Real Sitio de La Isabela






Hacía ya muchos años que no bajaba a La Isabela. El lugar es de los que no deja indiferente a nadie, y da pie a todo tipo de reflexiones. Muchos lugares a lo largo de la geografía nacional fueron sumergidos por la política de pantanos del pasado siglo, pero en pocos lugares el estropicio llegó a los extremos de La Isabela, que fue balneario, Real Sitio, Palacio Real y población. Con los grandes embalses nuestro medio rural pagó un precio atroz para un desarrollo que sí que llegó, pero no para las comarcas que vieron sus pueblos tragados por las aguas, sus mejores tierras anegadas y sus vías de comunicación seculares cortadas. Rumiando todo esto tenía yo la costumbre hace años de caer por La Isabela al final casi de cada verano, cuando la bajada de las aguas dejaba al descubierto el poblado. Ahora ya no me gusta hacerlo, mis excusas, y luego diré el porqué.

La historia de La Isabela es la historia de un manantial. Hoy queda permanentemente sumergido por el Embalse de Buendía, del que no aflora ni en los periodos de más bajo nivel. En la ribera derecha del Guadiela y a unos sesenta metros de distancia del río brotaba una potente surgencia de aguas hipotermales sulfurosas. El agua manaba a borbotones, burbujeante, en el interior de una balsa o alberca de antiquísima fabrica, de forma rectangular (4,7 x 3,4 metros), poco profunda (1,4 metros) y construida con grandes bloques de sillería, con escalones labrados en uno de sus lados menores para acceder al baño. El caudal era de unos 25 litros por segundo, muy estable, y surgía con tal fuerza que costaba mantenerse en pie en el centro de la piscina. La temperatura en el origen era de 28.3º, lo que hacía que la inmersión fuese muy agradable en cualquier época del año. Las aguas eran sulfuradas cálcicas y magnésicas, y carbonatadas cálcicas, adecuadas para el tratamiento de dolencias dermatológicas, articulares y respiratorias. Nacían junto con gas sulfuroso que producía el fuerte burbujeo y explicaba el olor en el lugar, aunque propiamente no tenían olor ni sabor en contra de lo que menciona alguna fuente antigua, ni tampoco aportes metálicos significativos. Eran del todo transparentes y “siempre mantenían la diafanidad, o claridad".

Este tipo de manantiales calientes y sulfurosos es frecuente en la zona. Son conocidos los de Trillo, que dieron origen a otros baños que fueron competencia directa de La Isabela. Aunque no tan frecuentado también era caudaloso el de Buendía, igualmente sumergido hoy en día.

Sobre el origen del uso del manantial de La Isabela, la misma descripción de la alberca del manadero apunta a una explotación termal en época romana de la que pocas dudas caben. Al lado del municipium de Ercávica y con una importante vía que atravesaba el Guadiela justo allí, la probabilidad sería muy alta incluso sin fuentes documentales, que alguna hay: la visita que Ambrosio de Morales hizo en el siglo XVI por encargo de Felipe II habla de un complejo balneario romano de notable valor, y pide al monarca su conservación. Morales también llegó a ver en Sacedón un ara o lápida romana recién traída entonces de los Baños con una inscripción que alababa el poder curativo de las aguas. No es el único testimonio de un observador directo: Juan de la Torre y Valcárcel, en su Teatro de la Salud (1676) aporta más información en pleno siglo XVII: muros de mampostería y enlosados, pilares que sostenían la desaparecida bóveda sobre el manantial, una complicada red de desaguaderos, agua fría que era traída de otros manantiales de los alrededores y "figuras de costosa hermosura". La reforma de los Baños en 1676 a cargo del marqués de Montealegre hizo desaparecer muchos de estos restos, de tal manera que el doctor Miguel Ballesteros en su Examen de las Aguas Termales de Buendía y Sacedón (1768), ya no describe ninguno. Pero las diferentes obras del Balneario en el siglo XIX, que ampliaron su solar, removieron de nuevo importantes vestigios romanos, algunos de los cuales fueron reaprovechados en el nuevo poblado. Así que el uso de las aguas durante la Romanidad parece evidente, aunque otra cosa sea establecer la importancia, la secuencia cronológica y las posibles funcionalidades del enclave además de la termal, extremo hoy en día evidentemente imposible.

Hay ciertos elementos confusos en la documentación, como la presencia de dos "pozas" además de la principal. Estaban inmediatas a la alberca del manantial, en dirección al río y recogían el agua de ésta. Estas "pozas" no aparecen en algún viejo plano del lugar (que sólo apunta a que todo el terreno entre la fuente y el río estaba completamente encharcado, un "pantano") ni tampoco en las trazas de las primeras Casas de Baños del siglo XVII, pero sí que están integradas en el siglo XIX en el Balneario definitivo como "piscinas de pobres", con la descripción de que eran de sillar de piedra, ennegrecido y de una gran antigüedad.

