Santiaguillo...






Al lugar de Santiago de la Torre, Santiaguillo para los que le tienen confianza, lo llamaron El Quebrado en los años de su fundación. Tal cual. Desde luego no sería por la ubicación, que decir que es como la palma de la mano es quedarse corto, pues la mano no es tan plana. Así que digo yo que lo de la quebradura vendrá por antropónimo, no por orónimo, aunque vete tú a saber. Aparece a mediados del siglo XIII, cuando el concejo de Alarcón por fin pudo acometer la repoblación de la parte meridional de su tierra, después de la de las Navas, de la toma de Alcaraz y del colapso de la Valencia musulmana, aunque la morisma todavía venía arreando muy de vez en cuando, que el moro andalusí era mucho moro. El rey Alfonso X donó el lugarejo a la orden de Santa María de la Estrella, o de España, fundada en 1270. La nueva orden nació con patrocinio regio y vocación naval, asentada en Cartagena y con posesiones portuarias, aunque tuvo algunos predios tierra adentro, como es el caso. No duró mucho, pues en diez años fue extinguida e incorporados sus caballeros a la Orden de Santiago, que había quedado diezmada tras el asuntillo de Moclín, que no fue batalla como se dijo luego, sino celada y sarracina. Así que los freires de Uclés – gente seria, pardiez, hasta para dejarse escabechar – se hicieron con la propiedad del lugar, que pronto fue conocido como Santiago del Quebrado.

La diminuta población fue delimitada como término redondo de orden militar, no hay más que ver su amojonamiento. Estrechos límites, que siempre impidieron su crecimiento. Tener al Záncara a tres tiros de ballesta tampoco ayudaba, y Santiaguillo fue siempre lugar de tercianas y cuartanas. Después el lugar tuvo sus más y sus menos cuando la tierra de Alarcón se integró en el Señorío de Villena con los Manuel. Luego llegaría Alfonso de Aragón con sus deudas y sus clientes aragoneses, la peste y la guerra. En 1404 el concejo de Alarcón la cedió a Rodrigo Rodríguez de Avilés, de linaje de hidalgos rancios (de medio pelo) establecidos en la villa del Júcar de toda la vida, en lo que parece el típico caso de pequeña oligarquía concejil que arrima el ascua a su sardina a cuenta del alfoz comunal. Poco le duró a la familia, pues tuvo que venderla en 1428 para pagar el rescate del señorito, al que habían apresado los muslimes granadinos en el auxilio del castillo de Huércal, para después tenerlo a pan y agua en profunda y lóbrega mazmorra, no por gratuita maldad sino por eso de meter presión. El comprador fue Pedro González del Castillo, doctor, Contador Mayor de Juan II y señor de la levantisca villa de Santa María del Campo, que incorporó Santiago Quebrado a recién fundado mayorazgo. Don Pedro tenía orígenes hebreos muy probables, bella protegée judía comprobada y desahogada situación económica. Podridico de perras para ser exacto, que diría la abuela. Otro caso típico: familia conversa deseosa de encumbramiento social mediante el acceso a cargos de gobierno primero y conversión en terratenientes rurales después, para finalizar con acceso a la hidalguía, para lo cual había que pasar bien por caja, que las ejecutorías y las genealogías falsas costaban una pasta gansa. La impostura fue elegante, incluso con alguna falsa lápida de antepasado fingido. Eso sí, lo de Clemente Pérez de Rus quedó bonito, y hasta hoy. A los Rodríguez de Avilés les tuvo que picar, porque ellos eran hidalgos de los de enantes que por ejercer de tales en el campo de batalla quedaban en la indigencia ante un nuevo rico, a sospechosa nariz pegado para mayor escarnio. Cuando sus descendientes (los Pachecos de San Clemente) volvieron a comprar la propiedad en 1603, cinco generaciones después, dejaron bien clarito que se tomaban una revancha histórica.

