La Carta de los 76




En esta fría mañana de nieves, a punto de consumar la maldición familiar y embarcarme de nuevo en otra cruzada por la conservación del Casco Histórico de Cuenca, he cogido los bártulos y me he bajado al archivo municipal. Si yo pudiese en un archivo viviría, con su olor a papel de paño y a polvo viejo, y a pátina de tiempo detenido. Tenemos un magnífico archivo concejil en Cuenca, un tanto saltarín y nómada (eso sí) por la poca consideración que a nuestros munícipes les han inspirado siempre los legajos viejos, pero esa es otra historia. Esta mañana iba buscando algo muy concreto, de cuya existencia sabía por el libro de Troitiño: una carta firmada por setenta y seis vecinos de la vieja Cuenca en 1920, en el apogeo de los Años de Hierro del Conjunto Histórico.

Tras décadas de degradación de la Cuenca alta, el año 1907 el Ayuntamiento dio definitiva luz verde al estrambote: el Plan Urbanístico de Antonio Carlevaris. Éste consistía, entre otros dislates, en la reurbanización completa de los barrios de Santa María (o del Alcázar) y de San Martín, mediante el nuevo trazado de calles y demoliciones sistemáticas de inmuebles antiguos, para ser reemplazados por jardines. El plan, que en una ciudad de nuevo cuño tendría sus tragaderas, en la Cuenca Histórica era puro disparate, un remedo tardío, tosco y pueblerino del urbanismo decimonónico del Barón Haussmann y compañía, porque en el urbanismo y en la arquitectura de Cuenca, de 1860 a esta parte, hemos tenido y tenemos el problema de que nos ponemos a ser tal cuando lo de ser tal ya no se lleva.

Pero si malo fue el proyecto, peor la ejecución, recurriendo incluso a privar al vecindario de servicios básicos e impedir obras de mejora. Todo con el objetivo de provocar la marcha de la población, forzar inmediatos expedientes de ruina y ordenar el derribo de casas que distaban mucho de estar arruinadas. Dos barrios fueron literalmente arrasados por una sucesión de corporaciones destructoras de patrimonio, a cargo de un arquitecto municipal que mereciera blasón con piqueta rampante de gules sobre campo de escombro en sable, y que acaso tenga capítulo aparte en próxima ocasión. Y otrosí, utilizando de forma torticera la normativa urbanística y el aparato administrativo municipal para hacer presión sobre un vecindario que no se creía lo que veía, que allá van leyes do quieren reyes.

El resultado está a la vista todavía hoy, y todavía hoy estamos pagando aquello. Nunca hubo jardín en el barrio de Santa María, sino un desnudo solar que después fue la Plaza de Mangana. Gustavo Torner la clavó en una ocasión: no era Plaza, sino Explanada, pues aquello no tenía nada que lo convirtiese en un espacio humano. San Martín sí que se ajardinó, sobre montones de escombros y vestigios de casitas de madera asomadas a los cortados. En el ínterin desapareció un patrimonio edificado inestimable, que incluía la iglesia de San Martín (el mejor templo románico de la ciudad) y la antigua sinagoga de Cuenca (que fue luego parroquia de Santa María la Nueva) a la que ni la aparición durante la demolición de preciosas yeserías hebraicas pudo librar del furor jacobino de los derribos.

Por supuesto hubo resistencia. Algunos ilustres conquenses de entonces llenaron páginas de diarios. Algunos otros, a los que su posición clientelar impedía significarse demasiado, hicieron gestiones bajo cuerda. Parte del clero diocesano gruñó en si bemol (al fin y al cabo se barría la calle Canónigos). Y el vecindario por fin reaccionó:

“ Al Excmo. Ayuntamiento de la Ciudad de Cuenca.
“Los abajo firmantes, vecinos de Cuenca y moradores de la parte alta de la ciudad, ante la Excma. Corporación municipal comparecen y dicen: Que han visto y ven con disgusto las autorizaciones que se vienen concediendo para derruir edificios de los barrios donde moran, con lo cual va desapareciendo a pasos de gigante la parte histórica de la población, la parte que, por su antigüedad y situación topográfica, atrae las miradas de los turistas que nos visitan; dejando, por otra parte, los que se dedican al derribo, los solares en tan malas condiciones que sirven para vertederos de inmundicias poniendo en inminente peligro la salud pública; por estas y otras razones que se pudieran alegar, y que son de todos conocidas, después de protestar en la forma que les es permitido hacerlo
“Al Excmo. Ayuntamiento SUPLICAN, no conceda en lo sucesivo autorización alguna para derruir casa de la parte alta de la población, por ornato público, por la salud pública y sobre todo para que no veamos en ruinas el techo que nos cobijó, convertido en informe montón de escombros el edificio que nos vio nacer y a cuya sombra jugábamos y alegró los días de nuestra existencia.
“ Así esperamos de la rectitud y buen criterio de la Corporación municipal cuya vida guarde Dios muchos años.
“ Cuenca, 24 de abril de 1920".

Siguen tres páginas de firmas en las que se pueden reconocer apellidos de toda la vida del Casco Histórico, y algunos del barrio de San Martín. Con una pizca de orgullo me he encontrado con la rúbrica de mi bisabuelo, Florencio Cuesta, que tenía una tienda de calzados y quincalla en la calle Correría, el mismo local desde donde ahora escribo estas líneas. El único comerciante de la familia, y el único del que no se sabía que se hubiese metido en guerras perdidas. Qué callado te lo tenías, abuelo Florencio.

El expediente abierto entonces sólo consta de la carta. El Ayuntamiento procedió a darle archivo. Silencio administrativo.

Afortunadamente todo esto fue hace un siglo. Ya nadie mete presión a los vecinos, sino que se los mima para que no abandonen el barrio. Tenemos una normativa seria de protección del patrimonio y unos gerentes a los que no se les ocurriría tergiversar la norma legal para declarar ruinas donde no las hay. Y sobre todo tenemos un Ayuntamiento al que nunca se le ocurriría derribar un caserón antiguo en el corazón del Conjunto Histórico de Cuenca, Patrimonio de la Humanidad. Qué desazón ponerme en el pellejo de mi bisabuelo Florencio, pero ya pasó. Me voy a dormir.






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