Toledo, on the rocks

 


En mis muchos y frecuentes desplazamientos a Toledo por cuestiones profesionales y familiares, recuerdo haber tenido días primaverales de suave brisa, tardes de chuzos de punta, amanecidas de puré de guisantes londinense, nochecitas toledanas y, por supuesto, mediodías de cuarenta y cinco a la sombra con los gorriones cayéndose de culo en pleno vuelo. Sin embargo, lo de este pasado fin de semana jamás lo había visto, y no espero volverlo a ver en mucho tiempo. Y eso que la ciudad va ya levantando cabeza, por lo menos del temporal. Las otras dos Parcas siguen ahí, y van para rato me temo.

Este Toledo de inversión térmica y de película distópica de argumento preapocalíptico da escalofríos, literales y metafóricos. Cuesta reconocer al potente destino turístico de los tres millones y pico de visitantes (según la autoridad competente), que hace un año esperaba llegar a los cuatro millones con el Puy du Fou. A diferencia de Cuenca, administrativa y clientelar, Toledo es una ciudad turística, donde incluso en un sábado de enero costaría caminar por muchas de estas calles. Por muy optimista que se ponga uno, no se puede obviar que la factura de esta debacle va a ser aterradora, mientras Disraeli y Gladstone discuten, eso sí, de las diferencias entre catástrofe y calamidad.

Pero no hay mal que no encierre algún bien. Toledo es una ciudad preciosa, se mire como se mire, con una magia profunda que brota de cada piedra y que habitualmente queda sepultada por el mundanal ruido de las legiones de turistas. Espero volver a ver nevada la ciudad de Toledo, pero lo que acabo de hacer es algo que estoy seguro que nunca más en mi vida haré. Vean vuesas mercedes estas imágenes, y a ver si adivinan el qué.
















































































































































































































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