Norteamérica. En España, ya en el año 1847 se tendió una pequeña línea de telégrafo eléctrico en el puerto de Bilbao que pese a su cortedad (comunicaba las dos orillas de la ría del Nervión, hasta Portugalete) fue la primera que funcionó en el país. Pasó desapercibida. Mucha más trascendencia mediática tuvo la exposición sobre telegrafía eléctrica que se celebró en Valencia en 1849, y que dio conocer todos los artilugios propios del nuevo sistema. La muestra tuvo una gran repercusión en la prensa de la época y degeneró en una fuerte polémica con aderezos maximalistas, tan del gusto de aquellos años, que el gobierno del momento quiso aplacar autorizando la construcción en el mes de noviembre de una línea eléctrica experimental entre Madrid y Aranjuez. El tendido funcionó ya en la primavera de 1850, pero de forma tan solapada y discreta que quedó a la vista que se estaban dando largas. No era para menos: entre construidas, en construcción o pendientes de construir, estaban en la balanza 270 torres ópticas que ya habían costado millones de reales.

De todas formas, lo de mirar para otro lado no se podía prolongar indefinidamente. En 1852 y durante tres meses, el propio Mathé fue comisionado por el Gobierno para visitar varios países europeos y familiarizarse con los diferentes sistemas de telegrafía eléctrica ya en funcionamiento: sistema Foy-Bréguet en Francia y Bélgica, sistema Gauss-Webber en Alemania, sistema Wheatstone en Gran Bretaña... A la vuelta, su informe al Ministerio fue demoledor, contundente: España debía adoptar lo antes posible la telegrafía eléctrica, en detrimento de la óptica. Quiso el destino que el mismo hombre que durante toda su vida había defendido a capa y espada el telégrafo óptico tuviese que extender su certificado de defunción. Le costó convencerse como buen guipuzcoano que era, pero cuando lo hizo actuó rápidamente y sin dudar, tirando por la borda años de un trabajo que era ya la razón de su vida, y de paso jugándose la carrera y la reputación. Eso también dice mucho del carácter integérrimo de nuestro personaje.

El Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, bajo la dirección de un Mathé ascendido a brigadier (no le resultó tan mal después de todo), fue el responsable de tender la primera línea de telegrafía eléctrica, de nuevo entre Madrid e Irún (aunque esta vez por Zaragoza). La obra, por el sistema de cables suspendidos, se prolongó entre 1853 y 1855. Se demoró más de la cuenta y se encareció, a decir de algún retorcido medio de comunicación de la época, quizás por la dificultad en el suministro de nuevos componentes, quizás por la impericia de operarios e ingenieros con el nuevo sistema, que seguramente en un principio fue el Wheatstone británico. Hubo incidentes serios e incluso alguna desgracia que lamentar, porque nadie tenía eso de los amperios muy asumido, y el tinglado soltaba unos calambrazos de órdago. Las siguientes líneas fueron mucho más rápidas, y de hecho fueron tendidas a una velocidad sorprendente. El telégrafo eléctrico era barato en su instalación, y también en su mantenimiento. Además, a partir de 1855 se abrió a comunicaciones particulares, lo que lo hizo rápidamente rentable. Grandes compañías nacionales de un incipiente capitalismo, como los ferrocarriles o la industria pesada del norte, estaban más que interesadas en el nuevo sistema.

