Barrachina, sobre el Turia.




Alif, Lam, Mim. En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Decía una antigua jráfa andalusí, que aún hoy se cuenta en Yamal el-Fnàa y antaño se recitaba en los patios de Sevilla, que el Omnisciente, en su obra de la Creación, se reservó Al-Andalus para el final, la tierra del Extremo Occidente, ya que habría de ser su niña bonita, la predilecta. Ninguna porción de este mundo hizo con más cuidado el Todopoderoso, ninguna más hermosa y abundosa, ninguna más parecida a la Ÿanna, ninguna tan concedida de toda gracia y dádiva… salvo la del buen gobierno.

Y en estas andaba el Originador (Alabado Sea) cuando le tocó modelar, cual alfarero inconmensurable, el centro de su tierra bienquerida. Y he aquí que elevó arrecifes y corales del fondo del mar y los esculpió y los hizo montaña, pero con sutileza y exquisitez supremas, y luego los fecundó de aguas y ríos, hizo explotar la vida por doquier y envió djinns para que cuidasen de su obra. Y así surgieron las sierras hermanas de Cuenca, Molina y Albarracín, y he aquí que el Absoluto quedó complacido. Pero he aquí también que el Único gusta de la variedad por encima de toda otra cosa, y un poco más allá hundió ambas manos hasta los cimientos del mundo y levantó entre cataclismos la Montaña Roja, hecha de la profunda osamenta de la tierra, de laderas inmensas y descarnadas, de cumbre vestida de nieves. Y el Iniciador sonrió cuando vio aquella enorme mole de faldas escarlatas y áridas, batida por todos los vientos, y se sintió satisfecho. Salvo por un detalle, pues la conmoción había perturbado las aguas, que ahora acá se estancaban, acullá corrían sin control. Así que el Paciente tomó su dedo índice, lo hundió en la dura roca todo lo que pudo (que lógicamente era mucho) y trazó un abismo de leguas y leguas de angosturas para que las aguas encontrasen su cauce. Y he aquí que así fue creado el cañón del Turia.

Acaso en estas antiguas fábulas, escuchadas entre arrayanes y estanques de hidrargirio, debía pensar Abderramán An-Nasir, el tercero de su nombre, cuando una mañana del mes de Rajab del año de la Hégira de 323 se asomó por primera vez a la garganta del Turia, en algún lugar entre las fortalezas de Serra y Daimuz. En eso, y en despellejar vivos y en crucificar (no necesariamente por ese orden) a los exploradores y atalayeros que le habían metido en tamaño berenjenal, pues ahora tendría que hacer descender al enorme ejército que acudía a asediar Zaragoza hasta el fondo de un tajo de casi novecientos codos de profundidad, y por sendas de herradura y vericuetos que daban repelús de solo mirarlos. Y si ya los pelos del cogote se le estaban erizando como escarpias de solo pensar en cómo meter la gigantesca impedimenta y el tren de batir por veredas de cabra, lo que de verdad le estaba revolviendo las bilis era pensar que iba a tener que desparramar a miles de hombres teniendo enemigos por todas partes, pues entre los Banu Zennun, los Bar Razin, los Banu Gazlun, los Banu Iqual, los Bar Awsaya, los Banu Awraba y los Banu Qasim (los de Alpuente, no los otros) la cosa pintaba bastos, pues sus agresivas políticas centralizadoras tenían a todas las cabilas bereberes de los contornos requetebién encabronadas, perdón, enojadas.

Tenía jefes competentes la Luz de los Creyentes, y también la baraka. El ejército de Córdoba pasó incólume camino del Ebro, y luego ya el califa se cuidó muy mucho de volver por el mismo andurrial. Pero quizás alguien se fijó en cierto picacho feroz que dominaba lo más fragoso de la garganta, y pensó que dejar ahí una guarnición no sería mala idea, por si acaso hubiese que volver por tan terribles parajes, y de paso para incordiar. Y pudo ser de esta forma, o no, o en parte, pero lo cierto es que allí, cercada de tajos y quebraduras, se levantó en el siglo X una potente fortaleza: Barrachina, sobre el Turia.

Barrachina es un lugar que sobrecoge. De nuevo un límite extremo de la provincia de Cuenca poco conocido y mucho menos frecuentado. Otra vez una evidencia de lo inagotables que pueden llegar a ser las sierras conquenses, en este caso dentro del alfoz de la antigua y yerma villa de Moya, Llave de Reinos antaño y hogaño epicentro desolado de todos los desiertos ibéricos.

