Monasterio de Uclés





El Monasterio de Uclés bien podría no haber sido, y si lo fue (y aunque parezca mentira) fue por una cuestión de escasos dineros. No quedaban muy atrás los episodios de la Guerra de Granada en la que la Orden de Santiago, bajo su Pendón Viejo, acometió gestas guerreras y perpetró increíbles escabechinas que añadir a las de siglos pretéritos. Pero ya corriendo los años de 1520 todo había cambiado. Lejos quedaban los tiempos en los que los caballeros de Uclés no estaban obligados ni siquiera a respetar las treguas que con los musulmanes firmaba el rey de Castilla, y todavía más lejos aquella ocasión en que le dieron una buena zurra en el llano de Sicuendes a aquel pobre e ingenuo candidato que el rey enviaba para tomar posesión del maestrazgo de la Orden. Pero en el siglo XVI ya no había maestres y los monarcas eran administradores perpetuos, es decir, que metían las zarpas a voluntad en la caja de los pingües dineros santiaguistas. La Orden, cada vez más enervada y apesebrada, se hundía en marasmos administrativos y burocráticos, mientras que sus caballeros criaban barriga a la vez que soñaban cada vez más con estériles blasones y genealogías inmaculadas por los cuatro costados. Qué remotos quedaban ya los tiempos de Pedro Arias y compañía cargando en las Navas de Tolosa mientras cantaban a gritos el Salmo 60. O tempora o mores.

En esa nueva tesitura donde el fin último ya no era la guerra sino el aparentar (y si no que se lo digan al bueno de Julián Romero cuando el rey Felipe lo propuso caballero sin ser de progenitores impolutos) la Orden de Santiago empezó a mirar con otros ojos a su viejo castillo de Uclés, la descomunal fortaleza, ampliada y mejorada durante siglos, la venerable máquina de guerra escenario de tantas sarracinas, que contaba entre sus enormes torres con dos iglesias, monasterio y refrectorio para los frailes, claustro y patios, amplios alojamientos y almacenes, hospital de pobres, bodegas, caballerizas, fragua, horno y granero... De repente esos muros cargados de gloria parecían vetustos y deteriorados (y algo sí que lo estaban), las dependencias estrechas y hasta mugrientas, el arte que contenían basto y completamente demodé. Los calatravos hablaban de mudarse a Almagro, así que por no ser menos los freires de Santiago propusieron al rey Carlos trasladarse a la vecina villa de Ocaña, más populosa y mejor situada en los amplios dominios de la Orden, y allí levantar una esplendorosa sede que habría de ser nuevo exponente del poder santiaguista. Se olvidaban (o quizás no) que el poder sólo necesita escenificar cuando ya no es verdadero poder.

Una comisión formada por ilustres arquitectos y jurisconsultos avaló el traslado a Ocaña, que parecía inminente. Pero… ¡horror y estupor! los costes eran inasumibles para una Orden sangrada y exangüe por las continuas exacciones de la Corona. En Uclés estaba el espacio a mano, fácil disponibilidad de materiales y también la tradición, que algo tiraba, pues una porción importante de la Orden se resistía a abandonar su viejo nido. Y la Orden de Uclés siguió siendo de Uclés. La minuta la pagó el viejo castillo, que fue en su mayor parte demolido para hacer sitio al nuevo monasterio. Hubo una tercera opinión, la más sensata y que acaso por eso mismo no cuajó, que defendía mudarse al cercano lugar de Fuente Redonda (donde está el gran manantial que da nombre a la población) y respetar el Castillo a la par que se levantaba nuevo Monasterio.

Después de un lustro de toma y daca con el asunto de la nueva sede, la Orden dio carpetazo a una polémica que ya adquiría visos pecaminosos: el 7 de mayo de 1529 se ponía la primera piedra del Monasterio Nuevo en Uclés. Durante más de dos siglos de obras (206 años para ser exactos) la Orden de Santiago acometió su magna sede. Claro que ahí hubo momentos de frenética actividad constructiva alternados con largas paradas en las obras, y años en los que sólo se trabajó a un ritmo muy reducido, que las bancarrotas regias llegaban con pasmosa regularidad y los dineros recaudados en las encomiendas santiaguistas volaban a mayor gloria del Imperio Español. Por Uclés, eso sí, pasó lo mejorcito de la arquitectura en una apabullante sucesión de maestros, desde Enrique Egas a Pedro de Ribera, pasando por Francisco de Luna, Gaspar de Vega, Pedro de Tolosa, Francisco de Mora y tantos otros. El edificio avanzaba mientras se adaptaba a las nuevas modas arquitectónicas con sucesivos cambios de trazas. Plateresco, herreriano y barroco se sucedieron en Uclés mientras que las obras derribaban en su avance muros califales, torres almohades, templos góticos y un maravilloso claustro mudéjar.

Una vez terminado, el Monasterio de Uclés sólo lo fue durante exactamente 103 años, justo la mitad de lo que había costado levantarlo. Demasiado esfuerzo para tan poco resultado, pero así son las paradojas de la Historia. Con la Desamortización de Mendizábal cesó la la vida conventual en Uclés. Los priores fueron obligados a abandonar el Monasterio en 1838, terminando con 664 años de Caput Ordinis. Antes, en 1809, la población había padecido la jornada de espanto posterior a la batalla con las tropas napoleónicas, en la que pereció la mayor parte de sus habitantes entre vesanias y detalles de pavorosa crueldad. El Monasterio vio a sus conventuales asesinados y sufrió un horroroso saqueo que hizo la fortuna del mariscal Víctor, duque de Bellune.