Luego ya no tuvo mucho más que contar. Nuevo mayorazgo y devenir de dueño en dueño hasta la extinción de los señoríos jurisdiccionales en el siglo XIX. Uno de sus propietarios fue el trinitario Diego Morcillo Rubio de Auñón, natural de Villarrobledo, que llegó a virrey del Perú. Aldea manchega de escaso vecindario con iglesuela, molino, puente y encrucijada de caminos, con un puñado de casas de labradores con hato que nunca vivieron muy bien, ni muy mal tampoco. La demografía osciló siempre entre lo malo y lo peor, y poco a poco se fue extinguiendo, sin sobresaltos, que los pueblos cercanos ya eran tan crecidos como prósperos y ejercían una atracción difícil de evitar. La parroquia fue suprimida en 1896 y la iglesia anexada a la de El Provencio. En los años 50, para mantener los cultos en un lugar ya casi despoblado, se intentó fomentar una romería que no cuajó porque algunos desaprensivos tiraron al cura al río y a continuación cayó un buen pedrisco que arruinó comilona y baile, que Dios castiga sin dar palos. En el año 2002 alguien arrambló con la iglesia sin decir esta boca es mía, y como siembre todos tan panchos.

El castillo es de las mejores fortalezas de la provincia de Cuenca, con su torrona exenta y su cerco de muralla. No se conocen fechas de construcción. A la torre se la ha datado en el siglo XI, en el XIII y en el XIV, a cargo de autores muy sólidos. Humildemente un servidor, sin ánimo de incordiar, opina que es obra de la primera mitad del siglo XV, directamente vinculada a la compra del lugar por Pedro González. Para afirmar esto, aparte de nuevo dueño con dineros, me baso en la afinidad más que manifiesta (que también ha sido apuntada por varios autores) con la Torre Vieja de San Clemente, que levanta antes de 1445 el hermano de Pedro, Hernán González del Castillo, corregidor de Ávila y alcalde de corte del rey Juan II. Precisamente es en 1436 cuando el lugar es citado por primera vez como Santiago de la Torre y lo de Santiago Quebrado pasa a mejor vida. Así que, con todas las precauciones, yo diría que la torre de Santiago pudo ser levantada entre 1428 y 1436 a cargo del mismo maestro que erigió la Torre Vieja, quizás una detrás de otra, quizás de forma simultánea, que la cercanía lo permitía.

La parte débil de la teoría es que la torrona es muy arcaica para la gran poliorcética castellana del siglo XV. Sin ir más lejos, las torres albarranas de Alarcón, levantadas por Don Jan Manuel en la primera mitad del siglo XIV, son más avanzadas. Pero pertenece a un tipo de donjon señorial que en este momento aún está en pleno vigor en el extremo norte de Castilla, donde las soluciones defensivas (lejos de las fronteras y sin más conflictos que las banderías nobiliarias) evolucionaron poco y son difíciles de datar si no se cuenta con documentación. La tipología de la torre de Santiaguillo forma parte de una tradición constructiva con una amplia extensión cronológica y geográfica que se desarrolla entre los siglos XIII y XV en la parte oriental de Cantabria, las merindades burgalesas, Vizcaya y Álava, con una escasísima variación de formas y soluciones a lo largo de todo este tiempo. Tierras tan apegadas a tradiciones arquitectónicas que cubrían iglesias barrocas con bóvedas de crucería en la segunda mitad del siglo XVIII. Solares de magníficos canteros, de donde creo que vino el constructor de las dos torronas sanclementinas, que no desentonarían en Valdivielso o en las Encartaciones. El recinto cuenta con soluciones defensivas más avanzadas, así que habría que suponer que es obra de otra mano y se hizo algo después, quizás en el contexto de efervescencia de la segunda mitad del siglo. De todas maneras carece de foso, de escarpa y de troneras, con lo que de nuevo estaba anticuado cuando se levantó. Que la torre no fuese incorporada al cinto y mantenida exenta apunta de nuevo a modelos norteños.

Sobre el estado de conservación del castillo de Santiago de la Torre ya se ha dicho mucho, y las imágenes proporcionan todos los elementos de juicio necesarios. Aquí, de nuevo, la concienciación y la movilización ciudadanas han ido por delante de las iniciativas públicas, que las ha habido, aunque la solución del asunto es un nudo gordiano. Dentro de lo malo, un consuelo: la parte puramente defensiva, castrense, está en un notable buen estado para lo que es el panorama provincial de la fortificación medieval. Esto podrá ser discutido, pero objetivamente es así: la pérdida de material original es muy escasa y apenas ha habido expolio, incluso de elementos caracterizados y piezas labradas. La torre perdió el nivel superior hace muchos años por la caída de un rayo, y en el año 2011 se desplomó un paño de muro, debilitado por aberturas y vanos posteriores. Esta pérdida, que sirvió para hacer saltar las alarmas, a la postre supone un quebranto relativo y es fácil de reparar. Es mucho más preocupante el estado avanzado de deterioro de las dependencias interiores, que requerirían de un exhaustivo estudio, pues hay obra muy antigua ahí mezclada con todo tipo de elementos y añadidos modernos. No se puede descartar que quede algo de obra residencial original, lo que sería incluso más valioso que los elementos defensivos, y está en trance de perderse.