Después del giro copernicano de la política telegráfica nacional, las torres del telégrafo óptico estaban condenadas, y su final fue patético. Premonitorio fue que la primera línea del telégrafo eléctrico se pagase con el millón de reales dedicado a nuevas torres ópticas. Durante unos meses pareció que ambos sistemas coexistirían, pero luego llegaron los cierres de líneas en 1855, 1856, 1857… Algunas torres todavía olían a pintura nueva, y las más antiguas no cumplirían la década de servicio. Un eficaz cuerpo de torreros que había costado grandes esfuerzos formar tuvo que ser desmontado. Una considerable parte de ellos, “los individuos mejor predispuestos”, se reciclaron en operadores de telegrafía y se integraron en la nueva red eléctrica y en el escalafón del recién fundado Cuerpo de Correos y Telégrafos. Así, los primeros 24 operadores de la Línea de Irún fueron torreros ópticos reconvertidos, que mostraron una gran facilitad para adaptarse al nuevo sistema. Otros, desechados, se fueron por esos mundos. Algunos, no pocos, habían echado raíces en los pueblos a la sombra de las torres, y solicitados o no, ya no se movieron de allí.

Así, en Abia de la Obispalía, en Olivares, en Fuenterrobles, hay vecinos que todavía recuerdan al antepasado torrero que vino de Asturias o de Córdoba y que allí se quedó cuando la torre dejó de transmitir y la máquina fue desmontada. Cuentan de la guapa y pizpireta mujercita que se agenció luciendo en la Plaza Mayor el elegante uniforme de color azul de Prusia con bocamangas rojas, y de como ella iba a verle a la torre contra lo que dictaba el Reglamento, y de las cuatro tierras que se compró en la localidad con sus magros haberes y que le permitieron comenzar una nueva vida. También cuentan que los viejos torreros, a la par que se cargaban de años, subían renqueando de vez en cuando a las torres cada vez más destartaladas para atisbar el horizonte. Algo quedaba del antiguo esprit de corps forjado en tantas penalidades y privaciones. Alguno incluso, en un acto de servicio final, mantuvo y reparó la torre abandonada, como si pensase que quizás algún día la telegrafía óptica pudiese volver.

En noviembre de 1856 José María Mathé fue nombrado Director General del Cuerpo de Telégrafos, que organizó a la par que atiborró la geografía nacional de hilos telegráficos. Se jubiló a petición propia en 1864, debido a los achaques provocados por sus heridas de guerra y por los años de mala vida por los caminos supervisando torres y tendidos telegráficos. No pudo estarse quieto mucho tiempo y unos meses después retornó al servicio activo, de nuevo en el escalafón militar, como Director General de Telégrafos Militares, adaptando para usos castrenses su antiguo sistema de telegrafía óptica civil. Su trabajo sería necesario una última vez: la tercera y última guerra carlista obligó a recuperar la telegrafía óptica de nuevo en amplias comarcas del norte peninsular. El telégrafo eléctrico, como se había predicho, era imposible de vigilar y defender, y las comunicaciones cayeron en los primeros días del conflicto en amplias zonas. La última versión del sistema Mathé, que funcionó entre 1872 y 1875, era todavía mejor que su antecesora civil: más sencilla, más liviana, más rápida. Eso sí, encaramada sobre blocaos, búnkeres y sólidos fuertes, pues la era de los Howitzer y los Krupp había llegado. Mathé también asesoró activamente al telégrafo eléctrico civil hasta el final de su vida. Murió en 1875 en Madrid, ya con rango de general y con una magnífica reputación personal y profesional, extremo harto infrecuente en estos lares patrios. Fue el verdadero padre de la telegrafía óptica española. Y de la telegrafía eléctrica…

No llegó a conocer el descubrimiento de las ondas de radio, acaecido en 1887.

De aquella aventura en la actual provincia de Cuenca quedaron veinte torres del telégrafo óptico. Es la provincia que contó con un mayor número de ellas. Además, en sentido estricto, habría que añadir aquí las cinco estupendas torres de la comarca de Requena, que fue provincia de Cuenca cuando se construyeron y durante la mayor parte de su servicio activo. Algunas de las torres conquenses han desaparecido sin dejar rastro y de otras quedan informes montones de escombros. Otras son muros quebrados en lo alto de alcores y oteros. Algunas se conservan en un estado magnífico para llevar siglo y medio abandonadas a su suerte. Así que invito a vuesas mercedes a seguirlas una por una en las próximas entradas de este blog. Torres, lugares y paisajes. Voy a terminar, si me permiten la licencia, donde empecé. En la Torre de la Mendoza.


