Los Dichos de Valverde de Júcar

 



El pasado 8 de enero en Valverde de Júcar los Dichos marcaron el apogeo de las Fiestas de Moros y Cristianos en honor al Santo Niño. Un día encapotado, de gélido frio enerino y bruma evanescente acariciando las aguas grises del pantano. Un día para destetar cabrones, como diría mi inefable abuela Guillermina, que no sé de dónde sacó la expresión. Hay quien dice que estos días son contrariedad porque deslucen las fiestas. Yo, humildemente, opino lo contrario: es en estos días donde lucen las fiestas acrisoladas, las de verdad, las que calan el alma, porque se las pone a prueba. Los Moros y Cristianos de Valverde lucen llueva, nieve, truene o granice. De todas maneras, lo de tronar ya va en el precio.

Se conservan más de trescientas fiestas de Moros y Cristianos en toda la geografía nacional y en los países hermanos de América donde las llevamos los españoles. Otras muchas (miles, quizás) se han perdido, y algunas no hace tantos años. La provincia de Cuenca es buena muestra de ello, donde solamente Valverde y la vecina localidad de Valera de Abajo (que las celebra también en enero, dentro de unos días) mantienen festividades vigorosas. Decenas de antiguas fiestas de Moros y Cristianos se han disipado por toda la Alcarria y buena parte de la Sierra, sin olvidar la propia capital que también perdió la suya. Tener pueblos con la demografía en alambres no ayuda, claro. Últimamente la corrección política, rayana en la más genuina estupidez, tampoco. Confundir el culo con las témporas ha sido siempre cualidad extendida, pero pocas veces tanto como en estos tiempos inciertos.

Las fiestas de Moros y Cristianos en España han sido siempre objeto de atención antropológica, y son realmente (como en tantas festividades) un juego de muñecas rusas, una cebolla de capas añadidas con el paso de los años, a tenor de nuevas influencias y tiempos nuevos. Aunque los ejemplos más antiguos hunden sus raíces en los alardes y conmemoraciones medievales, las fiestas como la de Valverde, a doble cofradía, con organización pseudomilitar y combates con signo cambiante, tienen todas su origen (salvo muy rara excepción) a finales del siglo XVI o primeras décadas del siglo XVII. Este inicio es bien conocido: las milicias urbanas y concejiles establecidas por los Habsburgo españoles a partir de los últimos años del reinado de Felipe II, como una reserva de tropas semiprofesionales que llenase los huecos de unos Tercios sobrecargados, en el cénit del Imperio Español.

Estas milicias, originalmente concebidas para una defensa más o menos local, tuvieron que ser utilizadas a partir de 1630 en campañas militares por los campos de batalla de media Europa y del norte de África. Solo en 1646 se enviaron 12.000 milicianos de villas castellanas a la Guerra de Cataluña. Su organización y control se encomendó a concejos en villas de realengo, y a nobles locales en señoríos. Se procuró que su armamento y entrenamiento fuesen, dentro de la natural precariedad, lo mejores posibles. En muchos lugares la existencia de estas tropas fue poco menos que simbólica, por los dispendios que suponían a economías depauperadas y por la sangría humana de las continuas levas, según las escabechinas se sucedían en Ostende, Nieuwpoort, Nördlingen, la Valtelina y mil lugares más. En Valverde y en Valera parece que la cosa se la tomaron en serio, sobre todo porque tenían señores, vástagos de la Casa de Alarcón, que llevaban la guerra reciente. La fiesta que nos ocupa muy probablemente desciende del entrenamiento exhaustivo que los Ruiz de Alarcón dieron a sus leales vasallos allá por los primeros años del Seiscientos, dividiendo la soldadesca en dos compañías para zurrarse de lo lindo, que nada como unos buenos cardenales y costurones para enardecer el ardor guerrero. A diferencia de las entretenidas Guerrillas actuales de la tarde del día 7, lo de entonces probablemente llenaba el dispensario. Bien relleno.

