Ángeles Gasset y la iglesia de Arcas

 

  

He de reconocer, y con no poca zozobra, que conocí a Ángeles Gasset el día en que… casi me atropella.

De esto hacen cuarenta y pico años de nada, y el que escribe era un párvulo zagal de los aledaños de la Plaza Mayor de Cuenca. No piense el respetable que el incidente fue del todo por mi culpa, yo que he tenido más sensatez de crío que de adulto. Es que en la calle de San Pedro de entonces había más gente y mucha menos circulación, y mucho más lenta que hoy en día. Además, a ver quién era el guapo que le atizaba al acelerador con la fila de coches aparcados a la izquierda (según se subía), corregida y aumentada con el camión de Julián Quejido estacionado (por decir algo) justo enfrente del Dulcinea, afamado establecimiento, sobresaliendo una cuarta del resto. Si a esto añadimos una acera como mandan los cánones (y no el actual bordillo matapersonas) lo de correr al volante tenía miga, qué duda cabe. Así que fue salir de entre dos coches sin mirar más que lo justo, ver un bólido por el rabillo del ojo y lo siguiente fue a la vez pitido, frenazo, guacho de culo en el suelo y parroquianos del Dulcinea asomados por puerta y ventana, haciendo jugosos comentarios sobre mi carencia de listeza. Pero lo más glorioso de la peripecia fue la valquiria de pelo corto, muy entrada en años, que se bajó del coche de un brinco. Yo creía que se iba a interesar por mis doloridas posaderas, pero lo que me cayó fue una bronca digna de la señorita Rottenmeier. Luego se volvió a subir a la misma velocidad en aquel artilugio y arreó calle abajo a toda pastilla, seguida por la nube de humo negro que el cacharro iba soltando. Y es que yo ya sabía que las valquirias iban a caballo, pero esta concretamente iba en dos. En un Citroën 2CV para ser exactos. Azul, por más señas.

Ángeles Gasset de las Morenas (1907-2005) fue maestra. Tal cual. Es lo mejor que se puede decir de una persona cuya vida abarcó, de forma poliédrica, todas las facetas de la enseñanza y la pedagogía.

Pertenecía a una familia gallega de no muy lejanos orígenes catalanes: su bisabuelo, el teniente José Gasset y Montaner, había nacido en Barcelona el año 1800. En la sublevación de 1827 abrazó la causa carlista, lo que le valió destierro a Galicia. La tierra pontevedresa sería en lo sucesivo el solar familiar, aunque el teniente Gasset apenas tuvo tiempo para reintegrarse a la vida civil como empleado de Correos (con ciertos apuros económicos) y casar con una mozuela de orígenes asturianos y de clase no muy media, Águeda Artime Valledor. Falleció en 1834, a tempranísima edad (familia de varones de vida breve y mujeres longevas) dejando a su legítima en el desamparo y con dos criaturas, Eduardo y Eugenia.

El niño, Eduardo Gasset Artime (1832-1884) salió espabilado y rapaz, lo que fue la excusa para aliviar lastre familiar y empaquetarlo a su suerte a Madrid cuando apenas era un mozalbete de once años. En la Villa y Corte el abuelo de Ángeles Gasset tuvo que malvivir largos años de leguleyo, don nadie y pasante hasta que en 1855 un matrimonio ventajoso (dígase braguetazo) con una señorita del mejor postín, Rafaela Chinchilla Díez de Oñate (1832-1876), arregló los asuntos crematísticos y dio comienzo a un estupendo auge personal, en el que también tuvieron mucho que ver una inteligencia preclara y una capacidad de trabajo fantástica, sin las cuales de poco hubiesen servido los dineros de la familia política. Lo primero que hizo fue desembarcar en el país natal gallego que lo había desahuciado, y lo hizo como a tierra conquistada, comprando propiedades y haciéndose elegir diputado por la circunscripción de Padrón. En vez de usar de los consabidos cohechos y gratificaciones, recurrió a hacer detener y encarcelar -en tanto durasen los comicios- al candidato alternativo, que además era el párroco del lugar y varón integérrimo. Si el padre al que apenas conoció honraba a la carcunda, años de privaciones y humillaciones hicieron al hijo liberal sulfúrico y furibundo antiborbónico (que no antimonárquico), convicciones que en el ápice de su éxito apenas dulcificó. Arrollador, libre de ataduras sociales, hiperactivo, despiadado, self-made man… ese fue Eduardo Gasset. Promotor en la sombra de la Revolución de 1868, ministro de Ultramar durante el Sexenio Revolucionario, al abuelo Eduardo se lo recuerda por ser el fundador y propietario, desde 1867, de El Imparcial, el gran diario de la Regencia y potente empresa editorial. También del Semanario Pintoresco Español, desde 1855. Otro mérito pasó más desapercibido en su momento: fue uno de los impulsores de la Institución Libre de Enseñanza, en 1876.

A su muerte en 1884 (52 años), Eduardo Gasset había sentado las bases para que su numerosa prole (cuatro hijos y tres hijas) eclosionase en toda una dinastía de periodistas, librepensadores, pedagogos y escritores, cuyo más eximio miembro fue el filósofo José Ortega y Gasset, primo (que no tío) de Ángeles Gasset. También de políticos, utilizando como trampolín las circunscripciones gallegas, donde el liberalismo de la capital se trocaba a menudo en caciquismo y clientelismo rural al más rancio estilo de la Restauración. De entre los Gasset políticos, el que descolló sin duda fue Rafael Gasset y Chinchilla (1866-1927), incombustible ministro de Fomento, autor del Plan Gasset de obras hidráulicas y célebre por su lema “Agua, caminos y escuelas”. Rafael fue tío de Ángeles Gasset.

Su padre, José Gasset y Chinchilla (1870-1936), era el tercero de los hijos varones del gran Eduardo. Hermano menor del superministro Rafael, bajo su potente sombra tuvo que desenvolverse siempre, como administrador de El Imparcial y como reemplazo en alguno de los cargos que el hermano mayor dejaba vacante, aunque la política nunca fue su afición. Era un periodista sólido, de oficio, conocido por ser el fundador de El Gráfico, primer diario ilustrado de España, de efímera existencia (junio-diciembre de 1904) pero de cuidadísima calidad, para lo que importó la mejor maquinaria alemana. Hombre estricto y adusto, no gustaba el padre de Ángeles de las verdes rías gallegas, por las que aparecía muy de tarde en tarde. José Gasset abrazó la vida madrileña, y su afición fueron los largos paseos y la caza por las parameras de Castilla y las sierras de Guadarrama, Gredos y Ayllón, donde llegó a comprar alguna propiedad como base de operaciones. Casó algo tarde con Cecilia de las Morenas Alcalá (1885-1981), de buena familia andaluza y bastante más joven que él. La novia, linda y pizpireta gaditana, llegaba al matrimonio sin padre que la llevase al altar pero con la gloria a cuestas, y con la maldición que ésta siempre arrastra. Era la huérfana del Capitán de las Morenas. Cualquier persona informada de la época conocía el nombre de Enrique de las Morenas y Fossi (1855-1898), que había mandado a los Últimos de Filipinas en el asedio de la iglesia de Baler.     

En este efervescente caldo de cultivo familiar de magnates de la prensa, mariposas políticas y difuntos héroes laureados, no es de extrañar que la formación de Ángeles Gasset distase un tanto de la que se suponía que debía recibir una jovencita de familia bien de la época. Comenzó sus estudios a los siete años en el Colegio Alemán de Madrid, donde la excelencia educativa y la disciplina prusiana iban a la par. Acribillada a bofetadas y capones por su fuerte carácter, de su estancia allí conservó siempre un recuerdo agridulce. En 1918 ingresó en el recién fundado Instituto-Escuela (1918-1939) que pretendía extender a la educación secundaria el sistema pedagógico krausista y librepensador de la Institución Libre de Enseñanza. Allí cursó el Bachillerato en Letras hasta 1925, con un plantel magnífico de profesores como Samuel Gili (literatura), Rafael Benedito (música), Francisco Barnés (arte) o el padre Juan Zaragüeta, que en un colegio laico impartía una asignatura de religión con un vasto trasfondo filosófico y ético. Los continuos viajes lectivos por la geografía española (en tren con billete de tercera), la actividad física como herramienta pedagógica (con nuevos deportes como el baloncesto o el beisbol), las actividades culturales (como el teatro, en el que Ángeles participó desde 1922), el acceso a bibliotecas técnicas y a todo tipo de publicaciones especializadas y el contacto con alumnos extranjeros daban forma a una enseñanza de un nivel altísimo, imbuida de un sistema de valores que pregonaba la ausencia de prejuicios, el humanismo, y un acendrado sentido moral.

