La aldea de Casas del Pinillo




En estos días de frío siberiano, nada como una buena siestecilla de aquellas que predicaba Don Camilo. El de Guareschi me permito precisar, aunque por estos lares y como es público y notorio, también tuvimos a otro Don Camilo que hacía apología del sueño vespertino de pijama, padrenuestro y orinal. En mi caso, como lo de la siesta no puede ser por más que lo intento, por lo menos que se tercie amodorramiento en butacón orejero bien al orete de la chimenea, viendo caer los últimos copos de nieve del temporal y, como no me puedo estar quieto, ojeando una buena empanada de fotos de este pasado año, que no había tenido ocasión de revisar.

Para un servidor no ha sido un año malo en lo que se refiere a trotar la provincia de Cuenca y aledaños. Algo bueno ha tenido, después de todo. De hecho, hace mucho tiempo que no recorría tanto monte, tajo, vericueto y rodal. Algunos de estos lugares, incluso muy cercanos, eran unos perfectos desconocidos. A otros no iba desde los años de la infancia. Otros los tenía en la lista desde hace lustros, y por fin me he desquitado. A estas alturas de la fiesta, la mayor parte no son lugares que destaquen por cosa alguna en especial y jamás tuvieron una entidad significativa de nada y para nada. Pero son parte de la historia (mejor dicho, de la intrahistoria) de nuestra baqueteada tierra de Cuenca.

He aquí uno de estos pequeños rincones de la Serranía solo para incondicionales. Tras medio siglo de abandono, es ya bien poco lo que queda de Casas del Pinillo (o Pajares del Pinillo, o El Pinillo sin más), arquetipo de diminuta aldea ganadera serrana, en torno a una docena de humildes viviendas, en término de la ciudad de Cuenca, monte de Pie Pajarón. No está muy lejos de la arruinada casa forestal del mismo nombre, de las escombreras negruzcas de Mina Pepita y del antiguo despoblado de Valduérguinas, que da nombre al arroyo estacional que discurre abarrancado a sus pies, hacia Levante, y desemboca poco más abajo en el Pantano de la Toba. Casi justamente enfrente se levantaba el antiguo castillo roquero de Monteagudillo, heredad quintada de los Azagra de Albarracín y prolongación de su Señorío a este lado de los Montes Universales, antes de que el concejo de Cuenca se hiciese con estos contornos allá por los años del Rege Carolo, o incluso antes, váyase usted a saber. Desde la pista asfaltada se llega bien a pie, apenas un agradable paseo de unos minutos. El camino, además de corto, suele estar en mal estado.

La razón de ser de las Casas del Pinillo siempre fue la ganadería, como no podía ser de otra manera. A unos 700 metros a Poniente discurre la Cañada Real de los Chorros, a lo largo de la cual se disponían una infinidad de apriscos y cabañas que rara vez llegaban a tener una ocupación permanente, y menos aún con el clima encantador la Pequeña Edad Glacial. El apogeo de la lana castellana hizo que por toda la Serranía de Cuenca proliferase un buen número de aldeas de este tipo, inmediatas a los pastos de veranada, que seguramente solo eran habitadas unos meses al año. El patrón de ocupación del territorio comenzó a cambiar a partir de la segunda mitad del siglo XVII, gracias a una ligera mejora demográfica y a un progresivo calentamiento del clima que hicieron posible un proceso de roturación de exiguas parcelas, en el caso de Casas del Pinillo aprovechando una orografía suave de pequeñas vaguadas y la abundancia de fuentes. Precisamente Valduérguinas (a veces mal llamado Valdeorinas por las aguas enfermas que destilaban las bocaminas de Mina Pepita) significa “el valle de las huertecillas”. Esta rudimentaria agricultura, unida a otras actividades como la mina de carbón o la herrería de Pie Pajarón, hicieron que las Casas del Pinillo se consolidasen como núcleo de habitación permanente en un momento indeterminado, porque la falta de documentación referida a estos diminutos núcleos serranos es una constante. 

El equilibrio fue siempre precario, no obstante. Las epidemias de cólera del siglo XIX por lo general golpearon fuerte estas aldeas, cuyas condiciones sanitarias eran pésimas. Durante la Gripe de 1918, los cadáveres insepultos salpicaban la calle principal de Valduérguinas, así que en El Pinillo también hubieron de llevar su parte de duelos y quebrantos. Las incursiones y exacciones de las partidas carlistas primero, y de los maquis y las contrapartidas después, eran golpes de ariete a una economía al fin y al cabo de subsistencia. Luego cerró la mina, la herrería apagó sus fuegos, la ganadería se fue al garete y llegaron nuevas doctrinas acerca de la gestión de los montes a cargo de ingenieros que, a diferencia de sus predecesores, ya ni frecuentaban los pueblos, ni hablaban con las gentes ni habitaban las casas forestales que se caían a pedazos. De repente el paisano estorbaba en el medio que había ocupado durante siglos.