Pero comencemos en la recoleta localidad de Casas Bajas, la población más meridional del Rincón de Ademuz. Tras tomar cumplido refrigerio - necesario siempre antes de adentrase en soledades - recorremos a buena marcha la Calle de Castilla, de la que arranca el viejo Camino Real que seguía el río aguas abajo camino de Santa Cruz de Moya, pero no por el fondo del cauce como la carretera actual (que es de trazado muy posterior), sino ganando altura poco a poco por las vertientes de la ribera derecha. El itinerario, flanqueado de buenos precipicios, nos lleva pronto a un pequeño collado que es ya límite provincial con Cuenca. Desde ahí, de golpe, se nos revela el solar de Barrachina.

Primero el pico, agudo y afilado. Domina toda la garganta. Visible desde todas partes, desde su cumbre se atisban todos los contornos, se columbra todo. Y en esa escasa cima, con tremendas vertientes hacia todos los flancos, sobreviven a duras penas los últimos vestigios de la fortaleza. El lugar es un auténtico nido de águilas de perspectivas formidables. Y un perfecto estrangulador: controla completamente el estrecho del río y el paso del antiguo Camino Real, que discurre a poniente del picacho por un vericueto tan angosto que evidencia bien a las claras la valía estratégica de la fortaleza.

El ḥiṣn de Barrachina es claramente de construcción califal. La datación la realizaron Juana María Huélamo y José María Solís en el artículo publicado en 1996 en el volumen Moya, Estudios y Documentos I, que creo que sigue siendo la única bibliografía sobre el castillo. Tiene planta alargada y estrecha, unos 90 metros de longitud en dirección norte-sur, y unos 20 de anchura máxima en el eje este-oeste. Suma unos 1800 m2 de superficie estimada, repartidos entre tres recintos claramente diferenciados a pesar de la ruina total de las estructuras: primero un gran espacio central amesetado de unos 1150 m2, núcleo de la fortaleza, en el que aún se adivinan restos de edificaciones y ámbitos en subsuelo; en segundo lugar un cuerpo avanzado al norte, que seguramente hizo funciones de albacara y que quizás fue añadido algo más tarde. Aquí se localizaría el sistema de accesos, que no es visible. Por último, en el extremo sur se aprecia claramente una potente estructura rectangular, de unos 10x5 metros, de identificación dudosa pero que bien podría ser el basamento de una torre de considerables dimensiones. A lo largo del perímetro murado se disponían pequeños cubos cuadrados, de los que dos son claramente visibles y otros cuatro más dudosos. Todo lo que se ve es obra islámica, sin presencia aparente de elementos posteriores, mejoras o reconstrucciones, aunque el estado de abatimiento total del edificio hace imprescindible una prospección arqueológica para arrojar luz sobre el desarrollo constructivo y la secuencia de ocupación. En las laderas aparece cerámica de la Edad del Hierro, así que es muy posible que la elevación tenga ocupación anterior a la construcción de la fortaleza islámica.

A los pies de la cresta del castillo poco a poco se desmorona el abandonado rento de Barrachina, apenas un puñado de humildes viviendas construidas a la manera de la encantadora arquitectura popular del Rincón de Ademuz, tan escasa ya y tan castigada. El lugar, sobre un pequeño cerrillo, tiene su encanto, y domina el estrecho Barranco de Cambretas, que poco a poco gana altura hasta la planicie superior.

Pero si algo despierta la admiración en el entorno de Barrachina son las terrazas. Tanto en el mismo Barranco de Cambretas como en la inmediata hoya de La Dehesilla, los aterrazamientos para cultivo son exhaustivos, kilométricos, asombrosos. Todo el valle del Turia en general y el Rincón de Ademuz en particular tienen ingentes labores de aterrazamiento, pero en pocos lugares como en el solar de Barrachina. Obra acumulada de generaciones y siglos de trabajo, apuntan a la existencia en el lugar de una población mucho mayor a la del escaso rento que casi ha llegado hasta nuestros días, que no se documenta hasta relativamente tarde. En el siglo XVIII era una simple masada, y a mediados del XIX lo habitaban tres familias que llegarían a ser seis o siete antes del abandono total en la segunda mitad del siglo XX. Los masoveros de Barrachina se concentraron en explotar las tierras y terrazas más cercanas y fértiles, y desdeñaron el resto, incapaces de poner en funcionamiento la totalidad del impresionante sistema de cultivos del entorno. Siguiendo el hilo, a los pies de la elevación del rento parecen localizarse restos de un despoblado relativamente extenso, además de vestigios de otras construcciones en un radio corto, en un patrón de ocupación dispersa del territorio. Aquí y allá se identifica cerámica islámica, junto con otra posterior atribuible al moderno rento. Fortaleza y población musulmanas, relegadas al olvido.