Pese a su formación, las salidas laborales de Ángeles Gasset en la época estaban muy limitadas. La opción de un matrimonio de alto copete, omnipresente y amenazante a la vez, suponía automáticamente renunciar a todas ellas, y era algo que no estaba dispuesta a hacer. Con apenas veinte años, estaba claro que había heredado la independencia y la libertad de criterio de un abuelo, y la tozudez del otro. De carácter férreo, terca como una mula, pese a todas las presiones permaneció soltera, e independiente. Tampoco destacó nunca por su paciencia: renunció a seguir estudios universitarios superiores, a los que la familia no ponía ningún problema, para ponerse a trabajar inmediatamente. De sus opciones, la enseñanza fue la más obvia y natural. Tras obtener el título de maestra en la Escuela Nacional María Cristina, comenzó a enseñar a párvulos en el propio Instituto-Escuela, en la nueva Sección de Primaria, bajo la dirección en un principio de institucionistas como María Goyri y María de Maeztu, y luego de Jimena Menéndez Pidal (1901-1990), con la que le uniría una gran amistad. En 1933 obtuvo el título de Maestra Nacional, ya durante la II República. En los cursillos preparatorios se hizo estrecha amiga de la que sería otra de sus grandes colaboradoras, Carmen García del Diestro (1908-2001). El uso del teatro como herramienta lectiva, y de los títeres a partir de 1935, definieron su prolífica labor pedagógica en esta etapa, en la que se puso de manifiesto su gran capacidad de trabajo, su imaginación desbordante y un entusiasmo a prueba de bombas.

La Guerra Civil marco, como siempre, un trágico paréntesis. En 1936 se suspendieron las clases en el Instituto-Escuela, que ya no se reanudarían en toda la guerra. En el auge de los totalitarismos de toda laya y del adoctrinamiento de las masas, qué mal cuadraba el viejo sueño decimonónico de una enseñanza liberal basada en la libertad de pensamiento, la tolerancia y la ética personal. En la terraza del vanguardista edificio de la Colina de los Chopos se instaló una batería antiaérea, símbolo de los tiempos que corrían. Ángeles Gasset viajó a París, junto con otra profesora del Instituto, a cargo de niños abocados al exilio en pos de sus padres. Allí residió durante buena parte de la guerra en la casa de su primo, el filósofo José Ortega y Gasset, lúcido entre los lúcidos, atacado y manipulado por todos. Ángeles llegó a conocer bien a su primo (24 años mayor que ella), exiliado de una República que tanto había hecho por instaurar y que ahora veía como se deslizaba hacia extremismos liberticidas de corte soviético. Pero que se encontrase en las riberas del Sena y no en las del Arlanzón daba prueba de la opinión que le producía el erial totalitario, militarote y fascistoide del bando contrario. Comunismo y fascismo, ortopedia política. Un día de la primavera de 1937, Ángeles le oyó leer en voz alta el prólogo a la edición francesa de La Rebelión de las Masas:

“Ser de izquierda es, como ser de derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de hemiplejía moral”

En 1939 el nuevo régimen franquista decretó la clausura definitiva del Instituto-Escuela, de la Institución Libre de Enseñanza y del Centro de Estudios Históricos, en su condición de entidades laicas y librepensadoras, absurda y tardía revancha del desastroso cierre de instituciones docentes religiosas que había llevado a cabo la II República en 1933.

A Ángeles Gasset le tocó volver a empezar. Tras un breve paso en 1938 por el diminuto pueblo burgalés de Albaina (Condado de Treviño) en el que conoció la realidad de los maestros rurales y del recién estrenado sistema educativo franquista, se topó en Madrid con un ambiente académico muy distinto al que había conocido hasta el estallido del conflicto. La diferencia con tantos otros es que ella reaccionó. Decidida a que la herencia de la Institución Libre y del Instituto-Escuela no se perdiese, llevó a cabo la gran obra de su vida: la creación del Colegio Estudio, que impulsó con treinta y pocos años, contra viento y marea y junto con sus amigas Carmen García del Diestro y Jimena Menéndez Pidal. Hoy cuesta aquilatar este logro. Por mucho que el trío de fundadoras procediese de familias intachables de la alta burguesía, por mucho que las tres exhibiesen un currículo académico notable y por mucho que todas ellas demostrasen una evidente religiosidad (sobre todo Jimena), nada podía rechinar más en el sombrío 1940 que tres señoritas (insístase, tres individuos de sexo femenino) intentasen no dejar morir un modelo de enseñanza liberal, desprejuiciado, apolítico y laico en pleno apogeo del nacionalcatolicismo y en plena depuración del magisterio español llevada a cabo por el bando vencedor. Pero Ángeles Gasset hizo honor a las palabras de su abuelo, el gran Eduardo, que 64 años antes había cofundado la Institución Libre de Enseñanza:

"Cuando un hombre está dominado por una idea y este hombre es joven… aquella idea absorbe todas sus fuerzas morales, y mientras no la desenvuelve está tan cerca de la demencia, como el que pretenda encontrar el fin de las aspiraciones humanas"

Y de hecho la tabarra (exacto vocablo) que dieron Ángeles Gasset y compañía al establishment franquista fue de tal calibre que hasta su otro abuelo, el de las defensas numantinas, se habría sentido orgulloso. Las tres familias tiraron de todas las influencias que les quedaban y, contra todo pronóstico, el Colegio Estudio fue un milagro que comenzó su existencia el 29 de enero de 1940, reuniendo en su primer equipo docente a buena parte de los profesores supervivientes del Instituto-Escuela y del Centro de Estudios Históricos. Comenzando desde la nada (pues todos los bienes y edificios del Instituto-Escuela habían sido incautados) y lidiando con la hostilidad y el acoso oficial, el Colegio Estudio salió hacia adelante a cuenta de un trabajo ímprobo. Desde su nueva y precaria sede en la calle Oquendo, poco a poco fue creciendo a golpe de traslados y ampliación de instalaciones. Pronto alcanzó un nivel de excelencia reconocido incluso a nivel internacional. Y hasta la actualidad. En el escalafón de los 100 mejores colegios de España a fecha de hoy (2021) el Estudio es el número 2. 

En el Colegio Estudio Ángeles Gasset invirtió más de 50 años de su vida. Si Jimena y Carmen realizaban labores de administración y dirección y aparecían más distantes, la expansiva y omnipresente Ángeles era el corazón del centro, siempre rodeada de párvulos a los que abroncaba continuamente, y adorada por ellos sin embargo. Organizaba actividades lectivas y viajes con sus alumnos aquí y allá, ciclos y obras de teatro y los inevitables espectáculos de marionetas y títeres, arte aparentemente menor pero de cuya compleja pedagogía llegó a ser una de las mayores expertas a nivel nacional, con varias publicaciones que aún hoy son de referencia, y algún que otro premio y distinción. Los viajes al extranjero se sucedían: Inglaterra, Estados Unidos, Puerto Rico… retomando contactos de sus primeros años y ampliando el ámbito académico del Colegio Estudio.

