El Desierto de Bolarque



Casa conventual del Desierto de Bolarque, esquina NE.



Decían que tal era su aislamiento que las tropas napoleónicas, que intentaron saquearlo en varias ocasiones, jamás lo encontraron. Decían que extrañas nieblas que se alzaban de los ríos desorientaban al invasor a cada intento. También espantosas tormentas, que se formaban como por ensalmo sobre aquellas cumbres. Decían que el rey Felipe III, cuando visitó el lugar, quedó horrorizado por las escarpaduras y fragosidades que creaban Tajo y Guadiela en su confluencia, en el lugar que con justicia llamaban La Olla, pues aquello no era junta de afluente y caudal, sino violento encontronazo de dos iguales, topando testuz contra testuz entre crestas y aristas pavorosas. Decían que el lugar estaba infestado de alacranes, sierpes y alimañas, pero que en dos siglos y medio de existencia jamás fue importunado ni uno de aquellos frailes enloquecidos de fe. Decían que en el estrecho pedazo de cielo que el abismo permitía atisbar, de tarde en tarde se veían fulgores y extraños prodigios, y las gentes sencillas opinaban que eran los mismos ángeles que venían a buscar las almas benditas de aquellos que se habían consumido en pos de la divinidad. Decían, y aún dicen, que los últimos carmelitas que fueron expulsados de la angostura escondieron las campanas y las alhajas en el más oculto rincón de aquella sierra feroz, haciendo juramento de no revelar nunca su paradero. Luego, abandonados a los rigores del siglo, padecieron incontables penurias y sufrimientos, pero ni uno solo traicionó nunca el paradero del tesoro del Desierto de Bolarque.

Los Desiertos carmelitas eran una Reforma dentro de otra Reforma. Las figuras inmensas de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz habían insuflado nueva vida a una orden de orígenes orientales, la del Carmelo, que no había tenido demasiada aceptación en Europa Occidental en los siglos medievales. Ahora, revestidos de nuevos ardores ascéticos, los Carmelitas Descalzos alcanzarían un florecimiento excepcional. La cuestión era que la orden portaba, larvado en su naturaleza, el eremitismo, rescoldo de sus primeros tiempos en las laderas abruptas del monte Carmelo. Una orden montaraz, de anacoretas y ermitaños, de soledad y contemplación, de silencio y negación de todo lo material. Las sucesivas reglas que la orden había tenido (la albertina y la inocenciana) habían domesticado poco a poco sus excesos y establecido la vida monástica en común, al uso mendicante de franciscanos o dominicos, pero nunca habían terminado de erradicar ese sustrato profundo, que el auge de la espiritualidad que trajo la reforma teresiana hizo resurgir con fuerza. Apenas fallecida la santa andariega, ya una fuerte corriente dentro de la orden descalza propugnaba dejar las ciudades y los conventos y buscar el Yermo, el Desierto, porque sólo en la soledad y el silencio podía el espíritu humano elevarse hacia lo inefable. A esto poco hubiera tenido que objetar Teresa de Ávila, pues ella misma les había enseñado el más sublime y atroz de los caminos del alma: la mística.

Así, en el verano de 1592 tres frailes carmelitas se allegaron a la triple sierra de Bolarque. Que fuese allí no era casual: la cercana Pastrana era un importante foco en la reforma de la orden, y alguien les sugirió el lugar. Venían inflamados de fervor, con el permiso a regañadientes de su superior y dejando atrás el recelo de buena parte de sus hermanos, que pensaban que era llevar las cosas demasiado lejos. Con los dineros que les cedió un caballero genovés, amigo de uno de ellos, compraron una larga ladera en la ribera derecha del Tajo, al occidente del río, aguas arriba de la Olla. Para todo lo demás les quedaban catorce maravedís, y les iban a sobrar. El sitio era inaccesible, escarpado, de pendientes vertiginosas y pedregosas, de bosque espeso y tupida maleza, cortado de barrancos, cercado de peñas, oculto a toda mirada. Justo lo que buscaban. Cuando la marquesa de Mondéjar se enteró del agujero en el que se iban a meter, se ofreció a cederles un terreno más abierto y ameno aguas arriba, en su heredad de Anguix. Lo rechazaron. El propio Felipe II (bajo cuyo patronazgo pusieron la nueva fundación), se ofreció a levantarles un puente para comunicarles algo mejor con Buendía. Cortésmente lo rechazaron, como pronto rechazarían al mundo entero, levantando puertas y altos muros en los pocos lugares donde quedaba algún resquicio por el que la maldad pudiese entrar allí. Olvidaban quizás que la gran obra de la Creación carece de mal, que sólo anida en el corazón del hombre.