A partir de ahí, todas las fuentes anteriores al siglo XVI son indirectas y extraídas de obras más o menos sospechosas. En el mejor de los casos son dudosas, y en el peor suenan a invención pintoresca, aunque no por apócrifas dejan de ser hermosas. Así, las que proporciona el tal Cronicón del monje Hauverto Hispalense (a coger con pinzas), que habla de la curación de eximios romanos, como un cierto procónsul Vivio Sereno (de herpes) o un Valerio (de gota); o las que cita una obra tardía del siglo XVIII que se refiere a un cierto manuscrito del siglo XI del médico Ben Abdalá de Toledo que afirma que los Baños fueron reparados en el año 1035, justo para que en ellos se curase la gota Abu Aman b. Farach, el caíd de la fortaleza de Cuenca. O que en época islámica se los conocía como Havercelim ("Pozo de Virtudes") o Salam-Bir ("Pozo de la Salud") con un conocimiento del árabe que siendo piadosos vamos a decir que es algo precario. En la línea, tampoco hay la más mínima evidencia sólida para ubicar allí o en Sacedón una presunta población de Thermida, o confirmar otra supuesta reconstrucción de los Baños en el año 761. Por supuesto y según la misma regla de tres, el lugar quedó en el más absoluto olvido a raíz de la prohibición de baños y termas por Alfonso VI, rey tan bravo como cochambroso, aplicando a lo particular norma general sin más evidencias, y equiparando el baño para folgar con las aguas curativas, a las que la propia Iglesia medieval consideraba santas. Cómo no, hubo que esperar a comienzos del siglo XVI para que un pastor del lugar, un tal Felipe Vengala, lo redescubriese al ir a abrevar sus ovejuelas. Lo del “descubrimiento” del tal Vengala tiene su enjundia, al lado de un Camino Real y en una vega que siempre estuvo poblada. El manantial era tan generoso y cálido que en las madrugadas de invierno llenaba de una neblina característica todo el valle. Así que para no verlo. En cuatrocientos años.

Otra antigua noticia, muy reproducida y que ha pasado a la tradición oral, habla de la presencia en el lugar de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, hacia 1512. El ilustre personaje, ya anciano, habría sido desterrado por el Rey Católico a Santaver (o a Cañaveruelas según otras versiones, que lo mismo da) y acabó tomando las aguas allí para aliviar su artritis. La historia es falsa en cualquier caso: en 1512 el Gran Capitán andaba por Málaga levantando ejércitos y (eso sí) encajando las últimas ingratitudes de su rey. Puestos a tirar un poco del hilo, un sobrino suyo sí que sufrió destierro a manos de Fernando El Católico, y en las fechas indicadas además: Pedro Fernández de Córdoba (1470-1517), primer marqués de Priego. Aunque el primer destino del noble en su errante desdicha fue Bailén, es posible que el origen del asunto sea éste, aunque no he indagado más sobre el particular.

Tirando de sentido común, es de suponer que a lo largo de la Edad Media los Baños siempre estuvieron ahí y siempre fueron utilizados, por hombres y por ganados. A la caída del mundo romano la ruralización del entorno nunca fue total. La Ercávica romana en lo alto del Cerro del Castro decayó por completo a partir del siglo IV, pero la población descendió a las terrazas del Vallejo del Obispo, donde creó el núcleo de Santaver, que perduraría hasta su despoblación total en la primera mitad del siglo XVII. Ercávica-Santaver fue sede episcopal visigoda, y es sólida la teoría que ubica aquí el Monasterio Servitano, fundación del monje Donato en el siglo VI y gloria del monacato hispano. Obispado y cenobio consiguieron sobrevivir en progresivo declive hasta el siglo IX, cuando ya Santaver se había convertido en la cabeza de un amplio distrito musulmán bajo los Banu Zennum. El mantenimiento de un sistema de poder en la antigua ciudad romana, aunque degradado, induce a pensar en la continua utilización del inmediato complejo termal, que podemos imaginar en un proceso gradual de deterioro y ruina, acaso ralentizado con alguna reparación en lo miserable de los tiempos. Algún autor especula con que la despoblación de la ciudad romana en lo alto no sólo se dirigiría hacia Santaver, sino también hacia la terma a la orilla del Guadiela. Ello parece lógico, pues no todo era tomar las aguas: allí estaba la calzada con el puente sobre el río y una vega que, aunque no muy amplia, era feraz y bien irrigada. Algún dibujo del siglo XVII aún muestra la isla que creaba un importante caz desgajado del río, lo que apunta a la presencia de ingenios hidráulicos y un sistema de riego. El lugar, siglos antes de los jardines del Real Sitio, ya era muy ameno y agradable a la vista, aunque tenía el problema de las avenidas del Guadiela, que causaban frecuentes destrozos y llegaban a cubrir el propio manantial, que apenas tenía cota de elevación sobre el cauce.

Tras la repoblación del territorio en el siglo XII, el lugar quedó incluso en el alfoz de la ciudad de Huete. Muy probablemente hubo allí una aldea de nombre evidente: Las Pozas, que ya estaba despoblada a comienzos del siglo XVI. Es en estos años cuando dejamos atrás la oscuridad de las fuentes. El lugar aparece documentado ya sistemáticamente como la Dehesa de las Pozas. Al menos desde 1518 está generando una gran conflictividad de usos (roturaciones y pastos), pues la condición de dehesa de propios que Huete pretendía no estaba nada clara, cosa lógica si se trataba del término de un despoblado reciente. En 1592 el rey Felipe II la traspasó a Cañaveruelas junto con Santaver en contraprestación de un servicio de ocho mil ducados. Huete contraatacó ante el Consejo de Castilla y el pleito se eternizó con gastos ingentes por ambas partes, hasta el extremo de que las dos poblaciones firmaron una avenencia de propiedad y usos en enero de 1615, que más vale mal acuerdo que buen pleito. Huete consiguió mantener la propiedad sobre la Dehesa de las Pozas, mientras que Cañaveruelas se hizo con Santaver. En cuanto a la jurisdicción eclesiástica nunca hubo dudas: el sitio dependía de tiempo inmemorial de Santaver, y cuando éste se despobló, de la parroquia de Cañaveruelas, que es la que se encargaría de cobrar los diezmos a todo el que se estableciese allí en lo sucesivo.