Ángeles Gasset conocía Cuenca desde poco antes de la Guerra Civil. Quizás fue en el año 1935, formando parte de una compañía de teatro amateur dirigida por José Luis Sáenz de Heredia que acudía a representar una obra de Carlos Arniches, Las Lágrimas de la Trini.  Como alma sensible que era, quedó prendada de la decadente belleza de la ciudad antigua y del espectáculo del amanecer sobre las Hoces. Tras la Guerra, las visitas a Cuenca se reanudaron, hasta que la todavía joven profesora se encontró con la ocasión de comprar una casa a buen precio (15.000 pesetas de entonces) en el Casco Histórico. El edificio era el actual número 27 de la calle de San Pedro, vivienda a dos alturas con vistas a la Hoz del Júcar. Asentados los reales a su entera satisfacción, pasó a ejercer de ferviente enconquensada, acompañando a Cuenca a sus amistades nacionales e internacionales, presumiendo de vetusto caserón y buenas vistas.

Pronto la casa de Cuenca se convirtió también en base de operaciones de los alumnos del Estudio, con los que planificaba todo tipo de viajes por la geografía provincial, desde la Ciudad Encantada a las Torcas de Palancares, y a los que llevaba y traía comprimidos en los desdichados Citroën 2CV que tomó la costumbre de comprar y devorar, uno detrás de otro, de tal guisa que a algún vecino de Cuenca se le hacía que no había cambiado de coche en más de 30 años. En 1947 tuvo ocasión de conocer bien a las gentes de los pueblos de Cuenca, con motivo del encargo de Ramón Menéndez Pidal para recopilar cánticos populares para sus estudios sobre el Romancero. Ángeles Gasset se instaló en verano en el Balneario de Solán de Cabras, donde se dedicó a captar (y a hacer cantar) a todos los tipos pintorescos de la provincia que acudían a tomar las aguas. De ahí le quedaron amistades en varios pueblos de la geografía conquense, la mayor parte de extracción muy popular, que visitaba de tanto en tanto.  

Era cuestión de tiempo que nuestra profesora tomase contacto con el creciente círculo de artistas de Cuenca. Gustavo Torner fue el primero, y la amistad fue muy estrecha. Luego llegarían Antonio Saura, Fernando Zóbel y tantos otros. Hubiese sido suficiente con el hecho de que eran ocasionales vecinos en las callejas de la vieja Cuenca, pero había mucho más. Desde finales de los años 50, Ángeles Gasset se convierte en habitual de los cenáculos y tertulias de un grupo de personas de sensibilidad exquisita, de orígenes muy dispares pero unidas por la locura del arte y la pasión por la cultura. La casa de Zóbel, la Posada de San José o el desaparecido Café Colón eran escenarios de estos encuentros magníficos, que todavía hoy han dejado memoria en la olvidadiza Cuenca.

Fue en una de aquellas reuniones cuando ocurrió. La fecha, finales de 1961, sin poder concretar más. El lugar, probablemente el Café Colón, en Carretería. Si algún lector conoce el episodio le ruego que me confirme este dato, del que no estoy seguro. De repente la tertulia que capitaneaba Gustavo Torner fue cortésmente interrumpida por un personaje todavía joven, espigado y enfundado en sotana, que se presentó como D. Aurelio Patón Castellanos, cura párroco de la cercana localidad de Arcas. Rápidamente el recién llegado, invitado a sentarse, puso a la audiencia en antecedentes. La iglesia del pueblo era una joya románica de finales del siglo XII o principios de XIII que se encontraba en pésimo estado. Además de añadidos espurios de varias épocas y de serias grietas y humedades, había que añadir la reciente caída de buena parte de la cubierta en julio de aquel mismo año, que había obligado a cerrarla y trasladar los cultos al edificio municipal. El Obispado, escaso de fondos, había decidido una reparación de circunstancias con materiales modernos que al Ayuntamiento y a él mismo como párroco – y con todos los respetos al arquitecto diocesano y resto de plana mayor – les parecía que no habría de quedar muy bien, además de que no arreglaba problemas estructurales del edificio que antes o después le provocarían la ruina más completa, etc, etc… De ahí que, deseoso de hacer algo, se encontraba allí con aquellos señores, “artistas de aquí”, de los que sabía de su buen gusto, por si fuera posible dar su opinión para que la iglesia quedase bien, etc, etc… Lo que Don Aurelio les estaba pidiendo, con sibilina diplomacia, era que le ayudasen a librar una guerra que él solo no podía ganar, convirtiéndose en parte de un asunto del que solamente iban a sacar quebraderos de cabeza. Por otra parte, la amenaza apenas esbozada por el párroco no era para tomarla a la ligera. Eran los años en que se estaban demoliendo o mutilando iglesias soberbias por toda la provincia con la excusa de los estragos de la guerra, la carencia de fondos y la minoración del vecindario. La vieja iglesia de Arcas bien podía correr la suerte de la de Torralba, la de Torrejoncillo del Rey, Albaladejo del Cuende, Fresneda de la Sierra, Valdeolivas… Gustavo Torner se comprometió a visitar la iglesia y al menos dar su opinión. Inmediatamente se puso en contacto con Ángeles Gasset, a quien ya conocía bien. La profesora se sumó a la expedición sin dudarlo un momento.  

Ángeles Gasset se encontraba por entonces en esa edad de la estabilización profesional donde se empiezan a obtener los resultados y merecimientos de décadas de trabajo, pero a la vez se hacen presentes los sacrificios necesarios para obtenerlos, que en su caso habían sido grandes. Además, su espíritu inquieto bullía por debajo del incesante ajetreo docente y de los viajes, que se habían convertido en satisfactoria pero repetitiva rutina. Necesitaba un nuevo reto, y lo sabía. Esa mañana de invierno se subió en un coche para ir a ver una pequeña y antigua iglesia, pero realmente fue la iglesia la que vino a verla a ella.

El Arcas de entonces difería mucho del actual. Por aquellas fechas era una pequeña localidad de labradores de apenas 500 habitantes, “de los cuales al menos la mitad están pensando en hacer las maletas” en los inicios del éxodo rural. En 1980 le quedaban unas 280 almas. El caserío, de viviendas bajas y encaladas, se ceñía al viejo trazado medieval en la cumbre y faldas de un promontorio poco marcado, arracimado en cinco o seis callejuelas retorcidas en torno a su iglesia. Su peculiar y airosa espadaña (hoy poco visible entre modernos engendros arquitectónicos) destacaba entonces desde todas partes. La iglesia había sido construida en las primeras décadas del siglo XIII, quizás sobre otra también románica, anterior y mucho más humilde, levantada por la primera generación que se estableció en el lugar durante la Repoblación. Como en otros lugares, el primer templo probablemente se imbricó en un reducido perímetro fortificado que ocupaba el alto del pequeño alcor, con lo que el segundo tuvo que lidiar con algunos condicionantes. Con todo, se levantó una iglesia magnífica, de líneas depuradas y de evidentes influencias gotizantes en la decoración, con una calidad de entrega que no hace descabellado suponer la intervención de los obispos de Cuenca, en aras de la antigua y errónea ubicación en el lugar de la diócesis ercavicense, antecesora visigótica de la sede conquense.

Pero todo ello fue siglos atrás. El templo con que se encontraron Torner y Gasset dejaba cortas las descripciones del párroco en cuanto a su estado: la cubierta de parhilera de la nave semihundida, los muros expuestos, el ábside dividido de arriba abajo por una profunda grieta que le amenazaba ruina, y humedades por todas partes, que habían deshecho portadas y sillería. El interior, devastado en la Guerra Civil, estaba desnudo, reducido a los muros encalados y a algún retablillo nuevo de poco fuste. Capítulo aparte eran los múltiples elementos arquitectónicos añadidos, de los cuales solo se libraba a efectos artísticos la capilla de la familia Del Coral, del siglo XVII, adosada al norte y que para más inri había cortado la portada secundaria, que en su día daba al viejo camposanto medieval. El resto era obra mala de todas las épocas, de la que sobresalían por su disformidad la cúpula barroca de escayolas que cubría el presbiterio y, sobre todo, la horrorosa sacristía que desfiguraba la espadaña. Espadaña que por cierto estaba solamente con un campanil y extraplomada con aparente riesgo de caída. Los temores no declarados del párroco ahora se hacían evidentes: era más fácil derribar todo aquello que restaurarlo, y plantear problemas a la discutible intervención de la diócesis era terreno abonado para un expediente de demolición. La iglesia no tenía el renombre que luego llegó a adquirir. Inmediata a Cuenca, no la conocía nadie. Ni siquiera salía en ninguna guía de turismo ni itinerario de viaje. Ni la exhaustiva Guía Larrañaga de 1929 la citaba. Si desaparecía, nadie iba a echarla en falta. A principios de los años de 1990 se vino abajo la mayor parte de la iglesia románica de Salmeroncillos de Arriba, por problemas de humedades no resueltos. No salió ni en el periódico local.  