(Sigue en la segunda parte)


Mis agradecimientos al Excmo. Ayuntamiento de Arganda por dar todas las facilidades para la visita a la torre, y en particular a Cristina Fuentes, técnico de Empleo y Turismo, por su interés y su amabilidad.



Esta no es una torre óptica de la provincia de Cuenca, pero sirve a la perfección para conocer cómo eran estas estructuras en funcionamiento. Se trata de la Torre nº 4 de la línea de Valencia-Barcelona, “El Campillo”, en Arganda del Rey. El Ayuntamiento de Arganda y la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid acometieron su restauración integral, con cargo al 1% Cultural, en los años 2007-2008. La intervención fue modélica en volúmenes, uso de materiales acordes y rigor histórico, pues se ciñó hasta en los más mínimos detalles a lo que fue el edificio original, incluido mobiliario.

Son muy escasas todavía las restauraciones de torres del telégrafo óptico en toda España. Apenas un puñado de ellas, lo que redunda en el mérito de las que se han llevado a cabo. La de Arganda es por el momento la única de la Línea de Valencia, si descontamos la rehabilitación parcial de la torre nº 21, “Altura de la Paradilla”, en Villalgordo de Cabriel. La provincia de Cuenca, que es la cuenta con un mayor número de torres, no tiene ninguna rehabilitada, situación que esperemos que cambie en un futuro cercano, comenzando por la puesta en marcha del expediente de declaración de Bien de Interés Cultural. Las antiguas torres conquenses de la tierra de Requena son BIC hace años. 


Torre nº 19 de la Línea de Valencia, “Atalayón”, en el término de Iniesta, aunque el núcleo de población más cercano es Castillejo. Es la mejor conservada de la Línea en tierras de Cuenca, y por sus propios méritos, ya que nunca ha tenido uso posterior. Las torres alejadas de núcleos de población y con malos accesos tienden a estar mejor preservadas, puesto que los expolios salen menos a cuenta. También por lo general las que tienen cornisas y marcos en ladrillo, puesto que es material más humilde, que no despierta las codicias de las piezas de cantería labrada. El estado de conservación mejora hacia Levante también, porque el clima se hace más seco y menos extremado. Pero sobre todo lo que explica el estado de conservación es el mortero empleado. En algunas se utilizó una pasta endeble con una base de yeso, mientras en otras, caso de la de la imagen, se empleó una argamasa de estupenda calidad, durísima, que explica la solidez de la estructura.

En la fachada de la derecha, al sur, está prácticamente entero el enlucido original con restos de color. Pese a la meteorización del tono, se aprecian los restos de color ocre, resultado probablemente de la oxidación del pigmento amarillo original. 


La torre limítrofe a la anterior, hacia Madrid. Torre nº 18, “Juan Bueno” en el término de Motilla del Palancar. Es mucho más fácil ver torres en avanzado deterioro que completas. Muros quebrados suelen ser la tónica. Aquí la ruina no ha sido tan antigua, aunque este paredón roto y extraplomado no aguantará mucho más. 


Torre nº 103, “Collado Rubio” en el Ramal de Cuenca. Otro ejemplo de ruina avanzada, pero todavía susceptible de una rehabilitación completa. En todas las torres del telégrafo la fachada más deteriorada es siempre la oeste. Es la dirección del viento dominante (en Cuenca unos 200 días al año) y lógicamente la orientación de impacto de todas las inclemencias metereológicas. También es la fachada con mayor superficie de vanos, pues alberga la puerta, lo que la debilita. Le sigue en orden de deterioro más frecuente la fachada este (la segunda con ventanas), la norte y finalmente la sur, que suele ser siempre la mejor conservada. Estas dos últimas son fachadas ciegas, lo que incrementa su solidez. 


