Peña Cortada




Hoy toca hablar de un espectacular recurso patrimonial y turístico en la vecina comarca valenciana de los Serranos: el acueducto romano de Peña Cortada, que discurre por los términos municipales de Tuéjar, Chelva, Calles y Domeño.

Las comarcas montañosas del interior de la provincia de Valencia son unas grandes desconocidas en general. Para los propios valencianos, así que para los conquenses se aplica la regla de tres. Dos de ellas, el Rincón de Ademuz y la comarca de Los Serranos, son limítrofes con la Serranía de Cuenca, con la que comparten áspera geografía, disparatada geología, abundante hidrología, ubérrima vegetación, pavorosa despoblación, vergonzante abandono sistémico por parte de los oportunos jerarcas autonómicos y, por supuesto, una historia compleja y convulsa, de antiguas y nuevas fronteras. Dos comarcas separadas por el conquense término de Santa Cruz de Moya y el turolense de Arcos de las Salinas, donde retumban los ecos de guerras feroces por la sal, de taifas bereberes y casidas a la luz de la luna, de templarios de los de verdad y de hoscos hospitalarios, de cruzadas a sangre y fuego, de pueblos que cambiaban de reino como basculan los platos de una balanza, de capitanes intrépidos y de razias de saqueo, de fronteras incandescentes, de asaltos a puro huevo a castillos sobre abismos, de cultos a San Guillermo (como en casa, oye), de las cabalgadas de Ramón Cabrera a galope tendido bajo la bandera negra con tibias y calavera, de los bramidos de los Krupp isabelinos reventando el Fuerte del Collado, de la Línea XYZ… recorrer estas montañosas y bellísimas tierras valencianas, tan cercanas y tan lejanas a la vez, es una ocasión continua para el descubrimiento y la sorpresa.

Así que me permito animar al viajero de Cuenca a liar el petate dominguero, cruzar el Puente Grande sobre el Turia en Santa Cruz (puente que hubiese hecho las delicias de Hemingway) y plantarse, no sin algo de paciencia, en la pintoresca localidad valenciana de Chelva, que fue mora, morisca, hebrea, vizcondal y carlista, por más señas. Alguien dirá (y con razón) que ya puede ser bueno lo que haya que encontrarse allí, después de irse ande Cristo metió las tres voces, más de dos horas de carreterillas serranotas (de las que alguna no ve un duro desde 1960) pero es que la cosa tiene enjundia, efectivamente.

He aquí una de las más apabullantes obras de ingeniería romana de la Península Ibérica. También una de las más desconocidas, a pesar de contar con una nutrida bibliografía desde al menos el siglo XVI. También motivo de controversias históricas, aún no resueltas. El acueducto romano de Peña Cortada a día de hoy es el cuarto en tamaño del catálogo nacional, y de la veintena más grandes del mundo romano, lo que es mucho decir. De él se conocen por el momento casi 29 kilómetros y, aunque tiene un comienzo claro, su terminación es una incógnita todavía sin esclarecer. Gaspar de Escolano, en el siglo XVII, y Ceán Bermudez, en el XIX, afirmaban que su destino tenía que ser Liria, la vieja Edeta. Vicente Marés (1681), Laborde (1811) y Chabret (1888) defendían una prolongación hasta Sagunto, nada menos. En el siglo XVIII, el naturalista Antonio Cavanilles (siempre tan puntilloso y empírico) observaba que el canal parecía terminar antes de llegar al Villar de Benaduf (el actual Villar del Arzobispo). Hoy, siglos después de aquellos ilustres ilustrados, los últimos tramos de canal apenas se identifican en el más cercano término de Domeño, y el viejo acueducto se desvanece entre terrazas, campos de almendros y bancales de labor.

La hipótesis más sólida es que la finalidad de acueducto de Peña Cortada fuese la irrigación. A eso apunta lo rudimentario de la calidad de entrega del specus (o galería), aunque tampoco estaba claro qué había que regar que justificase semejante obra de ingeniería civil. Este uso para riegos lo emparenta en su área con el también fenomenal acueducto de Albarracín-Cella (de casi 25 kilómetros de longitud) y con los dos pequeños acueductos romanos de Riba-Roja del Turia. Como datación se apunta al siglo I (más probable) o al siglo II d.C, lo que es pura obviedad, pues todos los acueductos romanos en la Península Ibérica (salvo el de Can Cua) comparten esa amplia cronología. Probablemente no todo lo que es visible hoy sea del mismo episodio constructivo inicial, pues tuvo que tener reparaciones e intervenciones posteriores importantes, y un mantenimiento costoso. El mismo tajo de Peña Cortada parece a todas luces un trabajo posterior, seguramente para solucionar los desprendimientos continuos que producía este tramo.