A finales del siglo XVI el lugar era ya muy frecuentado. Gente de los contornos acudía a tomar las aguas, muchas veces durmiendo al raso, en carromatos o en rudimentarias cabañas, porque el sitio carecía de las mínimas comodidades. El primer prócer comprobado que acudió a los Baños de la Dehesa de las Pozas fue el arzobispo de Toledo, Bernardo de Rojas y Sandoval, en el año 1600. El arzobispo había sido discípulo de Ambrosio de Morales, y quizás a través de él obtuvo razón del lugar. La mejoría de sus variadas dolencias consiguió que los alabase en círculos cortesanos. En 1666 los visitó la reina gobernadora Mariana de Austria, viuda de Felipe IV y madre de Carlos II. Esta regia visita, la primera de muchas, supuso un punto de inflexión en la historia de los Baños. Tras la oportuna sugerencia, en 1670 la ciudad de Huete donó a regañadientes el manantial y la Dehesa de las Pozas a la Corona, pasando a integrarse en las posesiones reales. La reina Margarita ordenó la construcción de una hospedería, una casa para su alojamiento y una nueva Casa de Baños sobre la alberca del manantial. También nombró un capellán-gobernador para administrar y cuidar del lugar. Las obras se detuvieron a poco de empezar, pues el interés de la Corona pasó con la misma rapidez con que comenzó.

En estos años también se los empezó a llamar Baños de Sacedón, por la proximidad a esta localidad (villa desde 1553 y muy crecida en vecindario) y la comodidad de acceso hasta ella desde la Corte (22 leguas) y de ahí a los Baños (2 leguas cortas). También ayudaba que el acceso desde el sur, por Huete, se hiciese sobre el antiquísimo puente sobre el Guadiela, que se pasaba más tiempo quebrado que dando servicio. No obstante, Sacedón no tuvo jurisdicción sobre el lugar hasta 1840.

En 1676 los frecuentó don Pedro Núñez de Guzmán, marqués de Montealegre y presidente del Consejo de Castilla, que retomó las obras de la Casa de Baños. Éstas de nuevo pararon a su muerte (1678) ya que (entre otras minucias) las estaba haciendo a su costa, pero con fondos de la Corona, que así bien se presume de manirroto. En treinta años lo construido estaba completamente arruinado, y los Baños en una etapa de desuso. A comienzos del siglo XVIII el Consejo de Castilla mandó concluir la hospedería, que por un cúmulo de fatalidades se quemó a los pocos años. Los proyectos de la Corona para sacar de su marasmo a los Baños de Sacedón parecían gafados por un hado sombrío: en 1787 Francisco de Toledo redactó un proyecto de reconstrucción que nunca vio la luz. Al año siguiente, un nuevo proyecto de Alfonso Regalado para reconstruir la Casa de Baños, con planta circular en torno al manantial, también cayó en el olvido. El célebre arquitecto Juan de Villanueva también paró por allí, pero sólo hizo una reparación “por su quenta” que “se reduxo a lo mas preciso”. Por si fuera poco, Carlos III optó por los cercanos Baños de Trillo, donde acometió obras importantes…

Pero hacia 1791 apareció por los Baños de Sacedón un nuevo personaje, el verdadero impulsor de La Isabela: el infante Antonio Pascual de Borbón, hermano del rey Carlos IV. Huía Don Antonio del ambiente de Trillo, no tanto por su encantadora parentela (que también) sino sobre todo por la esporádica presencia de Manuel Godoy, el primer ministro y cuasi-valido, a quien el infante odiaba cordialmente por varias razones, de las cuales no era la menor la comidilla de que se beneficiaba a la reina. Don Antonio era inteligente (aunque daba la impresión contraria), relativamente cultivado (desde luego por encima de la media familiar), amante de los oficios manuales más que de las Artes, ceremonioso, de buen talante y escaso carácter, de aspecto bonachón. Su bonhomía y su flema (que excedía la parsimonia para rayar la pachorra) sólo se veían alteradas cuando le tocaban el derecho divino de la Monarquía y/o el absolutismo regio, conceptos que estimaba sacrosantos y en acentuado peligro por lo disolvente de los tiempos. Ahí se transfiguraba en basilisco. Por ello y por el desprecio a Godoy no es de extrañar que hiciese las mejores migas con el crápula de su sobrino, el futuro Fernando VII, y acabase siendo sólido pilar del absolutismo monárquico hasta su muerte, en 1817.

El desembarco de Don Antonio en la Dehesa de las Pozas fue una revelación. Ahí tenía un Real Sitio para él solo, con un manantial que en nada tenía que envidiar a los de Trillo en caudal y propiedades curativas. Incluso brotaba más caliente, hecho que para sus concretos achaques le parecía más adecuado. Y del lugar qué decir: aun descuidado y salpicado de ruinas era un vergel. En los años siguientes Antonio de Borbón desautorizó su fama de tranquilo y no perdió el tiempo: primero buscó financiación a cuenta de los pinos de la ciudad de Cuenca, y en 1800 mandó analizar las aguas, publicó a sus expensas los resultados y comenzó a levantar una nueva Casa de Baños sobre el inacabado y arruinado edificio del siglo XVII. En 1802 obtuvo de su hermano Carlos IV una nueva declaración de Real Sitio y una reafirmación de la propiedad de la Corona, pues la ciudad de Huete argumentaba derechos y jurisdicciones alegando el abandono del lugar (aunque esta vez los optenses, escarmentados, no soltarían la presa definitivamente hasta 1824). Ese mismo año redactó unas “Ordenanzas para el buen régimen y gobierno de los Baños Termales del Real Sitio de las Pozas de Sacedón”. En 1803 levantó la sólida ermita dedicada a San Antonio frente a la nueva Casa de Baños. En cuanto pasó el terrible paréntesis de la guerra napoleónica volvió a la carga. En 1815, visto su entusiasmo y la labor propagandística que desarrollaba en la Corte, Fernando VII lo nombró de forma honorífica “Protector de los Baños de Sacedón”. Tanta insistencia hubo de despertar la curiosidad del monarca, que visitó los Baños por primera vez en 1816 junto con su segunda esposa, Isabel de Braganza. Don Antonio fallecería al año siguiente, no sin haber dejado comenzadas las obras de un palacio en la villa de Sacedón para acoger a la familia real, a la que pensó que ya tenía en el bote.

