La Conquista de Cuenca de 1854




Bueno, he aquí una entrada sobre historia de Cuenca, con mucho texto y bien pocas fotos, sólo apta para friquis de historia local, que curiosamente y contra todo pronóstico son fauna bastante abundante y aguerrida. Va por ustedes, compadres.

Cuando hablamos de la conquista de Cuenca el imaginario se fija inmediatamente en "la Conquista", que por supuesto es la de 1177. Probablemente entre el 5 y el 8 de septiembre. Lo de San Mateo llegaría mucho tiempo después, a la par que lo fue un brutal asedio por consunción se convertía, a golpe de cronicón apócrifo y de remedo mitológico, en una chusca leyendeja con borregos y borregas de por medio. Y es que en eso de los borregos en Cuenca hemos ido siempre bien servidos (porque fuimos cuadrilla mesteña, no saque el lector apresuradas conclusiones).

Pero es que, aparte de la Conquista, conquistas en Cuenca tenemos todo un catálogo del que alardear, entre documentadas y presuntas. Es curioso comprobar cómo a todo aquel que alguna vez se le antojó expugnar la inexpugnable Cuenca, casi siempre lo llevó a cabo sin más complicaciones. Por supuesto que alguna vez la defensa nos salió airosa, como el corte de mangas al rey Pedro, o aquella del trabuco cuando tuvimos a los mañicos metidos hasta la Plaza Mayor, o la otra en que sin disparar un tiro salimos impertérritos. Lo normal fue lo contrario, y como en la variedad está el gusto, podemos presumir de tomas por hambre (y por tifus, y hasta por sed), de asaltos a puro huevo con combates calle por calle, de rendiciones tras bombardeos espeluznantes, de resistencias bufonescas seguidas de cargas a cuchillo y, por qué no decirlo, de entradas pacíficas del enemigo con la banda de música por delante, que hay días en los que incluso Marte se toma asueto sin que ello vaya en desdoro de la honra de los defensores. Rizando el rizo, en Cuenca hasta nos hemos auto-asaltado, que en habiendo paisanos para tal fin sobran forasteros. Baste recordar la Noche de San Lucas y sus hogueras al cielo, canto del cisne comunero, últimas pavesas del orgullo foral y concejil.

Con todo y personalmente, si hay una tipología de conquista de Cuenca que prefiero sobre las demás, es la del golpe de mano (o toma por sorpresa, pardiez). El coup de frappe, como dicen nuestros vecinos franceses (que siempre que vinieron, por cierto, nos arrearon bien) requiere de una inusual combinación de factores: un atacante perito en el arte (lo que no es habitual), un defensor descuidado e indolente (esto es más frecuente) y aun así una considerable dosis de ese tipo de suerte que habitualmente se conoce como potra. Conquistas por golpe de mano en Cuenca tenemos alguna. Dejando de lado lo que quizás pudo hacer o acaso no hizo Alvar Fáñez (indiscutible artista en el oficio y aventajado alumno del maestro cidiano), cómo no citar la entrada de Juan Martín el Empecinado el día 9 de mayo de 1812, con los agravantes de nocturnidad y alevosía y con todos los aderezos costumbristas al uso, desde cura trabucaire hasta navaja de siete muelles. O el ataque relámpago en octubre de 1873 de José Santés, que para el carlismo dejó en Cuenca una reputación de clemencia y caballerosidad que poco habría de durar. Eso sí, nos vació bien la caja de los dineros, cosa que curiosamente a ningún conquistador que se precie se le pasa por alto.

No obstante, la toma de Cuenca más sorprendente, producto de la más inverosímil sorpresa, se la debemos al antepenúltimo conquistador de Cuenca, don Manuel Buceta del Villar, al que esta ingrata y olvidadiza ciudad ha condenado al ostracismo cuando por su gesta mereciera, no ya calle, sino avenida y hasta bulevar si tal cosa tuviéramos en la ciudad del cáliz y la estrella. El episodio lo relata la pluma magistral de Antonio Jiménez-Landi (Esos Días, Aguilar 1965). Pensaba extractarlo para no alargar más la presente, pero la verdad es que no me siento capaz de quitar ni una tilde, así que el paciente lector me sabrá disculpar si lo trascribo aquí entero.