El misterio se trasmuta en asombro, eso sí, cuando se aprecia la magnitud de la obra, que en su tramo medio tiene que enfrentarse a una orografía brutal: diez puentes y arquerías, once tramos de túnel, tajos y cortes en roca viva, incluyendo la enorme roza de Peña Cortada, que da nombre a toda la obra. Viendo el entorno, que es puro paroxismo de crestas, cañones y precipicios, se pone uno bastante bien en el pellejo del ingeniero romano – pobre mío – al que le encargaron meter un caño de agua por ahí. Y no solamente eso, sino que lo que no eran gredas, canchales y arcillas era una caliza disgregada y rota, deshecha por diaclasas y fisuras. Por si fuese poco, cada uno de los pequeños barrancos que había que salvar, casi permanentemente secos, eran ramblas en potencia, con episodios cíclicos de avenidas salvajes… Eso sí: al menos no iba a tener que cavar un túnel de 5 kilómetros como aquel en el que se dejaba los cuernos su compinche de Albarracín. Y es que no se consuela el que no quiere.

Pero vamos a empezar desde el principio. El acueducto toma el agua del río Tuéjar, o río de Chelva (precaución que anda en polémica: empléese una u otra denominación según el municipio en el que uno se encuentre). El río a su vez nace en el Azud de Tuéjar, un potente manantial a kilómetro y medio de esta localidad, hacia el norte, en un entorno ameno que merece la pena visitar si se tiene tiempo de sobra. A unos 1200 metros de su fuente aguas abajo, y a unos 562 metros de cota, se localiza el viejo dique de captación romano, o saeptum. La pequeña presa, de grandes sillares empotrados en el lecho rocoso, sorprendentemente parece la original, como también el corte en roca para la derivación de agua, donde también perviven los restos de un muro de sólido opus caementicium. De ahí arranca la canalización que lleva el agua hasta Chelva, puesto que los primeros kilómetros de nuestro acueducto, reparado y transformado una y otra vez (la última en los años de 1980), todavía están en activo veinte siglos después. El azud está inmediato al pueblo de Tuéjar, caminando un par de cientos de metros, y compensa el pequeño paseo, preludio de lo que va a venir después.

El segundo punto de interés es el Puente del Barranco del Convento, junto a la carretera entre Tuéjar y Chelva. Este es el primero de los puentes que el acueducto se ve obligado a tender, y en su aparejo son visibles las diferentes intervenciones que ha tenido a lo largo del tiempo, pues ha sufrido reconstrucción y varias reparaciones. Aquí la cota suma unos 527 metros de altura. 

La tercera parada, también muy breve, deberíamos hacerla en la Fuente de la Gitana, ya inmediata a Chelva. Este es un lugar encantador, con agua por todas partes, con un tramo original del canal y un pequeño puentecillo que salta el barranco del Montú. Unos trescientos metros canal adelante, junto a la carretera de Ahillas, un arca de aguas no tan moderna marca el final de la parte activa de nuestro acueducto, que es desgajado en acequias y canalizaciones por toda la parte alta de la población. A partir de aquí, si uno está dispuesto a caminar (yo lo he hecho aunque no tiene demasiado interés) no resulta muy difícil seguir la antigua canalización abandonada, ya inequívocamente romana, que continúa en dirección este, contorneando el cerro de La Torrecilla, ladera adelante hasta el Collado de la Salera. De ahí, hace un brusco giro de herradura siguiendo la curva de nivel para buscar el Puente de la Rambla de Alcotas, que es el siguiente punto a visitar.

Para acceder a este puente es preferible prescindir de caminar y tomar el vehículo desde Chelva por la pista que va al aparcamiento turístico del acueducto. La pista es apta para cualquier vehículo y está bien señalizada. El puente, a unos 490 metros de cota y a poco más de 70 de desnivel negativo desde el azud, fue una soberbia arquería de seis vanos, la mayor de todo el trazado del acueducto, que todavía (a decir de Escolano) estaba completa a finales del siglo XVII. Desde el siglo XVIII, y según los viejos grabados, restan los tres pilares y el arco solitario que vemos hoy. A la vista de tan completa ruina en tan poco tiempo, y puesto que no queda ni el más mínimo resto que justifique un improbable desplome de la estructura, hay que colegir que la arquería fue desmontada ya en plena Edad Moderna para reutilizar sus sillares de travertino anaranjado. No estaría mal enterarse de quién fue el ceporro que orquestó la demolición, para endiñarle baldón perpetuo y vitalicia plaza en el Noveno Círculo de la Piqueta, donde por cierto podrá hacer buenas migas con algunos ínclitos alcaldes de la ciudad de Cuenca. Después de la parada en el Puente de Alcotas, unos pocos metros más de pista y ya nos podremos olvidar del coche en el aparcamiento del paraje. Tomamos la senda ascendente que busca ponerse a la altura de la canal, y recorremos los primeros metros a nivel de lo que parece una ancha vereda para irse convirtiendo poco a poco en el specus de nuestro acueducto. Todo el recorrido es sencillo, para todos los públicos, aunque mejor si se carece de vértigo severo. Precaución no obstante: ha habido varios percances (incluso algún accidente mortal) por exceso de confianzas.
        