Porque Barrachina es un castillo sin historia. Ni un solo documento, ni una sola fuente indirecta hacen referencia a la fortaleza. Antes nos referíamos al tránsito por el lugar de Abderramán III en el año 935, en su campaña contra Zaragoza. Deducir que el paso del califa tuvo que resultar en la construcción del ḥiṣn de Barrachina es una hipótesis tan buena como cualquier otra ante la total oscuridad documental, pero es agarrarse a un clavo ardiendo. La dominación califal en las comarcas circundantes acabó siendo tan profunda y completa como evidencian las grandes obras de fortificación acometidas en Cañete, Alpuente, Castielfabib y Albarracín, por citar los lugares mayores. Barrachina pudo construirse en cualquier momento a lo largo del siglo X, ya en un contexto de pacificación y control total del territorio por parte de los omeyas cordobeses. El periplo del califa habla de un lugar interpuesto entre Landete y Villel: Farhan, que no está localizado. Pero Farhan (que en árabe significa “alegre") tuvo que estar más allá, en la vega, quizás hacia la confluencia de Turia y Ebrón.

El caso no es único en la zona: todas las comarcas vecinas al Turia sufrieron un periodo de frontera extraordinariamente convulso entre 1210 y 1325, tanto en lo que se refiere al colapso del ámbito musulmán valenciano como a la terrible fricción entre diferentes entidades políticas que siguió, desde los reinos de Castilla y Aragón (con el concejo de Teruel como hito clave) hasta el nuevo reino valenciano, pasando por los señoríos independientes de Albarracín y Molina más otras entidades autónomas menores y efímeras, resultado de diferentes campañas, acontecimientos bélicos e intereses económicos. Los caprichosos límites provinciales actuales son el reflejo contemporáneo de décadas de efervescencia en los siglos XIII y XIV. Todo el entorno del Turia tuvo que tener, a tenor de todos los indicios, un poblamiento islámico muy abundante y denso que fue literalmente triturado en el periodo fronterizo, hasta el extremo de provocar un verdadero colapso demográfico que las posteriores pueblas, a menudo tardías y fracasadas, no llegaron nunca a remediar. El atractivo de las nuevas tierras ganadas en el litoral valenciano y la inestabilidad fronteriza constante a lo largo de los siglos XIV y XV contibuyeron a esto. Un buen número de lugarejos musulmanes desaparecieron del mapa, o fueron reducidos a simples alquerías, dejando un buen rompecabezas de antiguos topónimos sin identificar y despoblados sin reducir.

El castillo de Barrachina tuvo que jugar su papel en los años cruciales de frontera, qué duda cabe. Un indicio más que significativo: sigue siendo todavía hoy término de la propia villa de Moya. No es exacto, como se dice, que Santa Cruz de Moya sea el único municipio castellano sobre el Turia. Es la única localidad, eso sí, con término en las dos riberas. Porque Moya también se asoma al Turia (solamente hasta el cauce) precisamente a través de Barrachina. La primera y fallida puebla de Moya, de 1210, fue realmente un salto del Cabriel al Turia, cuidadosamente calibrado por la cancillería castellana de cara al poder almohade por un lado, y a la corona aragonesa por otro. Este avance, rompiendo treguas con el miramamolín y antiguos tratados con los aragoneses, fue acaso la razón de la apresurada pero eficaz campaña de Pedro II de Aragón que terminó ese mismo verano con la toma de los castillos de Ademuz y Castielfabib, y que desencadenaría la gran escalada bélica con los almohades de 1211-1212. Antes de la incorporación de Santa Cruz y Orchova al ámbito castellano en la década de 1270, Castilla y Moya sólo se aferraban al Turia por Barrachina. Ocupada probablemente por castellanos, tuvo que ser un escollo a la campaña aragonesa de 1210 y hubo que ver pasar a la desastrosa cruzada del arzobispo Rada contra Requena en 1219, además de otras peripecias fronterizas. Ni un documento, ni una noticia. Nada. Todas las fortalezas de los contornos están activas por estos años, como corresponde a un contexto de inestabilidad fronteriza, así que parece lógico que el castillo de Barrachina (que por lo demás no era tan viejo todavía) estuviese operativo en este momento, máxime por la posición estratégica que ocupa.