Incluso en su estado bien merece una visita, que sería un perfecto complemento al alarde monumental de San Clemente. Ello sin olvidar alguna otra localidad inmediata, como El Provencio, con monumental iglesia entre algún que otro notable aliciente, y ganas de atraer turismo. Acceder al interior de la fortaleza reviste un riesgo serio en su conjunto, que se eleva a verdadero peligro en algunos lugares (y esto créanme vuesas mercedes que lo dice un reputado inconsciente), por lo que recomiendo que no se haga.



Santiago de la Torre desde el puente sobre el Záncara, a poniente.


Fachada este. A la izquierda, en recodo, la puerta principal. Dentro se ubica una gran construcción, de unos 25 x 12 metros, que voy la llamar la "vivienda principal" y que guarda elementos constructivos de varias épocas. Todos los vanos vivibles fueron abiertos en época posterior.


Fachada sur de la torre.


Ventana geminada al interior de la torrona.


Vano de acceso a la torre, en alto.


Detalle del adarve en el muro este, el mejor conservado.


Vista general desde el noreste. Al interior del muro de la izquierda (este), se levanta la vivienda principal. En el muro norte (derecha) se levantaron posteriormente dos grandes corralizas adosadas, hacia interior y exterior. Todas estas obras añadidas han supuesto la preservación de las estructuras originales embutidas.


Esquina noreste de la torre.


Esquina noroeste.


Muralla sur, con el resto de dependencias adosadas. Este es el paño de muro que peor conserva el adarve, según parece expoliado hace unos años. 


Muralla sur, con el resto de dependencias adosadas. Este es el paño de muro que peor conserva el adarve. 


Torreón noroeste, empotrado en obra posterior.


Bajada a nivel de sotano. Cubo noroeste.




Arqueología industrial...


Patios interiores.


Patios interiores.




Ajimez.


Paso entre la torrona y el recinto de muralla. El arquillo es antiguo, pero no original. El muro fue concebido para dejar la torre completamente exenta.


Patio interior con viviendas populares adosadaas


Segunda puerta del recodo de acceso. En este caso bastardizada por reformas posteriores.


Fachada norte de la torre.


Interior de vivienda popular en el lado sur.


Interior de vivienda popular.


Vivienda tradicional adosada en la esquina sureste.


Portón de entrada en recodo, bajo balcón amatacanado. A la izquierda, el lienzo de muralla desplomado en diciembre de 2011.




Puerta del nivel alto en el torreón sureste. Los cinco cubos adosados tienen una complejidad de accesos mayor de la que parece.


Detalle de la fachada este, con la primitiva puerta y los tres ajimeces. 


Portón principal. 


Detalle del portón.


Piso alto de la vivienda principal.


Chimenea en piso alto.


Tabuco ventanero. Piso alto de la vivienda principal.


Alfarjes de la vivienda principal.


Interior del cubo noreste.


Corralona. Lado norte, interior del castillo.




Portón de entrada, desde el interior. La puerta no es la original, por supuesto.






Gran chimenea de la vivienda principal. Tiene obras y reformas, pero es muy antigua. Cuesta imaginar la vida que habrá tenido lugar en torno a este fuego, durante siglos.


Tiro de la chimenea.


Detalle del balcón amatacanado.


Interior de la torre. En la actualidad se accede por el boquete de la derecha, perforación moderna.


Interior de la torre. En la actualidad se accede por el boquete de la derecha, perforación moderna.


Interior de la torre, reconvertida en palomar en los últimos años de habitación de la fortaleza. No tuvo bóvedas, sino pisos de madera, un rasgo arcaico para una construcción presumiblemente del siglo XV. Tampoco escalera de caracol. 


Río Záncara. Aguas abajo está el molino de Santiago.



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