Nuestro escueto comité de expertos, como es suponer, llegó inmediatamente a la conclusión de que la obra proyectada de rehabilitación sería un grotesco parche sobre parches, y que el edificio necesitaba de una intervención integral que le devolviese su aspecto original y prístino, obra que necesitaba de cualificación profesional y de una muy importante suma de dinero, de cuya disponibilidad por cierto no había el más mínimo rastro, porque la parroquia estaba tiesa, y el ayuntamiento a la cuarta pregunta. Y si a los vecinos de Arcas se les podría convencer de una intervención en profundidad en su iglesia para la cual no estaban muy por la labor, la pugna con instancias superiores eclesiásticas y civiles se preveía titánica. Al menos se podía contar con el triunvirato formado por el cura, el alcalde la localidad, Pedro López Huerta, y un eficaz secretario municipal, Julio López Recuenco, que rápidamente se adhirieron a la tesis de la restauración integral. No era poco.  

Y aquí fue cuando entró en acción la mejor Ángeles Gasset. A la vista de su trayectoria vital, es de imaginar la energía, el empeño y el entusiasmo que derrochó desde el primer día. Esa misma tarde el teléfono echaba humo, con la profesora llamando a antiguos alumnos que ya eran arquitectos o profesores. Incluso a estudiantes de arquitectura y arte a media carrera que habían pasado por el Colegio Estudio. Eran muchos. Urgía hacer masa crítica. A lo largo de las semanas, de los meses siguientes, la retahíla de personajes de enjundia del mundo académico y cultural que fue desembarcando por Arcas hizo que los vecinos empezasen a pensar que su iglesia “era algo de mérito”, cosa que antes ciertamente no ocurría. Oían y entresacaban extractos de conversaciones, algunos certeros y otros no tanto, como que era una de las iglesias románicas más meridionales de España o que fue cabeza del Obispado Arcabicense. El alcalde andaba pidiendo papeles de aquella antigua diócesis anterior a la conquista sarracena, que habría de ser artillería de gran calibre en el fin propuesto, y si había que dedicarle una calle a la antigua Ercávica, perdón: Arcábica, el Consistorio ya tardaba. Los periódicos locales empezaban a prestar atención. Fernando Zóbel y Antonio Saura aterrizaron por Arcas. Don Aurelio no paraba haciendo de cicerone de unos y otros. De repente, el Citroën de Ángeles Gasset irrumpía en la plaza, y en mitad de una polvareda desembarcaba otra hornada de eruditos. El asunto se iba caldeando…  

Una primera solicitud de restauración se remitió, todavía en 1961, a la Dirección General de Arquitectura. Trabajo soterrado, pocas cosas hay más decisivas en cualquier empresa que un buen gestor de papeles, y el secretario de Arcas era un converso ferviente. No se le tenía demasiada fe a esta gestión, aunque fue la vía que, reactivada, habría de finalizar el proyecto tres años después.

Las gestiones con el Obispado fueron arduas. No es que no se quisiera restaurar la iglesia de Arcas (de hecho, ya se había aprobado un proyecto), sino que la diócesis tenía que hacerse cargo ella sola y con medios muy menguados de la conservación de medio millar de iglesias (ermitas aparte), ninguna de los cuales estaba, como vulgarmente se dice, para tirar cohetes, comenzando por la propia catedral, cuya fachada neogótica se acababa ya de dar por imposible. Que se apreciaba mucho el interés de tanto joven artista en una pequeña iglesia del montón, pero que ya se vería. Ni sí ni no. Hicieron falta unas cuantas reuniones, y la presión a coro de toda la caterva de intelectuales y artistas capitaneada por Torner y Gasset para que el Obispado se replantease el asunto. También en las instancias diocesanas se empezaba a ponderar con otros ojos el valor de la iglesia de Arcas. Además, algún taimado se las había arreglado para comentar el asunto con el obispo Don Inocencio, que se había interesado por el tema.

Se llegó a un pacto entre caballeros, por llamarlo de alguna manera. A cambio de no incordiar más, la diócesis haría un notable esfuerzo y pagaría un nuevo artesonado de madera y parhilera en la nave, así como la consolidación de los muros y del ábside. Solamente el trabajo en madera iba a requerir la crecida suma de 150.000 pesetas, y todo el resto una cantidad al menos similar, así que la implicación del Obispado fue importante y sincera. Pero había más condiciones: de eliminación de elementos añadidos, por el momento ni hablar. Ni sacristía, ni cúpula, ni capillas, ni triste pegote de yeso. La iglesia se arreglaba como Dios manda, se reabría al culto con toda decencia y las elucubraciones estéticas pasaban a un futuro incierto. Punto. Si no les importa, tengo a los de Garcinarro afuera esperando, que se les ha hundido no-sé-qué; y a las doce a Don Luis, el párroco de Alarcón, que es otro rayo que no cesa. Muy monumental Alarcón, no sé si lo conocen. Con dos iglesias románicas tiradas por los suelos, por cierto. Deberían no ir a verlas. No sé si me entienden.  

Las obras comenzaron en junio de 1962. El arquitecto encargado fue Rodrigo de Luz Lamarca, otro enamorado del arte conquense, bajo la supervisión de D. Benigno Beneit, Maestro de Obras del Obispado de Cuenca. En el proyecto dejaron su huella, además de Torner y Ángeles Gasset, figuras como los historiadores de arte Manuel y María Elena Gómez Moreno, el catedrático de arte Antonio Bonet Correa y Alfonso Florensa Ferrer, restaurador del Barrio Gótico de Barcelona. También el arquitecto Luis Vázquez de Castro y el ingeniero de caminos Alfonso Álvarez, entre otros. Jimena Menéndez Pidal, cofundadora del Colegio Estudio, que visitó Arcas de la mano de Ángeles, también acabó implicándose activamente. En aquellos primeros planos de Rodrigo de Luz por primera vez la restauración tomaba forma. Unos planos, por cierto, en los que ya se planteaba arramblar con sacristía, adosados y cúpula barroca… solo se planteaba respetar la capilla Del Coral, a costa de sacrificar la restitución de la pequeña portada norte. Se tenía previsto eliminar también la diminuta capilla de la Pila, al sur, para dejar descubierto y diáfano el cuerpo saliente de la portada principal.  

Según constaba en el proyecto, habrían de utilizarse únicamente materiales acordes. La obra antigua y la nueva, dentro de la uniformidad estética, deberían integrarse perfectamente pero al mismo tiempo habrían de diferenciarse a simple vista. En los alfarjes se usaría únicamente madera, y los muros se compondrían con mampostería y sillar de las canteras de Buenache de la Sierra, con piezas talladas a mano y colocadas casi con los mismos procedimientos que usaron los canteros medievales. Los hermanos Pérez del Moral, carpinteros de Cuenca, se hicieron cargo del artesonado de la nave, una vez retirados los restos del anterior. Su excelente trabajo sigue hoy a la vista. De la ejecución de la obra de albañilería y cantería se encargaría D. Honorio García Serrano, maestro de ambos oficios, que pronto se contagiaría del entusiasmo y sería otro neófito convencido. La “cuadrilla de artistas” pululaba aquí y allá, coordinada por “la del Dos Caballos” como “maestra de ceremonias”. La aparición de cualquier elemento oculto, como los escalones sepultados que separaban en alzado el presbiterio del resto de la nave, daban pie a días enteros de satisfacción y constructivos debates. Un buen día apareció soterrada una preciosa Virgen gótica en madera, con el Niño sentado en el regazo. A aquellos espíritus elevados les parecía viajar en el tiempo.