Puestos a definir las dos compañías, la cosa estaba clara, y bebía en siglos de sustrato antropológico. Un bizantino hubiese dividido el asunto en Verdes y Azules, un azteca en Océlotl y Cuauhtli. Un castellano del siglo XVI, amamantado con los romances de la frontera y con las corteses páginas de Ginés Pérez de Hita… Además, el viejo moro peninsular (agareno pero del terruño al fin y al cabo) había sufrido ya un cierto proceso de idealización donde las de Alarcos y Moclín se iban olvidando para dar paso a la imagen del muslim astuto, pero valiente y noble. ¡Voto a bríos! que diría un valverdeño de antaño, nada que ver con los turcos hideputas de hogaño, criados por las hienas y abortos del Diablo. Los pobres moriscos granadinos que se asentaban a la fuerza en la comarca, acristianados a cuchillo en cuello y exiliados del horror, ya no podían empañar la imagen de los gentiles Abencerrajes, dispuestos motu proprio a abrazar la Cruz tras demostrar valía y valor.   

La siguiente capa de cebolla de la fiesta de Valverde, y no mucho más tardía, fue la incorporación del Santo Niño. Se trata del elemento más interesante desde un punto de vista antropológico, por la simbiosis entre lo devocional y cultual por un lado, y por otro de lo castrense y profano.  

Los fervores a Jesucristo en su forma infantil arrancan precisamente en los últimos años del siglo XVI, y van ir in crescendo a lo largo de los siglos XVII y XVIII, donde experimentan un apogeo notable. La hierofanía infantil de la Divinidad es una constante en todas las místicas, y no podía ser menos con un Jesús de Nazaret que afirmaba (Mateo 18:3) que todos los que no se hicieran niños no entrarían en el Reino de los Cielos. En la España del Siglo de Oro, la Orden del Carmelo Descalzo fue la que se encargaría de propagar, parejas a su increíble eclosión, las devociones al Niño Jesús. Estas arrancaban, según la propia hagiografía carmelita, de la visión que Teresa de Cepeda, Doctora de la Iglesia, había tenido en las escaleras de la Encarnación de Ávila: “Yo soy Teresa de Jesús”, “Y yo soy Jesús de Teresa”. A partir de entonces la iconografía de la Santa iría unida indisolublemente no al Hijo, sino al Niño. Teresa de Jesús fundó en Villanueva de la Jara en 1580, y de allí salió una de sus  compañeras de primera hora, Ana de San Agustín, para fundar el convento carmelita de Valera de Abajo el año 1600. La venerable Ana permaneció en Valera entre 1600 y 1616 organizando la nueva casa, hasta que aquejada por la vejez y muy afectada por la muerte de Teresa se retiró pasar sus últimos días a Villanueva, donde murió el año 1624. A Ana de San Agustín la pintan en las estampas con un Santo Niño a la diestra, como a su maestra.

Pese a que ambos fenómenos, alardes de milicias y cultos al Santo Niño, son sincrónicos, no hay nada que apunte a que la fusión fuese inmediata. Más bien sería un proceso progresivo en el que ambos factores se vieron beneficiados y por simbiosis probablemente se libraron de la respectiva extinción. Las devociones populares son asunto complejo que casi nunca arraiga, y son muy raros los lugares con presencia carmelita histórica donde hoy se venere al Santo Niño. Los fingidos enfrentamientos castrenses estaban condenados a desaparecer con el declive de las milicias, pese a los esfuerzos borbónicos por mantenerlas. Vincular el alarde militar al hecho religioso, ya en fechas fijas y con el Santo Niño como casus belli, supuso no ya la creación del doble núcleo de la celebración actual, sino muy posiblemente la supervivencia de elementos que se hubiesen perdido por separado.