Torre nº 9, “Belinchón”, levantada en las cercanías del pueblo. Aquí vamos de nuevo a peor, pues de la torre solamente resta el primer nivel. Las torres de la mitad occidental de la provincia están notoriamente peor que las de la porción oriental. Además de la solidez de la construcción, median otros factores. En este caso de Belinchón la ausencia de escombro evidencia que la torre ha sido desmontada, quizás para reaprovechar los materiales de construcción, quizás para evitar el peligro de un derrumbe incontrolado.  


Torre nº 107, “Carrascosa del Campo”. Una torre desplomada casi por completo, aunque en este caso se ha desmoronado sobre sí misma sin aparentes expolios, y el escombro colmata el espacio interior. Todavía son visibles los muros del nivel inferior, e incluso algún resto del enfoscado. 


Torre nº 3, “Montalvo”, en la Línea de Valencia. Un pequeño montículo en lo alto de la Serrezuela de Montalbo, ya sin ningún tipo de estructura discernible salvo algún cimiento. Este va a ser el destino final, cuando no el de la completa desaparición, de todas las torres del telégrafo óptico de Cuenca, salvo que se comience a intervenir en ellas. Para la de Montalbo, como para tantas otras de la línea, la rehabilitación llega tarde. 


Torre nº 17, “Atajollano”, en Olmedilla de Alarcón. A veces la conservación de las torres ha pasado por el empleo posterior para los usos más variopintos. En este ejemplo, como peculiar castillete de recreo. También en alguno otro caso para albergar un palomar o un depósito de agua. Estas nuevas utilizaciones, pese a que suelen bastardizar la estructura original, son casi lo mejor que le ha podido pasar a la torre correspondiente, y son fáciles de revertir en una restauración. Algo muy parecido a esta le ha ocurrido a la nº 29, “Vedado de Torrent”, la penúltima de la línea. 


Torre nº 24, “Cerro de la Atalaya”, en Requena. Otra torre reutilizada hasta hace bien pocos años, dotada de nuevos accesos y vanos. Ello ha facilitado su estupendo estado de conservación hasta nuestros días. 


Claude Chappé (1763-1805), inventor francés, fue el creador de la moderna telegrafía óptica, con el sistema que lleva su nombre. Diseñado en 1792, entró en funcionamiento dos años después. En muy poco tiempo se extendió por toda Francia, donde llegó a tener más de 550 torres. Es un sistema de los llamados de brazo articulado, que genera letras del abecedario según las posiciones. Este sistema tiene la ventaja de que es más cómodo de accionar, pero genera errores de lectura más frecuentes, y obliga a aproximar más las torres. Con el paso de los años fue muy mejorado, y en Francia llegó a ser toda una institución que dejó su huella en obras de arte y literarias, sin ir más lejos en El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas.

El telégrafo de Chappé cuenta con un buen número de torres restauradas a lo largo de Francia. 

Tres sistemas europeos de telegrafía óptica. 1) Sistema Endelerantz en Suecia (a partir de 1795). 2) Sistema Murray en Reino Unido (1795). 3) Sistema Pistor en Prusia (1832). Los dos primeros siguen el sistema de persianas abatibles, que también utilizaron los telégrafos ópticos holandés y portugués. Este sistema tiene la gran ventaja de que es visible a larga distancia, con lo que las torres pueden espaciarse mucho más. El inconveniente salta a la vista: la dificultad de manejo, con toda una colección de engranajes y palancas que necesitaban el concurso de varios operarios. El sistema prusiano, por el contrario, utiliza un sistema de brazo articulado clásico accionado por tres volantes de transmisión. 