Entrando en materia, el relato se ambienta en el gozne de nuestro efervescente siglo XIX, en los estertores de la Década Moderada (1844-1854). Una precaria coalición liberal bulle contra el odiado gobierno del Conde de San Luis, al que sólo apoya la Corona. Sus espadones son los generales Espartero y O'Donnell. Éste último se pronuncia, subleva tropas y se lanza sobre Madrid a finales de junio de 1854. El ataque es rechazado por tropas gubernamentales en las cercanías de Vicálvaro (la conocida como Vicalvarada). Mientras que temerarios conspiradores dentro de Madrid intentan levantar al populacho contra el gobierno (lo conseguirán poco después, en la llamada Revolución de 1854), O´Donnell vaga por la Mancha con sus aspeados y desmoralizados soldados. En este momento uno de los comandantes rebeldes barrunta una idea descabellada, un golpe de efecto para levantar los ánimos y revertir la situación. Habla Jiménez-Landi:

" Entre tanto, don Manuel Buceta, comandante de reemplazo incorporado a la sublevación, como ya hemos visto, pide al general O'Donnell que le permita separarse de la columna pronunciada, con objeto de atacar la ciudad de Cuenca sin más fuerzas que un grupo de sesenta voluntarios.

" El general accede y el valeroso caudillo de tan reducida tropa, se pone en marcha. Lleva por segundo jefe a don Felipe Abascal y por oficiales a un mozo de la Rioja llamado Marcos, 'veterano' de Vicálvaro y a don Ramón Garea, paisanos los tres.

" Dos jornadas eran bastantes para situarse frente a la población. Si fallaba el golpe de mano, se retiraría a territorio francés atravesando las provincias aragonesas, no se sabe cómo, porque la aventura parecía tan temeraria como admirables el valor y la insensatez de los que tomaban parte en ella.

" El gobernador de la ciudad casi inexpugnable, y el comandante general, Moreno de las Peñas, oyen decir que, la noche anterior – la del siete al ocho de julio – una partida de gente armada ha pernoctado en el pueblo de Sisante.

" La noticia no tenía importancia por el escaso número de los guerrilleros, pero era un aviso para que las primeras autoridades de Cuenca tomasen algunas resoluciones preventivas.

" Debido a la inseguridad de los campos, habíase concentrado en el casco de la población a unos cien peones camineros de la comarca, a quienes se empleó inmediatamente en la fabricación de cartuchos; tarea que compartieron con los guardias municipales".

" Buceta y sus voluntarios avanzaban tranquilamente por el camino de la Mancha y llegaron sin novedad a Belmonte, patria de Fray Luis de León, y dominado por las torres de un empingorotado castillo.

" En Belmonte, don Manuel Buceta requisa diez carros para montar a sus hombres de guerra. El caudillo, Abascal, Marcos y Garea montan sendos caballos.

" No pudo soñar Cervantes una estampa tan quijotesca en la Mancha de su héroe, como la de aquella partida que marchaba en pos de un ideal revolucionario para hacer buenas las aventuras más descabelladas del Caballero de la Triste Figura.

" En el pueblecito de Arcas, los cinco estupendos caballeros y su tren de carretas dejan el camino real hasta allí seguido, para emprender el de Valencia, que les ofrece una doble ventaja de orden topográfico y estratégico, a saber: la de una colina [el Cerro Molina] que se interpone entre la ciudad y la ruta seguida, por lo cual puede servirles de pantalla, hasta alcanzar, casi, la puertas mismas de la población.