Queda esa pequeña maravilla que son los Dichos. Cientos y cientos de versos recitados por ambos Generales de Dichos en magnifica competición dialéctica. Casi todas las fiestas de Moros y Cristianos los tienen, y su origen primero tuvieron que ser las burlas y desprecios en los combates reales, cuando antes de entrar en faena los campeones se adelantaban para zaherir al enemigo. En Valverde el día 6 de enero por la tarde tienen lugar Los Alardes, donde a golpe de ingenio los integrantes de ambas compañías ponen todo su empeño en alabanzas propias y vilipendios ajenos, como inicio de la escalada bélica que tendrá lugar en los próximos días. Cuando lo militar se fusiona con lo religioso, surgen los Dichos, mitad épicos, mitad doctrinales.  

Ya existe algún estudio de los Dichos de Valverde (el de Gómez Cabía, del 2000) que ahonda en el análisis literario de la composición. Son inusuales por el uso de la redondilla, estrofa de orígenes medievales pero que va a tener un desarrollo fenomenal en el Siglo de Oro. Por el contrario, la gran mayoría de los Dichos de fiestas de Moros y Cristianos se escriben en versificación romance (octosílabos con rima asonante alterna). El problema de los versos romances es que se han venido utilizando a nivel popular desde el Romancero hasta los declamadores y charlatanes de feria de la década de 1920, lo que dificulta su datación y el análisis de modificaciones posteriores. Es un tipo de composición popular que no requiere complicaciones métricas especiales, abierta a versificadores diletantes. La redondilla (como su melliza la cuarteta) tiene la dificultad que supone la simplicidad: el arte menor con rima consonante. El resultado lírico es muy superior al del romance y el ritmo en una declamación se vuelve más vivo, más musical. La pega es que requiere de un poeta, y no malo. Los Dichos de Valverde no es que sean del Fénix, ni de Calderón, pero tienen mano, son obra de un lírico de cierto nivel, que además debía de tener alguna experiencia teatral, por la intercalación de expresiones y versos sueltos (gritos, insultos, imprecaciones y votos) que permiten al declamador romper el ritmo y conseguir un buen efecto en el oyente. Luego han sufrido modificaciones a cargo de una o varias manos, visibles en las variaciones métricas y en el estilo, sobre todo en el Segundo y el Tercer Encuentro, cosa lógica de un texto que lleva corriendo siglos y cuya redacción original tuvo que ser a lo largo del mismo siglo XVII.

Disquisiciones eruditas aparte, los Dichos de Valverde hay que escucharlos, y si hay que aguantar la tiritera, pues se aguanta. Este año además los dos generales se han lucido bien en lo que es un verdadero desafío, personal e intelectual. El momento cumbre es, por supuesto, el abrazo de los dos adalides en la Plaza, bajo la imagen del Santo Niño, símbolo de reconciliación y del triunfo de una fe que fue monolítica en los soleados dominios del bobalicón del Rey Planeta. A mí, sin embargo y me van a disculpar, por lo cenizo de mi forma de ser prefiero cierto momento del Segundo Encuentro, en San Marcos, cuando el General cristiano, por el momento derrotado, saca fuerzas de flaqueza e interpela a su oponente con más orgullo que Don Rodrigo en la horca. El moro, entre sorprendido y divertido, le contesta:

“Muy valiente, pues, te crees”.

A lo que el cristiano contesta, digno a la vez que compungido:

“Debo de serlo, africano”

Y es que no sé si el anónimo autor compuso esto por gusto, o por devoción, o por unos buenos maravedíes, o por todo a la vez, pero aquí el subconsciente le pudo. Resignación camino de la degollina y valor insensato por el lustre de la honra. Por un momento, como a través de una estrecha fisura, se puede acaso entrever el espíritu de la época que le tocó vivir, los años de esas Españas circunvaladas de enemigos (ganados a pulso) que vieron nacer los Moros y Cristianos de Valverde. Españas que perdían los mercados de su lana por la defensa de la Católica Religión y de un Papa que cuando no las traicionaba con venecianos es porque lo estaba haciendo con franceses y hasta con turcos otomanos. Españas que se desangraban en quimeras mientras la plata de Cerro Rico se la quedaban los Fugger y sus rutas comerciales se las copaban las Provincias Unidas y los hijos de la Gran… Bretaña. Españas infelices e imperiales a las que no quedaba otra que el deber de ser valientes, orgullosas hasta lo soberbio. Como no les quedaba otra a los pobres diablos de San Miguel de Ultramar, de Los Gelves, de Castelnuovo, de la Punta de los Españoles, de La Goleta, de Salces, de Rocroi… entre los cuales bien puede que hubiese alguno que de joven cantara Dichos en la villa de Valverde, a la ribera de Júcar.

