La Capilla de la Asunción de Villaescusa de Haro





Como lo prometido es deuda, quedaba pendiente en nuestro recorrido de hace unos días por Villaescusa de Haro la principal joya de la localidad, que merece capítulo aparte: la Capilla de la Asunción, uno de los más bellos espacios de patrimonio y arte de toda la provincia de Cuenca.

La Capilla, Monumento Nacional desde 1931, fue mandada levantar por Don Diego Ramírez de Fuenleal, de los linajes Ramírez de Villaescusa, donde nació en 1459. Doctor en Teología y Cánones en Salamanca (donde fue compañero de aula de Nebrija), tuvo ocasión de lucir su enorme formación humanística y teológica ante los Reyes Católicos. De ahí devino una fulgurante progresión: arcediano de Olmedo (su primera dignidad), canónigo en Jaén, deán en Granada, confesor personal de la reina Isabel y consejero espiritual de su hija Juana, a la que acompañó a los Países Bajos para su boda con Felipe el Hermoso. Más tarde, en rápida sucesión, fue deán de Sevilla, obispo de Astorga, obispo de Málaga y obispo de Cuenca (desde 1518), así como presidente de la Chancillería de Valladolid. Su amplia imbricación en la corte y sus buenas relaciones con el papa Adriano (al que asistió mucho tiempo en Roma) le hicieron aspirar a más altos vuelos, que nunca cuajaron para frustración de nuestro personaje, que a su amplísimo acervo intelectual y artístico unía una pecaminosa dosis de luciferino orgullo. Murió como obispo de Cuenca (obispo con borlas de cardenal en su escudo) y en su Catedral fue sepultado el año 1537.

En su enérgico gobierno de la diócesis conquense, del que quedó buena memoria, mandó acometer un sinfín de grandes obras edilicias en las que el prelado solía implicarse en persona, porque Diego Ramírez fue un obispo constructor, que muy bien sabía que la obra de arte era el exponente y la escenificación terrenal del poder y la gloria. De todas ellas, en su villa natal acometió un vendaval de construcciones que sólo la muerte le impidió rematar. Natus ad Quodcumque Magnum, nacido para todo lo grande, fue Diego Ramírez, el de Villaescusa. Don Diego el Bueno lo llamaba el pueblo llano en Málaga y en Cuenca, lo que quizá sea su mejor homenaje, entre tanto vano oropel de este mundo.

No hay fecha para el inicio de las obras en la Capilla de la Asunción, concebida como panteón familiar. En la bóveda presiden armas episcopales de Don Diego, que no fue obispo de Astorga hasta 1498. Una horquilla amplia entre 1490 y 1510, con un apogeo constructivo hacia 1495-1505, parecen fechas bastante ajustadas. El comitente rondaba pues los 30 años cuando acometió la obra y aún distaba de disponer de las fenomenales rentas que tendría unos años después. La fábrica de la Capilla quizás se está dotando desde 1475, por lo que no cabe descartar una participación mayor o menor del entramado clánico de los Ramírez de Villaescusa.

No se conoce con seguridad el autor de la obra, de un exquisito gótico flamígero con influencias flamencas. Se ha hablado de Simón de Colonia (1450-1511) el de la Capilla del Condestable de la Catedral de Burgos, que también trabajó en San Juan de los Reyes en Toledo (cuyo cimborrio tanto recuerda a la Capilla de Villaescusa) a las órdenes de Juan Guas y junto a Egas Cueman. Bien pocos años antes, en el vecino Belmonte y bajo el mecenazgo de los Pacheco, han trabajado los propios Juan Guas y Egas Cueman, junto con el hermano de éste último, Hanequín de Bruselas (los tres morirán entre 1494 y 1496). También cualquiera de ellos o de sus numerosos aparejadores no serían malos candidatos para unas trazas tempranas.