La quiebra de las comunidades humanas de la Serranía de Cuenca en la segunda mitad del siglo XX tuvo como primer escalón los rentos y aldeas ganaderas, primer paso del proceso migratorio step-and-wise que comenzó por ellas, siguió por los pueblos, continuó por las cabezas de comarca y ya, estrambote final, alcanza a una ciudad de Cuenca asediada por el desierto verde y la desvertebración del espacio económico de su hinterland. Curiosamente la misma Cuenca que hace medio siglo comenzaba a cavarse la fosa “negociando” con los últimos vecinos de Valduérguinas varios puestos de trabajo en la fábrica municipal de maderas a cambio de abandonar su aldea. Luego vinieron las excavadoras del ICONA, que también habrían de arrasar la vecina aldea del Quinto de Fuencaliente, al otro lado del río. Otro diminuto núcleo, Fuencaliente, lugarejo histórico de la Mia Heredade de Monteagudiello, descansa para siempre bajo las aguas del Pantano de la Toba, y hasta la memoria se desvanece. A lo largo de la Sierra de Cuenca, los poderes públicos contribuyeron sin ambages (y aún contribuyen) a crear el vacío agravando una emigración del campo a la ciudad que era inevitable y que ha tenido lugar en cualquier economía desarrollada, pero en ninguna hasta el horror que tenemos que ver hoy en día en las sierras del Sistema Ibérico. En las Highlands, en los Abruzos, en Laponia o en el Alto Atlas queda gente en cada lugar, por pequeño que sea. Desmanes públicos en Valtablado de Beteta, en Cueva del Hierro, en La Cierva, en Orchova… ejecutados desde los despachos sobre gentes sencillas y pueblos sumisos que jamás dijeron esta boca es mía, ni con el Franquismo, ni después. Orden gubernativa de abandono de la noche a la mañana, usurpación mediante Real Decreto de montes municipales y comunales, corte de vías pecuarias y rutas de comunicación históricas, vallados cinegéticos sobre suelo público y espacio protegido, legislación talibán con la consiguiente coerción de la iniciativa privada (por supuesto con la excepción de las granjas de gorrinos), clientelismo rampante y creación de una cultura yonqui de la subvención pública… todo un catálogo del que algún día habría que hacer todo un tratado. Ahora hablan de despoblación, dicen. Dicens Fures, digo. Ay, mangas verdes. 

Pero dejémoslo, que me altero y en el sillón se está tan rebién, ea. Le echaría otro tarugo a la estufa, pero por no levantarme…. Es curioso, porque empecé a mirar fotos buscando algunas bien atiborradas de nieve, acordes con la meteorología reinante, pero he acabado eligiendo unas de plena primavera, a saber el porqué. Calenda maia ni fuelhs de faia... En mitad de ninguna parte, es bonito el lugar de El Pinillo, cuyas piedras vuelven a la nada poco a poco entre miríadas de flores amarillas, dosel de una forma de vida secular que, con toda su dureza y sus desdichas, ha desaparecido hace bien poco, y para no volver. A ver a quién engaño para que me traiga una cerveza, leñe.


La aldea hacia el oeste. El enclave se organiza sobre una pequeña loma que corre de norte a sur. El lugar es muy agradable. Se mantiene verde hasta el final del verano. Al fondo las laderas orientales de la Muela de la Madera.  


  

Acceso desde el norte


  


Zona superior, de corrales y apriscos. También alguna era de pan trillar y seguramente algún espacio común, aunque las aldeas ganaderas de la Sierra de Cuenca no tienen un patrón urbano, y por tanto carecen de calles y plazas. De hecho, la que nos ocupa tiene las unidades de habitación muy concentradas. Es más habitual que las viviendas estén dispersas en un espacio a veces sorprendentemente amplio. En algún caso veinte viviendas se esparcen a lo largo de más de 3 hectáreas. Esto las diferencia de las aldeas de explotación agrícola (Santa Cristina, Huerta de Marojales, La Olmeda, Las Rinconadas...) donde la vivienda está más agrupada y ordenada según un patrón básico, habitualmente a lo largo de una o dos calles. 


  

  

  

Plataforma superior.


Esta es la vivienda más oriental, separada del resto. Es la mejor de toda la aldea, de buen tamaño, una mejor calidad de obra y varios anexos, al lado de un enorme corral propio. El hogar de un orgulloso ganadero.


Vivienda oriental. 


Restos de un horno de pan cocer, en una de las viviendas del lado oeste. 


Esto es memoria histórica pura y dura. Estoy deseando conocer la historia, vaya que sí. 


La fuente del lugar, en la vaguada al oeste de la aldea.


  

Fotografías aéreas. A la izquierda, la imagen del vuelo americano de 1956-57. Muestra la aldea todavía habitada y entera, con los corrales todavía en uso tal y como evidencia el color más claro del suelo. También los pequeños campos de cultivo, absolutos minifundios, siguen activos. A la derecha la imagen actual.  No he sido capaz de encontrar ninguna imagen del lugar todavía habitado, o por lo menos algo más entero que en la actualidad. 

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