Los telégrafos ópticos españoles. Ningún país de Europa dio tanta diversidad de soluciones, como tampoco ninguno vio tantos intentos fallidos. 1) El ingeniero Agustín de Betancourt (1758-1824), una de las mentes más lúcidas del comienzo de la Edad Contemporánea en toda Europa. Polímata, políglota y creador, fue el autor del primer intento frustrado de telegrafía óptica española, entre 1797 y 1800, y uno de los precursores de la telegrafía eléctrica. En la imagen, cruz de Santiago aparte, viste con uniforme de mariscal del Ejército Imperial Ruso. 2) El modelo de telégrafo de Betancourt, de un solo brazo giratorio sobre engranaje sin fin. 3) Variante del sistema de Betancourt, resultado de la colaboración del autor con el relojero francés Abraham Louis Bréguet. 4) Telégrafo de Francisco Hurtado, en el área de Sevilla y Cádiz (en funcionamiento al menos entre 1805 y 1820). 5) Variante móvil de campaña del anterior, sobre carromato, creada por su hermano, Mateo Hurtado, hacia 1829. 6) Torre del telégrafo óptico de Tosta y Montano cerca de Jalapa (México), hacia 1817. 7) Telégrafo de Llerena (1830-1838) para la comunicación de la Corte con los Reales Sitios. 8) Ruinas de la torre telegráfica en la Sierra del Hoyo (Manzanares) perteneciente a los tendidos de Llerena. 9) Telégrafo Militar del Norte, durante la primera guerra carlista, a cargo del general Santa Cruz. 


José María Mathé y Aragua (1800-1875), responsable del gran proyecto de telegrafía óptica española de 1844-1857, colaborador de Llerena y Santa Cruz y primer director del Cuerpo de Telégrafos, el antecedente del actual Correos.


Sistema Mathé de telegrafía óptica. El árbol de señales. Mathé llegó a diseñar hasta 3 sistemas, que realmente son variaciones del mismo y no suponen cambios en el procedimiento de transmisión. El primero fue de construcción en forma de X, lo que hacía posible que fuese leído en cualquier dirección en que la torre fuese observada, además de conferirle una superior solidez. Puesto que las torres estaban alineadas con escasos grados de diferencia y  solamente tenían visión frontal, rápidamente se simplificó, reducido a un solo panel. Ello también hacía más económica su instalación. El bastidor original cruzado se instaló en las primeras torres, y si era necesario en bifurcaciones de la línea, donde una misma torre tenía que ser observada desde dos direcciones distintas.

En el centro el cilindro principal. Las posiciones con respecto a los 3 paneles fijos marcaban el dígito. De arriba abajo, enrasados con los paneles, M, 6 y 2. Tangentes por el lado inferior del cilindro, X, 7 y 3. Tangentes por el lado superior, 9, 5 y 1. Cilindro exento (sin contacto con los paneles), 8, 4 y 0. La esfera lateral secundaria indicaba contingencias en la transmisión. 


Reproducciones contemporáneas de la línea gubernamental de fuertes y blocaos construida entre Miranda de Ebro y Vitoria durante la Tercera Guerra Carlista, década de 1870. Ya cerradas las torres de telegrafía civil, el telégrafo óptico se utilizó por última vez en España en estas líneas defensivas. El bastidor es una versión simplificada del sistema de Mathé, que fue el encargado de su diseño. 



La formación de los torreros fue la principal cuestión a abordar en el sistema de telegrafía óptica. Aunque la imagen es posterior y corresponde al telégrafo óptico militar de Mathé de 1872-1875, la formación para las torres de 1844-1857 sería casi idéntica. Abajo las instrucciones para la formación de torreros (derecha) y el Diccionario Telegráfico con el código de transmisión. 


De nuevo en la Torre nº 4, de Arganda. Vamos a utilizarla para ilustrar el funcionamiento de una torre de telégrafo óptico de sistema Mathé. Puesto que todas las torres de la Línea de Valencia fueron construidas exactamente iguales (salvo mínimas variaciones puntuales), puede ser perfectamente extrapolada a cualquier otra. Además, al contar con el mobiliario original escrupulosamente reconstruido, ambienta perfectamente los interiores.

