El Provencio





En esto del turismo hay lugares que de entrada lo tienen muy fácil, y hay otros que no. Pero aunque las cartas sean buenas, luego hay que saber jugarlas en la ardua partida de la comercialización turística, y ahí no solamente cuentan los naipes de salida, sino la pericia y la perseverancia. Es por ello que en el pintoresco catálogo de los destinos turísticos a veces sorprenden éxitos de jugador resabiado y paciente con cartas no tan buenas. En estos bretes brega de un tiempo a esta parte la localidad manchega de El Provencio, que ha comenzado a moverse y se está moviendo bastante bien. Si continúa así, y los entusiasmos no se enfrían y los cambios de legislatura no lo impiden, es muy posible que en los próximos años consolide un producto turístico no muy extenso, pero variado y serio. Esto, en el entorno de Belmonte, San Clemente y Alarcón, no es decir poco.

Nada de esto elucubraba yo todavía cuando caí el pasado sábado por allí con pretensiones turísticas. Por El Provencio siempre se pasa, pero parar es harina de otro costal. Estar mal comunicado es un problema, pero estarlo demasiado bien, también. Dicen que El Provencio surgió de venta caminera, y la secular vocación de parada y fonda se lleva muy mal con esas nubes de vehículos que recorren a toda velocidad la AP36, vía de comunicación tan cómoda como antipática, que rodea pueblos en graciosos arabescos carreteriles y olvida que toda buena ruta manchega es recta, a tiralíneas, de campanario a campanario, de tal manera que lo único que llega a torcerla es la propia curvatura terrestre.

Con sus 2.500 habitantes, El Provencio es un pueblo próspero y activo, de gente inquieta y emprendedora, de los pocos que suben la media a esta provincia de desastres demográficos y rentas depauperadas. Mea culpa, pero debo reconocer que conocía mayormente el pueblo a golpe de paradas de café. En mi descargo, hace años visité la iglesia. Sin ir más lejos, este pasado otoño anduvimos comiendo por allá, en una ruta que comenzó por Santiago de la Torre y terminó por el Palacio Gosálvez, ejemplos ambos de la sensibilidad y de la concienciación por la conservación del patrimonio que impregnan estas tierras conquenses, pero vamos a dejarlo que ya divago a la par que me deslizo subrepticiamente hacia la incorrección política. Decía que este sábado un servidor aterrizó por El Provencio, después de rematar grupo en Belmonte, con poco tiempo y con una tarde de frío, aguanieve y ventisca que hubiese hecho renegar de la visita al mismísimo Taj Mahal. Así que no iba yo muy bien predispuesto, sobre todo cuando las primeras fotos acabaron hechas un desastre, entre oscuridades y cortinas de agua.

Lo cierto es que la impresión fue buena: oficina de turismo, informadora local competente, dos pequeños museos (etnográfico y del Paleolítico), varias publicaciones y tres rutas por el pueblo, que está intentando poner en valor todo lo que tiene. De entrada creo que es buena señal. El que escribe sabe lo que supone todo esto, puesto que cuando era joven y tierno se dejó los cuernos por media geografía provincial intentado levantar y mantener iniciativas similares frente a la veleta política y a la costra de la ruralidad. Iniciativas de promoción turística que duraron y suelen durar, salvo honrosas excepciones, hasta el acabamiento de la corporación, de la subvención o de la capacidad de sufrimiento del promotor, lo que acontezca primero. Espero sinceramente que la cosa dure, y crezca.

Pero El Provencio, muévase o no, objetivamente tiene qué visitar. Sin duda el primer atractivo turístico que tiene la localidad es la enorme iglesia parroquial, de las mejores de la provincia de Cuenca, gran columnaria renacentista cuya mole destaca sobre el caserío de la localidad tiempo antes de llegar a ella. Solamente la visita a este templo hace que incluir El Provencio en una ruta comarcal ya merezca la pena.

La iglesia de la Asunción de El Provencio comenzó a levantarse hacia 1560 sobre trazas de Francisco de Goycoa, arquitecto vascongado, que ya había diseñado entre otras las iglesias del Hinojoso del Marquesado, Palomares del Campo y Zafra de Záncara, y contaba con una considerable reputación en la diócesis conquense. El gran tamaño de la nueva iglesia hizo que se buscase un lugar nuevo a las afueras, pues el primitivo templo, dedicado a Santa María Magdalena, debía de estar embutido en el caserío y era muy difícil de ampliar. El constructor fue el maestro de cantería Juan de Orzollo, que tenía un nutrido taller. La obra se ejecutó a un buen ritmo hasta 1579, año en que se dio por acabada la fábrica excepto las bóvedas, con las naves cubiertas con armadura de madera. Dos años después, en 1581, el pueblo todavía debía a Orzollo 4.000 ducados de la obra, y algo menos a Goycoa, que andaba de pleitos. En los años siguientes se irían encargando retablos, imaginería y coro. La primera misa se dijo en 1583, veintitrés años después de iniciadas las obras. Se trabajó en el coro en 1604, con trazas de Juan Zuri de Obieta. En 1637, ya repuesto el pueblo del envite y rehechas las arcas parroquiales, se contrataron las bóvedas a Francisco del Campo, maestro de obras del Obispado, que las remató en 1640 y dejó la iglesia por finalizada, ochenta años después de sus inicios.