Ni siquiera se puede estar seguro del nombre original de la fortaleza islámica y del lugar a sus pies, que quizás no fuese el actual. Barrachina es de etimología incierta. Un par de raíces árabes podrían generar el topónimo, pero creo que es más económico un origen romance: o bien es un diminutivo del juego “barra/barrera”, o bien de “barraca”, antigua voz prerromana que pasa al latín vulgar. Corominas apunta a un diminutivo de barraca en *BARRACCINA ya en época romana, de donde pasaría al mozárabe. Esta filiación mozárabe explicaría que aparezca indistintamente en zonas idiomáticas tanto castellanas como catalano-valencianas. Si ya provenía del bajo latín, parece lógico que no use la sufijación diminutiva mozárabe más habitual en -uel, -iel, -uela, -iela, (aunque también existe uso y toponimia menos frecuente en ´barrachel´, ´barrachela´ y ´barrichiela´). Sí que muda el cuerpo “ci” a “chi”. No obstante, en algunas zonas de Aragón un “barrachel” es un parapeto, obra fortificada provisional o de avanzada, lo que entronca con el significado de barrera que es una de los dos posibles etimologías, aunque examinado los lugares donde aparece el topónimo de Barrachina, solamente en una minoría de ocasiones se puede adscribir a fortificación, mientras que la mayor parte de ellas se refiere a yermo donde nunca hubo defensa de ningún tipo. Así que si tengo que elegir, diría que una barrachina es una mínima construcción, una cabaña o refugio. La toponimia mozárabe es muy frecuente en las comarcas de Javalambre, el Rincón de Ademuz, tierra de Moya y comarca de Los Serranos valenciana, comenzando por nombres de poblaciones todavía existentes: Castielfabib, Valacloche, Sesga, Corvo (El Cuervo), Cubela (Cubla), Villel... En lo que se refiere específicamente al topónimo Barrachina, tenemos por los contornos la localidad de Barrachina cercana a Calamocha (de donde procede el apellido homónimo), el viejo término redondo santiaguista de Torre Barrachina en el actual término de Villar del Humo, el caserío de Las Barrachinas en Mora de Rubielos o un cierto número de apariciones en despoblado, cosa nada rara si se tiene en cuenta que se referiría a una construcción ínfima. Sin ir más lejos, hay otra Barrachina (Ceja de Barrachina) escasamente a 16 kilómetros a vuelo de pájaro de nuestro castillo, en el límite entre Santa Cruz de Moya y la Puebla de San Miguel, junto al Collado Calderón y al Alto de las Barracas. Otro detalle: el barranco bajo el rento de Barrachina se apellida de las Cambretas, y una “cambreta” es exactamente lo mismo: una mínima construcción, apenas un refugio (aunque en Aragón una cambreta también puede ser un corral de ganado).

Pero dejemos la divagación histórica, vanidad de vanidades, y las elucubraciones etimológicas, terreno particularmente pantanoso y resbaladizo. Barrachina hay que verla con los ojos de la evocación y la imaginación, de la emoción si se prefiere. Estos días está preciosa, con los colores de una primavera radiante. No está así ni mucho menos a lo largo del año. En el verano el terreno revela su verdadera naturaleza: una pavorosa aridez. En invierno el lugar es desolado y triste. Así que recomiendo que no se demore la visita en el calendario si se piensa en caer por allí. También que se haga con tiempo. Merece la pena caminar tranquilamente remontando el Arroyo de Cambretas, o asomarse a la Dehesilla y al Medio Celemín. Y por supuesto subir al castillo. El cerro es de pendientes fuertes, con una cingle de piedra casi en la cumbre que dificulta el último tramo de la subida, pero nada del otro mundo tampoco. Arriba, en la plataforma de la fortaleza arrasada, las perspectivas son magníficas. El último día del pasado año estaba yo en Añador acordándome de Barrachina, bajo las alas de un milano real. Ahora, desde las crestas del Turia recordaba a Añador en el vado del Gigüela. Dos castillos tan distintos pero tan iguales, exponentes del mismo poder, del que ya nada queda. En lo alto de Barrachina ni pájaros había el otro día, sino solamente una sensación abrumadora de soledad y apartamiento, acentuada por la conciencia de que este lugar alguna vez estuvo muy poblado, y vivo, aunque ya no queden sino muros ruinosos, bancales rotos y antiguos árboles que, completamente desasistidos, luchan por pervivir. En lo alto de la fortaleza de Barrachina sobrevive todavía un pequeño almendro, retorcido y fulminado. Con las lluvias generosas de este año tenía unos pocos almendrucos a medio hacer. Los probé y no eran amargos, sino de un dulzor tenue, deliciosos. Así que me agencié un puñado y me fui a sentarme al extremo del castillo, a ver como el sol de la tarde alargaba sombras sobre los tajos del río mientras despachaba mi escaso botín, sin prisas, sin más ruido que el viento. Y es que estos escasos momentos de perfecta paz son los únicos que nos muestran nuestro lugar en este mundo lábil y mudable, que no es sino uno de los cuarenta mil que, como dijo Abu Said al-Judri (el Todopoderoso sea con él) fueron creados. Alabado sea el Señor de los Mundos. Y qué ricas arzollas…