Lo que viene a continuación es sencillamente espectacular. De repente aparece ante nosotros la arquería triple del Barranco de la Cueva del Gato, completa e impecable, y justo detrás de ella el tajo rotundo de Peña Cortada. Puente y corte imponen, electrizan. Luego vienen cuatrocientos metros de pura felicidad en forma de túneles sucesivos alternados con tramos del canal a cielo abierto. De tanto en tanto, los tramos largos de pasadizos generan ventanas de extracción que también debieron de servir para el inicio del vaciado, pues es evidente que trabajaron varios equipos de roza de forma simultánea, según era habitual. Cuando conocí el lugar (hace más de veinte años) había que gatear en algún que otro sitio por la colmatación del vaso, pero ahora están perfectamente acondicionados para la visita. El juego de luces y el magnífico entorno natural confieren al lugar algo de mágico. Hay que ser muy insensible y muy zote para no emocionarse aquí. Sólo por este tramo la visita ya merecería la pena, pero el canal continúa.

Tras salir del brete de los túneles de Peña Cortada, el acueducto se colmata y momentáneamente se esfuma, mientras encara laderas abruptas y un par de pequeñas vertientes para dirigirse a la mole caliza, espolón sobre el valle, sobre la que una vez se levantó la Torre de Castro, flanqueada de precipicios. 

La legendaria Torre de Castro, de la que corren historias y consejas por toda la comarca. Decían que en el cerro de la Torre de Castro el gran Aníbal mandó dar sepultura al cadáver de su hermano Asdrúbal, vencido por los romanos cuando iba a socorrerle a Italia. Afirman también que de aquella principesca tumba siglos después se recuperó una riquísima vajilla de sándalo con taracea de marfil. Luego, en el siglo XIV, se levantó la torre para frenar las incursiones castellanas durante la Guerra de los Pedros. Es decir, los de Moya y los de Requena en comandita, que eran cuadrilla para echarle de comer aparte. José Sanchiz, obispo de Segorbe, decía en 1675 que en ella no había "cosa por menuda que pareciese, que no fuese un prodigio de arte donde tenían mucho que aprender los maestros de arquitectura, pues, además de ser muy bella, era tan sólida e inexpugnable su fábrica, que bastarían dos soldados para defenderá de un ejército numeroso". Vicente Marés la describe: Construida a más de 300 metros de elevación sobre el llano, tenía 66 palmos de alto (unos 15 metros), muro perimetral de unos 40 metros de longitud, armerías y dependencias subterráneas y agua traída por una conducción subterránea. Un castillo pequeño por las dimensiones, pero muy vistoso, a tenor de las fuentes. Casi nada queda de él: ocupado por los carlistas durante tres largos años, fue expugnado y hecho saltar por los aires por el general Francisco Javier Aspiroz, el 25 de noviembre de 1839. La voladura, preparada a conciencia, barrió por completo la fortaleza en una explosión terrorífica, que regó de fragmentos las laderas hasta una considerable distancia. Hoy solamente quedan restos mínimos en una cumbre invadida por la vegetación.

No cuesta mucho imaginarse cuál era quizás esa conducción subterránea de la que habla la fuente. Muy por debajo de la Torre de Castro el acueducto romano horadó el perímetro del cerro en otra larga secuencia de túneles de la cual solamente se han desescombrado los primeros metros. Esta segunda serie de pasadizos es más oscura, de tiradas más largas. Cuando esta sección se habilite por completo para la visita en nada va a desmerecer al tramo de Peña Cortada. En cualquier caso merece la pena visitarla, aunque la senda baje y suba un tanto hasta allí. 