Hallenkirche columnaria de a seis, de la mejor tipología de iglesias renacentistas, la de El Provencio define seis fustes exentos que sustentan doce bóvedas de terceletes en cuatro tramos y tres naves. La formulación geométrica es muy clara: doble longitud que anchura (aproximadamente 40 x 20 metros), definiendo una proporción de doble cuadrado, rara en las iglesias columnarias conquenses, que suelen ser más anchas. Las naves laterales también tienen el doble de anchura que la nave central. La cabecera es poligonal, poco marcada, al uso. La parte más confusa son los pies: la torre, muy potente, invade el espacio en una solución que se antoja torpe, sobre todo en comparación con la pureza de formulación del resto del edificio. Creo que se trató de un cambio de trazas para conseguir espacio suplementario para el coro sin invadir el salón. Se consiguió así un quinto tramo, más corto (la mitad que el resto), con lo que una de las grandes columnas quedó exenta y otra anexa a la obra de la torre. Aun así no puede hablarse de una columnaria de a ocho, ya que ni todos los fustes están exentos, ni el espacio del coro puede considerarse en propiedad como un tramo. Tiene accesos a norte y sur, en el tercer tramo, con portadas modernas.

En alzado es muy airosa. El primer par de fustes hacia la cabecera presenta una concepción compleja de pilar fasciculado con columnas adosadas a las cuatro caras. En el resto se optó por un cambio de diseño, sin romper la unidad de conjunto, a base de grandes columnas cilíndricas lisas con éntasis, de potentes bases y capiteles jónicos. Esta segunda solución es más agraciada y evolucionada que la primera, con una gran elegancia que viene dada, en buena parte, por el abombamiento de los fustes. Es muy escasa de ventanas y vanos. Al norte es completamente ciega, con grandes muros corridos que le dan un cierto aspecto de fortaleza. Esta costumbre de limitar los vanos en tamaño y número, característica de los maestros del ámbito vascongado, fue criticada ya en su época porque creaba templos muy oscuros. La iglesia fue devastada en la última contienda civil, que la dejó monda y lironda y reducida a la arquitectura, así que prácticamente toda la imaginería y la decoración es posterior al conflicto.

La torre es obra magnífica: sólida, alta, bien proporcionada. Aunque tiene una gran unidad de estilo, seguramente tuvo dos momentos en su construcción, que se prolongaría hasta bien entrado el siglo XVII, además de importantes reparaciones posteriores en los siglos XVIII y XIX. A pesar de lo arduo de la subida, merece la pena ascender hasta el cuerpo de campanas si se tiene ocasión, con una estupenda vista de los contornos, perfectamente planos hasta donde la vista abarca.

El patrimonio local no termina en la iglesia. El pueblo se ha renovado mucho, incluso demasiado, pero todavía le quedan buenos ejemplos de arquitectura popular manchega y rincones con encanto. El viejo Posito Real, en la Plaza, está muy reformado. Tiene un par de pequeñas ermitas (San Antón y San Isidro) y dos curiosos puentes sobre el Záncara, a la salida de la población. El más antiguo es el Puente del Rey, así llamado porque por él pasó en cierta ocasión el emperador Carlos, hecho que dejó tradición oral en la localidad. De época imprecisa por su tosca fábrica y muy reparado andando los tiempos, quizás sea bajomedieval y acaso de los años de la fundación de la población en el siglo XIV por Don Juan Manuel. El segundo por cronología y mayor es el Puente del Camino Real (de Madrid a Cartagena). Con cinco vanos cubiertos por arcos de medio punto en ladrillo es un buen ejemplo de obra pública viaria de finales del XVIII. Hubo un tercer puente, el de la Magdalena, que ha desaparecido.

La localidad también destaca por sus cuevas, excavadas en el subsuelo bajo casas y patios, en pleno casco urbano, trufadas de consejas y leyendas. Se conocen catorce de ellas, y probablemente existan algunas más, hoy cegadas e inaccesibles. Emparentadas con las cuevas alcarreñas y las de algunos otros pueblos manchegos, las cuevas provencianas servían de bodega, de despensa, de fresquera y de almacén. A veces sirvieron de escondite, y hasta de refugio antiaéreo durante la pasada guerra civil. En su mayor parte han estado en servicio hasta muy entrado el siglo XX. Hoy un proyecto, el Pueblo Olvidado, busca su catalogación y su puesta en valor, con la colaboración de sus propietarios.