Masía y rento de Barrachina, desde el Castillo. En segundo término gana altura el Barranco de Cambretas.



Ojo de Perdiz.



Rento de Barrachina.



Rento de Barrachina.


Rento de Barrachina.


Aterrazamientos y vestigios de despoblado junto al Arroyo, a los pies de la colina del rento.


Cerro del Castillo, desde el rento.


Arquitectura popular del Rincón de Ademuz, sobria y humilde. Esta tradición constructiva es casi ajena a la provincia de Cuenca, exceptuando los núcleos inmediatos al Turia, sobre todo en el término de Santa Cruz de Moya. 


Rento de Barrachina.


Cumbre del cerro, con la fortaleza derribada, desde el oeste.


Vestigios de torreón cuadrado, muro de Poniente.


Plataforma superior de la fortaleza.


Cañón del Turia, hacia el norte. Al fondo, la población de Casas Bajas y el Rincón de Ademuz.


Estructura en el extremo sur de la fortaleza, seguramente una torre de considerable tamaño. Al fondo, el Estrecho del Turia hacia Santa Cruz de Moya.


Cañón del Turia hacia el Sur. El Castillo de Barrachina no tenía visual con el de Santa Cruz de Moya.


Torre sur.


El almendro de Barrachina.


Segundo torreón cuadrangular, hacia poniente.


Aparejo a tizón corrido.


Este sí que tiene mérito. Buen agujero hizo el amigo a la busca del tesoro del Rey Moro... Ya se dejaba la herramienta, para no tener que estarla subiendo y bajando. Se ve que lo dejó por imposible...


Posible albacara de la fortificación, hacia el norte.


Extremo de la fortificación hacia el sur, donde se elevaba la torre.


Croquis (muy) esquemático de la fortaleza andalusí de Barrachina. Al norte, en amarillo, la posible albacara. Al sur el recinto principal, en naranja claro. En el extremo meridional, la gran torre cantonera. La línea roja marca la posible senda de subida, aunque apenas es visible.


Laderas del cerro del castillo, y bancales arruinados.


Salida al Turia del Arroyo de Cambretas, desde el Camino Real bajo el castillo.


Arroyo de Cambretas. Un mínimo hilo de agua en una primavera lluviosa....


Terrazas, terrazas, terrazas... ¿Cuánta gente y durante cuánto tiempo?


Vista aérea de una porción de la hoya de la Dehesilla y Medio Celemín, junto a Barrachina. Sobran los comentarios.


Una geología delirante, como en todo el cañón del Turia: arcillas y gredas, yesos, calizas y pequeños afloramientos salinos. El Madoz da por aquí fuentes de agua salada, que no he sido capaz de localizar.


Chozos, cultivos y árboles abandonados. 


Bancales en el Barranco de Cambretas.


El cerro del castillo desde el norte, desde el collado hacia Casas Bajas.



Rento de Barrachina y el cerro del castillo, desde el oeste.


Chozo junto al Arroyo de Cambretas.

Meleras...


Salida del antiguo Camino Real en Casas Bajas.


El antiguo camino, a los pies de la fortaleza.


Cerro del castillo desde el sur, en la carretera de Santa Cruz. A sus pies la carretera actual gira a la derecha, mientras el viejo Camino Real lo hace a la izquierda.

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