La primera estancia en ese año de 1816 hubo de ser a entera satisfacción de la real pareja, complacida tanto por la bondad de las aguas como por los fastos y cuchipandas organizados por la villa de Sacedón, que ahí estuvo al quite. Tanto que la reina Isabel aconsejó a su marido la construcción de un complejo acorde con las futuras y frecuentes estancias de la Casa Real que ya se preveían. A Fernando VII (que tenía absolutamente todas las virtudes del monarca hispano, solo que todas en grado ínfimo) la idea no le pareció muy buena: las arcas de la Corona andaban a la cuarta pregunta tras la Guerra de la Independencia y con la insurrección gestándose ya en los dominios americanos. Pero como no era conveniente enfurruñar a la reina (máxime cuando el asunto de la sucesión parecía que se complicaba), el rey fue caballero por una vez y tiró para adelante, con la condición de que la obra fuese económica y se encargase a arquitecto sensato que tuviese los gastos bajo control, cosa que entonces (y ahora) era entelequia. El elegido fue Antonio López Aguado (1764-1831), discípulo de Juan de Villanueva y que también trabajaría en tierras conquenses en el Solán de Cabras. Arquitecto Mayor en la Villa y Corte, con notable currículo, había sido cesado poco antes para colocar a su rival Isidro González Velázquez, que tenía mejor enchufe. Tal encargo era sin embargo una muestra de la confianza del rey, así que no se puede decir que Antonio López no resultase competente y eficaz. Desde marzo de 1817 se acometieron labores preliminares, se comenzó a trazar el sitio y se abandonaron las obras del palacio del infante Don Antonio en Sacedón. Los proyectos presentados enlazaban con la mejor tradición de los Reales Sitios, lugares para el solaz y el asueto, pero también para la escenificación y la ostentación del poder regio a través de un urbanismo grandilocuente y planificado y el uso del jardín como elemento indisoluble, al que en el caso de La Isabela se imbricaba la nueva tradición balnearia. Informado de cómo se las gastaba el Guadiela, López Aguado decidió levantar la nueva población en una terraza natural a unos veinte metros de cota sobre el río y la Casa de Baños, y ocupar la ribera y la vega con huertas y jardines, donde las tierras eran mejores y la irrigación sería mucho más fácil, encauzando fuentes de los contornos.

Por Real Orden de 17 de mayo de 1817 tomaba forma sobre el papel la Nueva Población de los Baños de Sacedón. El 28 de enero de 1818 se puso la primera piedra y las obras avanzaron a buen ritmo, a pesar de que las estrecheces presupuestarias se dejaron sentir desde el primer momento. La parte que primero se construyó fueron las seis manzanas de casas destinadas a bañistas en torno a la Plaza del Príncipe Antonio, a ritmo de una manzana cada tres meses. Al mismo tiempo se trabajaba en el Palacio y en la ampliación del Balneario, donde las filtraciones de la vieja alberca, empotrada en el centro de todas las obras anteriores, resultaron ser un problema. López Aguado, que se negó a desmontarla, optó por forrarla al interior con placas de piedra arenisca para mejorar la estanqueidad. El antiquísimo pilón siguió siendo el corazón del Balneario, desde donde su agua era repartida por todo el edificio.

En la nueva población se buscó una arquitectura de buena calidad, con ciertos detalles decorativos de gusto neoclásico, pero sobria y desprovista de la monumentalidad de otros Reales Sitios. En 1820, con el Trienio Liberal, la obra se paralizó formalmente, aunque Fernando VII (que quizás empezaba a ver en el proyecto uno de los escasos hitos de su reinado) ordenó bajo cuerda que se siguiese como se pudiera, detrayendo mínimos fondos incluso de obras más necesarias. La continuación fue a trancas y a barrancas, eliminando manzanas enteras del trazado original (de 36 a 27) y disminuyendo la calidad y los acabados, sobre todo en las casas de colonos, de construcción más endeble que el resto. La restauración del absolutismo hizo posible que las obras se acelerasen en octubre de 1824, aunque se mantuvieron los recortes y nunca se volvió al proyecto original. A comienzos de 1826 todo el complejo era operativo, con el Palacio y el Balneario terminados, aunque se posponían otras construcciones (como la Iglesia o la Casa de Administración) para hacerlas con la debida monumentalidad cuando la situación económica de la Corona mejorase. Por supuesto nunca se hicieron. El 25 de enero de 1826 una Real Orden daba al lugar el título de Real Sitio (por tercera vez) y un nuevo nombre: La Isabela, en honor a la instigadora del proyecto, que había fallecido en diciembre de 1818 en un horroroso parto. Real Sitio de La Isabela. Sonaba bien.

Los jardines ya estaban casi rematados entonces con el plantío de miles de árboles de diferentes especies, aunque en el lugar había ya bastantes ejemplares muy añosos que se aprovecharon. En la más pura tradición de los grandes jardines españoles, los de La Isabela se dividían en ámbitos y funcionalidades, incluyendo zonas de bosque cerrado, de arboledas abiertas y de setos y parterres, a los cuales se añadieron huertas y centenares de pies de frutales de varias especies, junto con una viña y un amplio campo de almendros, pues su explotación se concebía desde un prisma estético más que funcional. Los jardines de La Isabela Incluían un Laberinto, paseos y glorietas y un buen número de estanques y fuentes, que se irían incrementando en los años siguientes. La abundancia de agua en el lugar y la fertilidad de la tierra hicieron que en pocos años los árboles estuviesen muy crecidos. Para el mantenimiento, cultivo y decencia del Real Sitio se instalaron en él treinta familias de colonos, aragoneses en su mayor parte, que ocuparon cuatro manzanas de casas en el extremo norte del trazado.

