Requena: El Barrio de la Villa





Requena, a los ojos de los conquenses, sería algo así como la hija pródiga. No por nada: tomada en 1238 a los musulmanes valencianos por D. Gonzalo Ibáñez, quinto obispo de Cuenca, se integró en Castilla y en la diócesis conquense a pesar de que en los viejos tratados debería haber quedado para la Corona de Aragón. Ello provocó una airada queja de Jaime el Conquistador, repleta de justa indignación. De poco le valió, porque la frontera quedó no en el Cabriel, sino en las Cabrillas, desde donde en días claros se veía el Mediterráneo rielar tras las azoteas blancas de la ciudad del Turia.

Tan bien salió aquella canallesca operación que Requena ha sido castellana y conquense hasta 1851, seiscientos trece tacos de nada. En ese año la familia Cárcel, el puerto de Contreras, el vino y un famoso carguero con bandera helvética provocaron una basculación política hacia Valencia que lo extraño es que no se hubiese producido antes. La jurisdicción eclesiástica se resistió más, hasta 1955. Todavía queda gente de edad en Requena que puede decir que la confirmó el obispo de Cuenca.

Requena (que fue villa con alfoz pero sin comunidad, y que por entonces ya era ciudad por real privilegio) se llevó a Valencia su tierra y sus pueblos, unos 1.750 kilómetros cuadrados de la Plana de Utiel. La moderna provincia de Cuenca, que apenas contaba con 18 años de existencia, perdió poco más del 10% de su extensión (pasó del cuarto al quinto lugar en superficie), pero la merma económica rondó el 20%, ya que se desgajaba la parte más rica del conjunto provincial. Con sus veintiún mil habitantes actuales, hoy Requena sería la segunda población provincial de haber permanecido en Cuenca.

De todo esto las buenas gentes de Cuenca, con nuestra pintoresca y rara habilidad para desdeñar y olvidar lo que alguna vez fuimos, tenemos poca conciencia. Debe ser por eso que cuando volamos por la autovía A-3 camino de paraísos litorales pocas veces nos fijamos en Requena. Amigos tengo con pedigrí conqueño (y a los que en ningún caso tildaría de ignorantes) que ponen cara de póquer cuando oyen hablar del Barrio de la Villa de Requena, la antigua medina islámica que recibió Fuero de Cuenca y conserva ermita a San Julián, entre otras variopintas cosas. Lo cierto en que en esto también ayuda el hecho de que la vieja ciudad de Requena sea casi invisible desde todas partes: aunque levantada en un escarpe rocoso sobre el río Magro, la ciudad moderna la supera en cota y la envuelve casi por completo. También no hace tantos años que el nivel de degradación urbana del viejo barrio histórico era preocupante, con edificios comprometidos, abandono y la vocación turística habitual en estos pequeños destinos: la de boquilla. Y si alguien quiere discutir sobre esto, le podría contar algunos chuscos episodios de cuando hace casi veinte años paré por aquí con algunos grupos.

Hoy han cambiado y van cambiando muchas cosas. La alcazaba almohade está despejada de las viviendas que la invadían, la Torre del Homenaje es visitable, así como parte de la red que cuevas que horada todo el subsuelo. El barrio está cuidado y cada vez más restaurado, con oferta hotelera y cultural. Por supuesto que quedan puntos negros y que tampoco se ha librado de las modernas memeces arquitectónicas, vanidad de vanidades en el corazón de nuestros conjuntos históricos (aunque de esto en Cuenca más nos valdría callar). El casco histórico de Requeña hoy es un pequeño encanto, todavía con color popular, a ratos con un aire de casba moruna que ocho siglos no han acabado de borrar y un buen número de sorpresas para emplear, a lo menos, una larga mañana. Recomendado. Y no se preocupen vuesas mercedes por el apartamento en Cullera, que no tiene patas para escaparse, y no va a ir a parte alguna.















































































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