La Capilla pertenece a la más alta tipología de capillas funerarias castellanas, al estilo de la citada del Condestable de Burgos o la de Álvaro de Luna en Toledo, aunque la de Villaescusa es de planta cuadrada que muda al ochavo en alzado, bajo magnífica crucería estrellada, con tribunas y hornacinas funerarias a las que se añade la triple portada con la rejería, que Fernando Checa ya adjudicó con seguridad a Fray Francisco de Salamanca.

Pero si una pieza destaca sobre el resto en la Capilla de la Asunción es el retablo. Como el resto de la Capilla, el retablo bebe de varias tradiciones artísticas que, en estos años de crisol artístico en la vieja Castilla, se están fundiendo: la propia gótica tardía castellana, la llegada de una fuerte corriente flamenca (impulsada por una nueva dinastía y los contactos comerciales con los Países Bajos) y la irrupción del Renacimiento, muy fuerte y temprana. Así que nuestro retablo es un precioso híbrido donde en todo caso las formas gótico-isabelinas predominan sobre las demás. Hay atribuciones antiguas y recientes a Felipe Bigarny, aunque es más probable que sea obra de su numerosa escuela y red clientelar, que se extendió por toda Castilla. Todos los autores datan el retablo en una horquilla corta entre 1506 y 1509, es decir, terminada o casi terminada la fábrica de cantería de la Capilla.

Constructivamente se ciñe a un plan clásico de cinco calles y cinco cuerpos con predela, resolviendo bien el problema de adaptarse en altura al cuerpo octogonal. El dosel que lo corona es posterior, del siglo XVIII. También dieciochesca es la policromía, pues la entrega original fue de madera de pino en su color. Aunque en este caso (y para variar) la policromía barroca es muy detallista y esmerada, la necesidad de estucar para fijar el color hace perder resolución y finura a la labra. Contra todo pronóstico, y a diferencia de la inmensa mayoría de retablos conquenses, ha sobrevivido a guerras y destrozos, llegando íntegro, sin mutilaciones y en un estupendo estado de conservación hasta nuestros días.

El efecto que genera ante el espectador es arrebatador. Pocas veces en la provincia de Cuenca se consigue una escenografía semejante de espacio, luz y color. La mirada se concentra en una explosión de forma y cromatismo focalizada en una superficie que dista mucho del tamaño de otros retablos provinciales, pero que lo capta todo como un pozo de gravedad. Rápidamente es perceptible la riqueza de la iconografía y del programa desarrollado, con una profunda base teológica donde la intervención directa del obispo Ramírez parece clara.

Es una pena (figuradamente hablando) que Belmonte sea Belmonte. Y que el turismo de nuestros días se nos haya vuelto tan borreguero a golpe de tópicos, internetes y clichés, porque pocos son los grupos que paramos en Villaescusa, y muchos menos de los que Villaescusa mereciera. Pero cuando nuestra distinguida clientela entra en la Capilla de la Asunción (dejándose sus buenas perras, como tiene que ser, y demasiado barata que es) el catálogo de caras y gestos es un poema. Loor y prez, cinco siglos después, a don Diego Ramírez, su mal de piedra y su luciferino orgullo.


Bóveda de crucería central, sobre planta en ochavo.


Portada de entrada a la capilla desde las naves de la iglesia, lado del Evangelio.


Exterior de la Capilla.


Tribunas. 


Detalle de la reja central, obra de Fray Francisco de Salamanca, con las armas del obispo Diego Ramírez de Fuenleal.


Predela. San Jerónimo, la Misa de San Gregorio y el evangelista Mateo. San Jerónimo fue un santo que tuvo un gran simbolismo para Diego Ramírez, por su gigantesca erudición y pozo de conocimientos. Juega con el león, la fiera que domesticó durante sus retiros ascéticos en el desierto.


Predela. Cristo descendiendo al Limbo para redimir a Adán, Eva y los Patriarcas, y conducirlos al Paraíso. La escena proviene de los Apócrifos. A los lados, los evangelistas Mateo y Marcos.