A partir de aquí, el interés histórico de la visita disminuye, que no el paisajístico. Desde los túneles de la Torre Castro, es posible remontar el cerro por el sendero del Corral del Tío Gorritín hasta la cresta que se desgaje de la altura de la Torre de Castro hacia el noreste. De ahí es posible acceder a la cumbre y a los mínimos vestigios de lo que una vez fue la torre, pero el entorno es tan quebrado y tan sepultado por la vegetación que no recomiendo demasiado que se haga, salvo que tenga uno ganas de desollarse vivo. Lo que sí que se puede hacer es seguir el sendero ya en bajada, a través de un peculiar aprisco-cueva de doble boca, y descender unos minutos hasta el último tramo habilitado del acueducto, junto al Barranco de Mas de Solaz, donde también quedan los arranques de un nuevo puente, este quebrado, de la conducción. Este último tramo descubierto son apenas unos pocos metros con dos pequeños túneles, que sabrá a poco después de todo lo anterior. A partir de ahí, lo que queda visible de nuestro acueducto ya es solamente para incondicionales, cinco pequeños puentes rotos y tramos poco visibles del specus, con lo que el paseo ya se habrá convertido en una ruta de senderismo más que otra cosa, y recomiendo volver. Si se ha venido con dos coches, es posible dejar un vehículo de remonta entrando desde el pueblo de Calles, por la Rambla de Alcotas arriba (que bajo la Torre de Castro se cierra en un aparente cañón al que merece la pena largar un vistazo), pero el tiempo de retorno es tan breve y cómodo que realmente no sale a cuenta la operación del segundo vehículo, además de que siempre hay ganas de recorrer el tramo de Peña Cortada una segunda vez. Leñe, a la vuelta es casi más bonito que a la venida...  

Una vez en el coche y de vuelta a Chelva, el entorno ofrece infinidad de opciones para terminar el día y amortizar todavía más los largos kilómetros desde Cuenca. La propia localidad de Chelva, a pesar de una conservación irregular, tiene rincones magníficos con antiguas morerías y judería, además de una parroquial con ínfulas de catedral. De retorno a Cuenca recomiendo siempre visitar Alpuente, cabeza de la antigua taifa de los Banu Quasim en los siglos XI y XII, y pequeño y entrañable conjunto monumental a los pies de los importantes restos de una enorme alcazaba califal.  

Mira que he visto por esos mundos impresionantes acueductos romanos que achican las labores de Peña Cortada, pero es que aquí el trabajo no está a la vera de Mérida, de Nimes, de Volubilis, Cesárea, Segovia, Afrodisia o Tarraco, centros de opulencia y poder. Aquí, en los túneles de Peña Cortada, se aquilata la pujanza de la civilización romana, si fue capaz de acometer esta obra entre soledades, en mitad de ninguna parte, para llevar agua a un enclave ignorado. Ni siquiera creo que fuese para un irrigar un solo lugar, sino para llevar la vida a lo largo de todo su trazado, terraza tras terraza y vega tras vega, hasta extinguirse poco a poco por consunción, sangrado a golpe de castella aquae, quizás en el Villar, quizás en Casinos, que poco o poco los modernos hallazgos lo esclarecerán. En Chelva lo llaman la Acequia Mayor, y eso es exactamente lo que fue. Por mi parte, con la satisfacción del deber cumplido, me dejé caer de vuelta por la Fuente de la Gitana a zamparme el bocadillo, del cual me había olvidado con tanta emoción fuerte. Subir cerros y ponerse tierno y sensible dan un hambre atroz. Debo de confesar que no pude resistir la tentación, me descalcé y en un increíble acto de irreverencia y falta de respeto hacia el patrimonio histórico-artístico y monumental metí los pies en la canal del acueducto, mientras me encargaba de los calamares con mayonesa, al solecillo febrerino. Oye, qué rica estaba el agua, corriendo entre los pies. Y es que estos antiguos sí que sabían hacer las cosas, que diría Forges. O como decía maese Obelix, están locos estos romanos.




Azud  romano (o saeptum) el acueducto de Peña Cortada, sobre el río Tuéjar. Se buscó un lugar de sólido suelo rocoso donde el río, además del pequeño salto de agua, tenía que contornear una peña que protegería los primeros metros de canal de las crecidas del río. 


Toma de agua en el azud. 


Roza a través de la peña, junto al saeptum. 


Primeros metros de canalización. A la izquierda un sólido muro romano de opus caementicium, quizás parte del specus, quizás un refuerzo adicional contra las avenidas del río. A la derecha el canal moderno de la Acequia Mayor, de caja de hormigón, reparado por última vez en los años 80. 


La Acequia Mayor de Chelva, directa heredera del viejo acueducto romano cuyo trazado reproduce exactamente, salvo modernas y escasas modificaciones para saltar carreteras y otros obstáculos. Casi dos mil años de uso ininterrumpido. 