 

¡Alá viene con nosotros!

¡La Virgen nos acompaña!

¡ Guerra !

¡ Destrucción !




Parroquía de Valverde, con las enseñas de las Compañías. 


Camino de la Plaza Mayor, el día 8 de enero. Quedan unos minutos para que arranque el día grande de las Fiestas de Moros y Cristianos de Valverde. 


Congregándose en la Plaza Mayor. 


Compañía de Cristianos, ya formada en la Plaza. La tensión ya corta el ambiente. 


La Compañía de Moros forma en la Plaza de la Verdura. Va a comenzar el Primer Encuentro.
 

El General de Dichos moro arranca las primeras estrofas: "Hoy es forzoso, africanos / abrir paso a nuestra suerte / sembrando doquier la muerte / donde se encuentres cristianos"


El Santo Niño aguarda, tocado todavía con el birrete cristiano. 


El General de Dichos cristiano responde: "La ocasión se pinta amena / para añadir a la Historia / otra campaña de gloria / contra la raza agarena"


Tras la batalla verbal, los moros han vencido, y entre salvas de trabuco el Niño porta ya el turbante mahometano. 


La Compañía de Moros, triunfante, enfila en procesión con la imagen del Santo Niño. Los cristianos en tanto toman un rodeo para emboscarlos y tomarse la revancha. 


Por la calle de San Marcos. Algo más adelante, en el cruce con la calle Ruiz de Alarcón, tendrá lugar el Segundo Encuentro. La Compañía de Cristianos, que ha volado, ya los espera allí formada para tomarse el desquite. 


Segundo Encuentro, en San Marcos. 


El Cristiano, derrotado, ha recompuesto a su hueste y se enfrenta de nuevo al enemigo. Vuelan los versos: "Vuelvo otra vez, africano, / por la buena o con la espada / por esa Joya Sagrada / que te llevas tan ufano. // Tu poder me la quitó, / mi audacia la pide ahora, / o entrégala sin demora / o adórala como yo."






Tercer Encuentro. La derrota musulmana, contra todo pronóstico, se ha consumado, y la Compañía de Moros forma una última vez en la Plaza Mayor, frente a la iglesia, a la espera de los Cristianos. 


 


El Compañía cristiana entra en la Plaza. 


 


El Santo Niño, que ha recuperado su birrete, es de nuevo portado por cristianos. 


Comienza del Tercer Encuentro. El Moro, arrepentido y turbado tras la derrota: "¿No sé, pues, qué mano extraña / ni qué causa misteriosa / delibera poderosa / los destinos en España?"


El General cristiano, prevenido, desconfía en un primer momento de las intenciones de su oponente: "Más ya no puedo escuchar / tus groseras pretensiones, / porque mi Dios hoy me dice / que no crea en tus razones. // Mis soldados también dicen / que no tenga compasión, / no nos vayáis a jugar / alguna infame traición."


El General moro porfía, y poco a poco va convenciendo a su contrincante de que su conversión es sincera. 


 

 

"¡Perdón, Dios mío, perdón…! / ¡Detén tu justo furor / 
sobre nuestro necio error / contra Ti y tu creación!"


 

"Dios es bueno y desde arriba / mandará su bendición. / Digamos de corazón: / ¡ Viva el Santo Niño ! ". 


Descarga general final. 


Después del Encuentro, ambas Compañías confraternizan, después de días de fingidos combates. 




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