Fernando VII y sus dos sucesivas esposas frecuentaron La Isabela durante los años siguientes. Hacia 1830 las visitas reales casi desaparecieron por el mal estado de salud del monarca, que fallecería en 1833. Así que el rey sólo pudo disfrutar del flamante Real Sitio durante cuatro años (aunque había acudido varias veces a tomar las aguas durante las obras). A su muerte, su cuarta esposa y reina regente María Cristina de Nápoles siguió acudiendo a La Isabela con asiduidad, acompañada de su hija Isabel II y de otros miembros de la familia, entre ellas la infanta María Cristina, que la reina había engendrado del fornido y apuesto taranconero Fernando Muñoz. Isabel II, con quien hacía buenas migas, la nombró en 1840 marquesa de La Isabela. Poco a poco las estancias de la Casa Real se fueron espaciando. Isabel II empezó a tomar los baños de mar, nueva moda de la época, y el Real Sitio empezó a notar la falta de Su Majestad.

Ya en 1830 el Administrador hacía una larga lista de desperfectos y deficiencias que precisaban reparación, a la vez que recordaba que la Iglesia y otros edificios seguían sin levantarse. Lo cierto es que la Iglesia estuvo a punto de comenzar, con un precioso proyecto de Isidro González, el rival de López Aguado, que hasta allí metió los hocicos. En los años de 1850 el deterioro ya era claramente visible, pues el mantenimiento que la Corona hacía era prácticamente nulo. La primera Guerra Carlista había agravado el problema, con el paso de tropas y partidas que ocasionaron diferentes daños. En 1834, con la nueva división provincial de Javier de Burgos, La Isabela se convierte en límite extremo de la nueva provincia de Guadalajara, cuando el lugar desde sus orígenes había pertenecido al ámbito conquense, como tierra de Huete y obispado de Cuenca. El puente de La Isabela será nuevo límite provincial.

En 1840 La Isabela se convierte en aldea pedánea de Sacedón con manifiesto fastidio de sus colonos, que aspiraban al municipio propio, que les fue denegado definitivamente en 1876 por la escasez de almas. La Isabela nunca fue un pueblo convencional, porque partía de la anomalía de que sus únicos habitantes permanentes eran renteros sin propiedad de tierra ni de viviendas, a las que daban un mantenimiento mínimo. No hacer propietarios a los colonos cuando se tuvo ocasión, dando pie al crecimiento demográfico y a nuevas edificaciones residenciales, fue el gran error en La Isabela. También es cierto que los colonos nunca pusieron verdadero interés en ser propietarios, pues la renta era baja y su condición les permitía vivir en un limbo fiscal, a la vez de estar exentos de las conscripciones y reemplazos militares.

En 1865 La Isabela es enajenada del patrimonio real. No fue La Gloriosa, como alguna vez se ha dicho, sino la propia reina Isabel II la que firmó el fin de la propiedad real que había levantado su padre. Cabe preguntarse qué hubiese ocurrido si en 1941 La Isabela hubiese pertenecido todavía a Patrimonio Nacional, el octavo Real Sitio. En 1869 fue dispuesta para su venta según lo estipulado en la Ley de Desamortización de 1855, aunque ésta tardó unos años en llevarse a cabo. En 1871 se hizo una tasación de los inmuebles del Real Sitio. La descripción que esta tasación incorpora pone en evidencia que los desperfectos no han hecho más que agravarse y son ya serios. En 1876 se liquida el Balneario. En 1879 todo el resto, incluido el Palacio.

Los nuevos propietarios abren el balneario a un turismo de bañistas de clases medias burguesas, que acuden atraídos por el marchamo de antiguo Real Sitio y una imagen de exclusividad y distinción hábilmente elaborada. Se lleva a cabo una activa publicidad y se hacen reformas y reparaciones importantes, aunque no se llega a todas partes y a alguno de los edificios cuesta darles una nueva funcionalidad (así, el Palacio se va a utilizar como casino y salón de juegos y baile). Uno de sus puntos débiles es la escasez de comercios y servicios, que da pie a frecuentes quejas. La temporada de baños abarca de junio a septiembre, y en los años de 1890 a 1900 acuden más de un millar de bañistas por temporada, lo que supone unos pingües ingresos y da pie a la verdadera época dorada de La Isabela. Este abultado número se iría reduciendo progresivamente a lo largo del periodo 1900-1920.

En 1930 La Isabela está otra vez en horas relativamente bajas, coincidiendo con la difícil coyuntura económica general. Ese año es comprada por el marqués de la Vega-Inclán, Comisario Regio de la Comisaria de Turismo y Cultura Popular y celoso defensor del patrimonio histórico. Don Benigno de la Vega-Inclán acometió una costosa y exhaustiva restauración de La Isabela, con un gusto exquisito. Encargó un nuevo estudio de las aguas y sus propiedades al doctor Gregorio Marañón y se lanzó a una nueva campaña de promoción y ventas (envasado de agua incluido) que fue truncada por el estallido de la Guerra Civil. Durante el conflicto La Isabela conoció sus horas más terribles, y todos los esfuerzos de conservación se malograron. El Balneario cerró para no volver a abrir en 1936, y fue utilizado como cuartel, a pesar de la humedad, el vaho y el olor que lo impregnaba todo. Las casas de bañistas y edificios comunes fueron ocupadas por tropas del ejército republicano, heridos y enfermos mentales, que convirtieron el lugar en un escenario dramático y desolador, causando destrozos irreversibles. Terminada la contienda ya nunca retomó su actividad como localidad termal. Don Benigno murió en 1942 y La Isabela pasó a propiedad de la Fundación Vega-Inclán, entonces dependiente del Ministerio de Educación, con lo que de facto volvió a propiedad estatal.