" Sin el menor inconveniente, la partida penetra en el recinto de la ciudad por la puerta de Valencia. Una vez en el campo de San Francisco [explanada en lo que hoy es la Diputación y aledaños], la mitad de los voluntarios echa pie a tierra para dirigirse al arrabal de los Tiradores con don Felipe a la cabeza, y dando grandes voces de ¡Viva la libertad! ¡Abajo el Gobierno!

" Quiso la providencia de Abascal y de sus secuaces que las tropas alojadas normalmente en el cuartel de San Francisco [en la manzana inmediata a la Diputación, hacia calle Las Torres] hubiesen marchado a Guadalajara un día antes, y que los doscientos guardias municipales encerrados en sus muros no se diesen cuenta del paso de aquellos locos, ocupados como estaban en la fabricación de municiones.

" Don Felipe cruzó el puente de San Pablo, penetrando hasta la plaza principal [Plaza Mayor] sin el menor tropiezo. Acto seguido, cerró todas sus bocacalles.

" Mientras Abascal realizaba esta proeza, sin disparar más que gritos, don Manuel iba al frente de la otra mitad de la 'columna', en los consabidos carromatos, por la calle de la Carretería hasta la plaza homónima [actual Plaza de la Constitución], y el valeroso Marcos, haciéndose acompañar de un hombre solo, con su trabuco, subía hasta el Puente de la Trinidad, pasaba por delante del domicilio del comandante general, sin llamar la atención de la guardia, y por la puerta del edificio perteneciente a la Tesorería [frente al Escardillo], también custodiado por fuerzas del Gobierno. Pero qué catadura sería la de nuestros dos hombres, que la guardia de la Tesorería se apresuró a encerrarse dentro del edificio, tan pronto los vio acercarse.

" Buceta, siguiendo la calle del Agua, había llegado ya frente al Gobierno Civil [en el Convento del Carmen, hoy colegio del mismo nombre], donde poco después se le reunían el riojano y su compañero.

" La primera parte de la temeraria acción se había cumplido, en todos sus detalles, gracias a su propia inverosimilitud.

" El día 9 de julio era domingo y el señor Balsalobre, gobernador civil, estaba oyendo misa, cuando se le acercó un hombre con cara de acontecimientos. Era portador de un parte enviado por el alcalde de Arcas y en el cual se decía que una tropa facciosa marchaba sobre Cuenca.

" Pero esto… ¿Era posible? Balsalobre salió del templo y, acompañado por algunas personas, dirigióse a su domicilio. Acudieron algunos consejeros provinciales para celebrar un cambio de impresiones, y, no habían acabado de discutir cuáles habían de ser las medidas más convenientes para rechazar a la facción, cuando las voces y el tumulto callejero les anunciaban que el enemigo había penetrado ya en la ciudad de las casas colgadas.

" El gobernador disponía de trescientos hombres, entre guardias y camineros; no se sabía cuántos eran los facciosos… y, en un mar de dudas y azoramientos, el señor Balsalobre marchó al Gobierno Civil…

" Un grupo de ocho peones camineros, más decididos que las primeras autoridades de la provincia, suben desde San Francisco a la calle Real [eje de subida desde el Puente de la Trinidad]; pero, en ese punto, se topan con los centinelas de don Manuel.

" No se arredran los restauradores de nuestros caminos reales y disparan contra los sediciosos, los cuales, a su vez, repelen la agresión con una descarga; cae herido un peón caminero y otros cuatro se repliegan. En este memorable hecho de armas consistió la batalla por Cuenca. El cabo Martín, que mandaba a los camineros, pactó con los rebeldes y estos le dejaron continuar hasta el Gobierno Civil, donde poco después llegaba el gran Buceta, que había oídos los tiros desde las Zapaterías.

" Abascal ya estaba al habla con el alcalde y le ordenó que fuese también al Gobierno Civil. Buceta hizo lo propio con el comandante general, y, una vez reunidas las tres autoridades de la población y de la provincia, don Manuel les endilgó un discurso de circunstancias. Nada opusieron las mencionadas tres autoridades y Cuenca fue entregada al guerrillero, que la recibió en nombre de su General en Jefe mediante un acta de transmisión de poderes con todos los requisitos apetecibles.