En aquella trampa de montañas y ríos, que se les antojaba el paraíso terrenal en su estado prístino, levantaron una mísera cabaña y una diminuta capilla con piedra, barro y ramas. El 16 de agosto de 1592 comenzó su andadura la primera de las fundaciones eremíticas de la orden carmelita reformada: el Desierto de Nuestra Señora del Carmen de Bolarque. Con el paso de los años en la Península Ibérica llegaría a haber algunos más: El Desierto de las Palmas, en Castellón; el del Cardó, en Tarragona; el Desierto de la Isla en Navarra y el Desierto de las Nieves, en Málaga; el del Cambrón en Murcia; el del Busaco, en Portugal; el Desierto de San José, en Las Batuecas, el de la Hoz de Anero en Cantabria y del de Albaida en la Sierra de Córdoba. Solamente los tres últimos continúan en la actualidad habitados por ermitaños carmelitas. En Cuenca tuvimos otro, el Desierto de San Joaquín, en el valle del Cambrón, en Villalba de la Sierra. Fueron fundaciones escasas, minoritarias, a menudo con problemas de pervivencia. Ninguna alcanzó la fuerza devocional, la tremenda dureza y los ímpetus ascéticos de la primera fundación en Bolarque.

La severidad en la aplicación de la regla en Bolarque era extrema, despiadada. El recogimiento, la contemplación y el aislamiento, absolutos. El silencio pesado como una losa, sólo roto por la oración y el tañido de las campanas. El contacto entre los hermanos, mínimo. La dieta, misérrima. Cualquier concesión a lo que hacía humano al hombre, cualquier lujo, cualquier vanidad del mundo, abolida y aniquilada. El fraile carmelita, en la soledad del Desierto, se convertía en una proyección hacia Dios.

Desde un principio, además de la casa conventual, proliferaron las ermitas, sierra arriba, levantadas entre breñas y crestas. Comenzaron siendo tres, y con el paso del tiempo llegaron a treinta y dos. Algunas eran simples oratorios, pero la mayoría contaba también con un diminuto habitáculo. Allí se retiraban los más animosos de los frailes a vivir en absoluta soledad, ardiendo de celo por el Señor de los Ejércitos. Algunos lo hacían solo durante la Cuaresma o el Adviento, pero otros se recluían durante largos periodos de tiempo, a veces de por vida, entregados a una existencia de espiritualidad absoluta, con los cuerpos demacrados y consumidos, sin otra comunicación que el tañido de las pequeñas campanas. Algunos no aguantaban, pero los más perseveraban. De pocos en pocos días, un hermano lego subía con un jumento cargado de todo lo necesario: magras raciones, cabos de vela, alguna lectura piadosa, algún retal de paño para remendar los desastrados hábitos. En alguna ocasión el noble animal, ya con el camino aprendido, iba solo de una ermita a otra sin el concurso de su guía, despertando la admiración de la congregación entera.