Mientras tanto el destino se cernía en forma de presa de 79 metros de altura. El Embalse de Buendía no lo concibió el Franquismo. Ya la Dictadura de Primo de Rivera y la II República habían intentado llevar a cabo el proyecto (que saltaba de cajón en cajón al menos desde 1931), aunque las dificultades económicas fueron insalvables. En 1941, terminado el conflicto civil, el fantasma cobró nueva vida y estaba claro que iba a llevarse por delante lo que fuese. El proyecto se aprobó en diciembre de ese año. Santa María de Poyos y La Isabela estaban condenadas, de la noche a la mañana lugares malditos. Las obras comenzaron en 1946. A la par que la presa se levantaba, La Isabela se despoblaba, abandonada poco a poco. En 1955 los últimos habitantes, unas cincuenta personas, fueron trasladadas a un nuevo lugar de colonización, San Bernardo, en el actual municipio de Valbuena de Duero, Valladolid. Poco después se cargó el vaso del embalse, y en unos pocos días de ignominia el Real Sitio de La Isabela desapareció bajo las aguas. Ya antes había comenzado un expolio brutal (aunque expolio no sea quizás la palabra más adecuada en este caso) que se continuó de forma sistemática en los años siguientes, cada vez que el poblado quedaba al descubierto. Aunque no he encontrado ninguna referencia publicada sobre esto, creo que antes de ser cubierto por primera vez el Palacio fue arrasado con maquinaria y sus escombros trasladados, acaso porque la dictadura llegó a pensar que las dos torres del edificio, sobresaliendo de forma casi permanente de las aguas, iban a ser un incómodo símbolo para monárquicos y nostálgicos, que ya andaban incordiando. Pero lo más terrible fueron los jardines y los enormes árboles, ya centenarios. Cientos de ellos fueron talados sistemáticamente antes de la carga de la presa, cayendo sobre paseos, glorietas, setos y parterres, en un espectáculo desgarrador. Cuando el agua subió, el Balneario, el puente, la capilla de San Antonio, el hospital de pobres y otras construcciones a la ribera del río nunca volvieron a ser visibles.

Bueno, no exactamente: hace veintitantos años, durante una visita a las ruinas de Ercávica, desde lo alto del Cerro del Castro vi emerger la cubierta del Balneario de La Isabela. Fue uno de esos años en que el pantano de Buendía estuvo bajo mínimos. Alguien me dijo luego que tal cosa no podía ser posible, pero me fío del recuerdo. En la luz del atardecer, la aparición del Balneario sobre las aguas con sus tejados destrozados pero todavía erguidos tenía algo de fantasmal. Ponía la carne de gallina. Después de treinta y tantos años sumergido, el edificio tenía una estructura tan sólida que aún resistía en pie.

Cada vez el pantano de Buendía devuelve menos de La Isabela. Pronto no quedará de ella sino montones amorfos cubiertos por el légamo. Es curioso, porque mientras La Isabela física se desvanece, emerge La Isabela mágica, alimentada por los extraños mecanismos mentales, antropológicos, del símbolo y el mito. Nunca se había publicado tanto sobre La Isabela, desde estupendos estudios monográficos (al menos dos, el de García López de 2003; y el Trallero Sanz y otros, de 2015) hasta una novela, La Memoria del Agua, de Teresa Viejo, que ha inspirado incluso una miniserie de televisión. Nunca había habido tanta información gráfica. Hasta nuestros insignes políticos van allí a despotricar de los trasvases, e incluso alguno habla de una resurrección del lugar, bienintencionada sin duda, pero a buenas horas, mangas verdes. Nunca había sido tan frecuentada. El otro día había allí no menos de treinta personas, un domingo de octubre a última hora de la tarde. Uno de ellos, de edad muy avanzada, era todavía nacido en La Isabela, y tuvo que marchar de allí llevando el santo por delante y dejando los muertos atrás. Delante de la manzana de ruinas que fueron las escuelas se le desencajó la cara. Es curioso como los recuerdos que tenemos de niños pueden ser tan claros, tan terriblemente nítidos.

Antes decía que ya no me gustan estos lugares muertos que los embalses descubren después de cada verano candente o tras cada sequía. El desatino fue cubrirlos, pero el daño ya está hecho, así que prefiero que permanezcan bajo el agua. Esos cadáveres mal sepultos que emergen a intervalos regulares, cada vez más descompuestos, tienen algo de morbo insano y son dolorosos para las gentes que allí vivieron y para sus descendientes. Queda la certidumbre de que nada es eterno, y de que a estas grandes presas que sólo trajeron la despoblación y la ruina a estas tierras, orgullo de la ingeniería moderna, con el paso de los siglos no les va a lucir el pelo mejor que a tantas otras cosas que ya fueron, que el tiempo es molino de las obras de los hombres. Omnia opera mortalitate…