En la imagen el lado este, orientado hacia la Torre nº 5 en Perales de Tajuña. Originalmente esta torre se alineaba con la nº 6, en Villarejo de Salvanés, pero la distancia resultó excesiva (también era zona de neblinas frecuentes) y se intercaló una torre intermedia no prevista en un principio. Para los torreros de Arganda tenía que resultar muy cómodo controlar la torre de Perales, pues la distancia era de poco más de 8 kilómetros. Aspilleras en el piso bajo y doble ventana en los dos restantes, cuerpo de guardia y piso de maniobra. Puede verse en el piso superior, a la izquierda de la ventana, el diminuto orificio perforado para ubicar el anteojo. No todas las torres lo tienen, y las que cuentan con él no se ubica en el mismo sitio. Tampoco consta en el proyecto original de Mathé, así que tuvo que ser una solución posterior, sobrevenida. Hay que tener en cuenta que la Linea de Valencia, a diferencia de las de Irún y Cádiz, se orienta de oeste a este, con lo que en las horas de orto y ocaso los torreros quedaban a menudo deslumbrados. 


Fachada oeste de la torre. Aquí se localiza siempre la puerta, que da al cuerpo de guardia en el primer piso. Por supuesto, la sólida escalera metálica es una concesión a las modernas visitas. La original era una sencilla escala de madera que solamente se emplazaba en los cambios de guardia (a mediodía) y en las ocasiones en que el ordenanza tenía que salir para cuestiones logísticas o portar mensajes a las torres limítrofes. El resto del día se retiraba aupándola al interior del cuerpo de guardia. Los dos torreros pasaban la jornada sin abandonar la torre. La puerta se cerraba a cal y canto. 


Interior del cuerpo de guardia, desde la escalera de caracol. La escalera se situaba a la derecha de la puerta de entrada (esquina sudoeste), salvo en alguna contada excepción. Esta planta y la de sótano eran el ecosistema habitual del ordenanza de la torre, que ocupado en la intendencia subiría poco al piso de maniobras, salvo para atender las necesidades de los torreros y recibir instrucciones. Puesto que la puerta se cerraba, la ventana del muro oriental era la única iluminación de este nivel. Con todo, esta ventana es una concesión a la habitabilidad en detrimento de la capacidad defensiva, pues está todavía muy cerca del suelo (el alféizar está a unos 4,5 metros de altura) como para disponer un vano no protegido.

El mobiliario fue diseñado por el ubicuo Mathé con toda minuciosidad. No puede ser más elemental, y deja clara la filosofía cuasi-militar del nuevo telégrafo óptico, en la que la comodidad de los torreros no era algo que preocupase demasiado. O quizás sí, que la vida muelle relaja la disciplina. A la derecha, el armero, con espacio para cinco fusiles. Del techo penden los contrapesos de los volantes del piso superior. 


Detalle de la imagen anterior. 


Piso de sótano de la torre. Esta era la zona de almacén, despensa y también de descanso de la dotación, tanto en horas nocturnas como en las pausas establecidas durante la transmisión diurna, que se transmitían desde las comandancias de línea. Aquí se preparaba y se servía la comida, se almacenaba el agua en una tinaja (que el ordenanza tenía que rellenar) y se guardaban todos los útiles de menaje y limpieza. El nivel cuenta con tres aspilleras a cada lado, doce en total, como todas las torres de la Línea de Valencia, salvo la de Valverde de Júcar, atacada y destruida en 1854 y reconstruida después. En varias torres (no en todas) las aspilleras tuvieron justo debajo un estrecho estante de madera corrido a lo largo de todas las paredes. En la torre de Arganda, si es que lo tuvo, no se ha reproducido. Las aspilleras estaban cerradas con pequeños cristales montados en listones de madera. Creo que estos vidrios, por su diminuto tamaño, estaban montados de manera permanente y no podían abrirse, o al menos no fácilmente ni de forma habitual. Sellados convertirían a la pieza en la dependencia más habitable de toda la torre. En caso de un ataque, el cristal se rompería con el cañón del propio arma, para abrir fuego.