Ángeles Gasset trajo a sus alumnos del Colegio Estudio a los trabajos de la iglesia de Arcas. Consideraba que la estancia, durante las vacaciones de verano, podía ser sumamente constructiva y pedagógica. Unos cuantos chavales de los cursos superiores acabaron en Cuenca, y tras alojarse en la casa de la calle de San Pedro, se vieron provistos de herramientas de albañilería y transportando todo tipo de materiales. Eso sí, con un horario acortado y perfectamente organizado, evitando las horas de la canícula y en el que también tenían cabida todo tipo de actividades lúdicas, como los viajes por los contornos, el teatro, la música o los inevitables títeres. No sé hasta qué punto tan juvenil participación era una ayuda o un engorro para el equipo de sufridos albañiles y canteros, pero desde luego contribuían a crear ambiente. Rodrigo de Luz, el arquitecto, miraba horrorizado las cabriolas de los alumnos, que no solamente no eran reprendidas por los albañiles, sino auspiciadas por ellos. En pocos días, aprovechando las temporales ausencias de Ángeles Gasset, estaban subidos por los más altos andamios e intentado participar en las más arriesgadas tareas. Pensar que iba a ser de otra manera es no conocer la naturaleza misma de la adolescencia.  

Y tenía que pasar: uno de los alumnos, Nicolás Urgoiti, que andaba trepando por los aleros, se subió al techo de la deleznable sacristía, y le cedió. No acabó con su cabeza descalabrada unos metros más abajo porque Honorio, el maestro, estuvo al quite y consiguió agarrarlo de la pechera. El caso es que, reunidas todas las fuerzas vivas en apresurado concilio al pie del agujero, se llegó a la inevitable conclusión de que mantener el tejado de la odiada sacristía en tal mal estado era manifiesta imprudencia que a no tardar tendría luctuoso desenlace. Así que urgía inmediata demolición, que por ser tan acuciante no daba tiempo ni a ser comunicada a las oportunas instancias del Obispado, y eso que era cruzar la plaza a coger un teléfono. Aquella solución dolorosa pero necesaria fue refrendada ipso facto por la máxima autoridad eclesiástica presente, Don Aurelio. El caso es que aquel “adefesio de sacristía” estaba tan mal hecho que no había manera de saber dónde acabada el tejado, donde seguía el alero y hasta dónde principiaban los muros, que eran de ladrillo hueco. Albañiles y estudiantes se aplicaban a la labor, hasta que la aparición del gran arco de la espadaña, por fin diáfano a la luz del mediodía, imprimió al derribo un frenesí demoledor. A la caída de la tarde la espadaña de la iglesia de Arcas lucía como no se la había visto en mucho tiempo. Hasta los más recalcitrantes partidarios de mantener la sacristía opinaban ahora que el templo estaba mejor sin ella. El cura, que se había quedado sin sacristía, curiosamente se regodeaba, ufano. Algunos testigos recordaban tiempo después como ese día había sido uno de los más felices de toda la obra de restauración.

Pero el dinero de la diócesis se acababa, y las necesidades del Obispado dejaban claro que no se podría contar con más, en años. Agotados los fondos, curiosamente la obra siguió una temporada más, pagando materiales y salarios. Luego se supo que Ángeles Gasset había cedido a la obra el dinero procedente de los derechos de autor de su libro Títeres con Cabeza (1960). A lo largo del otoño, artesonados y muros se fueron rematando. En octubre Rodrigo de Luz dejó la obra, por desavenencias acerca de cómo debería reconstruirse la cubierta del presbiterio cuando se eliminase la cúpula de estuco barroca. Defendía la solución de una bóveda de cuarto de esfera, más apropiada para una iglesia de esa calidad, mientras que el resto de especialistas prefería un artesonado de madera, como la solución más probable en la iglesia original. Benigno Beneit, el Maestro de Obras del Obispado, quedó al cargo. La situación económica rápidamente se degradaba. La incansable Ángeles Gasset orquestó una campaña de cuestación en diferentes periódicos y organizó varios eventos culturales para recaudar fondos. Hasta tarjetas de felicitación navideña se prepararon. Todo ello no podía a la larga suplir la ausencia de una financiación adecuada. En 1963 la obra avanzó a paso de caracol, con una plantilla reducida de operarios y los alumnos del Colegio Estudio acudiendo en vacaciones y fines de semana. En febrero de 1964 las obras se detuvieron por completo. Quedaba intervenir en la portada e interiores, demoler la capilla de la Pila y consolidar la espadaña, labor complicada por la evidente inclinación que tenía. Eso, y cien detalles menores. La obra había consumido ya más de 500.000 pesetas de la época, y solo estaba mediada.

En estas situaciones desesperadas es cuando la terquedad suele convertirse en virtud, y de testarudez la profesora Gasset iba sobrada. Unos meses antes, a través de Maribel Pons, antigua alumna del Estudio, Ángeles consiguió contactar con su padre Francisco Pons Sorolla, arquitecto jefe del Programa de Ordenación de Ciudades de Interés Artístico-Nacional, dependiente de la Dirección General de Arquitectura, a la que si se recuerda ya se había enviado en 1961 un avance de proyecto que no había sido contestado. Francisco Pons, junto con el arquitecto y catedrático de arte Rafael Manzano, hicieron una vista de inspección a la iglesia de Arcas. El valor del monumento, el trabajo ya realizado y el entusiasmo que la obra generaba a pesar de las dificultades, les convencieron para intervenir. Ambas eminencias acabaron de merienda campestre en el Pinar de San Isidro, a cuenta de una astuta Ángeles Gasset. En marzo de 1964 Rafael Manzano entregó un segundo proyecto para “completar esta labor restauradora iniciada por otros con indudable acierto”. Se asignó un holgado presupuesto de 2.103.624 pesetas por parte de la Dirección General de Arquitectura. No se contemplaba únicamente rematar la obra civil, sino el amueblamiento de la iglesia, la instalación de calefacción de gloria y la urbanización y ajardinamiento del entorno del templo, muy descuidado, incluyendo la lonja frente a la portada principal. Tras pasar todos los lentos trámites burocráticos, el proyecto fue aprobado en Consejo de Ministros el día 27 de agosto de 1964.

La obra comenzó en septiembre de 1964, y se prolongó a buen ritmo hasta noviembre de 1965. Ya con medios y presupuesto oficiales, qué lejos quedaba aquella primera visita al templo de Gustavo Torner y Ángeles Gasset, apenas tres años atrás, cuando todo parecía entelequia. Francisco Pons Sorolla se reservó en persona la supervisión de la obra, de la que se encargó como arquitecto Rafael Manzano, y Gabriel López Collado como aparejador. La obra se adjudicó a la empresa de construcción de D. Manuel Tricás, con sede en Zaragoza, una de las habituales en las contrataciones con el correspondiente Ministerio, que hay cosas que nunca cambian. Manuel Otero fue el encargado de obras, y entre los oficiales de albañilería contratados se contaba el enjuto Honorio García, que había vivido los tiempos heroicos de la obra. La iglesia de Arcas, completamente restaurada, recibió el acta provisional de recepción de obra el 2 de noviembre de 1965, y el 23 de mayo de 1966 el acta definitiva. Se esperó hasta el día 14 de septiembre de ese año para su consagración por todo lo alto, fiesta del Santo Rostro, patrón de Arcas. Ese día el pueblo de Arcas vio pasear por sus calles a buena parte de lo más lucido del mundo de la arquitectura y el arte nacionales, y a una Ángela Gasset radiante.  