Así que el otro día, después de veinte años sin bajar a La Isabela, me senté a la orilla y metí los pies en el agua todavía tibia del pantano, en el extremo del Paseo del Mediodía, y cerré los ojos contra el sol poniente, dejando que la luz hiciese chiribitas en los párpados. Y me imaginé que comenzaba a caminar justo aquí, calle abajo en suave pendiente, entre parterres de flores y el sonido de las acequias, hasta la casita del guardabosques. Y de ahí giré a la izquierda y sin prisa encaré el Paseo del Balneario, entre filas y filas de álamos gigantescos a cada lado y jardines en ambas direcciones hasta donde la vista daba, y el trino de los pájaros y el murmullo del agua en los surtidores. Y pensé que las descripciones se quedaban cortas, porque aquello era en verdad hermoso. Al llegar a la Fuente de Isabel II, de repente una jauría de críos cruzó la glorieta a la carrera, con avíos de pesca camino del puente, aunque sus gritos sonaban apagados, como en sordina. Y al fondo vi la ermita de San Antonio, la que levantó el Infante, con su pequeña espadaña, y la campana me recordó otra (analogías en el humus de la mente) que yace sumergida en el Lago de Sanabria. Pero ya no la miraba, porque rodeaba la pequeña capilla para ver, por fin, el Balneario, con su portada de pilastrones tras dos grandes fuentes. Sentadas a ambos lados de la puerta había cuatro o cinco enfermeras, como en aquella vieja foto, con sus delantales blanquísimos. Estaban de cháchara, y sonreían. Y ya casi que me pareció sentir el olor del agua del que hablaban los viajeros. Y allí dentro estaba una pequeña alberca de enormes sillares en la que nacía entre borbotones y burbujas el Havercelim mágico, la Fuente de la Salud que curaba a reyes y a mendigos, a procónsules romanos y a caídes musulmanes, mientras que detrás el Guadiela trazaba su curva de ballesta, y el sol de la última tarde inundaba todo de luz dorada, que rielaba sobre el agua cantarina del río.

Y me dije que era mejor así… ¿O no?





El solar de La Isabela, desde el Puntal del Soldado.


Casa de bañistas del extremo sudoeste del poblado de La Isabela ("Manzana 26"). Ésta era la más lujosa de todo el complejo, de dos plantas de altura y con un atractivo patio central con alberca.




El entorno geográfico de La Isabela. En amarillo, la ciudad romana de Ercávica (ss. II a.c - V d.c). En rojo el lugar de Santaver (ss. IV - XVII). El rectángulo rojo oscuro de la parte superior es el complejo que se ha identificado con el Monasterio Servitano, y junto al que estuvo la iglesia. En azul oscuro el núcleo de los Baños, en torno al manantial, con las antiguas hospedería, hospital y casa de Baños. En azul claro la extensión completa del Real Sitio, incluyendo poblado y jardines. La línea roja es la antigua vía romana, luego Camino Real y luego carretera moderna hasta la carga del embalse.


Mapa 1:50.000 antes del Pantano de Buendía. Una geografía desconocida.... campos anegados y carreteras truncadas.


El Camino de la Isabela procedente de Sacedón. Antigua calzada romana, Camino Real y carretera, en el punto en el que se sumerge en el embalse.


El lado opuesto: restos del Camino Real y carretera a la entrada del pantano, desde Cañaveruelas.


Alcantarilla moderna, vestigio de la vieja carretera, en la zona inundable.


La Entrada de Sadedón: aquí empezaban los paseos y los jardines....


Poblado de La Isabela desde el Cerro del Castro.


El poblado de la Isabela descubierto. Sesenta años bajo el agua han puesto de manifiesto la diferencia de calidad de construcción de los edificios. Arriba las viviendas de renteros y labradores están más deterioradas, aunque aquí hay que tener en cuenta el efecto golpeador del oleaje, al ser la zona de La Isabela que más frecuentemente queda semisumergida. Se aprecia como el Palacio, abajo a la derecha, directamente se ha volatilizado. Imagen, como la siguiente, de Google Earth.


La Isabela sumergida.


Mapa del Real Sitio de la Isabela, por Santiago Vela, 1836. Arriba a la derecha el poblado. A su izquierda el Salón del Prado, el Almendral, viñas y el Laberinto. Más abajo las huertas y debajo del poblado los jardines, con el puente en el extremo derecho inferior. Abajo en el centro el Balneario y a su izquierda el hospital de pobres.


Plano del entorno de los Baños en el siglo XVII, del Tesoro de la Salud de Torre y Valcárcel. Abajo se distinguen, de derecha a izquierda, el Vallejo del Obispo ("varranco"), la iglesia de Santaver, indicando que el lugar está despoblado de 40 años atrás, el Cerro del Castro ("Contrevia de los naturales Tyberia"), el Camino Real con el Puente y la "Isla del Caz", con varias pequeñas construcciones. A la izquierda, el diminuto cuadrado marcado como "Bano". Arriba la alberca ampliada en detalle, con el conducto de desagüe, indicando que "aqui desagua en un gran pantano".


Calle de la Reina.




Solar de la Posada. El siguiente edificio al fondo ejercía de colmado, taberna, carnicería y almacén.


Plaza de la Constitución.


Escalones de subida a la Plaza de la Constitución. En torno a esta plaza se dispusieron como bancos grandes piezas labradas romanas encontradas en la obra del Balneario, y que a decir de algún autor de la época pertenecían a un templete o monumento conmemorativo.


Vista de las sucesivas manzanas de casas entre la calle Mayor (a la izquierda) y la calle del Horno (a la derecha), que era la última a poniente de la población. La foto está tirada desde una manzana de casas de labradores. La siguiente al frente era una casa de bañistas, y luego una manzana de empleados del Balneario. Las dos últimas al fondo, casas de bañistas. A la izquierda la Plaza de la Constitución.


Fuente del Abrevadero, en la salida de la calle de la Iglesia. Justo a la izquierda, sumergido, estaba el Salón del Prado, quizás el más hermoso de los jardines de La Isabela.


Calle del Horno.


Calle de la Iglesia.




Tinajas y restos de acceso a bodega.


Dovelas de arco plano.


Ruinas de la casa de administración, entre las dos plazas.


Plaza del Principe Antonio, o de la Mariblanca.