Hay que tener en cuenta que las torres de telégrafo no tuvieron chimenea ni estufas. En el mobiliario original reglamentario consta un brasero, que a lo sumo serviría para elevar unos pocos grados la temperatura de la dependencia donde estuviese colocado. Aunque los torreros se agenciasen alguno más, los inviernos en las torres tenían que resultar muy penosos. 


Detalle de la imagen anterior. 


Aspilleras. 


Piso de maniobra. Este es el corazón de la torre. Aquí se disponen los dos potentes catalejos sobre trípodes, a vanguardia y retaguardia, y también el mecanismo de acción de la arboladura de señales. Cuenta con dos ventanas, a este y oeste, aunque en el caso de Arganda los catalejos se insertaban en los citados agujeros en el muro. Aquí también se guardaban y cumplimentaban los minuciosos cuadernos de registro, con copia de todos los mensajes y de las posibles contingencias durante la transmisión. 


Volante de transmisión del cilindro principal. Cifras hasta el 9, más las letras M y X, signos de “error” y “repetición”. 


Detalle del mecanismo de transmisión. A la izquierda, el engranaje principal. En la parte posterior, el volante que acciona la esfera secundaria lateral. Ambos, además del engranaje desmultiplicador, son auxiliados por un contrapeso que se dispone en el piso inferior. La facilidad de operación es evidente, y apenas requiere fuerza física. Un niño puede accionar la máquina.


Trípode para el catalejo. 


Detalle del árbol de señales. 


Bastidor de señales. 


Detalle de la cubierta. El emplomado requería de un mantenimiento frecuente. Por otro lado, el pretil de la azotea en las torres de la Línea de Valencia era de mampostería, mientras que en la Línea de Castilla (la de Irún) se optó por una barandilla metálica. 


Trampilla. 


Engranaje de transmisión del bastidor de señales. 


El Juego del Telégrafo. Una estupenda iniciativa didáctica, a los pies de la torre de Arganda. Dos bastidores de señales a escala reducida, separados unos pocos metros, para que niños y no tan niños experimenten con el sistema de telegrafía óptica trasmitiendo un mensaje en código Mathé. Según el número de errores, se puede llegar a comandante de línea, nada menos, aunque en un primer intento con llegar a ordenanza no se va mal servido. Un ejemplo de actividad para todos los públicos en las torres de telégrafo, pues su rentabilidad y reciprocidad social ya solamente pueden ser la educativa, y la turística. En Francia hay colectivos culturales que han restaurado torres del telégrafo de Chappé, e incluso las hacen funcionar transmitiendo mensajes.


Señalética de la torre de Arganda. Abundante y muy instructiva. Hay casi demasiada...


Autovía A-40 en Horcajada desde las ruinas de la torre telegráfica nº 106, “Torrejoncillo del Rey”. Algunas torres continúan a la vera de ejes de comunicación. Otras, que se construyeron apartadas, siguen en un total aislamiento. Unas y otras suelen disfrutar de vistas magníficas. 



Monasterio de Uclés desde la torre óptica nº 108, "Sierra del Pavo". El camino a los pies es el de Santiago ucleseño. Un ejemplo de como las viejas torres telegráficas se imbrican a menudo con otros elementos patrimoniales y monumentales


Torre nº 20, “La Mochuela”, en Graja de Iniesta. Una y otra vez las modernas antenas repetidoras se levantan junto a las viejas torres del telégrafo óptico. Ayer y hoy de las telecomunicaciones. 



Para la segunda parte de este trabajo, Las Torres de Requenahttps://www.turalia.blog/2019/11/el-telegrafo-optico-parte-2.html 

Para la tercera parte, Por las lomas de la Manchuelahttps://www.turalia.blog/2020/04/el-telegrafo-optico-parte-3.html


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