Antes, en el Domingo de Resurrección de 1965, y con la iglesia en plenas obras, había tenido lugar en ella uno de los conciertos de la Semana de Música Religiosa de Cuenca en su cuarta edición, interpretado por la Agrupación Instrumental de Música Antigua de Madrid. Resultado de las gestiones de Gasset con los organizadores del certamen, desde entonces la iglesia de Arcas ha sido escenario habitual de los conciertos de la Semana, con la excepción del periodo 1990-97. En mayo de 1967, Ángeles Gasset también organizó un festival teatral que se celebró en la lonja de la iglesia, a la sombra de una portada principal recién restaurada.

Años después, en julio de 1982, la iglesia de Arcas fue declarada Monumento Nacional gracias a los auspicios de otro campeón en la defensa del patrimonio conquense, D. Francisco Suay Martínez.   

Finalizada la labor en la iglesia de Arcas, continuó la trayectoria laboral y vital de Ángeles Gasset. Junto con sus dos compañeras fundadoras, se metió de lleno a partir de 1966 en el proyecto de la nueva sede del Colegio Estudio, en Valdemarín. El crecido número de nuevos alumnos dejaba pequeñas las viejas instalaciones. La construcción del nuevo edificio cuadruplicaba todo lo existente y superaba en mucho la disponibilidad presupuestaria, con lo que el proyecto pendió de un hilo. Nuevo triunfo: corrió la voz y los antiguos alumnos y los padres de los actuales se movilizaron y en unos pocos días, a base de pequeñas aportaciones particulares, consiguieron los 75 millones de pesetas que hacían falta para terminar la sede. Para Ángeles Gasset el traslado fue una tarea agotadora, llena de problemas, que la llevó al límite mental y físico. Ya no era joven, ni mucho menos. Los días de Arcas parecían ahora un lejano y agradable recuerdo.

A comienzos de 1975 Ángeles acometió, junto con su antiguo alumno el director de cine Luis Enrique Torán, la idea de llevar los títeres a la pequeña pantalla, mediante una serie de televisión que habría de constar de 13 capítulos. La inestabilidad política del momento hizo que únicamente pudiesen filmarse tres de ellos, que son hoy en día tan encantadores de ver como difíciles de localizar. Todavía en ese mismo año la colaboración se reeditó en el largometraje El Retablo de Maese Pelos, del que Ángeles Gasset se encargó del guion, adaptando la obra musical para marionetas de Manuel de Falla, a su vez inspirada en El Quijote. La película obtuvo el Premio Cultura Hispánica 1975. En todos estos últimos años la profesora Gasset siguió frecuentando Cuenca, organizando visitas a la ciudad y al Museo de Arte Abstracto y pergeñando representaciones de títeres en las calles de la ciudad vieja, a las que un servidor llegó a asistir alguna vez.  

Después llegó el inevitable declive. El progresivo abandono de las tareas docentes, retrasado todo lo posible, fue doloroso. La muerte de su madre en 1981, la única persona con la que residía desde años atrás, dejó la casa de la calle Claudio Coello demasiado vacía. La soledad empezó a pesar. A ello se unieron los problemas de salud: una operación de cadera, pérdida de oído y sobre todo una incipiente ceguera, que con el paso de los años dejaron en tierra el último Citroën 2CV y limitaron enormemente su movilidad y su independencia. Tuvo que llevarlo realmente mal. Los viajes a Cuenca y las estancias en la casa de la calle de San Pedro se fueron espaciando hasta finalizar por completo. La última ocasión fue con ocasión del homenaje que los titiriteros de Cuenca le organizaron en el festival Titiricuenca 1997. Tenía 90 años. En 1990 había fallecido la hierática Jimena, la mayor de la legendaria triada del Estudio, pilar de fortaleza para sus dos compañeras. Pensando en la pervivencia de la institución más allá de la vida de las fundadoras, Carmen y Ángeles cedieron la propiedad del Colegio a la recién creada Fundación Estudio, en 1994. Ángeles Gasset le traspasará también la mayor parte de sus bienes. Los homenajes se sucedieron, con un aire a ciclo vital cumplido. Alumnos antiguos y modernos la visitaban en su casa regularmente, sobre todo cuando las fuerzas le fueron fallando para acudir al Colegio. Carmen morirá en el año 2001, dejándola como la última superviviente del trío y haciendo honor a la longevidad de las Gasset. En enero del año 2005, un último homenaje de alumnos del Colegio Estudio ya no pudo visitarla. La víspera de su muerte aún pudo preguntar a su fiel colaboradora y antigua alumna, Elvira Ontañón, por el Colegio. Con la cabeza perfectamente lúcida aquilató la contestación y respondió: “Es un milagro que siga tan bien”.         

Ángeles Gasset de las Morenas murió el 31 de marzo de 2005, a la edad de 97 años. El Ayuntamiento de Arcas la nombró Hija Adoptiva de la localidad al año siguiente, reconocimiento que tendría que haberle llegado en vida y no a título póstumo, pero bien está lo que bien acaba, y no puede decirse que el pueblo de Arcas haya sido desagradecido. Tiene calle con su nombre en la Cuenca que tanto contribuyó a dar a conocer por esos mundos, avenida rectilínea en barriada de nueva construcción, pero a ella le hubiese gustado más la que tiene en Arcas, irregular y estrecha, antigua, en torno a “su” iglesia. También Arcas dedicó una calle al Colegio Estudio, cuyos alumnos acumularon ampollas y moratones en una tarea que hoy se nos antojaría impensable, solo de pensar en la responsabilidad de exponer a semejantes riesgos a nuestros muelles adolescentes. En el año 2016 en el pueblo se celebró el 50 aniversario de la restauración. Junto con las modernas autoridades, acudieron profesores y alumnos del Colegio Estudio, que por primera vez en décadas volvieron a posar debajo de las arquivoltas de la portada de la iglesia de la Natividad de Arcas. Entre las diversas actividades del evento se representó, cómo no, una obra de títeres. En el año 2019, la Asociación de Amigos del Teatro de Cuenca, durante la edición anual del festival Titiricuenca, celebró en la iglesia de San Miguel la primera edición del Premio Internacional Ángeles Gasset de las Morenas. El galardón le cayó encima (muy merecidamente) a Manuel Rodríguez, alías Maese Cosman, el Chupagrifos de mi infancia.  

Y permítame el lector que cierre esta historia con modesta aportación personal, tal y como la comencé. Desde hace casi veinte años tengo el honor de guiar a los alumnos del Colegio Estudio por la ciudad de Cuenca y por los mismos vericuetos serranos (ahora sin duda más turísticos) que frecuentaba Ángeles Gasset. Suelen ser grupos estupendos, participativos y dotados de curiosidad, lo que hablando de quinceañeros nacionales no es poco mérito docente.

En el año 2019, aprovechando que el recargado plan del día se había solventado antes de tiempo, a la vuelta de las Torcas de Palancares sugerí a los profesores de uno de los grupos visitar la iglesia de Arcas, que curiosamente no llevan en programa. Los profesores conocían la historia, pero no así los alumnos, o por lo menos en un principio no la hilaban. Un servidor, que como guía viejo es alimaña ladina, se apañó para estacionar el autobús en la calle que vuesas mercedes se pueden imaginar, con lo que no estuvo mal la sorpresa de bajar del bus en mitad de un pueblo de Cuenca y encontrar una calle dedicada a su colegio. Luego tocó la inevitable foto en el atrio de la iglesia, y después los reuní en plan solemne (modestamente, esto lo bordo) y les endiñé una reflexión trascendental. Y es que, mis queridos pipiolas y pipiolos, Ángeles Gasset ya no es de este mundo. Tampoco lo son en su inmensa mayoría los arquitectos y canteros, albañiles, artistas, académicos y cargos municipales y eclesiásticos que aquí se implicaron, trabajaron, se preocuparon y pasaron algunas noches sin dormir. De los críos del Colegio Estudio que ayudaron a mover estas piedras, vuestros discentes predecesores, muchos han fallecido ya, y los demás van siendo ancianos con una vida prolífica en los campos de la ingeniería, el arte o la música, pero igualmente condenados a hacer buenas las palabras del Eclesiástico, cayendo en el olvido y desapareciendo como si no hubiesen existido. Pero lo que ellos hicieron aquí fue intrínsecamente bueno y perdurará en el tiempo, por lo menos hasta que otra generación futura tenga que tomar el testigo en la tarea de reemplazar piedra y madera, y con ello zurcir un fragmento de la raída tela del arte, la historia y el conocimiento humano. Y termino, mozones y mozonas, con la cita de Burke: “Para que triunfe el mal, todas las formas de mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada”. Así que ya os podéis ir poniendo las pilas para estar a la altura de la señorita Ángeles, que fundaba escuelas libres en lo más negro de dictaduras y salvaba de la incuria estas venerables piedras bajo las que os encontráis, experta en tareas titánicas. Hala, vamos al bus y al alpiste, que nos come el horario.