Plaza y Fuente de la Mariblanca.


La "Mariblanca". Imagen de la Victoria (de mármol de Carrara según unos, de mármol de Segovia según otros) procedente de la colección del Museo del Prado. Colocada en 1851 en la Plaza del Príncipe Antonio de La Isabela. Tras la anegación de La Isabela fue trasladada a Sacedón, donde se conserva hoy, en la Plaza de Abajo.


Casa de labradores, en la intersección entre la calle de la Iglesia y la calle del Horno.


Calle de la Iglesia. 


Manzana de las Cocinas de Palacio, donde también se alojaba la servidumbre.


Restos de empedrado junto al edifico de la Posada.


Tocones en calle y plazas. Esto es lo que resta de los enormes árboles que aparecen en las viejas fotografías.


Comienzo de la calle de bajada. Justo aquí abajo, cercano al antiguo cauce, están el Balneario y la ermita de San Antonio. Los dos edificios fueron sumergidos enteros, pero desconozco el grado de expolio interior que sufrieron.


Balneario de La Isabela.


Patio oeste del Balneario. La pequeña puerta a la izquierda es la entrada a una de las salas laterales de baño. El manantial estaría una dependencia más allá.


Ermita de San Antonio de Padua, levantada en 1803 por el infante Antonio de Borbón. La portada miraba hacia el Balneario.




Intersección de calle de Fernando VII (longitudinal) con calle Real (transversal). La calle de Fernando VII terminaba en la puerta del Palacio, que estuvo en los bloques de piedra.


Calle de Fernando VII y vista frontal del Palacio. A diferencia de otros Reales Sitios, el Palacio de La Isabela no tenía una gran plaza o ámbito frontal, lo que dificultaba una visión de conjunto. Se aprecia el volumen y la solidez del edificio. Creo que esta foto está invertida en el revelado. El jardín corresponde a la Plaza de la Mariblanca, y tiene que estar a la izquierda. Las dos manzanas a ambos lados con casas de bañistas, de una sola planta en este caso.


Vestigios de la puerta del Palacio Real. A partir de aquí, un largo corredor daba acceso al patio.


Solar del Palacio Real, 67 x 42 metros. La puerta a la izquierda. En el centro un amplio patio rectangular (31 x 15 metros). Éste era con diferencia el edificio más sólido de La Isabela. La ausencia no ya de restos, sino del mismo volumen de sus materiales, apunta a un derribo sistemático y al traslado de los escombros.


Patio del Palacio.


Montón de escombro corrido a lo largo de todo el perímetro exterior del Palacio, resultado de su demolición. Ocupa buena parte de la anchura de las cuatro calles circundantes.


La calle de Fernando VII desde el Palacio, hacia el oeste. Por aquí salía la comitiva real a tomar las aguas.


Restos de muros y arquerías del Palacio. Este fue un elemento que se dejó in situ, no sé el porqué. He visto alguna foto de hace unos años en que los arquillos se mantenían en pie.


La manzana del Cuartel de Guardias desde el Palacio, con la calle de la Fuente interpuesta. Este edificio sirvió luego como fonda. En la planta baja tenía un comedor y dos salones dedicados a café y billar.


Calle de la Cárcel, con la manzana del Cuartel de Guardias a la izquierda y la Casa de Oficios-Iglesia a la derecha.




Puerta principal de la Casa de Oficios - Iglesia, hacia la calle de la Cárcel.


Patio interior de la manzana de la Casa de Oficios. A la espera de que se construyese la Iglesia, se habilitó como templo la crujía norte del edificio (a la izquierda de la foto, no visible).


Calle de Fernando VII. 


Paseo del Mediodía, extremo de La Isabela hacia el sur, desde el Palacio Real.


Patio de la casa de bañistas de la Manzana 26.


El Cerro del Castro y la ciudad romana de Ercávica, desde las Afueras del Saliente.


Plaza de la Constitución, hacia el norte. Al fondo la manzana de las Escuelas. 


Puente sobre el Guadiela. El puente era asimétrico, de tres arcos con diferente luz. En la base de los pilares se aprecia lo que parece ser obra más antigua. Se sabe poco del Puente de La Isabela, que en sus orígenes tuvo que ser romano. Para su construcción se buscó un lugar con firme base rocosa, para lo cual el camino tenía que contornear el valle durante un tramo y luego girar bruscamente. El Puente se reconstruyó en las obras del Real Sitio utilizando los sillares de la iglesia del despoblado de Santaver, que fue desmontada para tal fin. Casi todas esas piezas debían ser a su vez opus quadratum reaprovechado de la vieja ciudad romana. Esta foto es posterior a 1929, en que se reforma el arco central del puente. Detrás asoma, rotunda, la mole del Palacio, con su torrecilla esquinera. Con esa estructura de sillería rematada y zunchada con hormigón, el puente debe conservarse con casi total seguridad en buen estado bajo las aguas. Para la conservación de estas estructuras sumergidas es preferible la inmersión constante en agua profunda, fuera de la zona de corrientes y a presión uniforme, antes que una secuencia de emersiones y sumersiones.


Poblado de La Isabela, desde el oeste.


Una imagen para la infamia: las aguas del Pantano de Buendía alcanzan la población. La huerta y el Jardín del Prado acaban de ser sumergidos, y el agua entra ya en el edificio de la posada y en la taberna. La foto está tomada desde el mismo ángulo que la foto moderna anterior. Se distinguen bien las seis manzanas de casas de norte a sur, y un detalle esclarededor: El Palacio ya no está. El gran edificio de dos plantas a la derecha es la Manzana 26, casa de bañistas. El Palacio sobresalía varios metros sobre cualquier otro inmueble, y con sus torres debería ser perfectamente visible desde aquí. 

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