Puente del barranco del Convento. En el tramo activo de la canalización, ha sufrido las sucesivas reparaciones que se aprecian en su estructura, aunque una parte todavía parece la obra romana original. 


El canal en la Fuente de la Gitana. 


La Fuente de la Gitana, que no puede negar que está en tierras valencianas. Será por caños....


La Acequia Mayor sobre la Fuente de la Gitana. Repárese en la hábil disposición de manantial, canal y fuente.


Arca de agua de la Acequia Mayor, sobre Chelva. Hasta aquí el tramo útil del viejo acueducto. 


La Torrecilla, fortificación islámica sobre ocupaciones anteriores, sobre Chelva.


Vestigios de specus en el Collado de la Salera. 


Arquería de la Rambla de Alcotas. Esto es lo que queda de los seis arcos que tenía esta sólida estructura, el más grande de los puentes del acueducto de Peña Cortada.


Arquería de la Rambla de Alcotas.

Arquería del barranco de la Cueva del Gato. Veinte siglos a las espaldas y un lugar increíble. A diferencia de su vecino de la Rambla de Alcotas, este puente estaba tan apartado y en un lugar tan agreste que no salía a cuenta el expolio. Salvo que se tenga verdadero vértigo, cruzarlo es una experiencia.    


Arquería del barranco de la Cueva del Gato. Opus quadratum todavía con las marcas de las pinzas de grúa. 


Arquería del barranco de la Cueva del Gato.



Tajo de Peñacortada, hacia el norte. Las diaclasas presentes en la roca obligaron a eliminar la bóveda del túnel original (del que solo se respetó una sección con función de contrafuerte). Arriba quedan varios peldaños labrados en roca, para el descuelgue de los operarios. 

Túneles de Peña Cortada. 


Túneles de Peña Cortada. Ventana de extracción. 


Túneles de Peña Cortada. 


Túneles de Peña Cortada. 


Túneles de Peña Cortada. 


Túneles de Peña Cortada. Aquí se aprecia perfectamente el encuentro (imperfecto) de dos equipos de talla. Carentes de brújula para dirigir la dirección de roza, la aproximación se realizaba de forma rudimentaria guiándose por el propio sonido de golpeteo del equipo contrario, con el pequeño error casi inevitable que creaba estos característicos quiebros de galería en los puentos de unión. 

Túneles de Peña Cortada. 


Túneles de Peña Cortada. 


Specus a la salida del tramo de túneles de Peña Cortada. Completamente colmatado hasta resultar casi completamente invisible, y recuperado hace unos años. Un poco más allá, la colmatación y la vegetación hacen desaparecer casi por completo el canal hasta el tramo de los túneles de la Torre Castro. 


Túnel a la salida del tramo de Peña Cortada. Alguno de estos pasadizos han sido utilizados como refugios y abrigos en siglos posteriores. 


Vista del tramo de Peña Cortada desde la cumbre de la Torre de Castro. En el horizonte la pirámide del Cerro del Remedio, de 1053 metros de altura.


Entrada a los túneles de la Torre de Castro. 


Túneles de la Torre de Castro. 


Final de las labores de desescombro en los túneles de la Torre de Castro. Hasta aquí llegó el Plan de Empleo. A partir de aquí se puede continuar a gatas entrando a zonas todavía no acondicionadas del pasadizo. No recomiendo que se haga: hay zonas inestables y se puede encontrar uno dentro con todo tipo de fauna (por experiencia) 


El cerro de la Torre de Castro, desde el barranco de Más de Solaz. 


Solar de la Torre de Castro. Aquí estuvo la airosa torre de elegante arquitectura y preciosa estampa que alaban todos los autores. La estructura fue segada a ras por la voladura de 1839. Puesto que no quedan estructuras supervivientes visibles sobre el nivel del terreno, la potencia de la explosión tuvo que ser tremenda. 


Sillares procedentes de la Torre de Castro, hacia el norte de la estructura principal. Aquí estuvo el pequeño recinto que abrazaba la torre y que describen algunas fuentes. Se aprecia perfectamente alguna dependencia tallada en roca viva. Todo el material aparece proyectado, disperso y muy roto, lógica consecuencia de una voladura.  



Galerías del barranco de Mas de Solaz, recientemente desescombradas.



Galerías del barranco de Mas de Solaz.


Un inesperado compañero...


Grabados del acueducto de Peña Cortada. El de la izquierda, extraído de las Observaciones sobre la historia natural del Reyno de Valencia (1795-1797) de Antonio José de Cavanilles. A la derecha, del Voyage Pittoresque et Historique de l'Espagne (1811) de Alexandre de Laborde. 

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