Después de desamortizado el Monasterio tuvo suerte en definitiva. No fue vendido a particulares, y durante décadas fue un cascarón vacío por el que corrían gélidas corrientes de aíre y fantasmas extrañados y melancólicos. En 1874, ante los deterioros que empezaban a aparecen en el edificio, fue cedido al Obispado de Cuenca, que instalaría allí el Seminario Menor, amén de dos conventos, de agustinos y de jesuitas, que aquello era lo bastante grande para que las dos congregaciones, si es que acaso reñían, no tuvieran ni que verse. Durante la última guerra civil sufrió de nuevo otra orgía de sangre y otro vendaval de destrozos que vino a arrasar con lo poco que habían respetado los franceses, así que hoy en día se nos aparece casi despojado de las magníficas obras de arte y erudición que llegó a acumular. Hasta hace bien poco los chavales del Seminario contribuían a dulcificar un tanto su ambiente severo, con sus risas y carreras por esos corredores inacabables. Ahora el Monasterio de Uclés se ha vuelto a quedar acaso demasiado solo, a la espera de volver a llenar esos inmensos ámbitos y estancias. Pero algo sí que conserva de la idea aquella que tenían los insensatos freires que lo levantaron, en una manifiesta carencia de humildad evangélica: aparenta, o mejor dicho, apabulla.









Claustro. Nueve arquerías por panda, treinta y seis en total. Una numerología que se repite una y otra vez. 


Antigua Hospedería. Detrás, las torres del Pontido y del Palomar, islámicas.




Vista general del complejo de Uclés desde Poniente. Abajo, la cerca califal del siglo X. Arriba a la derecha, la Torre Albarrana, con el recinto de los siglos XVI y XVII cuando se convirtió en la Fortaleza Nueva. De ahí la Muralla Alta que conecta con las torres del Palomar y el Pontido. Luego el Monasterio sobre el zócalo de la fortaleza desaparecida.








Artesonado del refrectorio, terminado en 1548. En los casetones de la fila inferior, Felipe el Hermoso, el César Carlos y Pedro Fernández de Fuentencalada, fundador de la Orden de Santiago.




"Detenéos ahora, os pido, y tomad nota de mis palabras con firme ánimo, vosotros que me seguiréis: expié mis culpas y a nadie perdono". Una calavera, de Álvaro de Luna dicen, y coronada, pues durante más de treinta años fue el verdadero rey de Castilla.




Fachada principal, de Pedro de Ribera. 




Aguamanil de la Sacristía. La cruzespada. Rubet ensis sanguine Arabum...


Aguamanil de la Sacristía.


Bóvedas de corazón de la sacristía. Ala plateresca del edificio, trazada por Enrique Egas. A partir de 1534 se encargó de las obras Francisco de Luna, que fue seguramente quien levantó estas bóvedas.




Detalle del grutesco de la sacristía




Cúpula de la iglesia. Franciasco de Mora. 36 metros de altura. 


Retablo mayor barroco, obra de Francisco García Dardero. El cuadro representando al Matamoros es de Francisco Ricci, pintor de cámara de Felipe IV. A los lados, en bulto exento, San Agustín y San Francisco de Borja.




Nave de la iglesia. 65 metros de longitud por 12 de anchura.


Detalle de la reja del crucero.
































Clave del balcón de la portada mayor. Entre tanta panoplia bélica y tanto trasto de matar... un angelote con una vihuela, o con una guitarra española. Por la fecha de la portada (1735) creo que es esto último más bien. Según la talla del clavijero, debería ser un instrumento de diez cuerdas (vihuela sería entonces), pero creo que el tallista se ha tomado una licencia. En estos años la guitarra española tenía cinco cuerdas. El ángel-niño (que no putto) cubre con la mano la boca del instrumento, otro elemento que permitiría identificarlo mejor. 










Escalera mayor. 








La Inmaculada Concepción. La Orden de Santiago defendió desde sus orígenes la Concepción Purísima de María, cuyo culto extendió por sus extensos dominios. Fiestas como el Vítor, en Horcajo de Santiago, son exponente de aquello. La tardía definición del dogma en 1854 encontró a una Orden de Santiago reducida a la pálida sombra de lo que fue.






Escalera principal. Otro Matamoros, en este caso obra de Antonio González Ruiz, pintor de cámara de Fernando VI.








Chapitel de pizarra del cimborrio. El único conservado, tras los incendios que en el siglo XIX acabaron con los dos que remataban las torres de la fachada de la iglesia.


Antigua Hospedería (siglo XVIII).


Relieve reutilizado de la basílica visigótica de Segóbriga. 


Fachada oeste.




El llano de Sicuendes. "Con sangre se regaban los campos de Uclés..."


Una antigua tragedia... 






El Escorial de la Mancha. Portada trazada por Francisco de Mora, aunque no llegó a ejecutarla. Faltan los dos chapiteles de pizarra, que desaparecieron en dos incendios sucesivos por caída de rayos, en 1845 y 1877.








Detalle de la fachada plateresca.












Ventana del refrectorio. Año desde el Puerperio de 1549.


El Pendón Viejo o Pendón Real, estandarte de combate de la Orden de Santiago.




Puerta de las Carretas, inacabada. 




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