Cada domingo, todavía en la oscuridad de la noche, bajaban los eremitas al convento, fantasmales, portando pequeños faroles por las sendas de la abrupta ladera. Descendían al capítulo de hermanos que era casi su único contacto con la especie humana. Algunos ni bajaban ya. Los inviernos pasaban, y poco a poco sucumbían, y otros ocupaban su lugar. Casi todos aparecían acurrucados, rotos, vencidos por la enfermedad o la inanición, casi nunca por la vejez. Otros, muy pocos, eran encontrados plácidamente tumbados en sus lechos de tablas o reclinados en los oratorios, con una expresión de beatitud en sus rostros que era a la vez embriagadora y aterradora. Pues, como es sabido, la unión mística precisa de la voluntad de la divinidad, pues el hombre, pobre cosa mortal, sólo puede llegar al final de su camino de privación e iluminación y aguardar ser recibido. Los escasísimos que lo conseguían, místicos entre los místicos de todos los credos y todas las épocas, ya no necesitaban ni querían volver a este valle de lágrimas, sumergida su alma en el vastísimo e inconmensurable desierto de lo inefable. Vida, muerte, fraternidad, santidad… todo perdía su sentido, y nada les importaba ya.

No tardó en extenderse por los contornos la fama del Desierto de Bolarque. Los mismos pueblos que habían respondido con recelos a su fundación ayudaban ahora a su crecimiento, convencidos de que el reino al que aspiraban los buenos frailes realmente no era de este mundo. Pronto se les añadió buena parte de la nobleza comarcal, y también algunos aristócratas cortesanos. El primero fue el oidor Francisco de Contreras (que luego presidiría el Consejo de Castilla), enviado por el rey Felipe II para fijar con precisión los límites del Desierto y dirimir las iniciales reclamaciones de común de pastos y montes de los concejos de alrededor. Francisco de Contreras quedó tan impresionado por lo que allí vio que dotó capilla y ermita, dio abundantes limosnas y mandó enterrarse allí. Otros nobles y prelados patrocinaron muchas de las ermitas e hicieron importantes donativos, junto con la entrega de obras de arte e importantes reliquias.

Así, los carmelitas de Bolarque se encontraron de repente con la más mundana de las tentaciones: el dinero. Lo cierto es que al menos para esa estaban prevenidos. Y no era menos cierto que necesitaban dinero: las primeras construcciones no habían sobrevivido más que unos meses, y las segundas, levantadas por las gentes de los contornos y los propios frailes, ya en 1608 estaban en un estado lastimoso por su mala fábrica. Se sabe que al menos dos muros se cayeron, uno encima de un fraile, otro de un cantero vizcaíno que intentaba componerlo. Que no saliesen muy descalabrados se tuvo por milagro. De lo alto bajaban rodando ingentes peñascos de tanto en tanto, que se llevaban todo por delante. Por muchos afanes de trascender lo material que tuviese la comunidad, estaba claro que sin muros sólidos no iban a conseguir mantenerse allí. También había que levantar una portería, y nuevas ermitas para una grey que crecía, y el enorme muro de media legua que recorría la cumbre, y no vendría mal un molino, y plantar una viña, y bancales para huerta y frutales, que por muy escasos que fuesen los alimentos necesarios había que comprarlos todos en Sayatón y Almonacid, lo cual era un dispendio excesivo. Así pues el dinero se invirtió, pero no en ornato y lujo. La ostentación estuvo siempre proscrita en Bolarque. El convento sobrecogía por su desnudez, el templo decente y sólido, pero pequeño y dotado apenas de más decoración que algunos sencillos retablos. Ciertas imágenes sobresalían por su buena factura, y algunos frailes murmuraban, pero tampoco era cuestión de desairar por tan poco al duque del Infantado o a la condesa de Cifuentes, sus benefactores. De todas maneras, nadie podría acusarles de afán de presumir: los seglares tenían limitadísima la entrada al Desierto de Bolarque. La mitad del género humano jamás pudo hacerlo, pues las mujeres tenían vedado el acceso, bajo severa pena de excomunión.