Lo que no les conté es que la señorita Ángeles en una ocasión casi me atropella, pero esa ya es otra historia….



Ángeles Gasset, a lo largo de su vida. 



Los Gasset gallegos más célebres (rama masculina). A la izquierda, Eduardo Gasset Artime (1832-1884). En el centro, Rafael Gasset Chinchilla (1866-1927). A la derecha, José Ortega y Gasset (1883-1955). Respectivamente abuelo paterno, tío y primo de Ángeles Gasset. 





El Instituto-Escuela, hacia 1933, el año en que Ángeles Gasset obtuvo su título de Maestra Nacional. Situado en lo que Juan Ramón Jiménez llamó poéticamente la Colina de los Chopos, a muy poca distancia de la Institución Libre de Enseñanza y de la Residencia de Estudiantes. El edificio, del más vanguardista diseño con influencia de la Bauhaus, fue obra de los arquitectos Carlos Arniches y Martín Domínguez. 



Casa de Ángeles Gasset, en el número 27 de la calle de San Pedro (Cuenca), 



Ángeles Gasset (arriba a la izquierda, con chaqueta negra y el pelo ya cano) en una reunión de literatos y artistas en casa de Gustavo Torner, 1966. Identificando a los asistentes, sin duda una muy selecta tertulia. Foto: Eric Schaal 



Bibliografía básica de Ángeles Gasset, en torno al mundo de los títeres (sus "curritos") y el teatro. Arriba a la izquierda Títeres con Cabeza (1960), cuyos derechos de autor fueron cedidos por la autora a las obras de restauración de la iglesia de Arcas. La Princesa Cautiva La Bruja Cigüeña se publicaron en 1964, en tanto que Títeres con Cachiporra lo hará en 1967. Años después, en 1989, publícará Ocaybru: Pieza de Títeres. Sería un error tomar estas obras como simples libros infantiles, a la vista de la profunda pedagogía que esconden. 



La iglesia románica de Arcas antes de la restauración. En este momento ya habían comenzado las obras del primer proyecto del Obispado, obra de mínimos con materiales modernos para poder reanudar los cultos lo antes posible. Encima del ábside se distingue el cuerpo de obra cuadrangular que acoge en su interior la cúpula barroca de estuco. A la derecha, bloqueando el arco bajo de la espadaña, la sacristía. La parte baja del ábside, así como otros muchos lugares de la iglesia, están recubiertos de cemento simulando piezas de sillar, por el avanzado estado de deterioro de las piezas originales. 



Detalle del añadido de la sacristía. Un auténtico pegote, moderno por más señas, en el lugar con más encanto del viejo edificio. No sólo oculta el gran arco de la espadaña, sino que tapa la ventana románica original en el primer retallo del presbiterio, reemplazada por un vano de nueva apertura, de calidad ínfima. Detrás de la espadaña se distinguen los cuerpos de obra mala y moderna adosados a la misma, para subir a cubierto a tocar las campanas. La foto aquí no revela, como casi ninguna previa a la restauración, el grado de inclinación de la parte alta de la espadaña, que tuvo que ser apeada y vuelta a armar. A la derecha, la preciosa portada de mediodía, con sus cinco arquivoltas. Faltan algunas columnas en la bocina, y las basas están ocultas por un poyo corrido de factura popular, para camuflar el daño de las humedades. A la izquierda de la imagen, la diminuta capilla de la pila bautismal, que sin ser obra deleznable ocultaba buena parte del cuerpo saledizo de la portada románica, además de afear la perspectiva de conjunto. 



Interior de la iglesia previo a la restauración. Aquí ya se ha acabado de retirar los restos del artesonado desplomado en julio de 1961. Sobran los comentarios sobre el estado del edificio, paredes, pavimentos y capillas. A la izquierda, la capilla Del Coral, con su sobrio arco del siglo XVII afeado por repintes e inscripciones posteriores. El gran arco toral, que en caso de la iglesia de Arcas es muy ancho y rotundo, camuflado bajo capas de yeso y cal. Un estado rayano en la ruina. 



Planos del proyecto de restauración a cargo del arquitecto Rodrigo de Luz Lamarca (1962), utilizados en la primera fase de la obra (junio de 1962 - febrero de1964). En el plano de la izquierda ya se detallan los añadidos a eliminar, aunque el Obispado había insistido en que por el momento no se tirase nada. Los planos de Rafael Manzano de la segunda parte de la obra (1964-1965) se basaron casi exactamente en lo dispuesto en el primer proyecto, que tuvo un asesoramiento magnífico a cargo de arquitectos, profesores de arte e ingenieros, además del gusto exquisito de los artistas, comenzando por Gustavo Torner, que se implicaron en el proyecto.  



A la izquierda, la iglesia por fin liberada de la sacristía, después del derribo acelerado e improvisado de la misma. De repente el edificio ganaba sentido ascensional y armonía de formas. Ya también ha sido retirada la cúpula del presbiterio. A la derecha, obras de consolidación y reposición de material en la curva del ábside y el primer retallo, con la elegante ventana románica por fin liberada del engendro de la sacristía. 



A la izquierda, labores de consolidación del ábside, en cuya porción inferior hubo que reponer casi todo el material, con piezas de cantería talladas a mano procedentes de la cantera de Buenache de la Sierra. Una labor de artesanía, llevada a cabo en los calores del verano de 1962. A la derecha, una curiosa imagen. Sobre las pechinas de la cúpula recién desmontada posan, de izquierda a derecha, Jaime Lafuente (estudiante de arquitectura), Acracio Zornoza (carpintero), otro carpintero (con camisa blanca y boina), Pedro López (alcalde, poco visible), Aurelio Patón (párroco), Benigno Beneit (con gafas de sol, Maestro de Obras del Obispado), Honorio García (cantero y albañil), Julio López (secretario, solamente la cabeza visible) y Alfonso Álvarez (ingeniero de caminos, asesor en el proyecto).  



Segundo proyecto (marzo de 1964), a cargo de Rafael Manzano como arquitecto, y Francisco Pons Sorolla como supervisor de obra. Vista lateral a sur. 



Segundo proyecto. Vista este.



Segundo proyecto. Urbanización del entorno de la iglesia, ámbito completamente degradado. El elemento más destacado es el atrio irregular ("la lonja") frente a la portada principal. como espacio ajardinado y apto para todo tipo de actos culturales. El acceso desde la plaza ya solo sería posible a través del arco bajo de la espadaña. 



Ángeles Gasset y Francisco Pons Sorolla en plena merienda campestre, durante la segunda fase de la restauración. Las chuletadas en el Pinar de San Isidro y otros lugares de la proximidades acabaron siendo una eficaz herramienta. Como dijo un genial estratega en cierta ocasión, más vale un buen cocinero que tres generales.  




Trabajos durante la segunda fase de la restauración (septiembre 1964 - noviembre 1965). A la izquierda, demolición de la capilla de la pila. Afortunadamente el cuerpo de la portada apareció casi intacto, así como casi todos los canecillos del alero. A la derecha, la espadaña, donde acaba de ser retirado el cuerpo superior de obra endeble que servía para subir a tocar las campanas a cubierto. Abajo quedaba otro cuerpo de obra moderna que sería derribado unas semanas después de la imagen para dejar el arco bajo expedito a ambos frentes. 