" Algunos de los guardias y de los peones camineros ya mencionados, uniéronse a la tropa de Buceta; los más optaron por volver a sus pueblos de origen; pero no sin renunciar a las armas y a los uniformes que habían usado.

" A Balsalobre y a Moreno de las Peñas se les permitió alejarse de la ciudad por el camino de Tarancón, patria chica del odiado duque de Riánsares.

" ¡ Oh, manes de Cortés y de Pizarro, la raza de los conquistadores no se había extinguido!

" Al siguiente día, Buceta, que practicaba el dicho de Espartero con más sinceridad que su inventor, quiso cumplir el deseo popular echando pregones para que acudieran a junta los concejales y los mayores contribuyentes de la población. Pero estos caballeros, una vez reunidos, expresaron al revolucionario su deseo de no pronunciarse contra el Gobierno de Madrid, de suerte que la gloriosa conquista iba a quedar sin efecto en virtud de un acto absolutamente democrático. Y aquello no podía ser.

" Algunos liberales conquenses animaban a Buceta. Los potentados de la localidad podrían ser más 'polacos' que Sartorius; pero la masa popular apoyaba, sin reservas, el pronunciamiento de O'Donnell.

" En vista de ello, don Manuel reunió al Ayuntamiento, convocó al vecindario, por el ya mencionado procedimiento de los pregones, y, requiriendo la cabalgadura, presentóse ante la multitud para expresarle su determinación de permanecer en Cuenca mientras el pueblo no le fuese hostil.

" Grandes ovaciones acogieron sus palabras; en las esquinas de los edificios apareció una proclama encabezada con este pomposo título:

" Ejército monárquico-constitucional / Columna de operaciones del norte de España.- E.M / Habitantes de la provincia de Cuenca: / El sagrado estandarte de la libertad ondea victorioso sobre vosotros.

" Y, después de poner en la picota a los enemigos de la patria: los vergonzosos agios, el favoritismo, la odiosa contribución de consumo, el estanco del tabaco y la sal, etc… el conquistador firmaba en Cuenca, a 10 de julio de 1854: 'C. M. y Gobernador Civil interino de esta Provincia, Manuel Buceta del Villar'

" Una junta de hombres liberales regiría los destinos de la población, mientras algunos voluntarios se destacaban hasta Carrascosa [del Campo], donde tuvieron la desgracia de encontrarse con fuerzas enemigas muy superiores, que les obligaron a retroceder.

" En fin, los liberales de Cuenca eran tan poco belicosos como los 'polacos', y , un buen día, la flamante junta comunicó al gobernador interino que la ciudad no podía exponerse a las penalidades, sufrimientos y devastaciones que acarrearía un sitio por parte de las tropas del Gobierno, y que, pues ni ellos, ni el resto de los pobladores llevaban sangre numantina ni zaragozana, se veían en el triste deber de comunicárselo…

" Esto sucedía el 14 de julio – aniversario de la toma de la Bastilla, como todos sabemos – y el 15, no más, Buceta abandonada Cuenca por la Hoz de Júcar. No le quedaba más camino que el de Aragón…"


A Buceta no le fue tan mal después de todo. El triunfo de la Revolución, unos días después, supuso la reactivación de su carrera militar. Ascendido a coronel, fue nombrado Gobernador de Melilla, y de ahí ascendería rápidamente a brigadier. Antes y después del episodio de Cuenca su carrera militar, condicionada por su origen humilde, sus ideas liberales radicales y un carácter complicado, fue una sucesión de logros alternados con grandes traspiés, incluidos arrestos, exilio, ceses, rocambolescas huidas y encarcelamientos. La diplomacia nunca fue su fuerte, y en su gobernación en Santo Domingo dejó mal recuerdo, hasta el extremo que en el país aún es frecuente la expresión "más malo que Buceta". Fue manifiesta su falta de formación en estrategia y en técnicas de estado mayor, lo que provocó que saliese descalabrado en algún que otro hecho de armas. Lo que todos, amigos y enemigos, nunca le negaron fue un valor a toda prueba. "Una valentía que rayaba la insensatez" dice algún autor dominicano. Esto me suena de algo, pardiez.