Fracasada la avaricia, el Maligno, que nunca descansa, lo intentó por otros medios. Después de las tradicionales tentaciones de la carne, que no dieron mucho resultado, pasó a mayores: el 27 de agosto de 1619 un voraz incendio forestal arrasó casi todo el Desierto. Que fue invención diabólica resultó cosa palmaria, pues se habían visto diablos en forma de zorras (ojo, no zorros) que con la cola ardiente propagaron las llamas. El convento entero, levantado con tantos afanes, ardió como una pavesa, y también buena parte de las ermitas. En el sombrío capítulo que siguió al desastre, una congregación conmocionada parecía incapaz de encajar el nuevo golpe, perrería del mismísimo Satanás. De repente alguien dijo que, si tantas molestias se tomaba con ellos, tendría que ser por algo. Un susurro de pecaminoso orgullo recorrió la comunidad, y por una vez los carmelitas de Bolarque pecaron en común. Pecado capital, con pleno conocimiento de causa y refocilándose en la falta. Ese mismo día, todavía sobre ascuas y cenizas incandescentes, comenzó la reconstrucción. Acudieron gentes de todos los contornos, dirigidas por frailes que, pese a estar ajados y macilentos por los ayunos, irradiaban una energía sobrehumana. El Desierto de Bolarque se levantó de nuevo, más amplio y potente que nunca, y es que dicen que a veces Dios escribe recto sobre renglones torcidos.

El siglo XVII marcó el apogeo del eremitismo en Bolarque. Insignes personajes de la orden carmelita pasaron por allí a temporadas, buscando aislarse del mundo, y dentro de sus muros vieron la luz obras importantes de erudición y devoción. La comunidad llegó a contar con unos treinta frailes, que para la dureza que imponía el cenobio era número crecido. En el siglo XVIII el lugar se estancó. Nuevas ideas de ilustración y razón recorrían el mundo, y peñas y muros no eran tan impermeables como para dejarlas del todo fuera. Incluso así no puede hablarse propiamente de decadencia, pues siguieron levantándose ermitas y dependencias, y el número de frailes fue siempre holgado. Las devociones ardientes y la ascética desbordada de los primeros años habían pasado poco a poco, aunque la regla no perdió severidad. Se acometieron obras que no suponían una concesión a la molicie, pero que trajeron ciertas comodidades. Templo y ermitas se fueron llenando de oropeles y alhajas, que los frailes no requerían ni encargaban, pero que tampoco negaban cuando les venían dadas. El lugar atravesó perturbaciones y guerras protegido por su coraza de sierras y abismos…

Fue la Desamortización de Mendizábal la que acabó con el Desierto de Bolarque. El año 1836 los carmelitas fueron exclaustrados, después de 244 años de piadoso delirio. El convento fue vendido a un particular en 1843. Todas las obras de arte que se pudieron sacar fueron trasladadas a la Colegiata de Pastrana, donde se conservan en su mayor parte. Los últimos frailes se desperdigaron por el mundo, la leyenda contó que tras un juramento que jamás ninguno osó romper. Los viajeros que frecuentaron el lugar en los años siguientes hablaban de extraños sonidos, de viento que traía jirones de oración, de tañidos fantasmales de campanas. Quizás el valle tenía tanta energía espiritual acumulada que, perdido su fin de trascender, se disipaba en pequeñas anomalías paranormales y algún inofensivo poltergeist. Pronto llegaron otros usos más innobles, y otras gentes, desde cazadores hasta gancheros que bajaban las maderadas. Pero lo que sí que arribó fue el abandono absoluto. Rápidamente la treintena de ermitas cayó en ruinas, seguida por el convento, que todavía a finales del siglo XIX se mantenía en pie, a trancas y barrancas. Luego la presa de Bolarque, concluida en 1910, sumergió la Olla y todas las construcciones del Desierto a la ribera del Tajo, mientras la desolación completa se consumaba.