Predela. Cristo descendiendo al Limbo para redimir a Adán, Eva y los Patriarcas, y conducirlos al Paraíso. La escena proviene de los Apócrifos. A los lados, los evangelistas Mateo y Marcos.


San Marcos. Detalle. 


Predela. El Entierro de Cristo como composición principal en el eje de simetría. Nicodemo, San Juan, la Virgen, María Magdalena y José de Arimatea rodean el cuerpo de Jesús. La Magdalena porta un frasco de perfume.


San Lucas. Detalle. 


La Resurección de Cristo. A los lados, San Lucas y San Juan.


La Resurrección, detalle. 


Diego Ramírez de Villaescusa, mecenas de la obra (en primer término) ora ante las Sagradas Escrituras protegido y auspiciado por San Julián (a la derecha). Este San Julián no es el de Cuenca (todavía no canonizado cuando se labra el retablo), sino San Julián de Le Mans, que fue el santo de devoción de Diego Ramírez.


Predela. San Agustín, con hábito agustino, mitra y portando el edificio de la Iglesia. Con esta figura se remata la predela. A la derecha, la estupenda labra calada de la polsera.


Retablo. Zona central. En la calle central, la Dormición de la Virgen


Primer cuerpo, primera calle. El Nacimiento de la Virgen. Santa Ana en cama, recién parida, mientras San Joaquín y las parteras se distribuyen alrededor. En primer término una doncella atiende a la recién nacida. Esta imagen y las dos siguientes proceden de la literatura apócrifa, en concreto del Libro sobre la Natividad de María.


Primer cuerpo, segunda calle. Presentación de la Virgen en el Templo. María con tres años sube las gradas del Templo sola y sin miedo, ante el asombro de los presentes.


Primer cuerpo, cuarta calle. Bodas de María y José.


Primer cuerpo, quinta calle. La Anunciación.


Segundo cuerpo, calle primera. La Visitación.


Segundo cuerpo, calle segunda. El Nacimiento de Cristo.


Segundo cuerpo, calle cuarta. La Circuncisión. Simeón toma al Niño en brazos y pronuncia las terribles palabras: "Este niño está destinado a la ruina y la resurreción de muchos en Israel, y como signo de contradicción". A los lados, imágenes de reyes y profetas bíblicos.


Segundo cuerpo, calle quinta. La Epifanía según San Mateo. Aquí ya se ha fijado la iconografía definitiva de los Reyes Magos, incluido a Baltasar como rey negro, que no se fijará de forma definitiva precisamente hasta comienzos del siglo XVI. En que fuese negro tuvo mucho que ver el redescubrimiento del Cristianismo etíope, aislado en la Edad Media por el mundo musulmán.


Retablo. Parte superior. En el centro la Asunción de la Virgen, tema central del Retablo y de la Capilla. Según la tradición gnóstica, María tenía sesenta años cuando fue asumpta a los Cielos en presencia de Cristo, los Apóstoles y coros de ángeles. Justo encima el busto de Cristo asoma, como en actitud de recibir a la Virgen. A los lados, Cristo entre los Doctores (abajo, izquierda), las bodas de Caná (abajo, derecha), Cristo Resucitado apareciéndose a su Madre (arriba, izquierda) y la Venida del Espíritu Santo (arriba, derecha). 


Estatuas orantes de Eugenio Carrillo Ramírez de Peralta y de su esposa Luisa de Muñatones, primos del obispo Diego Ramírez.


Cúpula de casetones de la sacristía de la Capilla.


Filigrana sobre filigrana...


Detalle de la caladura, de una calidad de entrega excepcional. 


"Non confundas me ab expectatione mea. Adiuva me, Domine, et salvus ero". Salmo 119, vs. 116-117. "No me confundas en mi esperanza. Ayúdame, Señor, y seré salvado".


Luz vespertina en la nervadura.

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