Y me quedan los murales. Hace siete años que se celebra en El Provencio su Feria Internacional del Cómic. A raíz de las primeras ediciones del evento, los muros y tapias de la localidad (y hasta los contenedores de basura) comenzaron a ser decorados con enormes ejemplos de arte urbano a los que llamar simples grafitis sería desmerecer, porque son obras de arte. Hay que aterrizar por grandes ciudades españolas (Valencia, Barcelona, Vigo…) para encontrar un despliegue de Street Art de tales dimensiones y calidad, que ocupa un puesto muy destacado a nivel nacional y que es único en toda la provincia de Cuenca. Además con la ventaja de que están concentrados en un espacio muy pequeño. Un recurso rompedor, de espíritu transgresor y subversivo, que aquí tiene el mérito de integrarse en los encalados manchegos en explosiones de color.

Así que si vuesas mercedes se animan a dejarse caer por El Provencio, aburrirse no se van a aburrir. Recomiendo encarecidamente informarse antes en la Oficina de Turismo local (preguntar por Delia Gracia, informadora local) para organizar la visita. Dedicarle el día completo quizás sea excesivo, pero un largo medio día sí que será preciso. Puestos a combinar, además de los conjuntos históricos cercanos, muy próximo al norte está el castillo de Santiago de la Torre, del que ya hablamos aquí no hace mucho. Si puedo incluso sugerir fecha, este fin de semana el pueblo celebra sus fiestas de San Antón, de raigambre y predicamento, con varios días de jolgorios. Se incluye rifa del tradicional cerdo de San Antón, que con sus 80 kilos de peso no es cerdo normal, sino señor gorrino. El otro día un avispado miembro de la cofradía, con alma de fenicio, me encajó no uno, sino cuatro boletos, así que tengo la excusa perfecta (por cuadruplicado) para volver a El Provencio, porque tengo un pálpito de lo más insistente. No sé cómo me las voy a componer con las siete arrobas de marrano vivito y coleando, pero ya me apañaré. Vaya que sí.


Parroquia de la Asunción. Nave central. 



Juego de bóvedas. Al igual que ocurrió en Buendía, todavía una columnaria se cubría con bóveda de terceletes en la tercera década del siglo XVII. Un ejemplo de pervivencia de formas artísticas en zonas rurales.



Desde el coro. Obsérvese el cambio en el diseño de fustes con respecto al primer tramo. A la izquierda el volumen de la torre.





Capiteles de los fustes lisos.


Escalera de caracol a la torre. Primer tramo.


Cubierta de la iglesia, por encima del juego de bóvedas. Es muy curioso pasearse por aquí. 


Armadura de la cubierta de la torre, sobre el piso de campanas.








Capilla de la Virgen del Rosario, patrona de El Provencio. 


La Trinidad. Detalle de fresco de tradición popular en un arcosolio, recientemente descubierto.














La torre es una construcción estupenda, toda de sillería, alta y muy sólida.


Antiguo retablo de la iglesia de El Provencio, destruido en la Guerra Civil. La imagen, del fondo Bildindex der Kunst & Architektur (www.bildindex.de).





Cuevas en El Provencio.


Cuevas. 


Aproximación de arco en gradas escalonadas. Recuerda remotamente a la minería romana de espejuelo. 


Cuevas.








Patio manchego. Ya está majo en pleno invierno, así que en primavera... 





Puente del Camino Real. Esta foto sí que es una trampa innoble, pues la tomo del fondo de imágenes del Ayuntamiento de El Provencio, por lo que pido disculpas. Pero es que queda mucho más bonito así.


El mismo puente, por un servidor. Con el río seco, día nublado y rigores del invierno, no luce igual, claro.


Puente del Rey. Otro que con agua y un poco más verde quedaría mucho más vistoso. El pasado 2017 pasará a la historia como el año que ha secado casi todos los ríos.


Añadir leyendaMuseo de la Ruta del Paleolítico Inferior y Medio. La localidad tiene en su término yacimiento de este periodo, alguna de cuyas piezas se exponen aquí.


Museo Etnográfico.


Museo Etnográfico.


Museo Etnográfico.


San Antón, dispuesto y puesto en andas en su ermita... 


Arte urbano. Esta imagen y la siguiente de nuevo no son mías. Tengo que ir al Provencio un buen día de sol a hacer un reportaje específico de todo esto. 


En el solar del antiguo Mesón, edificio tradicional de la localidad, el grafiti reproduce la arquitectura desaparecida.





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