Hoy el Desierto de Bolarque vuelve a ser un desierto, rodeado de los desiertos que son ahora las comarcas de alrededor. El embalse lo ha dejado todavía más aislado de lo que estuvo cuando aquellos increíbles carmelitas se establecieron allí, de tal manera que el acceso al lugar es muy complicado. Salvo que se disponga de una embarcación, cosa poco probable, el itinerario más asequible (que no es que lo sea) es por caminos para todo-terreno a través de la finca de La Pinada, y luego por el Barranco del Rubial, en el extremo norte del viejo Desierto, desde donde arranca un tramo de la vieja Senda de los Frailes que no ha sido sumergida. Todo es propiedad particular y hay alguna valla, con lo que es necesario pedir el oportuno permiso al pasar por las casas de la finca, al comienzo del camino, junto a la carretera entre Sayatón y el poblado de la central de Bolarque. Conviene llevar agua, un buen tentempié y algo de información sobre lo que se va a ver. Además de ediciones históricas que pueden localizarse digitalizadas en la Red, hay publicado un buen trabajo sobre el Desierto a cargo de Antonio Herrera y Ángel Luis Toledano (Ed. Aache, Guadalajara 1992), fácil de conseguir, económico y en formato de bolsillo de mochila, del que he extraído mucha de la información de este artículo.

Una vez en el interior del recinto, sorprende lo cerrado de la vegetación que ha reconquistado el lugar. Las viejas sendas están perdidas y completamente invadidas por la maleza espinosa; el pinar y el sotobosque son tan densos que impiden localizar las construcciones a no ser que se esté encima de ellas. Los espacios abiertos donde avanzar con comodidad son casi inexistentes. Las laderas son muy pedregosas, abarrancadas y de fuertes pendientes. El convento tiene estructuras inestables, con lo que hay que acceder con ciertas precauciones. Todo ello supone una visita complicada y no exenta de riesgos, por lo que no la recomiendo en absoluto para excursiones familiares, ni tampoco para gente que no tenga cierta experiencia en lidiar con trochas por el estilo. Por mi parte pasé allí unas horas maravillosas en solitario, a la caza de los antiguos eremitorios en esas laderas espantosas, trepando como una cabra loca y gritando como un poseso cada vez que localizaba otro. Terminé cojo, descalabrado, golpeado y arañado como un Ecce Homo de Pedro de Mena, pero profundamente feliz. Y el lugar sobrecoge. Laus Deo.




La Olla y Pantano de Bolarque, desde el Balcón de los Frailes, en lo alto de la cresta, extremo sur del antiguo Desierto carmelita.



Ruinas del Convento de Bolarque, desde el SO.


La ladera del antiguo Desierto de Bolarque, hacia el sur. Enfrente, la Sierra de Enmedio, término de Buendía y provincia de Cuenca, que ardió hace unos años. El Tajo hace aquí de límite provincial, aunque a diferencia de otros lugares de Guadalajara, el Desierto carmelita nunca perteneció a la Diócesis de Cuenca.


Vista de relieve del entorno. En rojo, el recinto del Desierto de Bolarque, en la ladera oriental de la Sierra de la Pinada. Los números son: 1) Sayatón. 2) Presa y poblado de Bolarque. 3) Río Tajo. 4) Río Guadiela. 5) Olla de Bolarque (ayuntadero de Tajo y Guadiela). 6) Pantano de Buendía. 7) Ermita de la Virgen de los Desamparados. 8) Buendía. 9) Castillo de Anguix. La imagen, como la siguiente, de Google Earth. 


Vista en relieve de la parte central del Desierto. Arriba, en la cumbrera, el largo muro de cierre del recinto. Junto al agua, las ruinas de la casa conventual, claramente visibles. Entre la espesura de distinguen un par de ermitas, aunque la mayor parte están sepultadas por la vegetación y son invisibles desde el aire. El pantano de Bolarque cubrió las construcciones y los cultivos a la orilla del río.


Esta obra la conocí el año pasado, en la exposición A Tempora, en la catedral de Sigüenza. Es la mejor y más detallada representación que se conoce del Desierto carmelita de Bolarque. De autor anónimo, se guarda en el Museo de Santa Cruz de Toledo. Debe ser de los primeros años del siglo XVIII. Aquí todavía no están las 32 ermitas que llegaron a construirse.


