Castillo de Pioz




Aquí tenemos un estupendo ejemplo de arquitectura militar castellana del siglo XV, perfecto para regodeo y solaz de todo género de friquis de los castillos (como el que suscribe estas líneas). En mi caso además con excentricidad añadida, tras los escurridizos pasos de maese Lorenzo Vázquez, maestro poliorceta de la familia Mendoza, que servidor está convencido (aunque por el momento no haya puñetera manera de demostrarlo) que tuvo mucho que ver en la construcción del más escenográfico y venteado castillo de Cuenca, el de Almenara, pero esa es otra historia.

El Castillo de Pioz se levantó por completo en la segunda mitad del siglo XV, erigido ex novo. Cooper identifica dos fases en su construcción, que tuvieron que ser perfectamente correlativas, pues la segunda modificó las trazas de una obra todavía en marcha. La fortaleza se inició a cargo de Pedro González de Mendoza, el Gran Cardenal, que quería afianzar la posesión de varias aldeas que había recibido de su padre y que hasta pocos años antes habían dependido del alfoz de Guadalajara. Esta primera obra comenzaría no mucho más tarde de 1458, en que Pedro González hace efectiva su herencia sobre Pioz. De este primer momento constructivo es el recinto interior de la fortaleza. Unos pocos años después, en 1469, el Gran Cardenal intercambia Pioz por Maqueda con Alvar Gómez de Ciudad Real, secretario y contador de Enrique IV de Castilla, que quería una fortaleza más cercana a sus otras posesiones e intereses, y que además estaba en un inestable equilibrio político. Alvar Gómez continuó con la obra del castillo mediante un replanteo parcial que pretendía reforzar todavía más las estructuras originales, con el regrosamiento de la torre machón, los adarves y la edificación de una sólida barbacana de sillería con foso y escarpa. Cooper relaciona elementos constructivos de este segundo momento con los presentes en el castillo de Peñafiel, en cuya reconstrucción Alvar Gómez había tenido alguna intervención.

El castillo ha perdido todas las dependencias interiores, de las que sólo quedan las ruinas del nivel inferior. Por lo demás está muy bien conservado para llevar más de dos siglos abandonado a su suerte (sobre todo para estar al lado de población, pues incluso el expolio de piezas talladas es relativamente escaso). No tiene el más mínimo añadido posterior al siglo XV, pues la fortaleza perdió cualquier tipo de importancia, y aunque hasta el siglo XVIII fue mantenida nunca recibió reformas. Hecho excepcional también, no ha sufrido la más mínima intervención moderna.

En la actualidad es propiedad del Ayuntamiento de Pioz, que tiene ciertos problemillas estructurales de liquidez (algo salió en prensa), así que con un poco de suerte se librará de las tapas de alcantarilla, aceros cortenes, metacrilatos y otras tontunas posmodernas, pues su estado hace que pueda esperar tiempos más sensatos sin demasiados riesgos. Además, desde una óptica puramente egoísta, prefiero ver los castillos así, tal y como los ha dejado el tiempo, o como mucho con una empírica consolidación británica. Quedan infinitamente más romanticones, aunque reconozco que para el turismo Viollet-Le-Duc es mano de santo. Una buena visita, no tan lejos de Cuenca, que puede combinarse en el día con Pastrana, Zorita o Nuevo Baztán, si es que no quiere uno meterse en Guadalajara o Alcalá de Henares, que son palabras mayores.



Castillo desde el sur, con el acceso del primer recinto.


Vista general, desde el SO. Castillo en llano, con foso y doble recinto, de planta casi cuadrada, según una tipología omnipresente en Castilla. El recinto interior con poderosos cubos cantoneros, salvo la esquina NO que ocupa la torre de homenaje.


Puerta del primer recinto, entre cubillos. Se aprecia el encaje de un puente levadizo. Las dovelas del vano han sido expoliadas.


Barbacana con escarpa y troneras de cruz y orbe, con aparejo de sillería (el recinto interior, levantado por el Cardenal Mendoza, es de sólida mampostería). El foso está muy colmatado.


Interior de la fortaleza. Los pisos interiores eran de techumbre de madera, en torno a un patio central de pequeño tamaño, quizás con una arquería de ladrillo. Casi todos los castillos levantados por los Mendoza en el siglo XV (y por supuesto los del Gran Cardenal) tuvieron un importante componente residencial y palaciego, del que aquí nada queda salvo los amplios ventanales de la segunda planta, que apuntan a la presencia de grandes dependencias.


Interior de la torre de homenaje, replanteada en la reforma de Alvar Gómez. Esta sección circular es poco frecuente en fortificación castellana de la época. Tampoco es habitual que carezca de bóveda fajonada superior, defensa contra la artillería, aunque aquí podría haberla perdido, pues los demás cubos esquineros sí que la tienen y la torrona ha debido perder varios metros de altura. Arriba a la derecha un tiro de chimenea. La torre del homenaje acoge la única escalera de caracol identificable en toda la fortaleza.


Acceso elevado a la torre de homenaje. Aparte de una doble hoja ferrada, aquí había un puente levadizo con contrapeso escamoteable inferior, como en Peñafiel. En tierras conquenses, similar al del machón del castillo de Moya. 


Nivel inferior de la fortaleza. Se identifica bien el trazado del pequeño patio interior. El montón de piedras central debe camuflar el acceso al aljibe.


Vista desde el NO.

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