Cuenca hacia 1900, en foto de Zomeño. La imagen reproduce la mayor parte de los lugares clave del episodio de 1854. Algunos, como el convento del Carmen, ya aparecen reconstruidos tras los estragos del ataque carlista de 1874. Lo que la foto muestra, como siempre en la vieja Cuenca, son decenas de edificios e inmuebles desaparecidos. 


Croquis del ataque a Cuenca de 1854 por el comandante Buceta y sus voluntarios. Utilizo como base el mapa del Atlas de Francisco Coello, de hacía 1850, y por tanto contemporáneo de los hechos. 
1) La tropa regular de Cuenca, el día anterior al ataque (8 de julio), marcha a Guadalajara. La defensa de Cuenca queda al cargo de 200 guardias municipales y 100 peones camineros armados. 
2) Día 9 de julio. Buceta y sus 60 voluntarios entran en la ciudad sin ser vistos al amparo del Cerro Molina. Desde la Puerta de Valencia llegan rápidamente al Campo de San Francisco (o La Glorieta), corazón de los arrabales extramuros.
3) La maniobra, increíblemente, no es advertida por los 300 defensores de Cuenca, recluidos fabricando munición en el inmediato Cuartel de Milicias.
4) El cabecilla Abascal, con la mitad de la tropa, llega hasta la Plaza Mayor por Tiradores, Puente de San Pablo, Cuesta de Tarros y Palacios.
5) En la Plaza Mayor, Abascal pone centinelas en las bocacalles. A continuación se hace con el Ayuntamiento y el alcalde.
6) Buceta con los otros 30 voluntarios recorre la calle de Madereros (Carretería) hasta la Plaza de Carretería (Constitución).
7) Otro de los cabecillas, Marcos, con sólo un hombre de escolta, atraviesa el Puente de la Trinidad y sube por la calle Real.
8) La guardia del edificio de la Tesorería se encierra dentro cuando ve acercarse a los dos hombres armados hasta los dientes.
9) Buceta sube por la calle del Agua y calle Retiro camino del Gobierno Civil, en el antiguo Convento del Carmen.
10) Se hace con el edificio y establece centinelas en las calles aledañas. Poco después, sin saber que el edificio está ya en manos de los facciosos, el gobernador civil cae en sus manos al llegar hasta allí para intentar enterarse de lo que está ocurriendo.
11) Un grupo de 8 peones camineros, encabezados por el cabo Martín, sale del Cuartel de San Francisco y se dirige al Gobierno Civil, seguramente a recabar información, porque en La Glorieta ya no han quedado atacantes.
12) Los peones camineros, al llegar a la calle Real, se topan con los centinelas en torno al Gobierno. Se produce un corto tiroteo, con un herido. El relato no da precisiones acerca de en qué punto exacto de la calle se produjo el incidente, así que en el plano lo dispongo donde lo considero más probable, en las inmediaciones de la Puerta de San Juan.
13) Abascal envía al alcalde de Cuenca al Gobierno Civil, donde se escenifica la entrega de la ciudad. Los defensores son disueltos y desarmados, salvo algunos que se unen a la partida.
14) El día 15 de julio, después de haber dominado Cuenca durante cinco días, ante la llegada de tropas gubernamentales y sin suficientes apoyos en la ciudad, el comandante Buceta abandona Cuenca por la Hoz del Júcar.


Grabado de Manuel Buceta. La imagen lo representa casi al final de su vida. El episodio de Cuenca tuvo lugar 28 años antes de su fallecimiento en 1882, cuando contaba con unos 46 años de edad. 

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