Detalle del complejo del Convento y de las ermitas de la parte central y meridional del Desierto.


Convento de Bolarque. Hospedería, desde el patio meridional.


Convento de Bolarque. Iglesia. Muro occidental. Sobre este hastial se levantaba la airosa espadaña que aparece en todos los antiguos dibujos del lugar.


Convento de Bolarque. Iglesia. Restos de la capilla de Francisco de Contreras. Hay fotos en la red de bien pocos años donde se la ve con la pequeña cúpula completa, así que su ruina ha tenido que ser muy reciente.


Convento de Bolarque. Iglesia. Altar Mayor. Aquí, en un sencillo retablo, se colocó una Divina Pastora, de la escuela de Salzillo, que hoy se conserva en la Colegiata de Pastrana. 


Convento del Bolarque. Interior del edificio principal de la casa conventual.


Subterráneos del Convento. El edificio cuenta con un buen número de dependencias soterradas, conservadas en un estado irregular.


Convento de Bolarque. Galería en el piso de sotanos.


Convento de Bolarque. Piso de subterráneos. Pozos al aljibe.


Subterráneos del Convento.


Convento. Subterráneos.


Convento de Bolarque. Terrazas de cultivo al E. del convento, hacia el río. Es lo único de la escasa zona agrícola del Desierto que no fue cubierto por el agua del Embalse.



Detalle de la zona de cultivos junto al río. El espacio rectangular acotado por la cerca de piedra es la huerta. El pequeño edificio cuadrangular en su interior (nº 18) guardaba una noria que elevaba el agua para riego, que desde el río entraba por una mina, de la que se ven dos tomas de agua circulares justo debajo, en la corriente. Un ingenioso sistema para evitar los daños de las crecidas del Tajo. A la derecha de la huerta, la viña, y sobre ella la ermita de San Juan Bautista. Todo esto está hoy bajo el agua. Las tres terrazas bajo el convento de la imagen anterior sí son visibles. Aquí aparecen plantadas de frutales y otros cultivos. Arriba, en el extremo izquierdo de la imagen, el Humilladero (nº 14).


El Convento desde las terrazas.


Vista del convento desde el N.


Humilladero. Se levantó sobre el lugar donde se escondió el Santísimo en la terrible jornada del incendio de 1619.


Humilladero.


Humilladero.


Ermita de San Francisco y Santa María Egipciaca, fundación de Francisco de Contreras.


Ermita de San Francisco y Santa María Egipciaca, Interior. 


Ermita.


Capilla de ermita. Quizás sea la de Santa Teresa, según el viejo mapa, aunque no están todas y las restantes son complicadas de identificar.


Ermita. Diría que es la de San Pedro y San Pablo, aunque con ciertas dudas.



Ermita


Detalle de las ermitas de la porción norte del Desierto.


El embalse de Bolarque hacia el norte. Al fondo el castillo de Anguix. 


Ermita.


Ermita.


Ermita. Capilla soterrada.


Ermita. Creo que esta debería ser la de San José.


Olla de Bolarque, sumergida, desde la presa. Bajo la cingle de la izquierda que baja al agua corría la senda de los frailes. Justo debajo estaba el molino de Bolarque, que llegó a pertenecer al Desierto. Más allá quedaba la Cueva de los Madereros y la Primera Puerta del Desierto. Todo está hoy sumergido.


Muro perimetral del Desierto, a lo largo de la cumbrera de la Sierra de la Pinada. Tiene casi 4 kilómetros de longitud, y tuvo que ser una obra costosa. Se conserva en un sorprendente buen estado. 


Presa de Bolarque, inaugurada por el rey Alfonso XIII en 1910. Al fondo, la toma y bombeos del Trasvase Tajo-Segura, que tiene aquí su comienzo.

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