Restauración de la espadaña, una de las tareas más delicadas. 



Finalizada la obra, representación teatral de los alumnos del Colegio Estudio frente a la portada de la iglesia. La obra era el paso de Lope de Rueda "Las Aceitunas"



La iglesia de Arcas hoy, más de medio siglo después de finalizada la restauración. El respeto exquisito al edificio y al espíritu de su época y el uso de materiales acordes (perfectamente diferenciables de los originales no obstante) dan forma a una creación intemporal y bellísima dentro de su sencillez de líneas. 



La gran portada de mediodía, de preciosa ejecución, con sus cinco arquivoltas de tradición ya gótica envueltas por la moldura de puntas de diamante característica del Románico de Cuenca. 



Fachada sur de la iglesia. A la derecha se aprecia la solución elegida para dar acceso y servicio a la espadaña, después de un atento análisis de los restos originales supervivientes que apuntaban a la misma solución.


Portada, espadaña y lonja desde el oeste. 



Ventana central del ábside. Las piezas nuevas de sillería sobre el vano tapan la profunda grieta que amenazaba la integridad del muro. El arco de la bocina es claramente repuesto, y en el arquillo exterior hubo que insertar una pequeña dovela moderna añadida como cierre de la fisura, que había separado todo el vano. Según contaban los vecinos de Arcas, la grieta había sido producida por un rayo, aunque es más probable que el problema estribase en la cúpula barroca retirada, que provocaba empujes laterales no contemplados en la fábrica original. 



Ventana lateral de la cabecera, lado este. Esta es precisamente la tapada por la vieja sacristía, así que se entiende la ilusión en su día por verla diáfana, junto con el arco de la espadaña. Los dos fustes de las columnillas son claramente añadidos. Esta es la tipología más esbelta y refinada de vanos en las iglesias románicas de la provincia de Cuenca, habitualmente más sobrios. Una derivación, con doble arquivolta y más decorada, la encontramos en la cercana iglesia románica de Fuentes, de construcción menos noble pero que luce el más decorado y hermoso vano románico de la provincia. 



La espadaña. Como estructura adosada, casi exenta, es única en los templos del románico conquense, que coloca indefectiblemente sus muros de campanas sobre el hastial oeste. Puesto que en el caso de Arcas ese muro a los pies no está reforzado ni regrosado, parece claro que nunca sirvió de base a una espadaña. Dentro de todo el Románico, solo una cortísima lista de templos tiene algo por el estilo, así que cabe preguntarse cuál fue la razón que llevó al desconocido maestro a optar por esta solución tan atípica como afortunada. 



Cuerpo superior de la espadaña. A la vista de la gran cantidad de piezas modernas se entiende el mal estado de esta en apariencia sólida estructura. Todavía se aprecian en los sillares algunas marcas de los cuerpos añadidos que la afearon en su día. 



Capiteles de la portada. La decoración vegetal es ya puramente gótica, y se entronca directamente con modelos de la Catedral de Cuenca. Por el contrario, la moldura de ovas superior es de tradición románica y le da un sabor arcaico al conjunto. 



Basas de las columnas. Por mucho tiempo que transcurra, siempre se diferenciará con claridad la obra original del siglo XIII y la restauración del siglo XX, por el diferente tono de la piedra y el grado de desgaste. No hacen falta volúmenes nuevos, ni hormigón, ni plaqueta de granito ni acero corten. Una solución que respeta el espíritu del monumento y de su época, atemporal, ajena a modas y con un mantenimiento casi inexistente. Además, nadie tendrá que preocuparse en un futuro de retirar la porquería de una formulación estética -la actual- que al fin y al cabo es pura tendencia y diseño destinado a caducar y que en todo caso tendría su razón de ser en una obra contemporánea completa y per se para legar al futuro, no desfigurando un venerable edificio con siglos a las espaldas a cuenta del ego blindado del correspondiente arquitecto con pedigrí.   



Arquivoltas de sección ya gótica bajo moldura de puntas de diamante y canecillos románicos. Los estilos se funden en una época, la Repoblación, de aventura y maravilla. 



Capiteles. Se aprecia también a la derecha como la portada nunca pudo tener parteluz. Estamos ya en una época, principios del siglo XIII, donde las procesiones se han convertido en elemento habitual dentro la liturgia cristiana, y es necesario sacar las imágenes en andas a la calle. 



Detalle de la decoración de ovas. En este caso es mucho más refinada que en otras portadas del estilo en la provincia, simulando cintas o correas tachonadas que dejan diminutos tréboles en los espacios vacíos. Completamente original, es sorprendente que se haya conservado tan bien, ya que es un elemento sometido a una fuerte erosión. 



La lonja.


Arco bajo la escalera de subida al balcón de la espadaña. Siempre ha sorprendido este elemento por la deficiente calidad de entrega, que marca un acusado contraste al lado de la portada y de la espadaña. Se han aportado varias posibles razones, ninguna del todo satisfactoria. No están claros su origen ni su funcionalidad primera, y no se puede descartar que no pertenezca a una fábrica anterior.  


Reloj de sol en la fachada sur, recientemente restaurado. 


Alero de canecillos. Detalle. Son del tipo más frecuente y sencillo dentro del Románico de Cuenca. Hay otros más complejos, e incluso historiados, en templos de una calidad menor que el de Arcas.  


Ventana rasgada a los pies de la iglesia, muro oeste. Completamente desfigurada, hubo que reponer todo el abocinamiento. 


Pequeña portada norte de la iglesia. La aparición de esta portada es un rasgo curioso y casi omnipresente en el románico de Cuenca, y que no aparece en otras escuelas románicas del norte de la Península. En un corto número de iglesias conquenses se sitúa a los pies, por razones específicas de topografía o urbanismo. Es la puerta que daba acceso al pequeño cementerio local, cuando todavía en la Plena Edad Media se sepultaba fuera de las iglesias. El traslado posterior de las inhumaciones al interior de los templos y el hecho de ser un foco constante de frío hicieron que muchas de ellas terminasen condenadas. En el caso de Arcas, a la vista está que su destino fue más radical: la capilla de la familia Del Coral (1623) la demedió, buscando alinearse perfectamente con la portada principal opuesta, al sur. La restauración optó por mantener esta capilla, de sobrio corte herreriano.  


Capilla del Coral, al norte. 


Primer retallo, lado norte, con la ventana simétrica y el cuerpo bajo, obtenido por la diferencia de cota del presbiterio. 


La lonja. 


Nuevo artesonado, ejecutado en 1962-63 por los hermanos Pérez del Moral, de Cuenca. Los tirantes pertenecen a una cubierta anterior, quizás del siglo XVI. 


Cuerpo de cabecera, tras el gran arco triunfal. El artesonado de madera del presbiterio fue un elemento polémico que supuso un fuerte debate entre los partidarios de esta solución, y los que optaban por una bóveda de cuarto de esfera. En la retirada de la cúpula barroca aparecieron restos de un artesonado de alfardón y chella del siglo XVI, así que al menos desde esta época está cubierto por madera. 


La nave, desde el presbiterio. 


El Coro, reconstruido. 


Arco del a capilla Del Coral. A la izquierda, el vano tapiado de la vieja portada norte medieval. 


Cristo sobre el altar mayor. Según parece es una reproducción moderna de un original guardado en el monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce (Sevilla), que no he sido capaz de localizar.  


Esta sí que es original. La Virgen de la Estrella, estupenda talla del siglo XIII, restaurada, que la localidad vuelve a exhibir desde hace pocos años, después de haber estado depositada en Cuenca durante décadas. Hasta se ha recuperado la festividad, perdida tiempo atrás. 


Un día de niebla...


  


Rótulos de calles dedicadas al Colegio Estudio y a Ángeles Gasset, en Arcas.




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